miércoles, 18 de enero de 2012

EL ÁGUILA DE TAMAMES (I).


Hace ya tiempo que el abajo firmante, no se ponía el traje de abuelo cebolleta y narraba una historia de héroes y valientes olvidados por la perra historia, de la también a veces perra España. Asique esta página-suya y mía- de hoy, vuelve a un campo de batalla, a una historia de sangre y pólvora.
Les invito a viajar a la provincia de Salamanca, corría el año 1809, ya saben, la vieja España, como tantas veces, estaba dividida, sobre ella el ejercito Imperial francés, el ejercito Británico, y el ejercito español, ayudado por el pueblo, por las navajas, las tijeras y el aceite hirviendo, que caía por las calles al paso de la comitiva francesa de turno, se enfrentaba a cara de perro, por quedarse en su país, unos, y otros por hacerse con el país vecino. Y los británicos como de costumbre, andaban a ver lo que pescaban en río revuelto. Como ven a pesar del paso de los siglos, hay cosas que no cambian, ni cambiarán.
En fin, era octubre y el tiempo comenzaba a cambiar, las heladas de la meseta comenzaban a dar señales de vida, y las nieblas de primera hora y última del día, calaban todo lo que se encontraban a su paso. Las posiciones de ambos ejércitos, estaban afianzadas desde hace tiempo, la cosa parecía tranquila, tanto que esa tranquilidad se había convertido en costumbre. Las tropas francesas a las ordenes del general Jean Gabriel Le Marchand, estaban asentadas en la capital charra, esperando pasar allí el duro invierno, suponiendo que los españoles, con menos número de fuerzas y armamento no le iban a dar muchos problemas en los siguientes meses.
Al otro lado, realmente a unos cien quilómetros de allí, en los alrededores de la casi ciudad fronteriza de Ciudad Rodrigo, estaba el ejercito español. Este batallón, era el de la Izquierda, comandado por don Diego de Cañas y Postocarrero, más conocido como Duque del Campo.
El caso, es que este Duque, viendo como pintaba el asunto, y que el frío y la intemperie no era para él, que le daban pereza, puso a sus chicos a tono, y tras arengarlos, les dijo vamos a comerles los huevos a esos gabachos que se pasean por la Plaza Mayor y la orilla del río, mientras que nosotros tenemos que vivir entre piojos y chinches. Y los chicos del Duque, no dijeron ni negros ojos tienes, prepararon la artillería y afilaron las bayonetas, y dijeron si señor, vamos a darles a los gabachos lo suyo y lo de sus primos de Lorena y Alsacia, que ya esta bien de tanto Oh mon die!, y de Vive le France!, y tanto cogérsela con papel de fumar.
Asique, levantaron el campamento y se pusieron en marcha, sus fuerzas no eran grandilocuentes, ni letales, pero suficientes para plantar cara a al por entonces más poderoso y cruel ejercito del mundo, el Duque del Campo llevaba a sus espaldas 10.000 soldados de infantería y 1000 soldados de caballería.
A las pocas horas, el general Le Marchand, recibió en su despacho una nota que anunciaba el avance de estos hasta su posición, el general franchute, sorprendido, cambio varias veces de color antes de entrar en cólera, y tras abrocharse sus calzones y colocarse el sable, salió del habitáculo dando ordenes y gritos, y ciscándose en sus adentros en los malditos españoles, que ni siquiera, en el invierno más duro pueden estarse quietecitos, culos de mal asiento. Un paseo, va a ser la conquista de España, decía Napoleón, un paseo, una leche. En un tiempo casi récord, el general montó un grupo similar al español para hacerlos frente, y se presentó en el campo de batalla, con 10000 soldados de infantería y 1200 jinetes de la zona.
Pronto ambos ejércitos se fueron acercando, la llanura de la zona permitía la rápida llegada de unas y otras fuerzas, además de esta batalla, la zona seria lugar propicio para otras, que pasaron a la historia de una forma más fuerte que la que hoy les narro. Como la acontecida en Arapiles el 22 de julio de 1812, donde colaborarían también las fuerzas Portuguesas, en pro de sacar de la zona al ejercito Napoleónico, batalla esta, que pasaría a la historia con el nombre de Batalla de Salamanca, como si en la zona no hubiera habido más que esa, como si lo demás solo hubieran sido engañifas y discusiones.
A pesar de la ya dicha planicie de la zona, el ejercito español a sabiendas de la llegada del ejercito francés, colocó sus posiciones en los alrededores del pequeño pueblo salmantino de Tamames, parapetándose en unas colinas cercanas, jugando así con la ventaja de la situación elevada.
Así, asentados y preparados para la batalla fue como esperó el ejercito español la llegada del francés, con más miedo que otra cosa unos, y otros temblando tan solo por el frío reinante, sabiendo a pies juntillas, que pronto en el fragor de la batalla, entraría en calor, tal vez para no volver a pasar frío nunca más. Pero querido lector, ese enfrentamiento, merece ser bien contado, merece una de estas páginas-suyas y mias-, completa, y la semana que viene usted y yo acabaremos con ella.

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