miércoles, 21 de marzo de 2012

LOS 30.000 CERDITOS.

En España, siempre hemos sido mucho de contar anécdotas y sobre todo cuentos, las cosas como son, primero eran las abuelas o los abuelos, los que contaban los cuentos a sus nietos, tipo abuelo cebolleta, de verborrea larga e interesante. Pero los tiempos cambian, y con ellos los cuenta cuentos, antes, en la Edad Media, estos cuenta cuentos, vestían de colores llamativos y sombreros imposibles, se metían en las ferias y mercados, y te contaban la historia del reino o de lo que fuera por unas monedas, un mendrugo de pan, o lo que fuera menester.


Quien no recuerda a los viejos-o antiguos-, trovadores. Ahora con los problemas del sexismo en el lenguaje y lo dialécticamente correcto, ya no se donde pisar, sin temor a que algún defensor de sus causas, me busque para mandarme a sus padrinos por escribir solo en un género, o por poner en esta página-suya y mia-, la palabra puta, en vez de cenicienta de noche y esquina, y es que, si en otra cosa somos especialistas en este país además de en contar cuentos, es en tocarnos los aparejos unos a otros con cualquier soplapollez, y a la mínima que nos lo permiten.


Por donde iba. Que me tiran de la lengua y del lenguo, queridos y queridas lectores y lectoras, y se me calienta la boca y la tecla. El caso, es que como les decía, esto de contar cuentos ha evolucionado-no siempre las evoluciones son a mejor-, y desde hace ya bastantes años, a los españolitos y españolitas de a pie, nos cuentas los mejores cuentos nuestros políticos. Pero como ya les he dicho, en todo hay un cambio, y aquí no iba a ser menos. Pues cuando nuestros padres nos leían o narraban estas historias de pequeños, nosotros-usted y yo-, nos los creíamos a pies juntillas, y si no nos convencía del todo, no nos quedaba otra que achantar la muy, que para eso eran nuestros padres.


Pero ahora, son estos políticos luchadores, trabajadores, férreos defensores del interés social, de los derechos primarios del trabajador y de los derechos sociales del españolito medio......................permítanme que me recupere, que todavía me estoy partiendo la caja después de escribir las últimas lineas. Pues eso, que ahora son estos políticos paniaguados, de mirada estrecha y cuenta bancaria y expediente judicial amplio, los que se han tomado el derecho por su cuenta, y tras privatizar todos los cuentos habidos y por haber, se sientan a contárnoslos, obligando además a que los escuchemos sin reírnos, ni nada.


Me recuerdan un poco al famoso cuento de los tres cerditos, ya saben, el de los tres cerdos que crean sus casas cada cual con un material de construcción, desde el más endeble al más fuerte, para evitar que venga el lobo y les coma. Pues España es un poco así, pero con una excepción, es España no hay tres cerditos, sino trescientos mil.


Déjenme que les cuente un cuento, el mio. Pues resulta, que una mañana del mes de noviembre, el gobierno del pueblo de los cerditos cambió de manos, era normal, la gente estaba muy cansada de sus mandatarios, sobre todo desde que en los últimos años, unos cerditos franceses y alemanes, se habían empeñado en dominar este pueblo de cerditos españoles desde la lejanía. No contentos con eso, habían decidió abrir en el pueblo un matadero y un secadero de jamones, con la correspondiente malestar de todos los cerditos de renta media, que veían con miedo su futuro y el de sus retoños. Con el cambio en el gobierno del pueblo porcino, se quería echar a los culpables y dar el poder a la oposición responsable, la cual, había prometido cerrar el matadero y el secadero, y así de nuevo tranquilizar a la población. Pero cual fue su sorpresa, cuando tres meses después de tomar el poder, estos cambian de opinión sobre lo anteriormente dicho, y en vez de cerrar el matadero y el secadero, abren una ampliación de ambos, eso si colocando en sus cargos directivos a sus maridos e hijos. Y todo por culpa de la heréncia recibida del anterior mandatario.


El pueblo enfurecido, se va contra el nuevo alcalde cerdito, el cual enfurecido también, y con el papel donde pone que le dan mayoría absoluta, se dispone a finalizar el levantamiento, se quita su traje de cerdito rosáceo y rechoncho y deja florecer su verdadera efigie. La de un gran lobo hambriento.


Hambriento y mal humorado, sale de la Casa Consistorial, salivando por el colmillo en dirección de las casas de paja y cartón, al fondo del pueblo, allí donde no molestaban a los turistas. Acto seguido, comenzó a soplar las casas y las destrozó. Los habitantes de esta zona salieron corriendo, aterrorizados al ver volar sus casa y sus derechos por los aires. Se refugiaron rápidamente en las casas de madera de la clase media porcina, allí dentro, se sentían más seguros, pero el lobo alcalde, sopló y sopló, y cuando se cansó de soplar el Whisky de malta-pagado por consistorio por supuesto-, deriibó las casas de madera. De nuevo los cerdos pobres y los de la clases media salieron corriendo, acojonados y además, teniendo que abrir sus negocios los domingos.


Sin pensárselo dos veces, y por la fuerza, se metieron en el barrio burgués, donde los ricos, se daban palmaditas en la espalda y se decían, a nosotros eso nuca nos podrá pasar. Cuando se quisieron dar cuenta del tiempo que hacía, tenía al alcalde lobo rodeado sus mansiones por fuera, ayudado de la policía nacional porcina y los periodistas afines al alcalde lobo. Los burgueses asustados con la situación, no dejaban al pueblo acercarse por miedo a la fiebre aftosa, mientras por otro lado miraban de reojo al alcalde radical, que ayudado de una empresa constructora de un amigo, comenzaba a tirar las casas de los burgueses.


De repente un joven cerdito valiente, que no tenía nada que perder, pues tenía dos carreras, un máster, hablaba cinco idiomas, y trabajaba de cajero en unos grandes almacenes, de esos que habrían los domingos hasta las once de la noche, cobrando menos del sueldo base, se metió en la caseta de caza de uno de los burgueses, sacó del armario una escopeta recortada, cargada hasta arriba de posta lobera, y acercándose con cuidado al alcalde anti-demócrata, le pego cuatro tiros, dejándolo listo de papeles, montando una sucursal del Puerto Hurraco porcino y volviendo a traer la paz al pueblo.


No se si les habrá gustado el cuento, pero como todo cuento tiene una pequeña moraleja. El que la quiera ver que la vea.

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