miércoles, 25 de enero de 2012

EL ÁGUILA DE TAMAMES (y II).


Como la semana pasada a estas alturas, querido lector, me disponía a comenzar a contarle la olvidada por muchos, batalla de Tamames, en tierra salmantina y entre ejércitos napoleónicos y españoles.
Era 18 de octubre de 1809 como les iba diciendo hace unos días, cuando los dos ejércitos se vieron las caras en el campo de batalla de Tamames, los españoles sobre la colina circundante de la población, los franceses al ataque para ganar la posición y hacer retroceder a las tropas españolas, en su intención de hacerse con la plaza de Salamanca. Tras un breve reconocimiento del terreno que se abría ante sus ojos, Le Mauchand ordenó al general Macune, un primer ataque, rápido y fuerte.
Estas, se lanzaron hacía el flanco derecho del pueblo salmantino, flanco este, izquierdo en el caso español. Allí, se encontraba la vanguardia del ejercito español, comandada por el general don Martín de la Carrera. El cual, vió como se le venia encima todo el ejercito francés, ordenó, rápidamente, de forma apresurada la defensa, y como no podía ser de otra manera, fue un desastre, pues la caballería española encargada de defender la posición, perdió esta en cuestión de minutos, así como una batería de siete piezas que se encontraba en sus manos, cayendo estas en poder francés, y pasando estos últimos a sangre y cuchillo, a los artilleros españoles que en ellas se encontraban.
El duque del Parque, viendo el asunto y el zafarrancho que tenían entre las manos sus subordinados, supo reaccionar rápidamente, y llamando a todo su estado mayor a la zona de choque, comenzó a enderezar el rumbo ya zozobrado de la fuerza española. Junto a ellos, se trajo a primera linea de fuego a la 2ª división, encabezada por el conde de Belveder, que en esos primeros momentos se encontraban en la reserva afilando los cuchillos, por aquello de si era menester-como así fue-. Entre todos, y tras las ordenes certeras del duque del Parque, se enderezó la situación, avanzaron de nuevo dándole lo suyo y lo de su primo el Corso, al general francés, y recuperó de nuevo la posición y seis de las siete piezas de artillería perdidas, pasando a su vez, a cuchillo la gola y el cuello que esta cubría, de los artilleros franceses.
Minutos después, sorprendidos por el avance español, y espoleados por las ganas de zurrarle la badana al vecino invasor, y hartos de pasar hambre y dormir entre chinches, se lanzó al ataque un grupo más de la tropa española, entre otros: el regimiento de vanguardia español, el regimiento de vanguardia Príncipe, Zaragoza, Barbastro, y voluntarios de Cataluña, así mismo la 2ª división del Rey y de Sevilla, se pusieron manos a la labor, colocándose los cuchillos entre los dientes, y calandose la bayoneta, lanzándose para defenderse ellos, y su tierra como gato panza arriba. Destrozando totalmente el flanco derecho del ejercito francés. Obligandoles, primero a retroceder y finalmente a poner pies en polvorosa, dejando el campo de batalla cubierto de muertos y heridos, y dejando a su paso todo los cañones y sus municiones.
Ajenos a todo lo que sucedía en su flanco derecho, el resto del ejercito francés, se dejaba los cuernos intentando hacer frente al ejercito español, tanto por el flanco central, como por el izquierdo. Su idea, romper lo antes posible las lineas españolas, para juntarse con los soldados que habrían entrado por el flanco derecho. A lo que el marques del Parque respondió, con un nuevo ataque indiscriminado y sin cuartel sobre las tropas del Imperio.
La 1ª división, dirigida por el general Losada, apoyada y defendida por parte de la artillería, se encontraba en la parte alta de la colina que rodea el pueblo de Tamames, y aprovechando la situación de ventaja, se lanzaron colina abajo masacrando, una vez más a las tropas napoleónicas, dirigidas por los generales Marcognet y Labasset, que luchaban así mismo contra el terreno y la artillería española.
Tras la dura batalla, la sangre, el olor a pólvora de los mosquetónes, los boquetes entre abiertos en la tierra por las balas de la artillería, el olor a pus de los cuerpos reventados tras la lucha, más de 1300 muertos en el bando francés y casi 670 en el español. El general Le Marchand, tras ver esto, y tras el recuento de bajas, decidió, que lo más prudente era retirarse de nuevo a Salamanca, y ponerse a cubierto.
Así lo hicieron, y lo hicieron tan apresuradamente, que en su huida abandonaron a su suerte un Águila del Imperio, la enseña de la división, uno de los bienes más preciados de cada batallón napoleónico, la insignia del Imperio y de su emperador. Una verdadera ofensa, dejarla tirada en el campo de batalla, por muy maltrecho que se salga de ella. Un trofeo importante para el ejercito español, trofeo que hoy, de no haberse perdido, podría mostrarse junto al sable de Bailen. Mostrando con ella, que los tipos que se partieron la cara, y se dejaron pinchar las asaduras por esa España, de aristócratas salvapatrias, clero meapilas y reyezuelos que no merecían ni una de las gotas de sangre derramadas por sus súbditos, demostrando así, que esos tipos, los tenían mejor puestos y tenían más valor que cualquier ejercito Imperial.

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