miércoles, 13 de julio de 2011

UN ROBO COMO DIOS MANDA.


He de reconocerlo, la noticia me ha tocado las narices por partida doble. Dejen que me explique, por un lado y como a todo historiador del arte, me fastidia y me sorprende-a partes iguales-, que la iglesia católica sea tan estúpida como para dejarse levantar delante de su narices uno de los tesoros artísticos más importantes de la historia, sinceramente no se que hace el Vaticano con todo el dinero que recauda al cabo del año, que ni siquiera puede pagarse una vigilancia, digamos de intensidad media, sobre uno de los tres incunables más importantes de la historia de su religión. Pero bueno, supongo que como ellos predican a los cuatro vientos, en el pecado llevan la penitencia, allá penitas, y que cada perro se lama su badajo.
Lo que me ha recalentado más la válvula, y ahora voy por el camino más pragmático, en cuanto a lo que mi persona concierne-entiendanme soy joven y de algo tengo que vivir-, es que estos malditos golfos apandadores, o golfas apandadoras, que aún no se conoce el género ni el número, de los que llevaron a cabo la llamaló sustracción, llamaló hurto, llamaló dejar con las bragas al aire a toda la cúpula de la iglesia católica, y no quiero que ninguna ministirilla o exministrilla, se me lance a la yugular por no respetar al máximo los géneros y las géneras. Lo que decía, es que estos tipos o tipas me han reventado la idea desde dentro. No la de robarlo, entiendanme bien. Mi idea consistía o consiste, en una novela policíaca, de las de toda la vida, donde unos tipos se hacen-o lo intentan al menos-, con el Códice Calixtinus de la catedral de Santiago de Compostela, pero como dicen los malos narradores de historias dramáticas: A veces, la realidad supera la ficción.
El caso, es que la historia que les cuento, hace bastante tiempo que esta cobrando vida, con sus cacos, sus amoríos novecentistas, su comisario que se pasa la ley convencional por el forro, y sus intrigas de curias y caciques, con el fondo majestuoso que da una ciudad como la de Santiago de Compostela. Desde hace años, esta en mi cabeza, justo desde que supe de la existencia de esa primera guía de peregrinos, llamado por unos Códice Calixtinus, y por otros Liber Sancti Jacobi. La culpa la tuvo uno de mis profesores de la carrera, concretamente el que impartía la asignatura de primer año, conocida como arte medieval español, y su interés por el incunable en cuestión, su pasión al contarnos cada una de las partes que lo formaban e incluso llevarnos al aula unas cuantas replicas del original, para que pudiéramos sopesar en nuestras propias manos la obra maestra bibliófila de la Edad Media española-o lo que leches fuera nuestro país por entonces-.
Ese mismo día, saque de la biblioteca de la facultad un ejemplar, y lo contemplé y leí con dedicación durante las dos semanas posteriores, les aseguro que es una verdadera maravilla para la época, incluso es mucho mejor que muchas guías de viajes de las que ahora pueden encontrarse en las grandes superficies comerciales. Apasionado por la novela negra y por la historia como soy, unir ambas y ponerme a escribir, era lo más lógico después de esas dos semanas de estudio. Por supuesto quedaba mucho trabajo por hacer, trabajo que se ha dilatado en el tiempo casi cinco años, mientras buscaba información, leía libros de la época, de la ciudad, mientras estudiaba sobre planos y dibujos, toda la perfecta arquitectura del templo, y por supuesto estudios sobre el terreno, sobre la ciudad y sobre las proporciones correctas del casco antiguo, sobre sus personas y sobre los locales, para llevar a cabo una documentación, lo más cercana a la realidad posible.
Recuerdo haberme paseado por las calles adyacentes a la catedral, buscando algún resquicio por donde colar a mi supuesto caco, suponiendo siempre, que la cámara donde reposaba el incunable estaría más vigilado que el diamante de la pantera rosa. Y ya ven, resulta que estaba en una cámara donde ninguna cámara-valga la redundancia-, de vigilancia lo observaba y con la llave colgando de la cerradura de alta seguridad. Un sitio que ni tan siquiera es vigilado a diario, y donde te puedes llevar la joya de la corona, y que nadie se percate de su falta hasta cuatro días después. Ya me estoy imaginando como fue el descubrimiento. El martes el sacristán decidió ir a la cámara a buscar una taza de café que se dejo olvidada la semana antes, mientras descargaba alguna cosa aprovechando la señal wifi del arzobispado, y nada más acceder a la cámara, su ágil olfato y su fuerte sentido arácnido, lo llevo a percatarse de la falta de su taza. Tras sopesar los alrededores, creyó percibir la falta también, de un libro que se encontraba a su lado, y rápidamente fue a llamar a la puerta del arzobispo de la diócesis, arremangándose la sotana, para no dar con sus dientes en el pétreo suelo, una cosa así no podía quedar sin castigo. Esa taza le costo un dineral en su último viaje a Barcelona, para la consagración de la Sagrada Familia.
Y yo, imaginándome la entrada triunfal de mi ladrón por el tejado escalonado de la catedral y descolgándose con largas cuerdas de escalada por la antigua construcción románica, para resultar invisible al exterior. Mientras las fuerzas del orden se ven sorprendidas en su cercana comisaria-que esta curiosamente justo en frente de la catedral-, y el cabildo, ipso facto, corre por los pasillos para avisar al arzobispo que la cámara ha sido profanada. Y este se lanza sobre el teléfono rojo de su habitación, el cual tiene linea directa con el santo dormitorio del Papa de Roma, y le dice con toda la profundidad de voz que le concede su cargo: Roma, tenemos un problema.

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