miércoles, 19 de diciembre de 2012

ANDANZAS NACIONALES.



 

Creo haberlo dicho en esta página alguna vez, y si no es así lo haré hoy; Hay días en los que es mejor no escuchar las noticias. Seguro que muchos de ustedes tienen la costumbre de leer alguna publicación, diarios, dominicales, o revistas del corazón, incluso escuchar algún programa matinal de radio mientras mojan el churro-entiéndanme bien, no se me vayan por cerros de Úbeda-, o la magdalena. Pues bien, a mí esta mañana se me han atragantado los crispies. Escuchaba una entrevista que me hizo toser desesperadamente mientras daba un trago largo de café con leche, y sacudía esquizofrénicamente el transistor sin dar crédito a lo que estaba oyendo.

Como era de esperar, la “noticia”, o más bien la barrabasada que acababa de oír en la radio pública saltó a la palestra en cuestión de minutos, y todos los medios de comunicación nacionales y alguno extranjero, mostraban el careto del tipo en cuestión junto a alguna de sus perlas entrecomilladas. Hablo del actual presidente del Consejo General del Estado Español, el cual se lamentaba ante el micrófono de todos, de tener que viajar en clase turista, defendiendo esta afirmación con frases tales; “no es la mejor imagen” u “ocupo un cargo muy importante que necesita cierto reconocimiento”.

Lo dice el tipo, que asumió su cargo tras la dimisión de su antecesor en el cargo, el cual, no se iba ni con agua caliente, tras ser acusado de gastar casi treinta mil euros de dinero público en más de treinta viajes privados, y sin justificar. Marchándose un mes más tarde por la puerta trasera, después de pasearse por la calle jurando y perjurando que él no tenía nada que ver con el asunto. Finalmente, hizo lo que debería haber hecho el primer día, dimitir, eso sí, diciendo que lo hacía sin conciencia de culpa y sintiéndose víctima de una campaña en su contra. Supongo que el actual presidente del CGPJ, no se refería a este caso cuando hablaba de “mejor imagen”, porque la que están dando ellos, es una imagen perfecta que te rilas.

Pero a mí, a pesar de tener claro que este individuo es un impresentable con chorreras, que se lamenta de no viajar en business y tener que codearse con la chusma, en vez de preocuparse de la que está cayéndole al país en general y a la justicia en particular-y la que le va a caer, porque esto no lo arregla ni Superman hasta las trancas de ginebra azul-, sus quejas y reproches me hicieron pensar, reflexionar, me hicieron recordar. Pues no hace falta irse a las grandes esferas políticas o financieras para ver como el dinero público se lanza por el sumidero. Esos gastos estúpidos están en la calle, en nuestra vida diaria. Buscarlos, percatarse de ellos y apuntar con el dedo al culpable es un ejercicio muy fácil, es casi analgésico si me apuran.

Recuerdo un caso en concreto, les pongo en situación; Ciudad de Cádiz, una de las más pobres de España, una de las ciudades donde la crisis más daño ha hecho, una ciudad con un alto fracaso escolar, la ciudad española que más población ha perdido en los últimos diez años, y donde el paro alcanza casi a un cuarenta por ciento de la población. Una ciudad donde cualquier apoyo económico y de trabajo es importante, donde cada euro que cae en las arcas públicas se debería usar en la creación de empleo, para que muchas familias de la Tacita de Plata puedan subsistir y encontrar una salida, a lo que unos políticos llaman desaceleración económica y otros llaman herencia socialista, mientras disfrutan del menú más caro en Lhardy por supuesto, dándose besos en la boca y diciéndose que buenos somos, coño.

Pues bien, el consistorio de Cádiz, dirigido por una de esas políticas que hablan de la herencia socialista-lleva como alcaldesa dieciocho años-, ha hecho un gran uso de ese dinero tan escaso en la ciudad. Y esa gran inversión es; Una pantalla interactiva que conecta Cádiz con la ciudad colombiana de Cartagena de Indias. Con dos cojones.

Un tótem de pantalla, cámara y dispositivo de sonido ambiente de última generación, que junto a otro módulo con micrófono y altavoces, sirve para conversar con gente que se encuentra en otra céntrica plaza de la ciudad colombiana. Su objetivo-según nota oficial-, es tratar de unir ambas plazas con una comunicación bidireccional, que permita a los ciudadanos de ambas urbes interrelacionarse, manteniendo un contacto directo y cercano, como si compartieran el mismo espacio. Una ventana virtual para asomarse a la ciudad hermana. Concluye.

El día de la inauguración ya pueden imaginarse, alcaldesa, rector de la universidad y gerente del consorcio del Bicentenario de tiros largos, haciendo el tonto delante de una pantalla carísima donde salían reflejados los mismos cargos de la ciudad latinoamericana. Fotos, frases vacías de contenido y promesas de utilización profesional e inteligente del sofisticado invento. Ya ven un gasto necesario tanto en una ciudad como en la otra, y que supongo no tardaran en desmontar y vender al chatarrero de turno.

Como se podrán imaginar astutos lectores, segundos después de que se marcharan la gente guapa y las cámaras, el uso de la pantalla interactiva dejaba mucho que desear, con conversaciones de tan alto nivel cultural como la que mantenían un hombre con gorra naranja y unos jóvenes colombianos; “Falcao, bueno muy bueno, el otro día metió cinco goles” o grandes observaciones internacionales tales como; “Los taxis de vuestra ciudad son de color amarillo, como el Cádiz, el Cádiz viste de color amarillo”. A lo que los jóvenes del otro lado del océano Atlántico, contestaron con una frase no menos acorde con el alto nivel de la charla; “¿Hay alguna chica por allí?, que salude y la veamos a ver qué tal está”. Lo dicho. País de chirigota.

jueves, 13 de diciembre de 2012

SOBRE EPIDEMIAS Y TERRITORIOS DE ULTRAMAR.


El asunto es de sobra conocido, por lo que tampoco me voy a extender. Corría el año 1701, y se había abierto la Guerra de Sucesión española entre los partidarios de los dos pretendientes al trono de España: Felipe de Borbón y el archiduque Carlos de Austria. Todo muy normal como ven, eso de matarse entre hermanos era y es habitual en España, casi un deporte nacional. Pero llegó un momento, en el que el río estaba bastante revuelto, y ya saben lo que dicen, cuando el río baja agitado, ganancia de pescadores, y como en otros muchos casos, los que tiraban las redes en esta época en las costas Ibéricas, eran los ingleses. Raudos se posicionaron de parte de los Austrias, “ayudando” al archiduque Carlos, y sin más avisos se pusieron a montar jaleo. En pocos días, intentaron hacerse con las plazas de Barcelona y Cádiz, de donde salieron con el rabo entre las piernas y las balandras colgando, hasta que llegaron a la Bahía de Algeciras donde se hicieron con el Peñón de Gibraltar, plaza poco defendida, que los ingleses ganaron rápido, debido a las dispares fuerzas que se enfrentaban ese día.
En España seguía la Guerra de Sucesión hasta que en el año 1727 se firmó el Tratado de Utrech, poniendo fin a las hostilidades entre los dos sucesores al trono español. En este tratado, tanto el archiduque Carlos de Austria como sus aliados, reconocían a Felipe V de Borbón como rey legítimo de España, eso sí, haciendo a este ceder a perpetuidad a Inglaterra el control de Gibraltar y Menorca, por las molestias y tal. Más tarde la armada española recuperaría la Isla, no pudiendo hacer lo mismo con el Peñón, a pesar de haber intentado varios asaltos y asedios. Tales enfrentamientos llevó a que en el siglo XVIII se creara una zona neutral en el istmo, para evitar así posibles enfrentamientos futuros.
Pero la cosa cambia bastante entre las dos potencias, cuando Napoleón asomó sus francesas narices en la vieja Europa, intentando mojarle la oreja a los ingleses y a todo el que pasaba por allí. Llegó 1808 y el Corso se presentó en España con todos sus chicos, rápidamente Inglaterra se prestó a aliarse con España contra los franceses, y a la misma velocidad el gobierno de España aceptó el trato, sin ser capaz de ver más allá-sin recordar por ejemplo, lo acontecido años atrás en la Batalla de Trafalgar, entre otras muchas-, Hasta aquí nada que nos sorprenda, ya sabida son las idas y venidas de los ingleses en su provecho por la vieja Europa, cayera quien cayese por el camino. El duque de Wellington y sus chicos ayudaron a expulsar a los franceses desde Cádiz a la frontera gabacha. Por ello la amistad anglo-española seguía en buen estado, y por eso mismo, cuando en el año 1815 se desató una epidemia de fiebre amarilla que diezmo tanto a la población civil como militar de la colonia inglesa, el gobierno español acudió en su ayuda.
Ante esta penosa y aflictiva situación el General Don-gobernador de la plaza-,solicitó el auxilio y la colaboración de las autoridades españolas, ayuda que les fue generosamente otorgada, pues se trataba de ayudar a un país aliado. A partir de aquí tanto el general Alos, como el general Don dictaron unas normas concernientes a la instalación de un campamento sanitario en la parte de la zona neutral más próxima a la muralla de la ciudad, así mismo se conviene en que el Comandante de La Línea facilite a las tropas y habitantes del Peñón instalados en territorio neutral todos los auxilios que dicte la buena armonía reinante entre ingleses y españoles. Eso sí, estipulando que el tráfico entre la zona neutral y el Peñón debía de ser únicamente en horario diurno, por si acaso. Que una cosa es ser bueno y otra cosa andar tocando los aparejos sin necesidad. Llegando al punto de regresar cada uno a su casa y Dios a la de todos-el protestante a un lado y el católico al otro claro-, cuando la situación se restableciera y la población del Peñón no corriera peligro alguno.
Pero como seguro ha adivinado usted astuto lector, de la zona neutral no se movió ni el maestro armero, y lo que en un primer momento fue una concesión humanitaria del gobierno español, se convirtió en una bajada de pantalones en toda regla ante la Pérfida Albión, pues nadie de los gobernantes de esa España fue capaz de ponerse los galones y agarrando de los huevos a los hijos de la Gran Bretaña llevarlos a su amado Peñón, dejando la zona neutra limpita y reluciente. Supongo que estos gobernantes pensarían que ya se cansarían, y volverían a su casa a tomar cerveza poco a poco, y así siguieron pensando hasta que en el año 1938 el gobierno de Gibraltar construyó su aeropuerto en este espacio. Cerrándose así un despropósito que comenzó con esos ingleses viperinos aprovechándose de una coyuntura española difícil, y de la buena intención de un gobierno que no sabía con quien se jugaba los territorios. Pues Inglaterra se hizo con el sitio del Peñón aprovechándose de una guerra civil española, aumento sus territorios aprovechando la buena fe del gobierno español, que quería evitar la muerte de todo los habitantes de Gibraltar por fiebre amarilla, y finalmente en 1938, en la mitad de otra guerra civil, sin un gobierno fijo, construyó en esa zona el aeropuerto.
Ahora querido lector, le invito a hacer un ejercicio de imaginación, pongamos por ejemplo que el asunto fuera al revés, es decir, que nuestra Armada Invencible, esa tan “invencible” que no llegó ni a poner un pie en el litoral inglés, lo hiciera, llegara. Pues bien, imagine que tras arribar, montamos la pajarraca en las costa inglesa y nos quedamos con un Peñón cercano a Dover, el Peñón de Yesveriguel, imagine también que en esa zona marítima se prepara una batalla de mírame y no me toques, donde después de rompernos la crisma unos a otros, dejamos listo de papeles a los hijos de la Gran Bretaña, y saliendo victoriosos de la histórica batalla de El Cabo Guanbir Maifren, montamos un cementerio a nuestros caídos en medio del Peñón de Yesveriguel, mientras a los otros, a los perdedores los han tenido que tirar por la borda. Y tras un tiempo litigando con los simpáticos ingleses, viene el tatarabuelo del orejas y se bajó las calzas, firmando un tratado-por ejemplo el Tratado del té de las cinco-, en el cual reconoce ese trozo de tierra como español-lo que ya es mucho imaginar-. Después seguimos a la gresca durante años, mentándonos los familiares más cercanos y con esos tiras y aflojas tan típicos, porque el sitio es un lugar estratégico en El Canal de la Mancha, y de vez en cuando se escapa algún cañonazo.
Pues bien, en un momento de estos, se desata una epidemia de fiebre amarilla, un brote de peste o de lo que usted prefiera, y el general, el gobernador o el que pinte algo en el Peñón de Yesveriguel, se presenta en Londres, pidiendo ayuda a su majestad el rey o la reina de Gran Bretaña para colocar un hospital en territorio neutro, pudiendo así conseguir que la epidemia no mate a todos los pobladores del Peñón. Imagínense la respuesta del monarca, o mejor aún, imagínense las carcajadas que resonarían hasta en la costa francesa. Mandando al representante español a tomar por donde se rompen los calderos, y enviando a una buena guarnición de su guardia a la zona, con estrictas ordenes de coger a todo aquel que intentara salir de la colonia española, y volver a tirarlo otra vez dentro, por encima de la valla, de la muralla o de lo que fuera que los españoles hubieran levantado para defenderse. Esperando a que la peste o la fiebre amarilla les facilitara el trabajo, y cuando todos los invasores hubieses estirado la pata, entrar y volver a hacerse con la plaza. ¿Españoles que españoles?, aquí no ha pasado nada, aquí nunca ha habido españoles.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

EL DÍA EN QUE MURIÓ MADRID.


Un día hubo un Madrid diferente, especial, un Madrid en el que los que amamos la historia y las ciudades que la albergaron -y la albergan-,nos sentíamos importantes a la par que afortunados de pasear sus calles, de frecuentar sus tascas, de cruzar los umbrales de sus cines o teatros, de cruzarse por la calle con sus habitantes. Algo así como lo que les debió ocurrir a aquellos que pudieron pasear por el viejo y bohemio París, o la antigua Roma.

Hay una cosa que se echa de menos cuando se pasea por cualquiera de las grandes ciudades que se enorgullecen de pertenecer a este primer mundo, término que se ha usado y manipulado hasta la leprosidad, sobre todo por cierta calaña arribista, la misma que ahora nos acusa de haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Lo que quiero decir hablando en plata, es que se ha perdido el encanto, al igual que los habitantes o paseantes hemos perdido en cierto modo la educación y las formas. Pasear por la Gran Vía madrileña, por la Quinta Avenida neoyorquina, por la Vía Condotti de Roma o por los parisinos Campos Elíseos, es una tarea inútil, vacía de contenido-usando el termino histórico o curioso de la expresión-, si nos colocaran con los ojos vendados en medio de cualquiera de estas vías, nos sentiríamos confusos, sin saber distinguir la ciudad, tal vez ni siquiera el país en un primer momento, mismas cafeterías, mismos hoteles, mismas tiendas. Es terrible.

Hace unos días, tenía una cita literaria en el centro de la capital de España, y desde horas antes volví a pasear por sus calles, y no me refiero al extrarradio, nada más lejos, hablo del Madrid castizo, el centro y el barrio de los Austrias, una zona espectacular que ya quisieran saber o poder haber diseñado cualquiera de los nuevos arquitectos, esos que van levantando bloques rígidos de hormigón en cualquier punto que les brindan los alcaldes o ministros urbanicidas, y que parecen tanatorios de última generación-una “bonita” metáfora de nuestro futuro urbanístico-. Muchas de estas ciudades creen que lo mejor es mostrar colores e instalaciones modernas, mientras se tapa la parte original, por modernidad o simplemente por estupidez. Suponiendo que un museo brillante y deforme es más cool que un palacio renacentista.

Madrid es un claro ejemplo, los cambios se aprecian a simple vista. No me estoy refiriendo al Madrid de Felipe II, ni al de Goya, sino del Madrid de hace veinte o treinta años. Incluso de menos. No quiero decir con esto que todo sea malo, por supuesto, hay cambios para mejor, pero también hay demasiados brindis al sol, valores que habría que actualizar pero no eliminar, que habría que respetar y no tirar por la borda, pero en España es algo normal, aquí somos especialistas en cargarnos los que en otros lugares sueñan por tener. Si en manos de nuestros gobernantes estuviera, las costas españolas dejarían de tener turistas buscando el sol y las buenas temperaturas, porque habrían hipotecado el sol a un interés variable.

Madrid y la mayor parte de las ciudades españolas han sucumbido a una idea de rancia pos-modernidad, han vendido su identidad, han prostituido su autenticidad, cubriendo su esencia con cemento y dinero negro, todo ello-por supuesto-, acompañado de decisiones políticas y económicas, que han revalorizado las cuentas suizas de esas cabezas pensantes que calientan los sillones del Congreso y el Senado-los días que asisten-. Dejando el país al libre albedrío de la coherencia-normalmente inexistente-, de empresarios de baja estofa y alta comisión. Mientras la ciudad va muriendo a pasos agigantados.

Los teatros han cambiado sus nombres por marcas de helados o seguros, la Plaza de Tudescos tiene nombre de monja, en la comisaria de la calle La Luna ya ni tan siquiera huele a tabaco negro y el café se toma descafeinado con leche de soja, los toxicómanos y chaperos de la calle Montera hace muchos años que abonan la tierra de cualquier cementerio, y las librerías de viejo del barrio de las letras han mudado en tiendas de recuerdos, con las paredes alicatadas de imanes y trajes de torero. Tantos y tantos negocios que han desaparecido de la geografía de la capital y que ya forman parte del imaginario local, de este patio de vecinos al que algunos llaman España.

Paseando por el viejo Madrid, seguro que muchos echan de menos algunos establecimientos, como el bar El Armadillo, Los pepinillos, las historias del Azur o La Vaquería, la céntrica e inolvidable cafetería Dólar, o el curioso Café As de Oros, entre otros tantos. Ni tan siquiera los mercados centrales siguen siendo lo que eran, el Mercado de San Antón es un supermercado del siglo XXII, y el de San Miguel, un centro del Gourmet que se la coge con papel de fumar. Incluso ha perdido su fauna local, muriendo un poco más, cuando desaparecieron los serenos borrachines, los vendedores ambulantes y los de tabaco que se colocaban en los laterales interiores de la entrada de las cafeterías, el último en este gremio Alfonso el del Gijón, un curioso tipo que se definía como cerillero y anarquista.

Algunos lugares han mantenido los galones, alta la cabeza, convirtiéndose así en lugares casi sagrados para los que echamos de menos ese viejo Madrid-incluso partes que algunos no conocimos-, y que hoy buscamos ansiosamente apartando de nuestro camino las cadenas y multinacionales. Como el restaurante Marsot, Casa Julio, Los Jiménez o el Lhardy. Da gusto ver las puertas abierta de la pastelería La Mallorquina en la Puerta del Sol, tras tantos años.

Otras siguen conservando el nombre como vago recuerdo de lo que fueron en su día y que ahora no reconocerían, como Sierra, Chicote-ahora “Museo” Chicote-, o La Bohemia, que decidió cambiar su preciosa decoración de antiguos baúles y su aspecto bohemio, acogedor e ilusionante de aquel Madrid pos dictatorial, pasando a ser un centro de lámparas estridentes y neones cegadores sin personalidad.

Hasta lo más visible ha cambiado-tal vez por eso sea que ya nada se valore-. Seguro que muchos de ustedes recuerdan-recordamos-, cuando la capital tenía un alcalde no solo elegido democráticamente, sino que además gobernaba por y para el pueblo, sin dejarse manejar por bancos y empresarios mafiosos, apartando las ideologías y colores para campañas electorales, y centrándose en la ciudad que lo necesitaba, tanto fue su empeño que en el mismo momento que se colapsó su corazón, también lo hizo la ciudadanía, abarrotándose Madrid hasta la extenuación el día de su entierro. Era otro tiempo, era otro Madrid.


miércoles, 28 de noviembre de 2012

LOS CIEN DÍAS (y IV).


A estas alturas de la película solo Napoleón y su hermano Lucien Bonaparte, pensaban que disolviendo las cámaras e implantando una dictadura se podría salvar a Francia de la vuelta de la monarquía, y de las tropas de la Séptima Coalición, las cuales ya convergían sobre París, con los cuchillos entre los dientes y la saliva cayéndoles por el colmillo, mientras se repartían los pedazos escuálidos y famélicos, con olor a pútrido del ya muerto Imperio Bonapartista.

La situación de Francia al igual que la carrera de Napoleón se derruía, ambos habían llegado a un nivel mucho más lejano de lo que se pensaba en 1798, y que ahora, diecisiete años después volvía no solo a su lugar inicial, sino que se encogía frente a sus históricos enemigos de una forma portentosa. Ahora, había llegado el momento no solo de olvidarse de invadir países vecinos, sino el de defender lo que aún pudiera conservarse del propio. Será Charles de Talleyrand, un sacerdote y diplomático francés de gran influencia tanto en época monárquica, como en la Revolución y en el Imperio Napoleónica, el cual, con su apariencia de legitimidad era el único capaz de salvaguardar los intereses del país.

Pero la sentencia estaba echada, Napoleón finalmente reaccionó y reconoció lo evidente, y cuando su hermano lo presionó para tomar la decisión dictatorial, el Corso simplemente contestó: “Ya me he atrevido demasiado”, zanjando el tema. El día 22 de junio de 1815 el Emperador Bonaparte abdicó por segunda vez en favor en su hijo Napoleón Carlos Bonaparte, a sabiendas de que tan solo era un brindis al sol, pues este, se encontraba en Austria junto a su abuelo el Emperador Francisco I de Austria y con poco o ningún interés de poner un pie en tierra francesa.

Por otro lado, tanto la Cámara de los Representantes como la de los Pares vieron con buenos ojos esta abdicación, sobre todo porque así se quitaban al petit cabrón y sus ansias de poder de en medio. Tras la proclamación de Napoleón II se designó un gobierno provisional, presidido por el Duque de Otranto-personaje curioso, pues creó el espionaje moderno y fue el responsable de la creación del Ministerio de Policía de Francia, que más tarde sería el Ministerio de Interior-, y otros cuatro miembros más.

El 7 de julio de 1815, la comisión designó a Napoleón II como Emperador antes de disolverse, nombramiento que sirvió de poco, pues el 8 de julio de ese mismo año-un día después-, el huidizo rey Luis XVIII volvía a París para retomar el poder del reino francés, o más bien lo que quedaba de él. Mientras tanto, Napoleón Bonaparte recibió de manos del nuevo presidente del recién constituido gobierno provisional, la insinuación-entiéndase la ironía-, de que no sería mal visto su abandono del territorio francés.

El Corso se retiró inicialmente a Malmaison, el antiguo domicilio de su “querida” Josefina, donde esta había muerto momentos antes de la primera abdicación del Emperador. Su tranquila estancia en el Château se vio interrumpida rápidamente, el 29 de ese mes las tropas prusianas se acercaban peligrosamente, con una idea clara, capturar al antiguo dueño de Europa; vivo o muerto. Esta, digamos vicisitud, este contratiempo hizo recoger prematuramente los bártulos al pequeño Corso y salir corriendo hacía Rochefort desde donde pensaba embarcarse hacía los Estados Unidos. Pues aquí tienen al invencible dueño del mundo-o de la mayor parte-, partiendo con una mano delante y otra detrás en busca de una nueva vida y del sueño americano, imagínense la escena.

En su travesía fue interceptado por los ingleses, los cuales encarcelaron y embarcaron al Corso en el Northcumberland, desterrando después al emperador en la Isla de Santa Elena, en medio del Atlántico Sur, un lugar no elegido al azar, pues se encontraba a dos mil quilómetros de la costa más cercana, lo que la convertía en uno de los lugares más aislados del mundo. Allí, aburrido dictaba a un paciente conde de Les Cases su historia, lo que más tarde se conocería como el Memorial de Santa Elena, a la que el conde no hacía mucho caso y entre medias, escribía una novela basada en los amores frustrados del emperador con una preciosa marsellesa que acabaría casándose con su amigo Bernadotte.

El día 5 de mayo de 1821, Napoleón Bonaparte, el dominador, el ogro de Europa moría pronunciando tres palabras-las cuales cambian según la versión, como casi todo en su vida-. Aquejado de una continua pesadez de estómago, se creía víctima de un cáncer al igual que su padre, pero estudios posteriores de su cabello han aclarado que fue envenenado con arsénico. Su última voluntad era ser enterrado en la orilla del río Sena, en medio del pueblo francés, pero se le dio sepultura en la propia isla, hasta que diecinueve años después el gobierno de Luis Felipe I-último rey de Francia-, repatrió sus restos en la fragata Belle-Poule, para depositarlos finalmente en Les Invalides de París.

A pesar de sus idas y venidas, de sus expulsiones y nuevas posesiones del trono Imperio francés, de las batallas perdidas, de los muertos que llevaba a sus espaldas, y de todos los apoyos y odios incondicionales, la llegada de los restos del Corso, fue uno de los acontecimientos más esperados en toda Francia. Cosas de la historia, ya ven.

 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

LOS CIEN DÍAS (III)


Llegados a este punto, tanto Napoleón como el resto de países europeos-o lo que fuera entonces esta casa de putas a la que ahora llamamos Comunidad Europea-, no les quedaban muchas opciones, es decir, o atacar o agachar la cabeza. Napoleón tenía claro que había llegado a un punto de no retorno, creyendo fielmente que eran las armas las únicas que podían decidir su futuro y con él el de Francia.

Nadie, ni dentro, ni fuera de la antigua Galia se creía su nuevo papel de monarca constitucional, y mucho menos que el viejo emperador se conformase con dominar los actuales territorios franceses, por ellos los miembros del Congreso de Viena, los mismos que lo habían declarado fuera de la ley, crearon la Séptima Coalición, una alianza militar formada por 150.000 hombres con el fin de aplastar al corso.

Pero Napoleón viejo, cansado, perdido, y todo lo que ustedes quieran no se dejó neutralizar ni un segundo, y como buen estratega se puso en movimiento. Su idea era muy simple, y a la vez muy clásica, contando con dos puntos a tener en cuenta, el primero de ellos consistiría en atacar antes que tener que defenderse, y el segundo era un principio básico militar: divide y vencerás.

Intentó convencer por separado, a cada uno de los estados integrantes de la Séptima Coalición para que no invadieran Francia, pero la negativa de todos los miembros se escuchó a lo largo de la campiña gabacha, por no hablar de las risas. El rebote que se cogió el petit cabrón fue de los que hicieron historia en París, los caricaturistas de Le Moniteur Universel se pusieron las botas a costa del Corso, y este, decidió tirar por el camino de en medio.

Ese camino no era otro que su especialidad, la invasión, la guerra sorpresa, y ese ansia de poder lo llevó a saltar sobre la coalición como única forma de mantener el puesto. El primer paso era atacar a las tropas aliadas que se encontraban en Bélgica, mientras estaban en formación y neutralizarlas antes de que se le echaran encima, acorralando a su vez a las tropas de la Pérfida Albión contra la costa, y así, al mismo tiempo dejando a los prusianos fuera de la contienda.

Pero en gorrino le salió mal capado al Corso y el enfrentamiento llevado a cabo en Bélgica entre franceses y las tropas de las Séptima Coalición acabó como el rosario de la Aurora, este cúmulo de pequeñas batallas, de pequeñas luchas, de escaramuzas acabaron confluyendo en la -tristemente conocida, sobre todo para los gabachos-, Batalla de Waterloo.

Realmente, la grandiosa batalla de Waterloo, no fue tal, sino más bien un cúmulo de batallas o enfrentamientos. El primer envite tuvo lugar el 16 de junio de 1815 en las inmediaciones de Ligny, está primera escaramuza acabó con la victoria de las tropas napoleónicas, haciendo retroceder a los prusianos sorprendidos por el golpe sobre la mesa dado por el Corso. Ese mismo día el Mariscal Ney, al mando del ala izquierda gala, bloqueó a las fuerzas anglo-aliadas en Quatre-Bras, cuando estas se dirigían a sacarles los buñuelos del aceite quemada a los aliados prusianos del frente de Ligny, y que se estaban llevando la del pulpo de manos de los enfantsdelapatrie.

Dos días después, el 18 de junio de 1815 se enfrentaron de nuevo en el campo de batalla de Waterloo, en el que sería el enfrentamiento decisivo para la campaña y para la vida pública del Corso. Durante gran parte del día las tropas francesas, con su emperador a la cabeza atacaron las posiciones anglo-aliados-con el duque de Wellington al mando-, en lo alto de una colina, pero lo que en un principio parecía una clara victoria de los chicos de Bonaparte, se torció al caer la tarde, cuando los prusianos de Gebhard Leberech Von Blücher aparecieron en pantalla, devolviendo así la suerte a Wellington y a la Séptima Coalición.

Al mismo tiempo en el que los Bonapartistas se partían el espinazo contra Wellington y Von Blücher en Waterloo, en otro punto de la geografía belga se llevaba a cabo la batalla de Wavre, la cual fue una victoria táctica de los bonapartistas, pero como comprenderán a pesar de salir victoriosos, el asunto fue poco fructífero, ya que los prusianos consiguieron frenas el avance francés, cuyas fuerzas podrían haber salvado el culo a Napoleón y a los suyos.

Estos, tuvieron que volver a París con el rabo entre las piernas y mirando de reojo a su espalda, no fuera a ser que se escapara algún bayonetazo perdido y los dejara listos de papeles. Tres días después de la estrepitosa derrota llegaron a la capital francesa, y allí, el emperador a pesar de las negativas de las cámaras y de la opinión pública, aún mantenía la esperanza de poder preparar una resistencia nacional. Nada más lejos de la realidad.

 

jueves, 15 de noviembre de 2012

LOS CIEN DÍAS (II).


Este golpe de efecto, este puñetazo sobre la mesa más importante y noble de Francia hizo sobrevolar en la antigua Europa la vieja sombra del pequeño emperador. No solo los monárquicos franceses sentían que la levita no les llegaba al cuello, sino que también el resto de fuerzas europeas, las cuales ya se habían visto enfrentadas a las tropas del emperador, y que habían sufrido las formas y las fuerzas del tipo en cuestión. Fue entonces, cuando el Congreso de Viena, formado por los países beligerantes contra la anterior fuerza napoleónica-Reino Unido, Rusia, Prusia, Suecia, Austria, y varios estados alemanes-,declararon a este fuera de la ley, decidiendo así, no reconocerlo como líder de la nación francesa. Uniéndose después, como si de una pre-O.T.A.N se tratase en su contra.

El repuesto Emperador vio que verdes las iban a segar y se adelantó a las alianzas, y a la reunión de sus supuestos enemigos que acababan de lanzar un órdago, creándole un nuevo problema, pues debía enfrentarse interiormente contra los realistas y exteriormente contra los plenipotenciarios de Viena.

A partir de aquí, el carisma y la personalidad de Napoleón Bonaparte, comenzó a trufarse de anécdotas o falsedades, con los gabachos nuca se sabe-lo sé de buena tinta-, pues los modernos trovadores de la capital francesa, contaban a los cuatro vientos, y se reproducían en los mentideros de la ciudad del Sena-si es que allí existían estos curiosos lugares-, las escenas de algunos momentos de la caminata pre-toma de poder. Como el que narraba que las tropas enviadas por el rey a parar los pasos del emperador desterrado se unieron a sus filas después de que este, valiente o alocado, se abriera la chaqueta ante los enviados borbónicos-antes bonapartistas-, diciendo: “Si alguno de vosotros es capaz de dispararle a su Emperador, hacedlo ahora”. Después de esto, se sumaron a la causa.

Algo parecido, en lo curioso o anecdótico digo, ocurría días después en el centro de la capital, cuando Bonaparte ya estaba al mando, en algunas paredes se podía leer a modo de chanza: “Ya tengo suficientes hombres Luis-por Luis XVIII-, no me envíes más”. Firmando por Napoleón, lo cual no quiere decir que el emperador se paseara por la ciudad de noche, con pintura y brocha como si de un gamberro se tratara. Pero esta historia, deja claro el apoyo que tenía el Corso en la capital ya desde antes de volver de su retiro forzado en la Isla de Elba.

Pero no todo es tan bonito como parecía, o como creía parecer, habían pasado muchos años desde que ese joven Corso llegaba a la Academia Militar de París, de donde saldría con intenciones de comerse el mundo, como llegó a realizar en algún momento de su vida personal y militar. Pero el tiempo pasa para todos, se sea un ogro que masacró Europa, o un héroe moderno que llevó a Francia donde nadie antes lo había conseguido. Y Napoleón era el Napoleón de antes en presencia, en el temor que despertaba sobre sus enemigos y en el respeto que insuflaba a sus amigos, pero poco más.

En un principio el autócrata y sus lansquenetes pensaban como ya he dicho, que todo volvería a ser como antes, pero pronto Bonaparte se dio cuenta de que no sería tan fácil, tal vez el cansancio, el envejecimiento, o el principio de una enfermedad-leve, pero enfermedad al fin y al cabo-, lo evitó. Nadie supo muy bien porque, incluso Mollien, buen conocedor del emperador, atribuyo esta falta de potencia del petit cabrón a la perplejidad que Bonaparte sentía ante las circunstancias cambiantes en general, y en particular a las de la sociedad francesa. Su necesidad de presentarse ante los suyos y los de fuera como un soberano constitucional y al mismo tiempo desprenderse de su anterior rigidez, tampoco ayudaron. Todos estos pequeños inconvenientes, resultaron ser definitivos en el fin de su dominio, más importantes aún que la Campaña de Rusia. Llegando incluso a confesar a Benjamín Constant-escritor y político afín a sus ideales-, que se estaba haciendo viejo, y que aunque la idea de un rey constitucional tal vez podría satisfacerlo, era más seguro que lo hiciera a su hijo. Napoleón se sentía viejo, y pensaba ya en la abdicación.

Al mismo tiempo, los desafíos de los realistas a pesar de poco potentes iban en aumento, ciertamente ninguno de estos movimientos traía dolores de cabeza al Emperador, ni tan siquiera el más profundo de ellos, llevado a cabo por el Duque de Angulema, ferviente realista, que tras juntar una pequeña fuerza, se lanzó en la defensa del indefendible rey Luis XVIII. El movimiento salió del sur de Francia, lugar donde Napoleón cojeaba un poco en sus apoyos, pero en la localidad de Valençe tanto el grupo como la empresa se deshizo, firmando el duque un convenio por el cual recibía el perdón del Emperador.

El 13 de mayo de 1815, un Napoleón un tanto recuperado y crecido tras sus primeras dudas, dictó el conocido edicto de Lyon, por el cual disolvía las cámaras y ordenaba una conversación a nivel nacional, para intentar llegar a un punto de partida y modificar la Constitución del Imperio Napoleónico, denominada Campo de Mayo. El entusiasmo pronto desapareció, pues Napoleón no cumplió lo dicho en Lyon, y el descontento quedó reflejado cuando los diputados eligieron como presidente de la cámara a un liberal y opositor del Emperador, Lanjainais.

Pero esto a Napoleón poco o nada le importaba ya, pues él tenía una nueva frontera en la cabeza, esta se dividía en dos puntos importantes, el primero de ellos, volver a conquistar Europa, algo a lo que rápidamente se puso. El segundo de estos puntos, no fue conocido en ese momento, tal vez nunca fuera conocido salvo por Gougard, la persona que pasó su vida junto al Emperador en su exilio definitivo en Santa Elena. Este punto, consistía en la intención de Napoleón de disolver definitivamente las cámaras, una vez hubiera conseguido la victoria contra sus enemigos del Congreso de Viena y regresado triunfante a Francia.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

LOS CIEN DÍAS (I).

Nadie lo pensaba, ni tan siquiera él, sino, tal vez sus últimas andanzas por la vieja Europa no hubieran transcurrido de la forma en que lo hicieron. La noticia llegó casi sin previo aviso, pues solo sabían de ella-y no con mucha confianza-, los bonapartistas que se reunían -con nocturnidad-, en la rue Saint-Jacques de París. Por supuesto los realistas-encabezados por ese inepto y egoísta Borbón, conocido como Luis XVIII-, no solo no la esperaban, sino que su inicial incredulidad ayudó al antiguo Emperador a llevar a cabo su empresa.
La empresa a la que me refiero, no era otra que el desembarco de Napoleón Bonaparte en Portoferraio-provincia de Livorno-, tras salir de su encierro en la Isla de Elba. Era 26 de febrero de 1815 y su intranquilo retiro había durado apenas un año. Cuando el corso llegó a tierra firme, sus sospechas sobre la marcha de su antiguo imperio le daban la razón, pues el gran Imperio francés no solo había dejado de expandirse, sino que además se había replegado hasta un punto irrisorio para el antiguo emperador.
Tampoco falló en su impresión sobre el sentimiento de su pueblo, el cual, en una gran mayoría mostraba su gran malestar en cuanto a la restauración, y al regreso de los borbones. Muchos de ellos, tanto bonapartistas convencidos, como los que lo fueron a la fuerza, habían perdido mucho, algunos demasiado por llevar a Francia a ser ese gran Imperio, el cual ahora, con la llegada de Luis XVIII, se desmontaba, se desquebrajaba como un muñeco de barro seco, que se cae como un sentimiento pétreo y golpeado con un fuerte martillo llamado historia.
Luis XVIII, como habrán adivinado estaba lejos de ser uno de esos llamados monárquicos abiertos, cercanos al pueblo. Pronto demostró su verdadera cara, o tal vez no la ocultó nunca. Los bonapartistas esparcidos por el país eran perseguidos y cruelmente asesinados, detenidos, casi masacrados, esta actuación fue la que asfaltó el camino para que el petit cabrón regresara y se apoltronara de nuevo en el sillón imperial. Luis XVIII, un botarate con tiara y despacho en las Tulleirias de París-como lo fue en el la Plaza de Oriente madrileña su compañero de trabajo español, un tal Fernando VII, ya mencionado en está y muchas otras páginas como el peor rey de la historia de España, lo que hablando de España es mucho decir-.
Este rey de trapo, de mentira, de repuesto, podrido hasta las entrañas, como lo estaban sus antecesores en el trono galo-y en el resto de Europa-, colocado para intentar tapar un hueco demasiado grande para tan poco ingenio-, como se demostrará más tarde con la proclamación de la república francesa-definitiva hasta el día de hoy-. Este arrogante tipo, no solo no se ganó el cariño, el afecto o simplemente el respeto del pueblo-ese del que él se creía dueño-, sino que además los pisoteó, lo humilló, y lo que es aún peor, no solo lo hizo con el francés de a pie, sino que su soberbia y avance pútrido, leproso llegó hasta los viejos y aún poderosos veteranos de la Grande Armée francesa. Esos tipos que se dejaron los huevos y las entrañas en los campos de batalla de toda Europa, gritando entre dientes apretados ¡¡¡Vivelefrance!!!, mientras españoles, ingleses, prusianos y demás compañeros mártires les abrían las asaduras, les degollaban a la altura del corbatín, les picaban el billete a fuerza de voluntad y sangre-da igual fría o caliente-, hasta que en el momento justo de dejarlos listos de papeles los escupían a la cara llamándolos gabachos de mierda.
Por eso ninguno-o casi-, de estos tipos hicieron nada para impedir el paso del emperador por todo el país, cuando este desembarcó en la costa francesa de Antibes y se puso en camino hacía París, más aún, muchos de estos hombres, se enfrentaron a los realistas que intentaban cortar el paso a Bonaparte y sus chicos en algunos territorios poco afines-como en la Provenza-.
La ya conocida y aún más reforzada personalidad y poder de atracción del Corso, unida a la falta tacto y al nulo carisma del monarca, sirvió para que el primero llegara a juntar un ejército en el camino que lo llevó desde la Costa Azul hasta la capital francesa. Incluso el Mariscal Ney “El Rubicundo”, el cual había llegado a expresar en público -durante la valentía que daba a estos tipos el encierro de Napoleón en Elba-, que Bonaparte debería ser llevado a París en una jaula de hierro. Curiosamente al poco del desembarco, se unió al emperador con sus 6000 hombres. Luis XVIII no intentó parar el avance más que débilmente, su poca confianza en los hombres- tal vez por soberbia, tal vez por cobardía-, le hacían desconfiar de las noticias y de los acontecimientos, en unos días, la realeza, la monarquía francesa débilmente reconstruida por él, comenzaba a templar en su base aún a medio cocer, y que se desquebrajo tan solo con un leve ademán de poder realizado por parte del emperador, acabando así con este reinado vago, creado de la mezcla de antiguos prejuicios y modernos valores, que no eran tales.
El 20 de marzo de 1815, y arropado por la ciudad de París, Napoleón Bonaparte llegaba de nuevo a la capital francesa, para tomar el mando del país en el Palacio de las Tulleirias, del cual poco antes el rey Luis XVIII-ese valiente-, había salido apresuradamente.

miércoles, 10 de octubre de 2012

SOBRE LEYES ESTÚPIDAS Y TONTOS DE GUARDIA.


Hay días-o semanas si me apuran-, que es mejor no abrir los periódicos, ni los nacionales, ni los de fuera. La última gran perla aportada por el político de turno viene de Italia-bueno, la penúltima, ahora me explico-. Supongo que todos ustedes, avispados lectores conocerán la noticia, sino, yo se la recuerdo. Resulta, que el alcalde de Roma-perteneciente al partido de Berlusconi-, va a llevar a cabo una ley más, en contra de la ciudad, y de sus comerciantes, que son, al fin y al cabo los que pagan religiosamente los impuestos, para que ese hermoso caos que es Roma, salga adelante, aunque sea como sale hoy.

Hablo de la ley anti-panino, una ley que prohíbe-de momento solo hasta el 31 de diciembre de este año-, comer bocadillos y similares en las calles y plazas romanas, parece ser que el buen político cansado de ver la suciedad que arrastran los turistas, se ha visto obligado a tomar esta decisión de hacer pagar a todo aquel que le da al yantar en plena rúa, una multa de entre cincuenta y quinientos euros. Es un castigo muy bíblico-entiéndase la ironía-, pues en vez de castigar al culpable, pongamos al turista o foráneo guarro y desconsiderado que deja el papel, el bote o las peladuras de naranja valenciana tiradas en las escaleras de la Piazza Venezzia multa directamente a todos y asunto arreglado, y ya si eso que Dios reconozca a los suyos, como dijo el anti albigenense Arnaldo Amalric.

Supongo que el consistorio romano, no ha tenido otra opción para mantener sus monumentos-de los más visitados del mundo-, y que parece no dar de si para mantenerse por si solos, como no hace mucho demostró Berlusconi, al ceder los derechos de explotación del Colisseo a una empresa de zapatos. En vez de por ejemplo poner controles en el transporte público, en los que entra y salen sin pagar un duro tanto romanos, como turistas, o reglando la ley de terrazas-que existe-, pero que no se respeta. Solo hay que pasearse por cualquier plaza de la ciudad italiana, atestada de mesas y sillas ilegales, no se ve un solo adoquín de la Piazza Navona, del Panteón, o del Campo de´ Fiori, tanto es así, que si la estatua de Giordano Bruno cobrara vida, se quemaría de nuevo así mismo.

Tal vez, podrían ponerse las pilas con el poco cuidado que se da a esos monumentos que tanto defienden para aclarar el porque de las multas por comer bocadillos, así como evitar que los borrachos orinen en dichas construcciones, como ocurre casi a diario en la Plaza de Santa María del Trastevere-lo he visto en varias ocasiones-, y también he visto a los dóciles carabinieri-y esto no es ironía-, pasar sin decir nada, sin mirar tan siquiera, a no ser eso sí, que en el grupo de jóvenes puedan ligar con alguna guapa mujer, entonces sí, se paran, saludan y hasta se dejan quitar la gorra.

Por no hablar de la cantidad de comerciantes, vendedores de comida para llevar, que se ven abocados a la ruina, porque los turistas buscan eso, comer algo rápido, para poder ver todas las maravillas de la ciudad en los pocos días que pueden disfrutar de ella, porque no pueden sentarse a comer en un restaurante a diario, o simplemente porque no les sale del occipucio pagar por algo que puede hacer en otro sitio, más rápido y más barato. Sin olvidar a los foráneos, oficinistas, trabajadores...etc, que son los que plagan los parques y plaza cuando asoma el buen tiempo, como es normal y sano, me atrevería a decir.

Sinceramente estoy deseando leer las denuncias, el porque de ellas, y ver como justifican que la multa sea de una cantidad y no de otra. ¿Serán superiores las multas de las personas que comen en calles principales, o con los pies en una fuente?, ¿serán más caras dependiendo de la cantidad de ingredientes con los que cuente la pizza?, ¿si el pan es blanco o de centeno?, ¿o si el jamón es ibérico, o normal?.

Pero no queda aquí la cosa, pues es normal, a veces sale un político-o lo que sea-, haciendo declaraciones estúpidas, no se si por ociosas o por gilipollez adquirida, o aplicando leyes injustas y de risa, y los demás países, o vecinos, o lo que toque, se ríen de él, le dan una palmadita en la espalda y le dicen: anda que la llevas buena. La ley se anula y sin más. Es lo que abría ocurrido con esta ley anti-bocadillo, pero a veces eso no pasa, por una cosa muy sencilla, siempre hay un tonto de guardia, capaz de asimilar las estupideces de los demás y hacerlas suyas. En este caso, el tonto de guardia no ha sido otro que el vice-alcalde de Madrid, el cual cree, que esta misma ley podría aplicarse perfectamente en la capital de España, y lo dice sin reírse y haciéndose el interesante, lo que es preocupante. Tan preocupante como que un país como el español no tenga un político que no cante por las mañanas, y que sea capaz de adoptar como suyas medidas y leyes de verdad, como la del blindaje de la educación pública francesa, o las medidas contra el despido de algunas empresas alemanas, donde los trabajadores prefieren trabajar menos horas y cobrar menos al mes, a condición de que ninguno de sus compañeros sea despedido.

Lo que trae a colación la manera de aplicar las leyes en la capital de España-en el resto también, ojo, pero entiéndanme, el tonto de guardia de hoy es de Madrid-. Ya me imagino a los comerciantes vendiendo bocatas bajo cuerda, en callejones oscuros y gritándose uno al otro “agua, agua” cuando den la vuelta a la esquina los maderos o los picoletos de turno, a los bocata dependientes, consumidores compulsivos, metiéndose su ración de pan y embutido a la sombra del aparcamiento de la Plaza Mayor, o en calles oscuras. Mientras los vendedores de bocadillos de calamares de la misma plaza se ciscaran en todo, y saldrán a protestar y manifestarse a la calle, entonces el ayuntamiento, tomara la ley a las espaldas y la modificará, creando otro locura -que hará que al salir al extranjero tengamos que agachar la cabeza de vergüenza cuando nos pregunten nuestra nacionalidad-, colocando lugares especiales señalados-como lo son aquellos donde está prohibido parar o estacionar-, solo para comer bocadillos, eso si, de calamares, nada más, que para eso son los típicos de la ciudad.

Ya me imagino a los policías patrullando la ciudad, multando a vandálicos niños que van comiendo helados por la calle-sin vergüenza, ni nada-. Imagínense a nuestros simpáticos, agradables y educados anti-disturbios, corriendo por la calle en busca del comedor compulsivo de chicles o caramelos, abriendo las bocas a todos los viandantes por si mascan o chupan algo, multando a los que le den al mentol. Imagínense al corrupto e ilegal ciudadano que come caramelos sin permiso de un juez del Tribunal Supremo, cogiendo la multa de turno, y rompiéndola ante las narices del lansquenete del Ministerio de Interior, ciscándose en él y en él alcalde-o el maestro armero-, y este, confundido, sin saber que hacer, sacará su porra y le abrirá la cabeza, por delincuente, por radical y por fascista.


miércoles, 12 de septiembre de 2012

EL CIEGO DE CÁDIZ.


 La ciudad de Cádiz llevaba asediada por las tropas del mariscal Claude Victor y sus franceses desde hace más de dos años, ya hacía mucho tiempo que el gobierno español-el mismo que el bastardo rey Fernando VII había regalado al emperador Bonaparte-, estaba en tierras del sur, desde el 23 de marzo de 1808, el gobierno español se encontraba en tierras gaditanas, primero en la Real Villa de la Isla del León-la actual San Fernando-, y luego en Cádiz, cuando la primera fue atacada por el mariscal gabacho y sus setenta mil soldados.

Corría marzo de 1812, las cortes de Cádiz, acababan de aprobar La Pepa, la primera constitución española, donde se abolía el absolutismo que reinaba-y nunca mejor dicho-, en España desde hacía mucho, y que se había incrementado desde el gobierno del inepto de Carlos el cuarto y de su hijo Fernando VII, el mayor traidor de la historia de España-y hablando de España eso es mucho decir-, hasta puntos inaguantables. Haciendo también que la Inquisición desapareciera, y así mismo aparecieran libertades del individuo, como por ejemplo la libertad de imprenta y de prensa. Y aquí llegamos, pues la historia que hoy quiero contarles toca de lleno a uno de los personajes que trabajo en el comité en la que se creo esta libertad.

Ya les digo, que la constitución de Cádiz, acababa de ser aprobada en el Oratorio de San Felipe Neri unos días antes. Y el diputado constituyente por Zamora, Juan Nicasio Gallego, se paseaba a diario por el centro de la ciudad gaditana, escuchando a lo lejos-y a veces no tan lejos-, las explosiones fallidas de los cañones francesas desde la bahía, intentando llegar sin éxito a La Caleta. Ni tan siquiera con los más imponentes y grandes cañones de la época-algunos podían disparar a más de tres kilómetros de distancia-, conseguían hacerle el más mínimo rasguño al ciudad, esta, seguía haciendo vida normal, y quería la guerra, la casualidad, y la fortuna, que los asediados, vivieran mejor que los asediadores, pues estos con el puerto abierto, recibían alimentos, armamento, y todo lo necesario para seguir adelanta con su vida, mientras que el francés luchaba además de contra los españoles, con el hambre, el frío, y las chinches que se reproducían, mientras intentaban tomar la ciudad a esos dos mil soldados españoles, apoyados por otros diez mil más de origen inglés-los perros ingleses siempre sacando fruto del árbol herido-, y de los vecinos portugueses. Tampoco el terreno extraño ayudaba, las guerrillas españolas hacían de las suyas y asaltaban a las tropas francesas cuando estas menos se lo esperaban, y estos perdían la vida entre las marismas fangosas, surcadas por los caños, como el de Sancti Petri.

Las batallas y los enfrentamientos eran diarios, la monarquía absolutista estaba aplazada de momento, y se veía un resplandor al final del túnel, o eso pensaba el diputado zamorano Juan Nicolas Nicasio, cuando paseando por lo mentideros de Cádiz, escuchaba a la gente hablar sobre la evolución del país, unos a favor de que volviera Fernando VII, con sus ideas medievalistas y su olor sacristía-como finalmente ocurrió-, y otros a favor del final del absolutismo, del poder religioso, y de la llegada de la ilustración, para abrirse al mundo. Entre unas y otras opiniones, el diputado escuchaba cantar casi a diario a un ciego, un ciego sentado en una de las gradas del mentidero, cantando y recitando cada día algo distinto, pero siempre en referencia a la guerra contra el francés.

Uno de estos días, Nicasio Gallego, decidió parar su paseo diario junto al ciego, y tras escucharlo durante un rato detenidamente, percibió que el ciego solo narraba victorias de la escuadra española, pero por otro lado veía que el asedio no finalizaba, ni tenia visos de hacerlo en corto espacio de tiempo. Pesaroso por las narradas victorias españolas, el liberal-que pensaba como otros tantos que el españolito de a pie, se estaba levantando en armas contra el enemigo que no tocaba, pues lo lógico era picarle el billete al rey absolutista, déspota y de corto entendimiento, y mirar al futuro como sus vecinos del norte, cerca del liberalismo, cerca de la modernidad y de la libertad, como tantos afrancesados, como él mismo-, temía que si de nuevo ganaba la guerra los pro-Fernando, España estaría evocada al mayor de los sufrimientos y perdida de libertad-como ocurrió-, se acercó al ciego y sentándose junto a él, le pregunto con curiosidad y recelo a partes iguales, el porque de sus canciones, a lo que el ciego respondió, que era la forma de informar a los que no sabían leer, que ellos-por los diputados-, se habían encargado de crear libertad de prensa y de crear nuevos medios de prensa, pero que no se habían preocupado de que esas noticias llegasen a la gente que no sabía leer ni escribir.

El diputado se quedo sorprendido, y siguió oyendo la perorata del ciego, que seguía contando victorias españolas, hasta que de nuevo se vio interrumpido por el diputado, que le volvió a molestar con otra pregunta: ¿Y que pasa, que los franceses no gana ninguna batalla?, dijo un tanto indignado. Y el ciego sonriendo, le contestó: “Si señor, pero esas noticias las dan los ciegos franceses”. El diputado a Cortes por Zamora, siguió su paseo, viendo la que se le venia encima, pues con la vuelta de Fernando VII al reino, las constitución fue derogada y todos los que lucharon por España-mientras este rey y sus políticos la regalaba al emperador-, fueron encarcelados, entre ellos nuestro amigo Juan Nicasio Gallego.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

SOBRE ELECTRICISTAS Y SECRETARIOS VATICANOS.

Hay cosas que no suelen fallar, es cerrar el secreto de sumario y es abrirse las especulaciones, les soy sincero, yo me lo esperaba, pues no es de recibo que el Codex Calixtinus se perdiera de buena manera y apareciera por obra y gracia del santo tal y como ocurrió, no es ni de novela negra ni fantasiosa, es de risa.

Me explico, el robo del siglo, como lo catalogaban muchos, va a resultar, que se ha convertido en el robo de los Tonetti. Puesto que el malísimo electricista de la catedral de Santiago, ahora se achanta, y dice que él, no quiere saber nada, que a él ni la va ni le viene, y que en el asunto del robo, él no fue más que un mandado. Un mandado de las altas instancias del templo compostelano, como se puede entender. Algo poco o nada descabellado para el españolito de a pie, yo ya les digo, me lo esperaba, esto, o algo por el estilo.

Resulta que según el gran ladrón de joyas medievales, ha confesado que él se llevó el libro de marras, después de que el deán de dicha catedral se lo diera, que ese “secuestro”, por supuesto fue perfectamente planeado por ese tipo, y otro personaje de más nivel dentro de la institución compostelana, que el dicho deán, aquí les dejo que hagan sus apuestas, yo ya he realizado las mías. El caso, es que además del Códice, y de otros santos libros, también medievales, que se encontraron en el trastero del electricista-libros que parece ser el deán no echo de menos en ningún momento-, fueron sustraídos de su lugar a sabiendas del cabildo de la catedral compostelana, no solo eso, planeado por máximo representante.

Ahora si, ahora me explico mejor el origen de la gran cantidad de dinero-millones de euros, que no es lógico en casa de un autónomo-, que se le requisó al ex-electricista de la catedral de Santiago, pues ya se imaginan el trueque: “Usted amigo electricista, se lleva a su casa este libro, me lo cuida bien, no lo ponga a la luz, ni a la humedad, y ya dentro de unos meses yo se lo pido y santas pascuas, por su puesto, yo le doy una bolsa llena de dinero para que este callado y no me busque problemas”.

Y yo, ya lo siento, pero me creo la teoría del electricista, ya ven, y me lo creo porque hace no mucho-días antes de la aparición del Codex Calixtinus-, el famoso deán, decía a la prensa, que tenía el presentimiento de que en breve aparecería el Codex sano y salvo, y además-milagro-,el día del santo. Resultó fianlmente, que se equivoco, tal vez porque se fue de la lengua y si hubiese aparecido el día que profetizó, la gente mal pensada se hubiera mosqueado, por eso apareció días después, pero bien sabía él, que pronto aparecería, en donde y en que estado. Por eso me creo al electricista, por eso, y porque a lo largo de mi vida-por motivos profesionales-, he visitado en varias ocasiones el Vaticano y he tenía la suerte-o lo que sea-, de estrechar las manos de embajadores de la Santa Sede, Nuncios y Camarlengos, y se de buena tinta, que esa gente, no dejaría mangonear, portar llaves de cámaras de seguridad, ni pasearse por los entresijos de una de las catedrales más importantes del cristianismo, a un simple y triste electricista, que además ya ni trabajaba en el lugar. Yo soy un incrédulo sin fe, y sin remedio, ya ven. Pero allá cada cual. Solo digo que desde el último año compostelano-2010-, y hasta el próximo, pasarán mucho años, y la catedral, el santo y el negocio de marras, necesita publicidad. Y que mejor.

Pero lo peor de todo, es que no es el último chivo expiatoria de la santa iglesia católica, pues un asunto similar a lo acaecido en la capital de Galicia, ocurre, o está ocurriendo en el centro del mundo cristiano, la Ciudad del Vaticano. Los topos del Vaticano, vuelven a dar que hablar en cada rincón del mundo, los topos vaticanos no son asunto nuevo, pero si es nuevo el chivo expiatorio al que apuntan con dedos ansiosos de poder y dinero, capaces de vender a su madre, o a su hijos-llámenlos sobrinos-, por ascender en el seno del Señor-y sino pregúntele a Juan Pablo I-.

Pues bien, este no es otro que Paolo Gabriele “Paoletto”, el secretario personal del Papa, al que una parte de la curia vaticana, hace responsable de la filtración de ciertos documento confidenciales, y al cual, oh!, casualidad, también le han encontrado en su casa un montón de estos papeles clasificados como reservados.

Me lo imagino en su casa por las mañanas, tomando su capuccino y su cornetto de crema, y leyendo estos documentos, eligiendo con cual extorsionaría a Benedicto XVI, para ascender en su puesto, buscando ser supongo Vice Papa o algo por el estilo, mientras se los muestra a su señora y sus tres hijos, soltando una risa diabólica de malo malicioso de película yanqui.

Y mientras tanto los miembros de la curia vaticana, arzobispos, cardenales-papables y no papables-, temblando de miedo en sus fríos y austeros aposentos, temerosos del joven secretario vaticano, que tiene al Estado Vaticano cogido por la coquilla. Todavía me estoy riendo, mientras intento que no me salte la válvula y presentarme en la catedral de Santiago, o en la Plaza de San Pedro, para leerles la biblia a unos cuantos, mientras me cisco el ciertos individuos, y llamarles como mínimo caraduras.

miércoles, 11 de julio de 2012

EL SITIO DE TARIFA. (y II).


Les contaba la semana pasada como se dio el asunto este del asedio de la ciudad gaditana de Tarifa, pues bien continuemos donde lo dejamos.

Tras la respuesta del general Copons al general Levall, este no tuvo otra que dar la cara, a sabiendas de que se la iban a partir, pero mejor eso que una pataleta de Napoleón y una temporada en el frente ruso, degradado a petit caporal-ya saben que cuando el petit se cabreaba, se ascendía o descendía en el escalafón que daba gusto-, asique haciendo de tripas corazón, cogió a su chicos y tras decirles que rezaran lo que supieran, pero mañana nos vamos a meter de cabeza en la boca del lobo, asique monsieurs, agárrense los machos, que mañana no vamos a llenar de gloria, y de heroísmo, y de todo eso, ya saben mon cheris, Liberté, Egalité y etceteré.

De lo que nos vamos a llenar es de metralla y pólvora que te rilas-dijo por lo bajíni un oficial rubio y fortachón-. Situado al fondo de los oficiales de coraceros.

-Usted se calla, si no le importa, y ahora me dice su nombre, y dese por arrestado a partir de mañana, si es que sigue de una pieza, comprépan o rian.

Por aquel entonces, la ciudad de Tarifa estaba fortificada, fortificación que consistía en en el Castillo de Guzmán, y un frágil cuadrilátero con 26 torreones donde se guarecía la población, a salvo del fuego enemigo, teniendo a su espalda para poner pies en polvorosa si fuese necesario, la Isla de las Palomas y el Fuerte de Santa Catalina. Copons artilló el fuerte, y preparó una cisterna y almacenes en la isla, sirviéndose de un subterráneo, que ya existía por entonces, y que todo el pueblo conocía como “Cueva de las moras”, por si a los franceses se les ocurría tomarse en serio lo de tomar la plaza.

Todas las personas que se encontraban en Tarifa, se pusieron manos a la obra, todos se pusieron codo con codo, cortaron calles, las barricaron con rejas de ventanas arrancadas, incluso 300 marineros de la ciudad se alistaron de forma voluntaria, estas fuerzas junto a los soldados españoles y unos cuantos más ingleses, se postularon, esperando el ataque francés, ataque que se produjo, pasadas las dos horas que el general Levall dio de margen.

Los franceses, destruyeron el torreón de Jesús, abriendo una gran brecha, por donde se colaron nada menos que 23 compañías francesas, las cuales fueron recibidas como se merecían por supuesto, con una lluvia de pólvora y metralla desde cada una de las ventanas que se abrían a su paso, y desde las cuales los vecinos tenían posibilidad de zumbarle la badana al francés de turno, caía aceite hirviendo desde las ventanas mal altas, hasta los chiquillos les lanzaban piedras desde lo alto de las tapias lejanas. Hay que joderse con estos españoles-pensaba Lavall, se toman la Gran Armada de Francia a chirigota, y hasta hacen caricaturas del Emperador, mientras nosotros les matamos de hambre. Tiene guasa el asunto. Una explosión lo sacó de su ensimismamiento, las explosiones de artillería, venían acompañadas de las cargas de turno llevadas a cabo por el personal que allí se encontraba para la ocasión. Esos campesinos bravos, pequeños, se van a hacer botas para el vino con las tripas de mis soldados, pensaba el general Levall, mientras veía caer puntos azules a lo lejos.

Tal fue la batalla que presentaron los militares y la población civil de Tarifa, que el general Levall, no tubo más remedio que recular, dejando atrás entre muertos y herido a 500 hijos de Francia. Teniendo que volver, bajándose los pantalones y pidiendo parlamento al general Copons, mucho más crecido de ánimo el español, y bastante menos el francés, dejando de exigir que se rindieran, para pasar a decir que silvuplé, que si podemos hablar y ya de paso me dejes recoger a los chicos, que se están desangrando, y como se entere Napoleón allá en la Francia de la escabechina, me voy a comer un marrón del tamaño del sombreo de un togueador, que dicen ustedes.

A lo que el general Copons contestó, que de toreador nada, que si eso, será de un picador, y que vale, que le da esa tregua y que además serán los propios tarifeños los que ayuden a evacuar a los heridos gabachos. Al final va a resultar buen tio el Copons este, mascullaba por lo bajo el general francés Levall, además los tiene bien puestos, que pena que sea español y no un hijo del petit Emperador de las narices, más cojones y menos parafernalia es lo que nos hace falta en este país.

Unos días después, y tras la bajada de pantalones del mandamás gabacho, el tiempo se puso del lado de el general Copons y de los tarifeños, pues comenzó a llover sobre la zona como si no hubiera mañana, tanto fue lo que jarreó que el arroyo que cruzaba la ciudad no dio más de sí, y el torrente de agua se desbordó directamente sobre las trincheras francesas, privando de lugar de asedio y de abrigo a los sitiadores, los cuales el 5 de enero de 1812, tuvieron que levantar el sitio de Tarifa, huyendo con el rabo y las bayonetas entre las piernas, dando otro disgusto al petit cabrón, y a los mariscales emperifollados que revoloteaban a su alrededor, vestidos como si fueran a salir a una opereta, en vez de a un campo de batalla.

Tras esto, los tarifeños encomendados a la Virgen de la Luz-la llevaron a hombros hasta la muralla-, y los sacerdotes que hablaban de cepillarse a los gabachos como si nada, que además no es pecado-decían, expoleándo al ciudadano, para que les sacaran las asaduras a esos perros infiles gabachos-, esos curas de sotana raída, que morían muchas veces fusilados en medio de la plaza del pueblo, mientras escupían en la cara a los soldados franceses que les iba a picar el billete. Esas personas valientes que morían por defender el honor de un rey que no era valiente, ni tenía ese honor por el que sus súbditos derramaban sangre, y se dejaban pintar muriendo y matando por Francisco de Goya.

Ese si que sabe pintar bien la furia española, y el sufrimiento francés, que pena que no estuviese aquí para pintarnos hoy, pensaba el general Levall, mientras volvía sobre sus pasos, retrocediendo en la plaza. A ver quien nos pinta a nosotros cuando regresemos a París....Si es que regresamos.

jueves, 5 de julio de 2012

EL SITIO DE TARIFA (I).


Imagínense la situación, 30 de diciembre de 1811, los gaditanos celebrando la navidad tranquilamente, a punto de redactar la constitución del año próximo, haciendo oídos sordos a las intenciones de los gabachos por hacerse con la ciudad, y haciendo oídos sordos también a los zambombazos que lanzaban los franceses desde el otro lado de la bahía, sin llegar a hacer cosquillas a los allí presentes. Imagínense la coña marinera, los franceses dejándose los sesos en el asedio y los gaditanos, las gaditanas y los niños cantándoles coplillas y gritando coñas marineras.

El petit cabrón en su sillón de Fontainebleau, viendo como la guerra de España, que en un principio iba a ser un paseo triunfal se había enquistado, bueno enquistado decían las cartas del general Levall, pero enquistado era un termino un tanto ambiguo, era como decir que el levantamiento del dos de Mayo en Madrid, fue un tanto violento, o que a Luis XVI, le cortaron demasiado corto el pelo, aquella mañana en la Puerta del Palacio Real de París. El emperador francés metiéndose la mano entre los botones de la chaqueta, gritando por el palacio buscando a la mariscalia del Estado Mayor, la cual aparecía a la carrera por miedo a un enfado más del petit cabrón, pues cuando esto ocurría corrían puestos que daba gusto, por una mala contestación, podías pasar de ser gran Mariscal de la Armada Francesa, a ser cabo en los Húsares y de pronto verte repartiendo sablazos a campesinos pequeños, con patillas de hacha y muy mala leche en la serranía de Ronda.

Y a todo esto, Cádiz, la maldita ciudad del sur de España, que se niega a reconocer a su hermano como gobierno, y defienden a ese rey, Fernando VII, como único rey, ese maldito bastardo que entraba en despacho de Napoleón de rodillas una y otra vez, mientras sus súbditos, pasaban a sangre a los soldados de su Grandé Armée, como si fueran gorrinos. Un país en el que no es posible, poner de acuerdo a dos personas para que tomen el café de la misma forma, y resulta que es darles un enemigo común, y salen a arrancarle las vísceras a bocados, gritando ¡Vaespaña!,¡Vaespaña!, mientras abren esas enormes navajas de siete puntos-clack, clack, clack....-, en cuya hoja se puede leer “Viva mi dueño”. Bueno, se puede leer los segundos que pasan desde que se abren hasta que entran en el cuerpo del francés de turno, para abrirlos en canal al coracero, al soldado de a pie, o al húsar de turno. Y Napoleón, que se desespera, y piensa en Madrid, y en Bailén y en la madre que los parió a todos. Mientras los mariscales de turno van tras él, diciendo: Si sire, tiene razón sire, no se ponga nervioso sire. Y el sire, que se calienta la cabeza, y comienza a dictar una misiva a su general Levall que está en Algeciras, y le dice más o menos, que se ponga con el asunto de acabar con tanto cachondeo, que arrase de una vez Tarifa, acabando con tanto asedio y tanta leche y luego se ponga camino de Cádiz, que ya va siendo hora.

Y en esas que el general Levall, con más parsimonia que ganas, contesta al correo:que no problema sire, está todo controlado-o casi-, sire. A estos campesinos brutos y analfabetos, los haremos correr por toda Andalucía, sire. Y el general Levall, que se pone a ello, lo primero que hace es acercarse al sitio de Tarifa, esperando no volver con un tiro en mitad del chacó, o con un navajazo de medio metro en la barriga. Al llegar al acuartelamineto francés, pidió papel y mandó una misiva al gobernador de la ciudad, intentando llamar su atención sobre el peligro de que el petit cabrón, allá de la Francia, se este preocupando personalmente del asunto, y que no estaría de más que capitularan sin tocarle demasiado los aparejos, a él y a toda la Grandé Armée, si pudiera ser.

Campamento de Tarifa 30 de diciembre de 1811, El general de división, Comandante de las tropas del Sitio de Tarifa, al Señor Gobernador de la Plaza de Tarifa.
Señor Gobernador: Con la defensa que hace esa plaza del mando de VS., tiene suficientemente justificada aquella opinión que es base del honor militar, a fin de que yo no dude, de que penetrado VS. de la multitud de una resistencia más larga, procurará evitar las funestas consecuencias que su obstinación pudiera atraer sobre la Ciudad y habitantes de Tarifa. Desde ayer está abierta la brecha la que en pocas horas será practicable. Elija VS. entre una capitulación honrosa o los horrores de un asalto que le amenaza. Complázcome en creer que aceptará mi primera proposición, siempre que se detenga en considerar de que el mismo honor que le impele a la defensa, le prescribe al mismo tiempo el ahorrar la sangre de un población cuya suerte estriba en VS. antes de verla sepultada en sus ruinas. Tenga VS. a bien, señor Gobernador, el admitir las expresiones de la consideración más distinguidas en que le tengo.
Levall.
P.D. Advierto a VS. que solamente tiene dos horas de tiempo para que me envíe su contestación.”.

A lo que el general Copons, a la cabeza de los acuartelados allí, y que estaba al quite de la correspondencia del gobernador, con la sonrisa burlona en la boca, y más cojones que el caballo de Espartero, no dudo en contestar con otra misiva al valiente general francés.

Sr. General Levall
Sin duda ignora VS. que me hallo yo en esta plaza. cuando propone a su gobernador que admita una capitulación por hallarse la brecha próxima a ser practicable. Cuando lo esté, a la cabeza de mis tropas en ellas para defenderla, me encontrará VS. y entonces hablaremos. Queda a la disposición de VS. en la plaza de Tarifa a 30 de diciembre de 1811, a las dos y cuarto de la tarde.

Francisco de Copons y Navía.

P.D. Sírvase VS. omitir en lo sucesivo parlamentos.


Dejando las cosas claras al cachorro de Napoleón, que Dios dijo hermanos, pero no primos, y además luego fue con la cantinela de la capitulación por las buenas a sus chicos, soldados con más mili a la espalda que el Cabo de Rosas y el de Machichaco juntos. Y estos, gritando unos, masticando las palabras otros, vinieron a decirle que si, que se rinden y ya si eso mañana empezamos a hablar francés y comer queso blanco, no te jode el gabacho ese. Y al grito de ¡Viva el Rey!, y ¡Viva España!, se pusieron al negocio y a la espera que los franceses rompieran la brecha si tenia lo que deberían tener, que vinieran a buscar la ciudad, que le iban a demostrar como capitulan los españoles. Que vengan....

miércoles, 20 de junio de 2012

SIETE HOMBRES Y UNA MINA.



Los antiguos lectores, o los asiduos de está página-suya y mía-, ya sabrán y habrán leído en ella más de una vez y más de dos, que el abajo firmante es asiduo lector diario de periódicos, tanto digitales como físicos. Y como tal, las noticias actuales de mi viejo, perro y admirado país no me dejan lugar para la esperanza, pero si para la mala baba y la retranca-en según que casos-, no en el que hoy tratamos, vaya la aclaración por anticipado.

La noticia es clara, y viene dada por el desprecio que un gobierno-el español, no un partido, sino del gobierno, el de antes y el de ahora, y posiblemente el futuro también-, hacía un grupo social concreto, el pueblo llano que dirían en la Edad Media, el populacho que dirían en el siglo XIX, el pueblo que diríamos ahora, los españolitos de a pie, los de siempre. Ahora-lo verán en las noticias-, les ha tocado a los mineros, aunque no creo que sean los últimos que verán como les siegan la hierba a la altura de la campanilla, y los lanzan al vació del paro a alta edad, y de paso, sentencian a muerte a los sectores que nacieron y viven a la sombra de la minería, por no hablar de los pueblos, de una región entera que se va por el sumidero, por el capricho de unos políticos de mente estrecha, que cantan por la mañana, mientras se secan sus partes intimas con toallas de cien euros y desayunan en El Palace, antes de entrar al Congreso de los Diputados a “ganarse” ese suelo millonario y vitalicio, por reírse de usted y de mi-entre otros-.

Las imágenes que veo, ya las he visto antes, hace muchos años, y no estoy hablando de imágenes en países de latinoamérica, o de la Europa del este, no, nada de eso, hablo de la primera marcha negra que recorrió como una vergonzosa cicatriz el norte de España, desde el Cantábrico hasta Madrid. Llegaron incluso a dedicarles una película, Pídele cuentas al rey-creo que se titulaba-.

Ustedes dirán que a que viene todo esto, pues bien viene a que no se que leches tiene que pasar en este país, para que la gente vilipendiada, se ponga las pilas y coja a esos verdugos a los que han votado o no han votado, en estas o en otras elecciones, y les hagan achantar la muy y pensar en que o espabilan, o como sigan haciendo la vida imposible al populacho -como ellos dicen-, que les mantiene donde están, van a cambiar las tornas y verdes las van a segar. Aunque en España perdimos la ocasión de poner una guillotina en la Puerta del Sol, y ahora así nos va.

Recuerdo como ya les digo la primera marcha negra, me recuerdo a mi de niño, no se ni los años que contaba, pero lo visualizo perfectamente, las noticias a diario hablando sobre los mineros, defendiendo su trabajo, su vida, recuerdo a los alcaldes indignados pidiendo a su propio partido- que por entonces gobernaba el país-, que nos les mataran de hambre, que no les rompieran el futuro en la cara de sus hijos, que no ahogaran su tierra, recuerdo a los mineros con la cara tapada, cortando las autovías principales, lanzando cohetes para defenderse de los pelotazos de las fuerzas del orden, mientras una espesa humareda negra, proveniente de neumáticos en llamas oscurecían la escena, recuerdo también como ahora a trepas de medio pelo, a parásitos del estado, de las organizaciones que ahogan al ciudadano, acusándoles de terroristas, de guerrilleros. Recuerdo el día que comenzó la marcha, saliendo desde Asturias y recogiendo mineros por todo el camino, sobre todo en la zona leonesa, donde mis paisanos, rudos, de manos callosas, de pulmones negros-no por el tabaco, sino por su trabajo-, se unían, vestidos con monos azules y cascos blancos.

Los recuerdo entrando en mi pueblo, pues se encontraba en el camino hacía la capital de reino, recuerdo sus caras como si los estuviera viendo ahora mismo, cansados, hastiados, algunos deprimidos incluso, pero en el fondo con expectativas de que sus problemas se solucionaran, aunque en el fondo de su alma no contaban con ello.

Recuerdo sus pies-en eso no tengo certeza si lo vi en directo o por la televisión-, morados unos, negros otros, plagados de bojas y llagas, que algunos médicos y enfermeras, se dedicaban a intentar curar, ayudando en lo que podían a esos trabajadores que luchaban por lo suyo. Hoy es lo mismo, han pasado muchos años, han cambiado varios gobiernos, y los niños que nunca habíamos salido del pueblo-o casi-, y veíamos esas escenas como si fuera los más extraordinario del mundo hemos crecido, viajado y ahora vemos el mismo problema, pero desde otro punto de vista, muy alejado de lo que en ese día sentíamos.

Los siete mineros que llevan encerrados en la mina de Santa Cruz del Sil-en el Bierzo, provincia de León-, además de mostrar una lucha por lo que es suyo, deja ver una de las reacciones más fuertes contra las últimas medidas de un gobierno despótico, que ahora sorprende -a algunos-, diciendo que este año además de todo, no habrá debate sobre el Estado de la Nación. Miel sobre hojuelas.

Como tantas veces hay dos Españas, pero esta vez no se trata de ideologías políticas, ni de votos o campañas políticas, sino que es algo mucho más cercano, más inmediato. O nos concienciamos que nuestros derechos se conquistan luchando-pacíficamente la mayor parte de las veces-, por lo que es nuestro, por lo que nos pertenece, por lo que consiguieron nuestro padres y abuelos, o nos quedamos en casa mirando en la televisión el fútbol o los programas del corazón, mientras nos destripan culturalmente y nos saquean nuestros derechos y nuestro futuro.