viernes, 13 de mayo de 2011

UNA DE MIEDO.


Hace ya bastante tiempo que me contaron esta historia, cuento o leyenda, póngale el adjetivo que ustedes gusten. Lo cierto, es que aquel día, tal vez por la historia, tal vez por el lugar donde nos encontrábamos-tanto el narrador, como yo mismo-, el final de la misma, me hizo dar un respingo en mi asiento. El caso, es que hace unos días, un programa radiofónico, de las noches de los sábados, volvió a traerme la historia a la cabeza, y de nuevo, a pesar de encontrarme esta vez tranquilamente en mi casa, volví a dar otro respingo en mi asiento.
Fue, durante el transcurso de un vuelo transocenáico, entre el aeropuerto madrileño de Barajas, y el JFK neoyorquino. Una de las películas, de las que podíamos disfrutar los que usábamos el transporte, resulto ser sobre mediums y apariciones. A partir de esto, uno de mis compañeros de vuelo-un tipo de unos 50 años, trajeado-, me comenzó a contar una historia, que un miembro de aviación comercial le había narrado unos años antes. Hoy, si me lo permiten, quiero compartirla con ustedes.
Era un vuelo como este-comenzó mi compañero de vuelo-, nocturno. Cuando toda las personas descansaban, o dormían a pierna suelta, esperando la llegada a su destino. En uno de los primeros asientos, viajaba un tipo alto, fuerte, bien parecido, de oficio piloto de aeronave, pero que en ese vuelo, no se encontraba sentado ante los mandos de control del aparato, sino, que estaba usando el vuelo para uso y disfrute personal. Debido a su altura, el joven piloto, se sentía incomodo e incapaz de descansar, fue entonces, cuando una de las azafatas de la tripulación-sabiendo de su situación, y sabiéndole compañero-, le ofreció la cama del crew rest (lugar de descanso para la tripulación). Un lugar, apartado de la zona pública del aparato, que servia para que parte de la tripulación o mecánicos, descansaran durante las largas horas de navegación. Poco a poco, y con cuidado-debido a la estrechez de las instalaciones-, el joven piloto llegó a la zona de descanso, decidió no encender la luz, pues conocía a la perfección todos los recovecos del aparato, y la tenue luz de seguridad, le servía para orientarse hacía las pequeñas literas que se encontraban al fondo.
Cuando el piloto se acercó a la litera superior, dejando libre la de abajo, por si algún miembro de la tripulación decidía bajar también a descansar. Pronto, se dió cuenta de que había alguien más en el habitáculo, se fijo más, y vió que en la litera superior había una pequeña niña, de unos cuatro o cinco años, que al sentir el contacto se despabilo un poco, pero que rápidamente giró su angelical rostro y siguió sumida en sus ensoñaciones. El piloto, se sonrió y acto seguido arropó totalmente a la niña. Él, sin quitarse ni tan siquiera los zapatos o la corbata, se tumbó a dar una cabezada.
Cuando un rato después se despertó, tras descabezar un pequeño sueño, se irguió y se sorprendió de que la niña ya no estuviese allí, además, la sabana superior del pequeño jergón, permanecía estirada, como si nada ni nadie, hubiese estado descansando sobre ella en las últimas horas. Bueno-pensó-, seguro que es hija o familiar de alguno de las personas de la tripulación. Volvió a su asiento, y cuando se le acercó una de las azafatas para interesarse por su descanso, este la preguntó por la niña de cuatro o cinco años, que se había encontrado abajo. La azafata sorprendida, le miró con extrañeza. No hay ninguna niña entre el pasaje hoy, le dijo. El joven piloto, se rasco la cabeza, es imposible contestó, y agarrando de la mano a la azafata, se la llevó a la zona del crew rest, y la mostró el lugar, donde un par de horas antes había visto a la niña. No puede ser-sentenció de nuevo la azafata-. ¿La has tocado?-preguntó-, claro-respondió él-, incluso la he arropado. La azafata se descompuso, su rostro se torno blanco y tuvo que salir del pequeño lugar.
Cuando ambos llegaron a la cabina, la azafata tuvo que llegarse hasta el baño para vomitar. Acto seguido, otra compañera se acerco para ver que ocurría, fue entonces, cuando el piloto comenzó a explicar lo acontecido tranquilamente. Que había arropado en la zona de tripulación a una niña de unos cuatro o cinco años, pero que no entendía lo que ocurría. Fue entonces cuando la nueva azafata cambió de color, y la tensión se apoderó de sus rasgos.
La última azafata en llegar, viendo que su compañera no se recuperaba, se acerco al joven piloto y apartándolo de la zona de baños, le apuntó hacía el principio del avión. ¿Ves a aquella pareja de allí?-preguntó. Era un matrimonio de unos cincuenta años, los dos dormían, apoyados el uno en el otro, pero sus rostros, no permanecían relajados, como seria lo normal. Su rictus, marcaban preocupación y tristeza.
¿Ves a aquella pareja?-repitió la azafata-, y siguió mientras tragaba saliva. Llevan el ataúd de su hija, una niña de cinco años, va entre el equipaje, ella, es la única niña que viaja en este vuelo. El joven piloto, se desvaneció pálido sobre un asiento cercano.

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