miércoles, 5 de octubre de 2011

EL CENTINELA DE ZAMORA.


Es la esencial defensa de la ciudad, o por lo menos lo fue en otro tiempo, un lugar agreste, duro y sucio, no era un palacio, ni un castillo palaciego, y nunca ejerció como tal, por eso digo que fue sucio y rudo, como un centinela malhumorado bajo el cierzo del norte en el invierno zamorano, si las piedras centenarias del castillo de Zamora pudieran hablar, seguramente sus primeras palabras fueran un pardiez, un voto a tal, o mascullaría un improperio, un juramento o un maldición.
Lo cierto es que no es la primera vez que me refiero a él, aunque si es la primera vez que lo hago directamente, y no para enclavar en sus alrededores una de mis historias de abuelo cebolleta, los que sean seguidores de esta página suya y miá, seguro que recuerdan hace unos años un artículo del abajo firmante titulado “El motín de la trucha”, u otro más reciente de nombre “La puerta de la traición”. Donde pude aprovecharme del mejor enclave posible que la zona medieval de la capital del Duero me ofrecía, use y aproveche para centrar varios capítulos de la historia de mi ciudad. Que quieren, la cabra tira al monte, y los zamoranos a nuestra historia y nuestras leyendas, igual que al cordero, al vino tinto y a las aceitadas. Cada perro se lame su pija, y mira receloso la de su vecino, por si acaso oigan, sobre todo, si además por hacerlo no te dan sebo a la ostaga, que le vamos a hacer.
Bueno a lo que iba, que se me llena la boca antes de tiempo, y a noto la saliva cayéndome por el colmillo, mientras tecleo apresurado y casi epiléptico esta página de hoy, que quieren cuando se trata de mi tierra, o de de mentarle la madre a los hijos de la Gran Bretaña, me sube la bilirrubia, me salta la válvula, y me sale la mala baba escondida y edulcorada a diario, para pasar desapercibido-o intentarlo al menos-, en nuestra culta sociedad de fútbol y cotillos verduleros de chicha, pomelo y puti club televisivo de la hora de la siesta.
Allá en el siglo XI, comenzó a levantarse-el castillo digo-, por orden del rey Fernando II de León y a la sazón conde de Castilla, pues cabe recordar que en este momento Castilla tan solo era un pequeño condado bajo el reino de León, y no como nos quieren hacer creer los modernos historicidas, que deben creer que las viejas rencillas se iban a cerrar, y las heridas históricas y la mala ostia compartida iban a desaparecer como arte de birlibirloque-pero alguien echo sal en la veta sangrante-, aumentando las miradas por encima del hombro, con emergentes cumulos de despropósitos, y acabando por unir las dos provincias bajo un mismo nombre Castilla y León, sin pararse a pensar en la cultura, la historia y los dos dedos de frente necesarios para darse cuenta que los leoneses son leoneses y los castellanos castellanos, diga lo que diga el político canta mañanas o el libro historicamente manipulado de turno. Y lo siento por los amigos castellanos, los cuales seguramente mañana me abrasaran el correo ciscándose en todo lo ciscable.
Esta obra esta situada en un altiplano natural junto al río Duero, desde donde se puede controlar la lontanaza y defender la ciudad por entonces leonesa de las abatidas de las hordas moras y más tarde de las castellanas ordenadas por el rey Don Sancho II, para recuperar un territorio que él creía suyo, pero que nunca le pertenecio, y que nunca llego a conquistar, pues un mal retortijón al borde de la muralla, lo llevo a hacer sus cosas tras unos arbustos, donde un gallego, llamago Bellido Dolfos, hijo de Dolfos Bellido le pico el billete, pasandolé por la calandría y le dió lo suyo, y lo de su primo el de Amaya, por invasor y por cabronazo.
El caso, es que esta mole de piedra y mampostería que durante tantos siglos a defendido mi ciudad, ahora esta ahora totalmente restaurada, parece como nuevo oigan, ni rastro de lo que un día fue la escuela de artes y oficios, la de artes y de la antigua cárcel o cuartel de la Guardia Civil, donde hasta las cuadras de los equinos ocupaban su parte palacial, dejando sus reales heces en un monumento histórico nacional. Ojo, que no me parece mal, si el castillo no hubiera sido parte del aparato depresor del gobierno y luego sede de la Benemérita verde oliva, seguramente hubiese desaparecido engullido por la naturaleza y el olvido hasta que hubiese acabado convertido en un montón de escombros, o sus centenarias piedras trasladadas hasta un bonito patio rural del diputado provincial de turno.
Hoy luce como nueve les digo, se puede pasear por todo su interior, y además ahora alberga un nuevo pseudo negocio, si es que la cultura en una pequeña ciudad de provincias, manipulada por caciques se puede llamar negocio, porque en vez de generar ingresos, suele generar gastos. Además allí podrán disfrutar de la colección permanente de escultura de un zamorano, vecino de comarca del que escribe y que a pesar de no ser un museo que culturice y que nos haga pensar, que esa y no otra es la labor básica de un museo. Pero, pardiez es un museo, y eso voto a Dios, es una victoria.

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