miércoles, 18 de abril de 2012

UNA LECCIÓN TARDÍA.

El día era soleado, demasiado cálido para el final del mes de septiembre, pero de pronto varió, la causa era clara, el cambio de lugar, pasar de una ciudad rodeada de coches, de gente, del calor del asfalto. Ahora, de repente estaba ante el mar Cantábrico en toda su extensión, en todo su esplendor, el aparcamiento estaba relativamente al lado del faro, pero quedaban aún varios minutos a pie hasta su base.


Según me iba acercando a la construcción, utilizada para marcar el rumbo y avisar del peligro rocoso a los barcos, el aire iba en aumento, al principio el frescor, el aire frío se agradecía, era mucho mejor, y más soportable que el calor de la capital ovetense, esta, hacía que el cortavientos de plástico azul se hinchara, como si de un pequeño globo andante se tratase, era molesto, pero nada parecido con lo que sentí aquella noche en el cabo da Roca,-entre Estoril y Cascais, el punto más al oeste de la Península Ibérica-, donde dos tipos altos y fuertes tuvimos que agarrarnos de los hombros, para que los golpes de aire provenientes del Océano Atlántico, no nos hiciera dar con nuestros cuerpos en el suelo.


Poco a poco, me fuí aproximando al pequeño parque que se abría justo a la entrada del faro, un parque simple, tal vez un poco pobre, pero sobre todo verde, muy verde como es lógico en la zona, visite el interior, donde se ha creado un museo de esos, que nacen como hongos en época de lluvias por los bosques, los hay de todos los tipos, desde museos de trillos, a museos del pan o del vino, de botijos o del macramé, la cosa es trincar del estado, del plan europeo o de la Santa Compaña. Allí, como les digo, esta el museo de los faros y de la historia de los fareros. Tras una leve visita, pues a pesar de que el tema era interesantísimo, el espacio es mínimo, y por lo tanto no tardé mucho en visitarlo, al salir, perdí un poco más de tiempo observando una replica en piedra-y algún material más que desconozco u olvidé-, de un tiburón, con cara de fiera y dientes de goma, colocado justo en la puerta.


De nuevo, fuera de la construcción el aire había aumentado en su fuerza, y en su constancia, comencé a pasear por los alrededores, visitando los acantilados cercanos, los prados y disfrutando del paisaje. Hasta que de pronto, vi bastante jaleo a lo lejos, allí un grupo de gente, vestidos con monos blancos, se movían entre las piedras cercanas a donde rompían las olas, dos furgonetas de grandes dimensiones estaban paradas en el camino que salia de mi sendero. Sin más, me acerqué.


Allí, me encontré con unos cuantos jóvenes, recién salidos de la universidad de biología, y a un par de ancianos, que descansaban sentados en unas rocas, un tanto alejadas de lo que sería normal para unas personas de su edad. Pronto, tras ver que los chicos se dedicaban a recoger muestras de las plantas que asomaban, y las guardaban en simétricos recipientes de vidrio, me senté junto a la pareja de ancianos.


Tras un leve saludo, y que sus miradas intentando reconocerme, me saludaron, y comenzamos una pequeña charla, que giró en todo momento sobre la labor del grupo de jóvenes biólogos. No saque nada en claro, la verdad, simplemente me explicaron lo que los chicos hacían, sin saber ellos tampoco porque o para que lo hacían, entre medias, alguno de ellos comenzaba a hablar sobre mar, y otros tiempos, pero pronto volvían a lo suyo, a comentar la actividad nueva que tenían ante sus ojos, y a la par, comentar lo guapa que era una u otra de las biólogas, que pasaban junto a ellos, de vez en cuando sacaban un paquete de cigarrillos, y prendían uno, no recuerdo de que marca, tal vez nuca la ví, pero si recuerdo que era tabaco negro, hay olores que no se pueden esconder, por muy al aire libre que se esté, y por mucho que el viento sople.


El caso, es que cuando los jóvenes ya se disponían a irse, uno de los viejos se levantó y los interceptó de buenas maneras, sin más, se acercó a la chica a la que no hacía mucho, había estado piropeando entre ellos, como si de meros quinceañeros se trataran, y la preguntó simple y llanamente, que qué era eso tan importante que estaban haciendo allí, con tanto mono, tanto bote y tanta parafernalia.


A lo que la chica tras una carcajada le contestó, que estaban haciendo estudios de las algas que crecían en la zona, para intentar comercializarlas, entre otras cosas en cosméticos y para la alimentación. La cara del hombre fue un poema, primero obvio lo de los cosméticos, no se si no le interesaban, o simplemente no sabia a que se refería la chica con ese palabro, y saltó directamente sobre lo de la alimentación.


¿Como que para la alimentación?, ¿estas algas se pueden comer?. La chica mientras se quitaba el mono y lo guardaba en una bolsa, le contestó con buena cara y picardía, que sí, que lo van a estudiar, pero que con un leve tratamiento y tras la revisión del ministerio de sanidad, las algas que crecían alrededor del Cabo de Peñas, se podrían comer sin más.


La chica, se alejó con el grupo camino de las furgonetas, para volver a la ciudad, y el hombre, volvió sobre sus pasos a sentarse junto a su colega, al principio nos miraba y no decía nada, pero tras sacar un nuevo cigarrillo de su bolsillo, dijo, mientras lo prendía: De saber yo que las algas estas se podían comer, iba a pasar yo el hambre que pasé durante la guerra.

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