miércoles, 14 de septiembre de 2011

CIUDADES DE OTRO TIEMPO.

          
           Cualquier calle decrépita, en cualquier lugar del mundo siempre me parece una calle de Lisboa, la ciudad que tú serías si alguna vez fueras ciudad. La cita no es mía ─aunque podría firmarla perfectamente, sin ruborizarme─. Porque la realidad es esa, que cada vez que veo una calle con chaperones, adoquines o escaleras con una barandilla de metal en el centro de su tiro pienso inmediatamente en la capital lusa. Les decía, que la frase que encabeza la página de hoy, no es del abajo firmante, sino de una escritora o periodista ─no recuerdo bien─, portuguesa, y servía de encabezamiento de uno de estos artículos de viajes que tan de moda se han puesto ahora en los diarios de toda la vieja Europa.

            El caso es que al leerlo de nuevo se llenó mi cabeza con imágenes de la vieja ciudad del Tejo, de sus fados y de sus piezas de bacalao en salazón colgadas en los zaguanes de las antiguas tiendas de ultramarinos. Hace tiempo que no paseo por sus calles, incluso hace tiempo que no hablo de ella en esta página ─suya y mía─. He seguido viajando, viviendo y escribiendo de otras muchas ciudades, de otras muchas personas que se han cruzado en mi vida, de algunos conozco sus nombres, de otros no, tan solo sus historias, lo que no es poco.

            Pero hace tiempo caí en la cuenta de que desde hace mucho tiempo, allá donde voy veo detalles de mi querida Lisboa. No hace mucho mientras paseaba por las cercanías de la basílica del Sagrado Corazón de París, entre las calles embarulladas de Montmartre, me tope de repente con una de esas calles, estrecha, con escaleras y una barandilla de metal, un poco más abajo comenzaban los adoquines y una empinada cuesta que llevaba hasta una calle un poco más ancha, allí los coches zumbaban al pasar a más velocidad de la adecuada por los citados adoquines, colocados de manera un tanto azarosa. Desperdigados. De pronto me sentí en medio de la capital portuguesa, muy lejos de París, pero sin embargo estaba allí, rodeado de bistros y tiendas de recuerdos, alicatadas con imágenes de la torre Eiffel y Notre Dame.

            Que quieren que les diga, todas y cada una de las ciudades que he visitado tienen una de esas calles, una de esas plazas, uno de esos lugares tranquilos, tradicionales y de las que día a día van quedando menos, engullidas por las grandes construcciones de estéril cemento y las manadas de turistas profesionales, de los grandes almacenes y de las macro librerías, donde los empleados, lejos del librero de toda la vida ─que conoce al dedillo los libros que ocupan sus viejas estanterías─, tienen que mirar en un moderno ordenador para saber si en sus fondos cuentan con alguna edición de El Quijote, o  de El Conde de Montecristo.

            Supongo, o creo realmente, que ese es el mayor encanto de la capital vecina, por eso la echo tanto de menos, sobre todo cuando me encuentro en medio del caos, enmarañado de coches, claxons, y peatones moviéndose sin apenas levantar la vista, o corriendo por el metro como alma que lleva el diablo. Es entonces, cuando te das cuenta de lo mucho que odias a la humanidad ─Mónica Bellucci a parte─. Es entonces cuando me gustaría estar de nuevo en mi tranquila casa lisboeta, a tiro de piedra de donde atracan los cargueros y de los viejos bares de marineros, donde se habla de antiguos barcos y viejos marineros. Donde se come pescado recién sacado del océano bravo, y se bebe ginebra azul acodado en una barra de zinc marcada por los codos de los vecinos, rasgados de la desdicha y la ilusión zancadilleada que tanto abunda en los barrios marineros.

            El asunto, me digo siempre, es que no es casualidad el hecho de que todas las antiguas capitales europeas tengan algo de Lisboa, sobre todo en sus olvidados rincones, en las zonas más desamparadas y lejanas del turismo negocio. El tema, es que algún día muy lejano, o no tanto, todas las ciudades fueron ciudades tradicionales, con sus típicas construcciones, sin moles de hormigón, sin grandes centros comerciales donde los domingueros se apelotonan a la mínima oportunidad. Con sus cafés de madera y mármol, con tiendas de ultramarinos donde los tenderos de toda la vida te ofrecían el producto de la temporada, y donde los malditos tomates, eran rojos como la escarlata y sabían a tomate.

            Esas ciudades de otra época, de otras personas lejanas a lo que hoy vemos, a lo que hoy sentimos cuando paseamos por ellas, donde cada vez más grupos de gente caminan pastoreadas por una guía que les dice hasta en que sitio tienen que entrar a mear, que les coarta la libertad de encontrar esas calles, escondidas y lejanas de la mano asesina de los políticos corruptos y de las constructoras urbanicidas que todo lo cogen, y que son capaces de plantar un bloque de hormigón y ferralla en mitad del Coliseo romano, o crear un campo de golf privado en el centro del Jardín de las Tuileries, y hasta si me apuran, recalificar el portal de Belén y mandar al niño, a la virgen y al carpintero a un piso de protección oficial de treinta metros cuadrados.

            No lo puedo evitar, estos pensamientos me asaltan una y otra vez cuando veo que las ciudades van reformando su estructura, dejando sólo edificios de cristal en el horizonte, eliminado a su vez bancos y fuentes. Por no hablar de las autopistas de peaje, que últimamente salen como hongos y de cuyo alrededor han desaparecido todos los árboles, extirpados como tumores malignos, para evitar que los que conducen más rápido de lo que deben se dejen los cuernos en cualquier curva. Es entonces, cuando sintiéndome vencido pongo rumbo a mi casa, a mis libros, pensando y sabiendo que la única salvación de los vencidos, es no esperar salvación alguna.

2 comentarios:

  1. Muchas gracias tio, simepre hay algo que salvar en cualquier ciudad, por mala o fea que esta sea, siempre hay algún recuerdo que nos salva el día.

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