miércoles, 2 de noviembre de 2011

UN CUBANO EN EL METROPOLITAN.


El fin del invierno se paseaba, como que tal cosa por las calles del barrio de Harlem en Nueva York, el sol apretaba como si le fuera la vida en ello, y a mi me sorprendió gratificantemente a la salida de los Cloisters En lo alto de ese monte desde el que se podía divisar todo el barrio, y un poco más allá, cruzando con la vista el enorme cauce del río Hudson, nacía con toda intensidad el temeroso-para algunos-, barrio del Bronx. Justo delante de mis narices, un bello puente metálico unía la isla donde me encontraba con el resto de la ciudad. El día era agradable como ya he dicho, y decidí seguir con mi visita, tras llevarme en la retina, tantos claustros, retablos y vidrieras medievales europeas, que ahora pasaban los días en la parte alta de Nueva York, decidí seguir con la visita de joyas europeas en suelo norteamericano.
Una hora después y tras rodear la parte trasera de la isla en un autobús vació, y tras recorren unos de los barrios más increíbles de la ciudad, di con mis huesos-y los de algún amigo más-, en un edificio presidido por nada más ni nada menos, que un estatua ecuestre del Cid campeador, hay queda eso. Estaba, ante la puerta de la Hispanic Society de Nueva York, decidido a contemplar al fin el gran mural pintado por el artista valenciano Joaquin Sorolla. Pero de nuevo-otra vez más con estas pinturas-, la suerte me fue esquiva y la sala que las contenía estaba en restauración, y por ende, las pinturas guardadas a buen recaudo lejos de mi cornea.
Pero el día, que seguía soleado y caluroso en el exterior, comenzó a enderezarse. Pues uno de los responsables del edificio, viendo que eramos españoles y viendo nuestra desesperanza tras la última noticia, decidió premiarnos con una sorpresa increíble. Llevándonos a la sala de la biblioteca, nos enseño y nos dejo contemplar varios incunables, y varias primeras ediciones de la literatura patria, entre ellas: la primera edición del El Quijote y de La Celestina.
Aún sorprendido de lo visto y contemplado-y fotografiado con precaución y profesionalidad-, me dispuse junto a mis acompañantes a comer algo, pensamos en pasarnos alguna delicatessen nacional por la calandria, ya saben: hot dog y pepsi cola, pero no encontramos nada por la zona, y decidimos volver al autobus, y llegar al Metropolitan Museum of New York. Allí nos fuimos.
El viaje fue larguísimo, más de una hora viendo solo bloques de edificios de colores oscuros, decorados simplemente en el exterior con las famosas escaleras metálicas de incendios, pero cuando llegamos a la parte trasera de Central Park, hizo aparición un tipo espigado y flacucho, de grandes ojos y mayores ojeras, que vino a sentarse a mi lado. Durante unos minutos permanecimos en silencio, pero cuando el hombre de las ojeras vio que hablaba en castellano con mis amigos, pronto comenzó a preguntarme de donde venía y a que me dedicaba.
Al pasar por delante del Guggenheim, el tipo comenzó a contarme cosas interesantes de su vida, le encantaba hablar, y lo mejor es, que lo que tenía que contar era una de las historias más interesantes, que nunca me habían contado en un trasporte público-salvo la de aquel portugués de Lisboa, que me explicó como se ganaba la vida con el contrabando de bicicletas en la frontera española-. El caso, es que el individuo en si, era de origen cubano, como bien marcaba su acento, era dicharachero y agradable a la palabra y muy correcto. Pronto llego nuestra parada que era la del museo más centrico de Manhattan. Nos apeamos juntos, y allí a la sombra de un árbol, mientras comíamos un perrito caliente, comprado en una de esas casetas móviles, que pertenece a algún lisiado de guerra o al hijo de algún veterano de guerra-en una placa explica incluso, a que batallón y que graduación ostentaba el muerto o herido por su país-.
El viejo cubano, me contó uno de sus más grandes secretos. Yo-dijo-, era atleta de la selección cubana, sabes. Podría haber llegado a ser campeón olímpico, era una de las estrellas de mi equipo en las olimpiadas del Montreal del año 1976, pero me pudo el genio chico-decía mientras sonreía mostrando su grande y blanca dentadura-. Me fui del hotel, deje la expedición, y me fui al hotel de la expedición americana, me di a la fuga y abandone mi país. Ahora, evidentemente no puedo volver, pero aquí, después de tanto tiempo tampoco estoy muy seguro, sabes. A pesar de que los americanos me trajeron aquí, una vez pise suelo de los Estados Unidos, nadie más se preocupó por mí, y dese entonces trabajo haciendo lo que puedo.
Sobrevivo bien no te vayas a creer, y de vez en cuando algún amigo me visita y me trae unos buenos puros y una botella de ron. Y nos la tomamos en mi casa, y nos reímos de muchas cosas, y al final acabamos llorando por lo que tenemos, por lo que pudo ser y no fue, y porque la idea del sueño americano, chico. Solo vale para los norteamericanos.

1 comentario:

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