miércoles, 15 de junio de 2011

SAN DARTH VADER.




La ciudad de Nueva York se desperezaba con el alba, poco a poco la oscuridad fue dejando paso al día. Un día oscuro en la ciudad de los rascacielos, el cielo plomizo, encapotaba todo el horizonte hasta donde me daba la vista. La entrada a Central Park por el edificio Dakota, estaba semicubierta por una niebla meona, la estampa parecía más de una Londres victoriana, que de una América del siglo XXI. Los leves pináculos circulares del edificio más misterioso de la ciudad, se recortaban tenues sobre las farolas de luz amarilla que aún permanecían alumbrando su entrada a la primera hora de la mañana.
La ciudad, que normalmente parecía crecer hasta el infinito elevada por las torres y las antenas de sus moles de hierro y hormigón, aparecía hoy cortada por una nube densa y grisácea. Los skycraper-rascacielos en inglés-, eran hoy más skycraper que nunca. El edificio más famoso de la gran manzana, parecía amputado, a la altura del piso 90. Sus 125 pies de altura- los del Empire State Building, digo-, parecían hoy tan solo una ilusión arquitectónica, ni tan siquiera se podía apreciar un ápice de su antena, la imagen más repetida de Nueva York tras la desaparición de las torres gemelas. Hoy-pensé-, un tanto morboso, sería un buen día para los suicidas taciturnos, que intentan lanzarse desde su azotea sin lograrlo por el miedo. Ciertamente hoy desde ella, no podía apreciarse el suelo de Manhattan, tan solo una nube, que parecía solida y segura, pero que tras el momento inicial del salto, unas milésimas de segundo después, tras cruzar la nube gris, teñida de polución, sería tarde para darse cuenta de que el asfalto, aunque húmedo, seguía estando allí abajo, igual de duro.
El caso, es que el día avanzaba, y las expectativas de que el tiempo mejorará, eran poco halagüeñas. Comí en un self-service cerca de la Quinta Avenida con la calle 30 west, el propietario era un Mexicano afincado allí con toda su familia, y podías comer desde sushi hasta salmón a la plancha o costillas de cerdo al estilo americano, por poco más de siete dolares la libra-453 gramos-. Tras la comida, y poco a poco, intentando resguardarme de la incipiente lluvia, bajo los cientos de toldos de la ciudad, busqué el pub irlandés, entre Broadway y la octava, con la 55 west, donde había quedado con unos amigos. Estos, acababan de volver de pasar unos días de Washington D.C. Y teníamos a bien juntarnos para hablar de nuestras cosas mientras disfrutábamos de unas pintas de Brooklyn-la típica cerveza neoyorquina-, acompañada de unos mini pretzels.
Ya estábamos sentados en los escaños de madera, esperando a que Robert nos refrescara con la esperada cerveza, cuando uno de mis amigos me dijo con risa floja. Tendrías que haber venido con nosotros, hemos visto a Darth Vader. ¿ Que habéis visto a quien?-pregunte yo, confuso-. A Darth Vader, el malo de Star Wars, el de “Luck yo soy tu padre”, si además, lo hemos visto en la Catedral Nacional de Washington. Venga anda-contesté yo-, deja de vacilarme, que no son horas. Que es verdad-contestó mi amigo herido en su orgullo-, y saco su cámara refléx Nikon, y me enseño la foto de una gárgola en una torre de dicha catedral.
En esas quedo la conversación que siguió por otros cauces, hasta acabar en la idea de ir al día siguiente al Madison Square Garden, a ver el partido de la NBA, entre los New York Knicks y los Philadelphia 76ERS. Pero la duda, de formar parte de una coña marinera de mi amigo, me llevó al día siguiente a entrar en una librería de Times Square y buscar una guía reciente sobre la capital del país. Y resulta que tras pasar unas hojas, ahí estaba. El casco de Darth Vader decorando la catedral neo-gótica de la ciudad. Me interesé un poco más por la historia, y resulta, que unos años antes-a finales de los 80-, cuando la construcción de dicha catedral tocaba a su fin, cuando las torres ya se levantaban en lo alto, buscando el cielo, unas publicaciones-el National Geographic entre ellas-, habían realizado un concurso para ver que personaje infantil podía formar parte de una de sus gárgolas. Y resulta que un niño mando el dibujo de su malo favorito y quedo tercero. Lo que la guía no explica, es porqué si quedo tercero en el concurso, su idea fue llevada a la piedra. Pero lo curioso, es que además, se pueden apreciar otras peculiares gárgolas en la catedral. Ya que junto a otros especímenes como dragones, monstruos o grifos, más normales en Europa. En la catedral de Wahington, también se puede observar: un pulpo, una langosta, un burro, un astrólogo observando el cielo, un tipo con una mascara de gas, que representa la guerra, un ejecutivo corriendo con su maletín e incluso un dragón con la boca abierta, portando en sus fauces a un turista despistado haciendo fotos.
Esa misma tarde, tras presenciar el partido de baloncesto, y mientras comíamos un taco en frente del pabellón, le comenté a mi amigo lo que había leído por la mañana, y justos nos reíamos y comentamos la jugada. Pues por hay se empieza, y acaban haciéndolo santo-comentaba con chanza mi colega-, si, y sino les dejan hacelo, a lo mejor crean su propia religión-sentencié yo-. Al fin y al cabo son americanos, y todos sabemos como las pueden llegar a gastan los americanos.

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