miércoles, 30 de mayo de 2012

LA CAPTURA DEL STANHOPE.


          Como tantas cosas, tantas batallas, tantas luchas, tantos personajes de la historia de este viejo, desagradecido, cainita de muelle flojo, y perro patio de vecinos, a lo que algunos nos empeñamos en llamar España, la de hoy, es también, y sin duda una de esas historias, que no salen en libros de texto, ni en diccionarios biográficos de gobiernos oportunistas. Y si me permiten la afirmación, según muestra la deriva del país, dudo mucho ya, que ningún día vaya a hacerlo, pues en esta espiral de lo políticamente correcto, estamos abocados a la estupidez vitalicia de los mafiosos con valija diplomática, que son más de cogérsela con papel de fumar, que de saber valorar la historia de su país, y de sus paisanos.

         Supongo que esto es así por varias razones, porque el héroe-o casi-, en cuestión, no vestía lindas ropas, ni se lavaba los dientes con pasta de marca-ni con nada-, posiblemente era alcohólico, como todos los marinos de su época. No corría tras una pelota de cuero cosida por niños en algún país del medio oriente, no se engominaba, ni usaba litros de colonia-si algún liquido usaba por litros, sería el ron o alguno semejante-. Ni llevaba un grupo de fans quinceañeras detrás, mojándose las bragas-chop, chop, chop....ya me entienden-, cada vez que este guiña un ojo, o se atusa el cabello. Es más, en una sociedad como en la que hoy vivimos, nuestro amigo sería un paria, un marginado social, un tipo de esos, de los que al verlo te cambias de acera, o te diriges como un resorte a la otra punta del vagón del metro, o de donde toque. Hoy pediría dinero en la Puerta del Sol, o en la Calle Postas, enseñando sus muñones de guerra. A nuestro paso, casi lo escupiríamos, llamándolo parásito social. Por suerte-para él y para nosotros-, nació en una época donde el país no estaba atiborrado de estúpidos salvapatrias de traje y corbata, cuyo mayor mérito es cantar por las mañanas, a veces en coral.

         Hablo de Blas de Lezo y Olabarrieta, también conocido como “el medio hombre”, por la cantidad de heridas de guerra que fue coleccionando a lo largo de sus andanzas. Natural de Pasajes de San Pedro, Guipúzcoa, y de profesión militar y pirata-dependiendo del día y de la bandera del barco al que se enfrentaba-. Con 17 años ya era guardiamarina de la escuadra francesa, escuadra donde había estudiado. Pues marino de nacimiento, se vio en medio del capricho del rey francés Luis el catorce, el cual se empeñó en que hubiese un mayor intercambio entre las escuadras españolas y francesas, supongo, que así llegado el momento de la traición, poder acuchillar por la espalda lo más cerca posible, y con mejor certeza al vecino.

          Ya en 1704 cerca de la costa de Vélez-Málaga, el barco de Blas de Lezo, junto a otras cuantas galeras españolas, al mando del conde de Fuencalada, se enfrentaron a la escuadra anglo-holandesa, haciendo correr por la cubierta de ésta la sangre y la ginebra azul a partes iguales. Fue su primer enfrentamiento fuerte, chusco, contra los hijos de la Gran Bretaña. Por supuesto no sería el único que tendría en sus días, ni el más fuerte. Pero le sirvió para demostrar a sus mandos gabachos y españoles-y a sí mismo-, de que madera estaba hecho, pues a pesar de haber recibido un cañonazo en la pierna izquierda, siguió en su puesto, sin dar una mala orden, ni mostrar ningún síntoma de dolor. Tras esta batalla, el vasco De Lezo, fue ascendido a alférez de navío.

         Su vida fue rápida y fructífera, también lo fueron sus puestos y sus andanzas, pronto consiguió un nuevo  rango, tras defender los sitios de Peñiscola y Palermo, fue ascendido a teniente de navío. Destinado en Tolón, allí, combatió el ataque que a esta plaza le dio el Duque de Saboya en el año 1707. De Lezo luchó con su acostumbrado saber estar y serenidad, defendiendo hasta la última carga el castillo de Santa Catalina, tanta fue su tenacidad, que perdió el ojo izquierdo. No se achantó ni ante el ejercito del rey Felipe V, pues en una de las ocasiones en la que este asedió y cerró Barcelona, Blas de Lezo encargado de los cargamentos de munición y viandas que llegaban desde Francia para apoyar a la Ciudad Condal, rompió el frente de una forma espectacular y peligrosa, pues prendió fuego a parte de sus buques, lanzándose contra los del rey, detonado a la vez sus cañones, así ante la estupefacción del enemigo, se coló en la costa catalana.

           Fueron pasando los años, y el nombre de Blas de Lezo salía de la boca de propios y extraños con una mezcla entre miedo y orgullo, su fuerza, su locura y su intrepidez, le habían hecho ganarse el respeto de sus compañeros y superiores, había alcanzado el puesto de capitán de fragata, y mandaba una en la escuadra de Andrés del Pez. En esta empresa llevó a cabo numerosas capturas, la menor de ellas de veinte cañones, a la vez que recibía nuevas heridas de guerra.

           Una de estas capturas fue la del Stanhope, un navío británico. La captura, sería una más de tantas, de no ser por las condiciones en las que se llevó a cabo. Una de las pocas obras que recoge esta hazaña, se encuentra en el Museo Naval de Madrid, allí se puede ver como una pequeña fragata fue capaz de apresar un navío inglés, perteneciente a la compañía de Indias. Tal vez, el apresamiento tuvo lugar en 1710, aunque no hay constancia de ello, al igual que se desconoce si la fragata que capitaneaba De Lezo, estaba dentro de una pequeña división española, o era directamente alquilada a Francia. De lo que no cabe duda, es que De Lezo y su tripulación los tenían bien puestos, primero por enfrentarse sin reparos a una embarcación mucho más grande y mejor defendida, y segundo por haber pasado por la calandria a los hijos de la Gran Bretaña, cuando ya le faltaba una pierna y un ojo. Así, de esta manera tan heroica para unos, chusca para otros, desconocida para la gran mayoría, este guipuzcoano entro en la historia de este país, como el hombre que salvó al Imperio Español-o lo que quedaba de él-. Murió en Cartagena de Indias, defendiendo la plaza del asedio inglés. Allí, a día de hoy una estatua lo recuerda como héroe. A diferencia que en su país, donde siendo Teniente General de las Reales Armadas de su Majestad y comandante de sus Reales Galeones, y el tío con más huevos que ha pasado por la piel de toro en muchos años, no solo no se le recuerda, sino que se evita hablar de él, pues fue un asesino y un tipo, que a pesar de ser cojo y tuerto, tuvo el arrojo suficiente para no dejar a su país en la estacada cuando se le necesitaba.

         Igualito que los que hoy se dan golpes en el pecho, mientras juran y perjuran que aman y darían todo lo que tienen por salvar  su patria.



2 comentarios:

  1. Los tenía muy bien puestos, pero eso queda mal decirlo en los colegios y en las universidades, no sea que los alumnos se traumaticen.

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