miércoles, 28 de septiembre de 2011

DOS MONJAS DE DURANGO.


El reloj de la iglesia del templo de Analco en Durango, marcaba las dos y media de la mañana, cuando una troca blanca, de grandes ruedas y llamativas llantas comenzó a moverse por las calles de la ciudad, en su interior iban dos morras, una de ellas, güera y más espigada que su acompañante, prieta y chaparrita. Ambas, a pesar de las altas horas del día, iban ataviadas con hábitos de monjas. La luz de las cachimbas que se repartían por la zona, eran realmente tenues esa noche.
La troca avanzaba a buen ritmo por las carreteras del norte de México, rauda a su destino, la ciudad de Tijuana, hasta que cerca de Nogales tuvieron que detenerse. Allí, como en tantos otros puntos de la geografía mexicana, esa noche se posicionaba una inspección de carreteras. Las dos monjas, no se alteraron lo más mínimo, pues sabían de buena onda, que los federales no revisaban a las monjas, y las dejarían pasar en cuanto supieran de su condición, Ademas, más que otra cosa, parecía que los federales estaban echando un relajo, unos también comían -un tanto apartados-, machaca de verduras y frijoles con queso fresco y tortillas de maíz, y a pesar de estar en servicio, lo acompañaban con unas chelas dos equis. Incluso por los ojos de alguno de ellos, se podría asegurar que le habían estado dando al chacaleño y a la mota.
Pero la pinche noche, comenzó a torcerse pronto, pues el agente que estaba de turno, no parecía ser muy creyente, y quiso quitarse la espina. Comenzó a hacer preguntas a las dos monjitas, que contestaban con total tranquilidad. Él, les dijo, disculpen hermanitas, pero voy a hacerles la revisión de costumbre, y que si se podían bajar del auto y abrirle la dropa de la troca. Cuando el agente, vestido de calle, con tejanos, cinturón piteado y chamarra oscura se acercó a la parte trasera de la camioneta, observo unos paquetes. Pregunto que era aquello.
Las monjas contestaron breves, que iban rumbo a un orfanatorio, y que esos paquetes eran tecitos y leche en polvo para los huerfanitos, y si usted no lo cree señor agente, pues ni modo. No me charoleen con chingaderas, hermanitas-contesto el agente federal-, pues yo presiento que la leche en polvo ya se les convirtió en cocaína.
Y es que las morras vestidas de monjas, eran dos grandes contrabandistas, que en sus barbas la droga pasaban, aprovechando el respeto al convento por parte de los federales, y que se dedicaban al negocio desde bien chavas, por ello las corrieron de sus casas y ahora no se iban a dejar quebrar la madre en medio de la nada. Hijos de vuestra pinche madre, me vale vergas que sean tan pendejos-rezongaba el agente sobre sus federales-, mientras pedía a las narcos que se identificaran. Pero estas resabiadas en el negocio, le ganaron el jalón y mientras daban sus nombres, se alzaron a un tiempo el habito, y sacaron de ellos dos fusiles de AK-47, que agarraron confundidos a los federales, matándolos a todos en el acto, dejando al agente de calle con gran sorpresa en su rostro y dejando rígido su bigote norteño a lo Pedro Armendáriz.
Las narcos, vestidas de monjitas, bajaron la puerta de la dropa y se subieron a la troca acelerando con la carga de mariguana y cocaína en su interior. La carga de “tecitos y leche en polvo”, evidentemente fue entregada a esos “huerfanitos” de Tijuana que tanto la necesitaban, y ambas morras desaparecieron para siempre, hoy muchos las buscan por la propia Tijuana, otros por Durango, y otros dicen que se han puesto muy pesadas y que viven en Sacramento, allá en los Estado Unidos de Norte América.

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