miércoles, 22 de junio de 2011

TURISTAS PROFESIONALES.


Creo haber escrito ya sobre ellos, concretamente sobre los que patrullaban a diario por las calles de la vieja Lisboa. Manadas de turistas que barren las tiendas de recuerdos y se llevan hasta las estanterías que sustentan las postales del casco histórico. Que solo visitan los lugares que vienen en sus guías extra grandes, y extra caras, que se han encargado de comprar en unos grandes almacenes de Tennesse, Liverpool, Madrid o Alpedrete. Y que no son capaces ni de decir gracias o buenos días en el idioma del país que tiene que soportarles.
Los pueden ver en todas las ciudades, son muy fáciles de identificar, son los que van en grupo, mirando con la boca abierta hacia arriba como si en su país no existiese en cielo, y suelen ir pastoreados por una persona que porta entre sus manos algún distintivo como un paraguas, y que en alguna ocasión, seguro ha pensado en estamparle en la cabeza a alguno de los tipos y tipas-que en estas cosas, el asunto de igualdad si que es paritario-. Recuerdo perfectamente la expresión de agotamiento de la joven pastora de hooligans, la que parecía una esbelta modelo de ropa intima femenina-para los que sigan esta página, les resultará familiar-, que los iba encauzando e intentando que no estropearan la flora y la fauna de la ciudad. Ataviados con chanclas de goma-en algunos casos rematando la elegancia con calcetín blanco de algodón-, con modelítos de bermudas estridentes a la vista y casi al oído. Con la banda de flotación saliendo como mantequilla derretida, entre los pantalones demasiados bajos y las camisetas demasiado altas. Paseándose por los museos y cafeterías enseñando sobacos y pantorrillas peludas. Como dije en su día, canela en rama.
Pues de nuevo llega el verano, y de nuevo estos turistas profesionales vuelven a hacer aparición destacada en las capitales europeas. Su profesionalidad reside en la capacidad innata que tienen de hacer todas las cosas que sus gruesas guías repletas de colorines y fotos recomiendan. Que la guía pone que a las diez en punto hay que desayunar en tal o cual restaurante, pues venga, todos sin conocerse se ponen de acuerdo casi por telequinesis, y abarrotan el salón del negocio al que la guía da su recomendación, luego todos-al mismo tiempo-, a hacer cola en el muso de turno, creando una cola innecesaria que el resto del día no existe, lo digo por experiencia, pues por mi profesión visito a menudo museos, y nunca he tenido que esperar una cola-salvo honrosas excepciones-, pues el truco consiste en controlar los horarios de los turistas profesionales y evitarlos.
Otro elemento que los diferencia del resto de los turistas- los normales, que los hay y que visitan la ciudad, imbricándose entre la población autóctona sin llamar la atención ni de propios ni extraños-, es buscar la integración, me encantaba ver por Madrid, a un grupo de turistas perfectamente integrados en las tabernas o restaurantes más castizos de Madrid, lejos de las zonas turísticas. Esos personajes que se mueven por intuición y no porque una guía se lo diga, guía por otro lado que en ocasiones es parte de un corta y pega, y cuyo autor, apenas o nada sabe del país del que habla, porque ni tan siquiera lo ha visitado, recomendando tales o cuales bares o negocios, por lo generoso que haya sido su dueño con la editorial para la que este trabaja.
El caso, me viene al pelo para decir una vez más, que el ser humano es el animal más idiota que habita la faz de la tierra, y para muestra un botón. Y como yo soy el idiota al que mejor conozco, les voy a explicar una cosa que me ocurrió a mi, por guiarme de una de esas malditas guías. Fue hace unos cuantos años, me dirigía a Londres, y llevaba encima una de esas guías, que para más Inri, la había comprado en un maldito centro comercial de la capital española-no se puede ser más tonto, como pueden ver-. En ella un tal Harry no se cuantos, narraba los pormenores y las vicisitudes que puede sufrir el viajero por las tierras de la Perfida Albión, y que él y su guía estaban allí para aconsejar y salbar al pobre turista despistado de las despiadadas garras del capitalismo anglosajón.
Pues bueno, hay estaba yo, en medio de Picadilly Circus, con mi perenne mochila a los hombros y la guía en una mano, buscando un antro especializado en fish and chips. Al final y tras varios minutos de patear la ciudad y muchas vueltas a la manzana, di con el maldito bar, junto al barrio chino de la capital inglesa. El sitio daba asco desde más de doscientos metros, era todo lo que la guía contaba pero al revés. Pero bueno-me dije-, paciencia y barajar, no todo es como parece a la primera impresión, y agarrando al toro por los cuernos-o mejor dicho al pescado por las raspas-, entré en el local. Lo frecuentaba un individuo gordo, lleno de porquería hasta detrás de las orejas, con un delantal transparente de la grasa que emanaba de lo que cocinaba. Un cromo vamos. Finalmente compre el pescado y las patatas, envuelto en un papel de estraza que goteaba aceite, y que contenía un trozo de un pescado indeterminado, requemado y refrito hasta la saciedad, junto con unas patatas prefabricadas y fritas en mantequilla, que dedo mucho fueran las mejores de la ciudad. Creo haber palmado más de siete libras en aquel manjar recomendado por la guía.
Ni que decir tengo, que desde ese momento desterré la guía al fondo de mi mochila, y una vez en mi casa al fondo de una estanteria, y a partir de hay deje de comportarme como un turista profesional, para pasar a ser una persona normal, que viaja e intenta consensuarse con el lugar y con la gente a la que visita, guiandome por mi olfato y mi intuición-cosa que ha ido evolucionando, viaje y estancia, tras viajes y estancia.
Cuando regrese a España, me puse en busca del tal Harry no se cuantos y su editorial por Internet, por nada en concreto, simplemente tenía la curiosidad de saber si había alguna manera de ponerse en contacto con alguno de los dos, por aquello de contarle mi experiencia con su podructo, ciscarme en su madre y mandarle a él y a su editor a tomar por donde se rompen los calderos. Y resultó que tras varios minutos de búsqueda, dí con una dirección que me redirigía a un artículo periodístico donde hablaba de mis viejos amigos, lo leí con interés. Cual fue mi asombro, cuando leí que el tal Harry, se había dedicado a escribir guiás de toda Europa, sin salir del salón de su casa de Gales, sin conocer las ciudades y mucho menos sin probar el asqueroso fish and chips que recomendaba gozoso de su intenso sabor. Hay que joderse pensé, mientras me sonrojaba por lo bajo. Cuantos tontos del ciruelo, y tontas de la ciruela, como yo habrán picado con el pescado de las narices. Pues lo dicho, guíense de su instinto y no sean turistas profesionales, en el fondo también nosotros somos animales.

miércoles, 15 de junio de 2011

SAN DARTH VADER.




La ciudad de Nueva York se desperezaba con el alba, poco a poco la oscuridad fue dejando paso al día. Un día oscuro en la ciudad de los rascacielos, el cielo plomizo, encapotaba todo el horizonte hasta donde me daba la vista. La entrada a Central Park por el edificio Dakota, estaba semicubierta por una niebla meona, la estampa parecía más de una Londres victoriana, que de una América del siglo XXI. Los leves pináculos circulares del edificio más misterioso de la ciudad, se recortaban tenues sobre las farolas de luz amarilla que aún permanecían alumbrando su entrada a la primera hora de la mañana.
La ciudad, que normalmente parecía crecer hasta el infinito elevada por las torres y las antenas de sus moles de hierro y hormigón, aparecía hoy cortada por una nube densa y grisácea. Los skycraper-rascacielos en inglés-, eran hoy más skycraper que nunca. El edificio más famoso de la gran manzana, parecía amputado, a la altura del piso 90. Sus 125 pies de altura- los del Empire State Building, digo-, parecían hoy tan solo una ilusión arquitectónica, ni tan siquiera se podía apreciar un ápice de su antena, la imagen más repetida de Nueva York tras la desaparición de las torres gemelas. Hoy-pensé-, un tanto morboso, sería un buen día para los suicidas taciturnos, que intentan lanzarse desde su azotea sin lograrlo por el miedo. Ciertamente hoy desde ella, no podía apreciarse el suelo de Manhattan, tan solo una nube, que parecía solida y segura, pero que tras el momento inicial del salto, unas milésimas de segundo después, tras cruzar la nube gris, teñida de polución, sería tarde para darse cuenta de que el asfalto, aunque húmedo, seguía estando allí abajo, igual de duro.
El caso, es que el día avanzaba, y las expectativas de que el tiempo mejorará, eran poco halagüeñas. Comí en un self-service cerca de la Quinta Avenida con la calle 30 west, el propietario era un Mexicano afincado allí con toda su familia, y podías comer desde sushi hasta salmón a la plancha o costillas de cerdo al estilo americano, por poco más de siete dolares la libra-453 gramos-. Tras la comida, y poco a poco, intentando resguardarme de la incipiente lluvia, bajo los cientos de toldos de la ciudad, busqué el pub irlandés, entre Broadway y la octava, con la 55 west, donde había quedado con unos amigos. Estos, acababan de volver de pasar unos días de Washington D.C. Y teníamos a bien juntarnos para hablar de nuestras cosas mientras disfrutábamos de unas pintas de Brooklyn-la típica cerveza neoyorquina-, acompañada de unos mini pretzels.
Ya estábamos sentados en los escaños de madera, esperando a que Robert nos refrescara con la esperada cerveza, cuando uno de mis amigos me dijo con risa floja. Tendrías que haber venido con nosotros, hemos visto a Darth Vader. ¿ Que habéis visto a quien?-pregunte yo, confuso-. A Darth Vader, el malo de Star Wars, el de “Luck yo soy tu padre”, si además, lo hemos visto en la Catedral Nacional de Washington. Venga anda-contesté yo-, deja de vacilarme, que no son horas. Que es verdad-contestó mi amigo herido en su orgullo-, y saco su cámara refléx Nikon, y me enseño la foto de una gárgola en una torre de dicha catedral.
En esas quedo la conversación que siguió por otros cauces, hasta acabar en la idea de ir al día siguiente al Madison Square Garden, a ver el partido de la NBA, entre los New York Knicks y los Philadelphia 76ERS. Pero la duda, de formar parte de una coña marinera de mi amigo, me llevó al día siguiente a entrar en una librería de Times Square y buscar una guía reciente sobre la capital del país. Y resulta que tras pasar unas hojas, ahí estaba. El casco de Darth Vader decorando la catedral neo-gótica de la ciudad. Me interesé un poco más por la historia, y resulta, que unos años antes-a finales de los 80-, cuando la construcción de dicha catedral tocaba a su fin, cuando las torres ya se levantaban en lo alto, buscando el cielo, unas publicaciones-el National Geographic entre ellas-, habían realizado un concurso para ver que personaje infantil podía formar parte de una de sus gárgolas. Y resulta que un niño mando el dibujo de su malo favorito y quedo tercero. Lo que la guía no explica, es porqué si quedo tercero en el concurso, su idea fue llevada a la piedra. Pero lo curioso, es que además, se pueden apreciar otras peculiares gárgolas en la catedral. Ya que junto a otros especímenes como dragones, monstruos o grifos, más normales en Europa. En la catedral de Wahington, también se puede observar: un pulpo, una langosta, un burro, un astrólogo observando el cielo, un tipo con una mascara de gas, que representa la guerra, un ejecutivo corriendo con su maletín e incluso un dragón con la boca abierta, portando en sus fauces a un turista despistado haciendo fotos.
Esa misma tarde, tras presenciar el partido de baloncesto, y mientras comíamos un taco en frente del pabellón, le comenté a mi amigo lo que había leído por la mañana, y justos nos reíamos y comentamos la jugada. Pues por hay se empieza, y acaban haciéndolo santo-comentaba con chanza mi colega-, si, y sino les dejan hacelo, a lo mejor crean su propia religión-sentencié yo-. Al fin y al cabo son americanos, y todos sabemos como las pueden llegar a gastan los americanos.