miércoles, 22 de febrero de 2012

LA GUERRA QUE NO VIO PICASSO.


Hace unos días leía en un periódico español, un artículos sobre el Guernica de Picasso, parece ser que van a comenzar a estudiarlo hasta el más mínimo detalle, miles o millones de micro fotos, o como se llamen, para conocerlo al dedillo, y así, si es necesario, que sea mucho más fácil la restauración de gran lienzo que tras muchos avatares y viajes, hoy se conserva en una de las salas del museo de arte contemporáneo Reina Sofía de Madrid. Hasta aquí bien todo, leí la noticia con el interés del que goza un historiador del arte, hasta que al final del artículo, el periodista, columnista, experto o lo que fuera el que lo escribió, decía con mucha seguridad y poco conocimiento del tema que trataba, que Picasso pintó con el Guernica, la mayor muestra del terror de la guerra civil española, la más fiel instantánea de la guerra fratricida. Con dos cojones. Otro que no conocé a un tal Francisco de Goya y Lucientes.
Cerré el periódico, acabé mi café y salí de la sala donde me encontraba riéndome por lo bajini y con la saliva cayendome por el colmillo, sorpendido de la valija diplomatica y de la chabacana capacidad que tiene mucha gente de escribir ciertas cosas, sin enterarse de la verdadera vida y obra de ciertos personajes como el que nos concierne hoy, el señor Pablo Picasso.
Se preguntará querido lector-y con toda la razón como siempre-, porque estoy en contra de la teoría nacional, de que el tal Picasso es un héroe nacional, y porque no estoy de acuerdo con la opinión del periódico y del periodista de marras, que tan solo avala la tarea del pintor malagueño, que defendió el nombre de España y de la República Española por el mundo. Y la respuesta es muy sencilla, porque Picasso no pudo pintar con esa serenidad, ni la perfección la guerra de España, ni el bombardeo de Guernica, porque él nunca vio la guerra española, porque fue el primero en coger las de Villadiego, y además, no fue un héreo ni nada que se le parezca, sino todo lo contrarío, fue un pintor que cantaba por las mañanas, con mucha verborrea y poca nobleza, que nunca defendió a España, y mucho menos los valores republicanos que salian de ella.
Y me explico, como siempre. No hablo por hablar, no soy un tertuliano paniaguado de televisión de esos que hablan después de comer o de cenar en agrios y pseudo serios debates políticos o del corazón-que si me permiten que les diga, cada vez me cuesta más diferenciarlos-. Y como no quería meter la pata, subí a mi cuarto y busque un documental que he visto decenas de veces-no olvide querido lector que soy historiador del arte, y las joyas del Prado son mi tesoro más preciado-. El documental en cuestión, es obra de Alberto Porlan, y se titula “Las Cajas Españolas”, y fue premiado con la Espiga de Plata en el festival internacional de Valladolid en 2004. Narra con todo lujo de detalles, e imágenes de la época, la odisea de las mayores obras de arte de la pinacoteca española, junto a otras obras religiosas de la ciudad de Madrid y alrededores.
Como siempre que narró una de estas historias de abuelo cebolleta, una de estas historias de héroes olvidados y ajados por la historia y sus políticos, permitanme que les ponga, que nos pongamos en situación. Corría noviembre de 1936, España se enfrentaba en una fratricida guerra, que se ampliaría durante tres interminables años, por aquel entonces, un joven pintor de Málaga, muy conocido en los círculos del modernismo barcelonés, se hacía con la dirección del Museo Nacional del Prado, un gran honor según sus propias palabras. Pero resultó, que las cosas se torcieron, y el ejercitó nacional comenzaba a hacerse con el poder del país, y el reciente director del Prado, un tal Pablo Picasso, viendo que su cabeza empezaba a a valer bien poco, puso pies en polvorosa, dejando atrás su vida como pintor en España. Lo que no esta mal, pues cada cual respondé por su pellejo, pero al hacerlo, también dejó atrás otra cosa, una tontería de nada, que hacía poco había confiado el gobierno en sus manos. Las grandes obras de la historia del arte, que se conservaban en el Prado y que una vez sin director, habían quedado a la merced de los asaltantes y de los obuses que explotaban tan a menudo y tan cerca, que se llegó a rebautizar la cercana Gran Vía madrileña, como Avenida de los Obuses.
Fue entonces, cuando apareció el pueblo, como de costumbre, mujeres y hombres anónimos, que se jugaron la vida por salvaguardar la historia y el patrimonio de sus país, muchos de ellos republicanos, otros no tanto, pero que antes de las ideas políticas amaban el arte, y la cultura de su país, fuera el color que fuera el que lo gobernará. Encabezados por el pintor Timoteo Pérez Rubio-a la sazón marido de la escritora Rosa Chacel-, pusieron en movimiento una Junta de Defensa del Tesoro artístico nacional. Apoyado por el desinflado gobierno de la república, esta junta embaló cada una de las obras de arte-esculturas, lienzos, grabados-, en cajas especiales para cada una de ellas, y las sacaron de la ensalada de balas y bombas que era Madrid, con destino primero Valencia, luego Barcelona y finalmente Ginebra, donde descansaron a salvo hasta el final de la guerra civil y el comienzo de la segunda guerra mundial. Fue entonces, cuando el muralista catalán José María Sert, agente del gobierno de Burgos se interesó por las obras, y tras demostrar al gobierno suizo que las obras volverían a estar seguras en España, devolvió las pinturas y demás objetos a su lugar original.
El 9 de septiembre de 1939, las obras volvían a entrar en el Museo del Prado, en perfecto estado, y sin que faltará ninguna. Por supuesto del amigo Picasso nada más se supo, salvó algo de su vida en París, y la presentación del cuadro que hoy nos ocupa, y por supesto su fama internacional por pintar algo que nunca vio, ni sintió, y por representar la historia del arte español, arte que jamas defendió.
Por otro lado, quiero romper la una lanza en favor de toda esa gente anónima, hombres y mujeres, que escribieron esta increíble epopeya para salvaguardar el patrimonio de su país, dejando las ideologías para otros menesteres. Y que resulta, que con el paso del tiempo, no solo no fueron recompensados y felicitados por su ardua labor, sino que fueron olvidados. Y lo que es aún peor, acusados por las fuerzas del nuevo régimen dictatorial, de haber cometido el delito de querer saquear a España de su patrimonio artístico. Permitanme, que me quede con la declaración de una de las hijas de estos héroes. Que dice- casi con la lagrima colgando-, que esta muy bien que ahora se acuerden de ellos, pero que su padre murió con la pena dentro, de pensar que era un traidor de su país y de su gente. Algo que seguramente nunca pensó Picasso, a pesar de que él si lo fue.

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