miércoles, 24 de agosto de 2011

EL GOLPISTA GOLPEADO.


Dieciocho horas y veintitrés minutos del día 23 de febrero de 1981. En el hemiciclo del Congreso de los Diputados se celebra la votación de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, que está a punto de ser elegido presidente del gobierno en sustitución de Adolfo Suárez, dimitido hace veinticinco días y todavía presidente en funciones tras casi cinco años de mandato durante los cuales el país ha terminado con una dictadura y ha construido una democracia. […] Pero el imprevisto surge, en ese momento se oye un rumor anómalo, de pronto entra por la puerta derecha un ujier con uniforme y se dirige con pasos urgentes al semicírculo central. Un segundo grito, y la cámara de TVE, enfoca a la izquierda del hemiciclo: pistola en mano, el teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero sube con parsimonia las escaleras de la presidencia del Congreso.
El resto, es de sobra conocidos por todos. Comienzan los tiros hacía el techo del Congreso, el se sienten todos, la imágenes de los congresistas agachados bajo sus escaños, salvo dos, dos formas estatuarias y casi espectrales, en medio de una desolación de escaños vacíos: Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, sentados tranquilamente en sus mesas, y un tercero, el general Gutiérrez Mellado, a la sazón vicepresidente del gobierno, levantado enfrentándose a los golpistas, a los que intentaba hacer desistir de su idea y deponer las armas ante su superior, lo hace rodeado de seis guardias civiles.
Mientras Tejero ordena a sus hombres que dejen de disparar, otros guardias civiles, intentan obligar al viejo general a tumbarse en la alfombra. Este, que contaba con 72 años, agarrado al brazo de su sillón permanece impavido, tenaz y terco, como un paquidermo con otitis, de pie mirando con furia a los golpistas y manteniéndose en pie, ordenándolos a gritos como superior suyo, que abandonarán inmediatamente el Congreso. Mientras tanto, ocho personas, muchos más jóvenes que él y mucho más fuertes, no son capaz de hacerle caer-parecía un presentimiento del futuro del golpe-, es entonces cuando el general Gutiérrez Mellado, se gira con los brazos en jarras hacia el lugar donde se encuentran sus compañeros en el hemiciclo-la cámara de TVE recoge el gesto del general hacia sus compañeros-, como preguntándose que hacen, ¿porque no se levantan y defienden a su país?, ¿donde estaba Calvo Sotelo, futuro presidente del gobierno?-otro presagio de lo que nos esperaba 30 años después con esos políticos que deben defender a su país y la gente que supuestamente representan-. La imagen cambia de nuevo y el presidente saliente, Adolfo Suárez, se levanta, coge con cuidado el brazo del general Gutiérrez Mellado, y como si fuera una discusión entre padre e hijo, consigue que se siente en su escaño, y allí se queda el general, esperando a que ocurra lo que tenga que ocurrir, enfurecido y maldiciendo al ejercito y a sus compañeros, después de ser el único que defendió ese día a España.
Todo parece muy bonito, el héroe que defendió la democracia española. Y vaya por delante, que esta hoja más que una critica es mi homenaje a el general Gutiérrez Mellado, vuelvo a repetir, que fue el único que planto realmente cara a los golpistas, fue el único que ese día defendió la democracia y con ello, el único que defendió a España. Pero lo que trato de demostrar aquí, es el cambio que todas las personas experimentamos a lo largo de nuestra vida.
En el caso del general Gutiérrez Mellado, es muy claro. En el año 1936, cuando los chicos de Francisco se levantaron contra el legitimo gobierno democrático de la república, Gutiérrez Mellado, fue uno de los que se pasó la mañana del 19 de julio de ese año, encaramado al tejado de su cuartel, disparando con su metralleta convencional a los Breget XIX procedentes del aeródromo de Getafe. Efectivamente, el general nunca negó estos hechos-hubiese sido de locos-, pero tampoco se arrepintió de ellos-por lo menos no lo hizo en público-, y hay es donde quiero llegar.
Nunca lo hizo en público, tal vez nunca lo hizo en privado, pero si lo hizo en su interior. Cuando el levantamiento del 36, era joven-con todo lo que eso implica-, y los periódicos y publicaciones que llegaban a los cuarteles, no eran del todo neutros, por otro lado, la iglesia en vez de apaciguar los ánimos entre hermanos, no hizo otra cosa que apagar el fuego con gasolina. Nunca negó lo que hizo ni se arrepintió públicamente digo, pero si interiormente. Y no solo eso, sino que durante los últimos años de su vida lo demostró. No solo al morir el dictador, mucho antes ya era un militar partidario de una democracia parlamentaria, y luchó por ella. Cuando el presidente Suárez, le ofreció un puesto en su gobierno como ministro lo rechazó, porque no se veía capaz de llevar un ministerio, pero cuando le ofreció por segunda vez el ministerio de defensa y la vicepresidencia del gobierno, la aceptó. Llevando a buen puerto sus ideas para defender la democracia y a su presidente, poniéndose en su contra con ello, a todos los militares españoles, a los altos cargos de la guardia civil y a la mayoría de los periodistas de la derecha española, los cuales no dudaban de llamarlo traidor en público, llegando a agredirle públicamente, como ocurrió en el cuartel general del ejercito de Madrid, durante las honras fúnebres, de Constantino Ortín-gobernador militar de Madrid-, asesinado por E.T.A, en enero de 1979.
Y acabó demostrando su cambio total, la tarde del lunes 23 de febrero de 1981, cuando fue la única persona que defendió con su vida la democracia española, y el futuro de nuestro país. Por eso, a pesar de recordar su oscuro pasado como militar del franquismo, también hoy quiero recordarlo por su afán desmedido de la defensa de la democracia. Cuando el 15 de diciembre de 1995, el Opel Omega en el que viajaba a Barcelona patino en una curva y se salió de la calzada, desapareció con él, el más fiel político que tuvo a su lado Suárez, el único militar que se sentó en el congreso y un hombre que enmendó sus pecados de juventud, defendiendo como nadie su país, ante un golpe de estado, que encaminaba al país a otra dictadura, esta vez encabezada por el general Alfonso Armada.

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