miércoles, 19 de octubre de 2011

SOBRE PADRES Y CAMAREROS.


             Cuando tengo tiempo y ganas, que no suele ser siempre, suelo recorrer casi mecánicamente sitios y lugares de las ciudades en las que vivo, viví o que conozco, como si hubiese vivido allí desde mi tierna infancia. Me gusta pasear por sitios conocidos y saludar al librero del barrio, dar de mano al frutero de la esquina o sonreír a la joven camarera del café de costumbre, mientras comentamos a vuela pluma nuestras últimas novedades. Esto es así, por muy intrépido que se sea-o se crea ser-, y por muchos paraísos lejanos o infiernos cercanos que se conozcan, a todos y a todas, nos gusta volver a nuestro barrio, a nuestra calle, a nuestro punto de partida. A veces, con la intención de hacer un punto y seguido en nuestra vida, otras con la intención de hacer un punto y a parte. Y cuando llegamos a cierta edad-supongo-, volvemos allí, con la idea de marcar en este lugar nuestro punto final.

           El caso, es que el asunto me viene que ni pintado para contar, que desde hace unos meses, he sumado otro de estos lugares a mi lista de sitios de confianza y tranquilidad, alejada de la sociedad de cotilleo y genios balompédicos. Los hay muy dispares, desde el rompeolas occidental de una pequeña playa de Estoril, hasta una vieja cafetería al pie del Panteón de Roma, pasando por el mirador del Carmo en el barrio de Graça de Lisboa, una librería de la calle Canuda de Barcelona, la parte baja de un pub irlandés de Nueva York, o un pequeño restaurante, que sirve los mejores mejillones en salsa de cebolla y pan de centeno de toda Irlanda, y que se sitúa en lo alto de un acantilado, en Howth, a pocos quilómetros de Dublín. Y ahora, se suma una más a la lista, esta es curiosa la verdad, pues es la parte pública de la Gran Mezquita de París. Allí, voy a veces, me siento en un taburete bajo de madera y me trinco como si nada un té moruno, mientras leo cualquier cosa, o paso a limpio las últimas notas sobre la historia de Estrellita “la puñales”, que hace meses me acompañan allá donde voy, tanto en la cabeza, como en algunos esbozos en papel. Que quieren, son manías que tiene uno, otros van al fútbol o a los toros.

          Bueno, pues un día del pasado verano, estaba yo como buen animal de costumbres tomándome mi té moruno, mientras diseccionaba un buen libro del golpe de Estado de Tejero, sentado en la terraza de la Mezquita, que curiosamente, es el antiguo patio de abluciones. En medio de él, una pequeña fuente -que en otra época supongo sería mucho más utilizada que hoy-, se alza delicada, impávida al paso del tiempo y la gente. La fuente deja salir aún algunos chorros de agua, que hacen la delicia de los oídos de los que allí intentamos relajar nuestros sentidos. No es una maravilla, pero tampoco es fea, decorada con formas estrelladas y mixtilíneas, en color blanco, amarillo y azul oscuro. Un grupo de mesas circulares, de metal repujado, se apelotonaban junto a un número indeterminado de taburetes bajos de madera a su alrededor, casi todas ellas ocupadas por los traseros de gente conocida. Otras, las del fondo, junto a la pequeña tienda de jabones e inciensos, son ocupadas por turistas, no olviden que estamos en París, la ciudad más turística del mundo, y hasta este punto apartado llegan los turistas con sus chanclas, sus shorts y sus lorzas asomando bajo la ropa de quinceañero, ropas que no entiendo porque, que se empeñan en colocarse para recorrer la ciudad del Sena, y todas las demás ciudades del globo terráqueo.

            Entre las mesas, se movían como colas de lagartija varios camareros, viejos conocidos, todos árabes, la mayor parte de ellos procedentes de Argelia-antigua colonia francesa-, y que con grandes bandejas doradas, se pasean repartiendo té y otras bebidas “típicas” de un lugar como ese, como la coca-cola-que también tiene guasa la cosa-. El asunto, es que yo llegué y me situé en una de las pocas mesas que quedaban libres a esa hora, una de las más pequeñas, con un solitario taburete, justo al lado de la puerta donde venden los típicos dulces árabes, ya saben, almendra, miel y azúcar, riquísimos pero una bomba calórica. Allí, una joven chica de grandes y profundos ojos negros, se recoge su larga y brillante cabellera con un pañuelo oscuro, mientras sirve las viandas a las personas que no quieren tomarse el té a palo seco. Pronto, el camarero me llama desde la puerta, tomando comanda de mi pedido, y raudo, se acerca a mi mesa con el té moruno de costumbre.

            Todo normal, hasta que hacen aparición un matrimonio con una niña pequeña, los supongo turistas, por las pintas, y porque como buen turista, entran mirando hacia arriba con la boca abierta, la niña pronto comienza a corretear entre las mesas, mientras sus padres se acomodan al fondo y se esfuerzan en hacer foto a todo lo que se mueve. En esas, que el aplicado camarero salé de la cocina hasta los telerines de vasos de té, y la niña, se cruza en su camino, con el correspondiente tropezón y derrame de líquido altamente caliente, que como era de suponer, parte de él-ínfima eso sí-, va a caer sobre la blanca piel de la niña, que irremediablemente comienza a llorar desconsolada.

            Lo normal, dirán ustedes, astutos lectores, es que la madre o el padre, se levanten cojan a su retoño y pidan perdón al camarero accidentado. Pero no, allí no se movió ni el padre, ni la madre, ni el Espíritu Santo, salvo eso sí, el camarero. Rápido recogió el estropicio y entró en la cocina. Saliendo segundos después sin bandeja, pero con un pequeño tubo de pomada en la mano, se sentó junto a la niña en la antigua fuente de abluciones, y hablándola dulcemente, le untó la pomada en la mano que había recibido el líquido abrasador, poco a poco, consiguió que la niña dejara de hacer pucheros y volviera a sonreír. Para entonces, la chica de los ojos grandes del quiosco de dulces, había despachado la cola y se acercaba a la niña con un baklava para acabar de consolarla.

             Minutos después, los padres de la niña-que hasta ese momento no habían movido su turístico culo del taburete de madera-, decidieron, que ya habían absorbido suficiente coca-cola, o que ya tenían suficientes fotografías para lucirse ante sus amistades, de lo étnicos y tolerantes de sus viajes. Recogieron a la niña, y sin decir, ni negros ojos tienes, y sin dar las gracias ni al maestro armero salieron por la puerta. Mientras, la niña, miraba hacia atrás, moviendo su mano derecha y despidiéndose del camarero del bigote y de la chica del pañuelo.

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