miércoles, 14 de marzo de 2012

EL PROFESOR DE LITERATURA.

            Lo conocí junto a sus alumnos hace unos cuantos años. El invierno empezaba a golpear con leve fuerza la ciudad de Lisboa, pero se agradecía parapetarse detrás de unas cuantas paredes antiguas, armado con un café caliente, y un pedazo de tarta recién hecha. Allí coincidimos en una primera ocasión, y esas citas literarias se fueron prolongando durante meses, todos los jueves sin falta, a las seis de la tarde.
 
           El lugar tenía su encanto, se llama -espero que siga llamándose -,  Pois Café. Abierto en una de las calles laterales de la Sé lisboeta, en el corazón del barrio de Alfama. Allí donde las calles comienzan a empinarse, y los adoquines tienes más años que los sueños de los que dejamos caer nuestro sudor, y algún tropezón que otro, intentando subir a la parte alta del milenario barrio. El café, era-o es, lo desconozco-, un café típico Austriaco, curiosa curiosidad en medio de Lisboa. Los cafés eran una maravilla y las tartas caseras, a buen precio y en medio de un gran ambiente. Siempre lleno de gente del barrio o alrededores. Siendo, por tanto, uno de los pocos lugares de la zona donde podías pasar horas y horas solamente oyendo portugués. Además, contaba con una particularidad, mucho mejor que las tartas y el café. Todas sus paredes estaban- o están-, cubiertas por estanterías atestadas de libros, novelas, diccionarios y manuales. En todos los idiomas del mundo, y que puedes consultarlos cuando quisieras.
 
           Recuerdo haber leído allí los últimos poemas de Emilia Pardo Bazán, mientras despachaba una tarta de pistacho, esperando la llegada del profesor y de sus alumnos. También colaboré a mejorar la vida de esa extraña biblioteca, dejando algunos ejemplares en castellano de mis novelas preferidas, para que otros pudieran disfrutarlos cuando les viniera en gana.
 
           El caso, es que un frío jueves del mes de noviembre. Uno de los primeros del otoño, en que la lluvia se apoderaba de las calles, llegué por casualidad a su puerta, y entré. Simplemente por necesidad de evitar mojarme durante un rato. No lo sabía, pero acababa de conocer el que sería mi cuartel general durante los próximos meses. Ese día, fue el primer día que vi al grupo de estudiantes, los supuse de último año de instituto. No era un grupo amplio, nunca lo fue. Jamás bajaba de cinco personas, y raras veces aumentaba la docena, casi siempre las mismas caras, las mismas sonrisas, las mismas ganas de aprender sobre lo que el profesor les contaba.
 
           Éste, les hablaba como si fueran amigos, como si hablara a los colegas, y no a los alumnos del instituto. Los trataba como se trata a alguien que sabes que algún día te retirará, y sabiendo que cuando ese día llegue, tendrás que apartarte a un lado y dejarlos vía libre, pues si no te arrollarán. Es cierto que no todos los que se daban cita para escuchar al viejo profesor, llegarían a ser algo en el mundo de la literatura o de la enseñanza, pero por aquel entonces, estaba seguro de que alguno de ellos llegaría a ser lo que buscaba. Aún hoy lo estoy. Quien sabe, tal vez dentro de unos años, vuelva a buscar cafés extraños en la ciudad del Tajo, y me encuentre a un joven profesor o profesora, hablando de literatura a sus alumnos en otro café de la viaja ciudad.
 
           Nunca me senté a su mesa, aunque siempre lo hice cerca. Yo sacaba unos cuantos años a los alumnos que lo seguían como cachorros sedientos de saber, pero también me convertí en uno de ellos. Un poco independiente, un poco lobo estepario, solitario, de café negro y mala pinta. Pero todos los jueves acudía a la cita con la sabiduría de aquel hombre, y con las ganas de aprender de aquellos chicos. Pasaron las semanas y los meses, los camareros nos conocían y nos trataban por nuestro nombre, conocían nuestros gustos gastronómicos y nuestro origen. El profesor, los estudiante y yo, nos saludábamos como si realmente nos conociéramos, como si tuviésemos horas de conversación a nuestras espaldas. Incluso una mañana de principios de mayo, una de las chicas del grupo del profesor, se acercó a mi mesa para darme un caluroso saludo, mientras yo leía a Eça de Queiroz, sentado en la terraza del café La Brasileira de El Chiado.
 
 
           Una tarde de jueves, cuando ya el calor apretaba, como solo aprieta en una ciudad con falso mar y verdadera humedad, volvimos a encontrarnos como cada semana, pero nos esperaba una sorpresa. El café estaba llenó de turistas, de gente que vociferaba, manteniendo sus guías de viajes sobre la mesa, sin reparar en los libros que se extendían por toda la sala. Los camareros no daban abasto para atender a sus nuevos clientes, y el ambiente tranquilo y sosegado de costumbre había desaparecido.
 
 
          Tras esperar un tiempo, conseguí un sofá, relativamente cerca del grupo, donde el profesor comentaba la influencia del pintor Almada Negreiros en la literatura de la época. Cuando pasó la tarde, entre el barullo y el griterío general, el profesor de literatura y sus estudiantes se retiraron hacía sus casas como cada día. Cuando el profesor paso a mi lado, apoyó su mano en mi hombro, y me dijo: “Hijo, ¿sabes? este café ahora sale en una de esas importantes guías de viajes. Es el fin de los clásicos.” Yo le conteste alguna cosa, no recuerdo cual, pero no debió de ser muy importante. Él asintió, y salió del café con cara de pena. Fue la única, y última vez que cruzamos nuestras palabras. Unos minutos después, yo hice lo propio y salí del café, sabiendo que no volvería a entrar en el nunca más.
 

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