miércoles, 1 de febrero de 2012

SOBRE MAR, DESCEREBRADOS Y CAPITANES COBARDES.


Siempre he dicho aquí, en esta página-suya y mía-, que amo el mar-que no la playa-, lo amo y lo respeto a partes iguales. Siempre que tengo la oportunidad me acerco a los puertos de mercancías, a los rompeolas y a las viejas tascas de marineros, donde se habla de mar, de historias y se bebe ginebra azul, brandy, anís del mono o lo que toque en ese momento o lugar, y se fuma-en la calle ahora-, tabaco negro. Estos lugares, se levantan junto a los amarres, a las redes remendadas miles de veces, por manos callosas, a las putas viejas, y a los lazarillos de Tormes modernos, que se buscan la vida como buenamente pueden.
Todas las zonas portuarias son iguales, o al menos se parecen. Con el tiempo, estos lugares se han convertido en verdaderas universidades del mar, de barcos y de experiencias marítimas, impartidas por viejos lobos de mar de piel oscura, acartonada por el sol y la sal, con tatuajes verdosos y descoloridos por el paso del tiempo. Recuerdo cada vez que me acerco a estos sitios, al capitán Horacio Neves-los asiduos, de esta página lo recordaran-, y a su carguero San Gabriel, y brindo porque siga bien, que vaya sereno a proa y que no aparezcan problemas a babor ni a estribor, porque pueda jubilarse tranquilamente y acabe sus días comiendo doradas a la brasa y bebiendo ginebra holandesa en el bar lisboeta de Nuno, o paseando por su amada Barceloneta, entre cañas y mejillones.
Hace mucho, un novelista polaco. Al que debo admiración, no solo por ser un grande de la literatura, sino también, porque nadie como él supo mostrar la dureza del mar y la vulnerabilidad del ser humano. Un tal J. Teodor. K. Korzeniowski. Más conocido por todos los mortales como, Joseph Conrad dijo: “No hay nada más seductor y esclavizante que la vida humana en el mar”. Y yo, si me lo permite querido lector, me atrevería a añadir, que además no hay nada más nimio, más insignificante y más estúpido que un humano que no conoce el mar, y que además, no lo respeta.
Recordaba esta y otras frases del amigo Conrad, y de otros muchos escritores y no escritores sobre el mar, sobre sus peligros, sobre su gran horizonte, que parece que emana libertad, falsa libertad, que para los que viven y trabajan en él a diario se convierte en una cárcel de por vida. Cuando me echaba a la faltriquera entre tostada y café la noticia, primero de la desaparición, y posteriormente de la muerte de tres policías nacionales en la playa de Orzán en A Coruña. A los que se llevo una gran ola, mientras intentaban salvar la vida a un Erasmus Eslovaco que llevaba una borrachera del quince, y que en un momento de lucidez decidió que estaría bien acabar la noche dándose un baño en la costa gallega. En pleno temporal y con bandera roja ondeando a todo lo que daba el viento.
Un actitud peligrosa no solo para él, que al fin de cuentas, permitanme, pero si el mar viene y se lo lleva, por descerebrado y tonto del higo, pues allá él. Internarse en un lugar que no conoces, al que no respetas y por supuesto al que no temes, sin precaución y sin dos dedos de frente, es de poco coco. Y además si este de repente, te pica el billete, pues allá penitas, si apareces a los tres días enganchado a espigón de hormigón, tu te lo has buscado. Es como si yo, por ejemplo, tras una borrachera que ni Ernesto de Hannover, me da por subirme al andamio que sirve para restaurar el campanario de la iglesia, y me creo Superman lanzándome al vacío. Supongo que a nadie le daría pena mi actuación, salvo a mi familia, que a pesar de saber que soy un descerebrado, me lloraría por aquello del roce.
Lo que no es de recibo, es que tres hombres, tres familias tengan que pagar un precio tan alto, por culpa de la ingesta de alcohol de un estudiante descerebrado, que se cree que el océano Atlántico es como la piscina del hotel de Benidorm o Salou, a la que salta desde al balcón con sus colegas para hacer la gracia después de la fiesta nocturna. Permítanme que me importe un testículo de palmípedo cojo lo que le suceda al chaval, él se lo ha buscado. Y no merecía ni de lejos la muerte de una persona del cuerpo nacional de policía español, ni de ningún otro país.
La semana va sobre mar, y sobre gente que actuá mal, unos por inconsciencia y otros por cobardía. Cuando al Costa Concordia se le abrió el casco en la toscana isla de Giglio, mientras el barco llevaba a cabo la maniobra de atraque, se vió el porque de lo que digo. Se demostró una vez más, que las nuevas tecnologías no solo no evitaron una tragedia marítima, sino que ayudaron a que esta, fuera más grave de lo que hubiese podido ser en un primer instante. Pues la mayor parte de los cuarenta y cinco minutos que pasaron desde la primera noticia de la abertura de la vía de agua en el casco, hasta que sonaron las siete pitadas cortas y una larga, que daban la orden de abandonar el barco, el capitán-o lo que quedaba de él-, se los pasó hablando por el teléfono móvil, ignorando las informaciones de su tripulación, mientras pedía consejo a su empresa en tierra.
Si este individuo, hubiera actuado como un verdadero capitán, hubiera avisado a su armador y una vez que estos empezaran a comerle la oreja con la actuación políticamente correcta, para evitar a los seguros, este les hubiera mandado a tomar por donde se rompen los calderos, y se hubiera puesto a ocuparse de su barco-como debe hacer todo buen marino-, otro gallo hubíera cantado. Pero no lo hizo, porque a pesar de ser un marinero experimentado, no era su barco, porque era un capitán cobarde, tan cobarde que tras abandonar el barco, a la tripulación y al pasaje, aún tuvo la cara de decir que se cayó sin querer en un bote salvavidas.

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