miércoles, 10 de agosto de 2011

LA LIBRERA DEL SENA.


            No debe de ser mayor que yo, a lo sumo un par de años. Lo que es una ventaja o desventaja-según se mire-, mínima, casi ínfima. Lleva a cabo su labor como expendedora de cultura en una de las orillas del río Sena, en París. Trabaja alrededor de una estampa onírica es cierto, sino fuera por las oleadas de guiris, pastoreados por una chica o chico joven, que los guía como a preescolares alzando un paraguas de color chillón por las calles de la antigua Lutecía.

 
            Digo que sería un trabajo de ensueño, onírico, porque el pequeño quiosco de color verde, y lleno a rebosar de antiguas ediciones de novelas en francés o inglés, y mapas del país-completo y por demarcaciones territoriales-, está situado en uno de los sitios más carismáticos de la vieja ciudad. Se encuentra en la parte de atrás de la iglesia de Notre Dame, allí donde el gótico adquiere su mayor repercusión en la creación de la Isla de la Ciudad, donde la aguja del edificio resplandece en la parte central del crucero, y donde el gran rosetón mixtilíneo resalta sobre los árboles que caen como lagrimas verdes en la orilla del Sena.

 
             Es la zona conocida como Quai de Montebello de la Tournelle, casi a la entrada del puente de Enrique IV, el que parte la isla en dos, dejando a un lado la original Isla de la Ciudad, y al otro un pequeño parque en homenaje a los deportados franceses, caídos en las manos de los chicos de Adolfo durante la Segunda Guerra Mundial-la ciudad es un museo de placas en homenaje a la gente que perdió la vida en la segunda gran guerra-. Por allí circulan al día cientos, quizás miles de turistas, que pasan de largo no solo ante los libros de Paulette, sino ante la mayor parte de los libros, de libreros y de buquinistas que hacen su labor cultural a la orilla del río. Algunos, si se paran a comprar viejas postales, o a intentar regatear el precio de algún imán de nevera con la forma de las placas de las calles más importantes de la ciudad. Otros se acercan, soban y resoban los libros, como si fueran melones y buscaran por el tacto saber cuál está más lleno o más maduro. Dejándolo después todo manga por hombro, sin conocer ni tan siquiera minimamente la importancia de lo que han sopesado con tamaña descortesía entre sus manos.

 
            Paulette, una joven francesa de la alta Normandía, que vino a cursar sus estudios de historia del arte y traducción a la universidad de París, y que una vez terminada la época universitaria se dio cuenta-como tantos hacemos-, que lo importante no es encontrar un trabajo de lo tuyo, o por lo menos un  trabajo en lo tuyo pero que no te guste, que te agobie, y que te haga llegar cada día a casa exhausto y malhumorado. Sino uno que te libre de la terrible presión psicológica a la que te pueden llegar a someter los viejos buitres, vestidos de brontosaurios, con trajes de cuadros marrones, y que se creen que la única forma de realizar tal o cual labor es la que ellos aprendieron, sin darse cuenta que cuando ellos comenzaron a hacerlas la Legión Cóndor sobrevolaba la ciudad, y que la vida y la cultura ha evolucionado mucho desde las filminas transparentes, que usan para llevar a cabo sus soporíferas clases magistrales.

 
            El caso es que tras estar trasteando con fotocopiadoras y cafeteras de sobremesa unos años, mi amiga se dijo a si misma: se acabó, de que me sirve ganar mil euros si vivo totalmente amargada, pudiendo ganar novecientos haciendo algo que realmente me llena, fue entonces cuando se puso manos a la obra junto a una amiga de toda la vida. Tras mucho luchar por un crédito, lo consiguieron y abrieron una librería-pequeña y con el suelo de madera-, con olor a libro de viejo y a obras recién impresas. Una librería como las de toda la vida, como Dios manda, sin ordenador ni tonterías, un lugar de esos donde saben exactamente los volúmenes con los que cuentan y donde está situados cada uno. Uno de esos sitios-que como he dicho tantas veces-, te reconcilian con el mundo. Al mismo tiempo, consiguieron una licencia para regentar uno de estos pequeños quioscos al borde del cauce del Sena. Allí, una tarde de junio coincidí con ella por primera vez, y a pesar de que mi francés era muy básico-al igual que su castellano-, pronto comenzamos a hablar en inglés de libros y de autores. La joven librera del Sena, no solo es un hacha en historia-gracias a lo cual nos pasamos horas hablando y discutiendo-, sino que además ama la literatura clásica y contemporánea por encima de todo, lo cual es una de los mayores placeres de esta ciudad.

 
            Hace un par de días volví a pasarme por el quiosco del Sena, en busca de algún libro que echarme a la faltriquera-por suerte estoy haciendo grandes avances en mi francés y casi puedo leerme un libro de seguido-. Sus grandes ojos azules estaban casi totalmente tapados por su castaña melena, que caía suavemente sobre sus hombros mientras apilaba con sumo cuidado todos los ejemplares. Tras un rato de charla, me comentó lo mucho que había bajado la venta de libros en los últimos meses de verano-lo que ellos llaman verano es nuestro otoño en temperatura-. ¿Y qué vas a hacer?-pregunté-, pues lo que están empezando a hacer todos estos-dijo señalando al resto de quioscos cerrados que nos rodeaban-. Ponerme a vender candados “del amor”. Me sorprendí cuando me enseño una caja de candados de toda la vida. Si me -dijo-, se ha puesto de moda entre los enamorados llegar a París, comprar un candado y tras escribir sus nombres, lo cierran sujetándolo a la valla del puente cercano y tiran la llave al cauce del río. ¿Y te funciona? Si-contestó-, hoy he hecho la misma caja con ellos, que en la última semana vendiendo libros.

 
           Bueno pensé, hay quien sacrifica sus obras más caras para poder pagar el mantenimiento del resto de su biblioteca, y hay quien debe sacrificar un sitio en sus sueños para poder llevar a buen puerto el resto de ellos. Me parece bien-asentí-, mientras haya turistas que van como borregos, y repiten por que sí los gestos de los demás, siempre habrá una forma de mantener la cultura. Tras lanzar esa leve reflexión al viento, nos fuimos a tomar un café a un bistró cercano, mientras seguíamos hablando de las últimas protestas en Bastilla.

3 comentarios:

  1. Me sorprendí cuando me enseño una caja de candados de toda la vida. Si me -dijo-, se a puesto de moda entre los enamorados, llegar a París comprar un candado y tras escribir sus nombres, lo cierran sujetándolo a la valla del puente cercano y tiran la llave al cauce del río.

    Recuerdo cuando me explicaste lo de los candados, ahora que te leí por primer vez, soy tu fan.

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  2. Muchas gracias.
    Me alegro de que te haya gustado,espero seguir contando curiosidades durante mucho tiempo.
    un abrazo.

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  3. Hola Eduardo, quisiera saber si los libros además de francés e inglés se encuentran en otros idiomas?muy interesante tu artículo, bastante humano, saludos

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