miércoles, 7 de marzo de 2012

NO SE VAYAN TODAVÍA.

            Como tantos y tantos negocios, y como tantos puestos de trabajo, ellas también se están yendo por el sumidero. Últimamente a pasos agigantados, rara es la semana que no llega a mis oídos por medio de algún amigo la noticia de un cierre. O a mi correo electrónico, la carta de despedida de algún librero o librera, a los que conozco y visito a menudo, en algunas de las ciudades por las que he paseado mi vida.

           Es como una plaga, que se expande, matando fieramente toda aquella expendedora de cultura que se encuentra a su paso. La librería Ancora y Delfín de Barcelona-por ejemplo-, una de las clásicas de la ciudad Condal, cerró sus puertas hace meses para siempre, dejándonos a todos los que comprábamos allí-sus libros de viejo y de nuevo-, como lobos herido aullando a la luna. Hasta mi querida y única, Negra y Criminal de la Calle de la Sal, en la Barceloneta, centro de la cultura librera negra y criminal, centro de reunión de escritores clásicos del género. Lugar de agasajo para estos autores y sus lectores, de mejillones, vino y charla de sábado al mediodía, se han visto con el agua al cuello, debiendo crear un club privado y de pago, para los lectores y editoriales más fieles. Una buena idea, para no morir, por lo menos para intentarlo. Vive Dios, que los amantes de este género, así como los autores, agradecemos esta idea, y juntamos nuestras balas-siempre ficticias-, para que llegue a buen puerto.

            La librería Alfarrabista de Lisboa, abierta frente a la estatua que la ciudad dedica a la gran obra de Eça de Queiros, “Os Mayas”, a pesar de todo, también ha pasado a formar parte de esta triste lista negra, de cultura olvidada y relevada para siempre, a la memoria de los que por allí pasamos en algún momento de nuestra vida. Cierto es, que el futuro de esta librería estaba cantado, desde que el viejo librero, tuvo que dejar su sueño por el maldito parkinson. La historia la conté aquí, en esta página-suya y mía-, hace mucho tiempo. Los viejos lectores recordaran el artículo “El viejo librero del Chiado”. No sé qué habrá sido del viejo librero, pero visto como sus hijos arruinaban su antigua y querida colección, lo supongo ensimismado en sus viejos pensamientos, odiando el mundo que lo rodea y luchando como mejor puede contra la enfermedad.

            En Madrid, se me cae el alma a los pies, el Barrio de las letras, nunca ha sido menos de las letras de lo que lo es hoy, apenas dos o tres librerías de viejo siguen abierta en sus calles, apenas una de libros nuevos, y una más que ofrece mapas y cartas marinas. Una desidia, una pena y una vergüenza, para lo que fue el barrio, para lo que nunca debió de dejar de ser. También en la capital, siguen aún asomando la cabeza-con fuerza y lucha diaria- los libreros de la Cuesta de Moyano, aunque sus ánimos ya no son lo que eran, solo hay que pasearse por allí, rebuscar entre los viejos libros, y mantener una conversación con ellos. El ayuntamiento aprieta como siempre, pero ayudado de la crisis económica, ahora comienza a ahogar. Cualquier día desaparecerán de donde están, para dejar paso a algún negocio que dé más dinero al ayuntamiento de marras, y todos seremos a partir de ese día, un poco menos felices. Además de mucho más incultos.

             La cosa es mucho más grave en las ciudades pequeñas, en las capitales de provincia, donde mantener la puerta de una librería abierta con el temporal que corre, no solo es casi un acto revolucionario, sino que además es un acto de valentía, para luchar contra la búsqueda de la estupidez ciudadana. En los libros está todo, todo aparece, un hombre con un libro no solo es más libre, sino que es más listo. Eso los poderes lo saben, y también saben que si matas la cultura, sobre todo la leída, la antigua, los clásicos, acabarás controlando la mente de la población. Y en esas están.

            La última en sumarse a la lista de librería muertas para siempre, es una pequeña librería del centro de Dublín. Su nombre, Molly Malone, nombre típico y leal. Su puerta se abría cerca de la central de correos, en una pequeña calle transversal de O´Connell street. Vendía de todo, desde libros de cine, hasta libros de historia, pasando por política o biografías. Allí encontré los libros que me enseñaron a comprender mejor la cultura, la vida y la historia de mis vecinos irlandeses, gracias a esa librería no solo practique mi inglés, sino también mi memoria. Los libros de fotos antiguas, que me ayudaban a hacerme una idea de cómo había sido la lucha contra los ingleses en la vieja ciudad de Irlanda, o el paso de la segunda guerra mundial por ella, aún me acompañan y me acompañaran durante mucho tiempo, y espero que hagan lo mismo, con mucha más gente, cuando yo deje de necesitarlos y ande por la quinta del ñato.

            De nosotros depende supongo, aunque es una lucha desigual, las librerías como tantos negocios que nos están acompañando desde todo la vida, van cerrando, desapareciendo. Supongo, que para muchos es más fácil comprar las novelas, para regalar en cumpleaños y fechas señaladas en grandes almacenes, al igual que les resulta más cool, tomar el café en grandes cadenas americanas, donde te dan un vaso de cartón con un café imbebible dentro, en vez de tomarse un café normal en una tasca o café, de esos que llevan prestando sus servicios al público desde hace siglos. En fin, solo espero que no se vayan todavía.

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