miércoles, 9 de noviembre de 2011

CÁBALAS Y CICATRICES.


La culpa fue mía, las cosas como son, y lo fue, porque pensaba que podría presentarme en una clase magistral de historia de Francia en la Sorbona, y salir de allí sin ciscarme en la patria vecina y en sus queridos súbditos. Era un día triste ya desde primera hora, parecía que el invierno había echo por fin aparición en la ciudad del Sena, casi era mediados de noviembre, y los turistas seguían atestando las calles cercanas al Panteón.
El curso prometía. Historia de Francia, primera ponencia: Napoleón. La primera en la frente-pensé-, y así fue, pero no fue como me la esperaba. El profesor en si, era uno de esos jóvenes ancianos, que pululan por las universidades, esos que la ver los piensas unos hachas en lo suyo, pero que en cuanto abren la boca, te los imaginas siendo primo, cuñado o hermano de alguien con el poder suficiente para darle ese puesto, que de otra forma jamás le hubiera pertenecido.
El asunto pintaba bien-me dije-, el personal del aula magna-una treintena-, comenzaban a dar cabezazos a mi alrededor, hasta cuatro personas profundamente dormidas pude observar desde mi asiento. Y mientras tanto, el profesor emérito de la universidad de la Sorbona de París, seguía a lo suyo. Que era leer unos apuntes que colgaban de su mano izquierda, mientras en su derecha sujetaba un micrófono, con la mismas ganas y formas que si fuera un pescado húmedo.
Seguía con su perorata, que si Bonaparte, era un gran estratega, que si Bonaparte fue un honor de Francia, que si Bonaparte evolucionó la armada francesa hasta convertirla en la mejor del mundo. En fin, papanatadas nimias, de cura de misa de doce y púlpito. El contubernio que estaba a mi alrededor, comenzaba a bostezar más raudo y ruidoso cada vez que el dócil docente, paraba de hablar y se disponía a abrir carpetas de su ordenador, sin saber muy bien por donde se andaba, clicando de forma continua en distintas imágenes de cuadros bellos de Napoleón, pintado por pintores de cámara, en los que se representaban a le petit cabrón, como emperador, a caballo y etc, etc, convirtiendo la clase de historia en una especie de pasarela Versalles del siglo XVIII.
Hasta aquí bien, me dije. El tipo es un inepto dando clases, pero tampoco mucho peor que otros ineptos que se pasean por las aulas españolas. Pero llego el momento de voltear el folio, y comenzar con el siguiente punto del temario, este se titulaba: Las campañas de Napoleón. Ahora si me dije, ahora empieza lo bueno. Y así fue, el tipo comenzó a hablar de lo bueno que fue siempre Napoleón, de lo obedientes que fueron los países donde llegó, y lo fácil que se lo pusieron, y lo raudo que le dieron sus territorios, porque todos lo respetaban y amaban, y lo fuerte que se hizo el Imperio. Muy bonito todo, supondría por lo oído hasta aquí, que todo fueron disparos de flores y besos con lengua. Si no fuera porque se algo más de historia.
Y hay fue, en ese preciso instante, cuando mi amigo el profesor sacó a relucir las campañas napoleónicas en España. Simplemente dijo a sus alumnos durmientes, que Napoleón consiguió hacerse rápidamente con el dominio del país vecino y colocar allí a su hermano José, y todos tan felices y comieron perdices. Nada más, y luego se puso como si nada, a hablar de la batalla de Trafalgar, en la que dijo que lucharon las grandes marinas de Francia y del Reino Unido, sin mencionar una simple vez la palabra España o españoles. Supongo que para este tipo, los españoles andábamos por allí rascándonos los huevos y llevando el botijo.
Pues bien, al final cuando solo quedaban unos minutos para que mi amigo acabase su clase maestra, me saltó la válvula y a punto estuve de levantar la mano, o levantarme yo entero. Interrumpirle en su ensueño napoleónico, y preguntarle por el gran estadista. Ese que se fue a invadir Rusia en invierno, con los mismo uniformes que invadió España en verano, sin tener en cuenta las temperaturas. O me gustaría preguntarle que opinaba del 2 de mayo de 1808 en Madrid, o de la batalla de Bailén, o la de Buçaco, o de la de Gamonal, o que opinión tenía sobre las navajas de siete puntos-clack, clack, clack....-, o sobre la labor del mal nacido de Fernando VII.
También me dio muchas ganas de recordarse, que su le petit cabrón, jamás llegó a conquistar toda España, pues una pequeña ciudad llamada Cadíz, se les atraganto bastante. Y que mientras su armada los asediaba para que se rindieran, se dió la situación de que los asediados vivían bastante mejor que los que les asediaban. Y que esa ciudad, la que no consiguieron ocupar, era una de las más avanzadas y cosmopolitas de su tiempo. Y además una de las más cachondas, y que se reían de ellos, cada vez que uno de sus obuses de última generación no conseguía cruzar la bahía y explotaba en medio de la nada. Mientras ellos comían bazofia y luchaban para que las chinches no se los comieran a ellos.
Para terminar tal vez le hubiera mencionado a un tal Francisco de Goya y Lucientes, pintor y afrancesado. Que nos pintó a españoles y franceses como nadie, zurrándonos la badana a manos llenas, mientras por la boca salia rabia y juramentos. Esas si que son las pinturas de las campañas de Napoleón, y no las que mostraba este señor en sus clases. Pero, como además de ser historiador, soy educado y español, pensé que mejor me callaba la boca, y los dejaba bañándose en su mentira y ensueños. Al fin y al cabo en el pecado tienen la penitencia. Supongo, que son tan engreídos que se creen esa historia. También se han creído que su universidad es la mejor de Europa.

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