miércoles, 28 de marzo de 2012

SOBRE PATERAS Y TIPOLOGÍAS ARTÍSTICAS.

             
           Hace unos cuantos años visité una galería de arte en un barrio de Bruselas-no recuerdo ni el nombre de la galería, ni el del barrio, ya lo siento-. Sé que estaba a las afueras-más o menos-, y relativamente cerca del moderno Parlamento Europeo, allí donde nuestros eurodiputados, luchan a brazo partido por nuestros derechos y sus vuelos semanales en Bussines, ya me entienden.
 
            Recuerdo haber entrado en aquella galería o pequeño museo, en busca de unos carteles modernistas de cafés y cabarets parisinos, pero niet, ni hablar del peluquín. Una señorita muy risueña, de ojeras marcadas y lengua francesa con acento flamenco, me dijo que lo sentía mucho, pero que durante unos meses la exposición que me había llevado hasta allí estaba desmontada, para dejar paso a una exposición itinerante sobre la cultura subsahariana. Asique subsahariana-pensé-. ¿A qué se refieren ustedes con lo de subsaharianos?, pregunte más por maldad que por curiosidad. La chica se encogió de hombros, y dijo sin más: Pues supongo que a lo que está debajo del Sahara, y volvió a lo suyo.
 
            Yo con mi ticket en la mano, y con cara de vaca mirando pasar el tren, me acerqué al torno de entrada, donde validé mi boleto mientras pensaba en la contestación de la chica. Pues sí-me dije-, supongo que se referirán a lo que está debajo del Sahara. A eso debería ser,  sino fuera por lo políticamente correcto, las teorías lingüísticas de cogérnosla con papel de fumar y de la verborrea envenenada de políticos y políticas de turno y de turna. Los cuales, han decidido ser políticamente correctos hablando, y tocándonos los aparejos a todos los ciudadanos de a pie. Lo cual, no quita para que desde la lucidez podamos reírnos en sus diplomáticas narices, y pensemos que este andoba o esta andoba son tontos del ciruelo, o de la ciruela desde que sus respectivos padres eran novios.

          
          Pues si algo me hincha la válvula hasta el punto de que me salta y me cisco en todo lo ciscable, es la estupidez lingüística generalizada en la que nos estamos metiendo, como si de una espiral de analfabetismo se tratara. Y es que la dichosa exposición sobre la cultura subsahariana, se refería a los problemas del África negra-la de toda la vida-. Pero como nos gusta usar eufemismos estúpidos, y tonterías varias por no pronunciar las palabras negro, viejo o puta…etcétera, en vez de usar correctamente el lenguaje y dejar de parecer políticamente y correctamente estúpidos.
 
          El caso, es que tras recorrer varias galerías inclasificables, llegué a la sala principal, donde una patera de madera agujereada ocupaba el centro de la estancia, rodeada de arena y de la cual salían varias banderas de estados europeos, entre ellas la española, la italiana o la portuguesa. Nada de Alemania o Francia. Supongo que estos estados no tienen ya nada que ver con África, tras invadirlos y despojarlos de sus riquezas-las que existieran-. Pero no quedo allí la cosa, pues a su lado hablaba en inglés un tipo un tanto bizarro. Resultó ser el autor-el padre dicen los snobs, que en mi idioma es una variante de gilipollas- de la obra, un belga, que hablaba de tipologías artísticas y de inmigración como si las hubiese inventado él. Tras mucha charla vacía sobre las pateras, la inmigración y las costas andaluzas, el tipo en cuestión reconoció no haber visitado jamás España y mucho menos Andalucía. Y por tanto, supongo que había basado su obra en un sufrimiento que conocía de oídas. Tras escuchar esto, salí de la sala, del museo y de los alrededores.
 
         En la calle ya, decidí prescindir del metro y pasear un rato bajo la incipiente lluvia belga. No se si por la imagen, por la estúpida exposición del artista o porque tenía el día tonto, comencé a recordar a un chico que conocí años antes. Se llama-o llamaba-,Diouf, era senegalés, y cuando yo lo conocí vendía esculturas de ébano en la piazza della Signoria de Florencia.
 
         Esperaba a unos amigos, apoyado en uno de los múltiples pivotes de la plaza, contemplando la estatua ecuestre de Cosme I de Médici, cuando él se me acercó ofreciéndome las pequeñas esculturas. Yo de primeras le dije que no, que gracias, pero que no. Mi acento italiano dejaba mucho que desear, y rápidamente me pregunto que si era español. Le conteste que sí, y su cara cambió, rápidamente mostró una gran sonrisa blanca, y bajó los brazos dejando la mercancía en el suelo. Se apoyó a mi lado, en otro pivote, y me comenzó a preguntar de donde era, y alguna otra trivialidad más.
  
         Pronto se puso a hablar él, me contó su historia. Es curioso, pero a veces solo con escuchar a una persona la haces un gran favor, y él a su vez, te hace otro gran favor a ti, te cuenta su historia y te abre los ojos aún más. Me contó su salida de Senegal, como cruzó el estrecho de Gibraltar tras pasar varios meses escondido en un bosque casi sin comida, con casi doscientas personas más. Tras levantar la mirada, sin mirar a ningún lado, empezó a recitar las ciudades que había recorrido desde su entrada en Europa hasta llegar a Florencia. Roquetas de Mar, Almería, Madrid, Barcelona, Lyon, Marsella, Nápoles....
 
         Finalmente, tras un rato hablando llegaron las personas que estaba esperando, y partimos-teníamos una cita para visitar la galería Uffizi-. Antes de despedirnos, le compré una de las piezas de ébano que vendía-un elefante-, que cargué durante días en mi mochila, hasta que la última noche, mientras comía una Focaccia en una pequeño restaurante del barrio del Trastévere en Roma, se la regalé a un niño español de unos ocho años, que jugaba alrededor de sus padres cerca de la puerta de entrada.
 
         Supuse que para él, siempre sería el recuerdo que le regaló un tipo en un bar de Roma en su primera visita a Italia, mientras para mi era un peso psicológico, pues cada vez que la observaba, o la sopesada en mis manos veía el sufrimiento de Diouf, y de tantas personas como él. Otras tuvieron menos suerte y murieron ahogados.
 
        Por eso, ese día de paseo bajo la lluvia en Bruselas, me cisque de nuevo en la sociedad occidental, en su cultura de mirarse el ombligo, en su necesidad de lo más caro y de lo mejor, de  su rechazo a lo que no les gusta. Siguiendo por las nuevas tipologías artísticas y los artistas modernos, que hablan de problemas graves mirando hacia otro lado y usando eufemismos. Esos tipos-políticos incluidos-, que no se han plantado delante del Diouf de turno, y le ha mirado a los ojos mientras escuchaban su historia.
 
 

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