miércoles, 11 de abril de 2012

EL OBISPO HEREJE.

Hace no mucho, releía un pequeño libro de historia, escrito por un reconocido historiador, al que ya hace bastantes años, tuve la oportunidad de escuchar en varias charlas sobre historia de España. El libro en cuestión, habla de lo perdedores de la historia de España. El libro no es fino, todo lo contrario, pero si de verdad recogiéra a todos los perdedores de la historia de la perra España, debería ser del tamaño de la Espasa-Calpe.

En fin, como les digo, repasa un número de perdedores de la historia de España, desde cuando este solar de compadres, primos, mentecatos, meapilas y creyentes a pies juntillas, era una provincia del Imperio Romano, hasta casi nuestros días. Digamos para aclarar el asunto, que son todos los que están, pero que no están todos los que son. El caso, es que encontré la historia de un cierto individuo, un viejo conocido, un tipo peculiar de principios del siglo IV de nuestra era.

Su nombre es Prisciliano, y es conocido por ser el primer hereje español, siendo además de eso, obispo y mártir, casi nada. Nació en el norte de la por entonces Hispania, parte del Imperio Romano, como ya les he comentado, se supone que nació en el seno de una familia pudiente, de origen noble, se cree que senatorial. Lo cual, como ocurre hoy le abrió muchas puertas en su educación-ya ven por entonces no existía la privatización de la educación, pero ya se usaba eso del que tiene padrinos se bautiza-.

Debido a su posición social, Prisciliano fue enviado a estudiar a Burdeos junto al retórico Delphidius. Pasando bastante de sus enseñanzas, se centró en otras enseñanzas más especiales, digamos, como la astronomía y la magia, enseñanzas en las que se vió reflejado, y pronto se volvió especialista, llegando a formar a las afueras de la ciudad francesa-o lo que fuera por entonces-, una comunidad, desde allí y aún con pocos seguidores, comenzó su época de predicación y crítica. Pues desdeñaba a la iglesia oficial, y su unión con el Estado Imperial, así como la corrupción, y el enriquecimiento de las castas superiores de la iglesia. Como ven han pasado muchos siglos, pero pocas cosas han cambiado.

Su política de crítica, y su forma de ver el futuro y el sentido de la moral religiosa, pronto le hizo tener muchos enemigos, pero a la vez, hizo también que aumentar rápidamente el número de seguidores, que creían como él, que la jerarquía religiosa e imperial vivían por encima de sus posibilidades-seguro que esto también les suena-. El enfado de las altas castas del Imperio Romano, fue más, cuando se dieron cuenta, que además de trabajadores, obreros, y mendigos, se unían a Prisciliano gente de buenas familias, familias ricas, e incluso hombres de Dios, que al igual que él, veían necesario una evolución, un cambio profundo en la realidad existente.

No se tardó mucho en denominar al grupo, y sus miembros como Priscilianos, curiosamente además el cabecilla, recibió el obispado de Abula, actual Ávila, desde donde amplió su influencia y sus seguidores por toda Hispania, llegando a Francia y al norte de áfrica. Ante la rápida extensión de sus enseñanzas, algún obispo de los de cobrar mucho y trabajar poco, puso sobre aviso al obispo de Emérita Augusta, sede principal. El resultado de esto, fue un concilio en la antigua Zaragoza, donde perdió el obispado de Ávila y recibió la primera condena-poco creíble y fuerte-, a él y a todos los seguidores Priscilianos.

Este, ni corto ni perezoso, cogió un hatillo y a varios de sus seguidores más fieles, y se plantó en Roma, a pedir que le devolvieran su puesto y le eximieran de la condena en el concilio, por la que le querían acusar de herejía. En el primer viaje, no consiguió nada, pues allí estaban bastante liados, clavándose puñales por la espalda, para intentar conseguir alguno de ellos, ser el primer Papa oficial de la iglesia católica.

El viaje, lo repitió, y en esta ocasión, si lo hicieron caso, tal vez más del que él pensaba, pues por entonces, ya había Papa, uno que no comulgaba-y nunca mejor dicho-, con su nueva forma de enseñar la palabra de Dios, y le puso las cosas claras. Prisciliano salió de allí furioso, y tras sobornar a varios miembros de la burocracia eclesiástica abandonó Roma, pero a su vuelta a Hispania fue detenido a su paso por Tréveris, y entregado a las fuerzas del Imperio Romano, que para su desgracia, por aquel entonces, ya comenzaban a guiarse por el cristianismo más puro y rancio.

Fueron acusados él, y varios de sus seguidores más próximos, entre otras muchas penas, se les acusaba de herejía, por usar la astronomía y la magia. De oficiar misas nocturnas en bosques con hombres y mujeres en pelos (desnudos), de cambiar el pan y el vino, por queso y uvas. Permitir a las mujeres oficiar el culto, promover y promulgar el agnosticismo y el maniqueísmo, así como de haber engendrado un hijo con una seguidora.

Finalmente fueron condenados a muerte, y entregados a tajo con hacha-decapitados-. Y el resto de priscilianos fueron perseguidos, hostigados, torturados y ejecutados. Tal como la iglesia católica ha hecho tantas y tantas veces después, con los Templarios, con los Cátaros o albigenenses y con todos aquellos que no piensan como ellos, y deciden que la palabra de Dios, no tiene nada que ver con la palabras de los humanos, situados y apoltronados en las altas instancias de Roma.

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