miércoles, 9 de mayo de 2012

SOBRE ESCRUTINIOS Y SENTIMIENTOS ENFRENTADOS.

Antes de las ocho de la tarde hora local, la ciudad del caos y del trafico y del bullicio, tornó, cambió, el ir y venir de la gente era más rápido, más descompasado, de lo que marcaría un domingo habitual, sobre todo en las zonas alejadas del bullicio turístico y de los rebaños de guiris, pastoreados por jóvenes estudiantes, o que se buscan la vida como buenamente pueden, o les dejan, algo digan raro, digan especial se respiraba en las calles y plazas de la villa. El final de la elecciones nacionales llegaba, esa misma noche se sabrían los resultados de la segunda vuelta. Pasé junto a una periodista de France 2, hablaba a cámara, parapetada tras un micrófono azul, decorado con el logotipo de las elecciones, ya empezaba el escrutinio dijo. Los gendarmes, vestidos con sus trajes de gala-entiéndase la ironía-,posicionaban sus porras, y sus gases de pimienta, sobre sus protecciones , y comenzaban a colocar los cascos en un lugar visible, las furgonetas de anti disturbios, comenzaban por decenas a ocupar posiciones por todo el centro de París, sobre todo y en sobre manera en las inmediaciones de la Plaza de la Bastilla. Hacía allí me dirigía.

Los coches, las motos no dejaban de hacer sonar sus claxons, mientras circulaban por las calles de la ciudad, ignoro si con destino fijo, o simplemente paseando su alegría y haciendo participe de ella a sus convecinos. Los policías nacionales, apartados de sus funciones habituales por los miembros de la gendarmería, se dedicaban a regular el trafico, o a cortar las calles colindantes, evitando el jaleo, y el bullicio, todas las avenidas que llegaban desde el río, o desde los bulevares al centro de la plaza de la Bastilla, estaban cortadas a todo el tráfico rodado, daba gusto pasear por las anchas calles, que siempre están repletas de vehículos. En las esquinas, aparecían para hacer negocio, varios carromatos, furgonetas, y cajones, llenas de todo tipos de comida, de todas la nacionalidades y olores, mucha gente ya hacía cola, con su bandera en el hombro y su perrito en la mano. Por delante de uno de estos quioscos de viandas, pasó un padre en una bicicleta con carrito, donde llevaba a su hijo, detrás de ambos, una bandera del partido de la izquierda-cuarto en las primera vuelta-, ondeaba con el río Sena al fondo.

Una manzana antes de entrar en la Plaza de la Bastilla-centro de revoluciones antiguas y ahora tomada por el pueblo como su plaza-, una ambulancia del hospital cercano, su conductor pasaba aporreando su bocina, y el copiloto-ambos vestidos de blanco y la cruz en el pecho-, grababa con un teléfono móvil de última generación toda la gente que aparecía en el recorrido de su regocijo. Desde las ventanas-mucho más concurridas de lo normal-, gente descorchaba botellas de champán, brindaban, y gritaban cada vez que la televisión daba un recuento de los votos, mientras banderas del partido-futuro-,vencedor, colgaban de sus ventanas. Entre tanto, yo avanzaba hacía la plaza donde se levanta la Columna de Julio, en honor a los muertos en la revolución de octubre, bajé la vista y mis ojos vieron en el suelo confeti.

En la puerta del supermercado Monoprix, dos vagabundos habituales de ella, que cuentan con su residencia fija sobre las puertas de este, saltaban contentos, saludaban a la gente que pasaba a su lado, y gritaban a la vez que lo hacían las personas que circulaban en el interior de los coches que hacían sonar sus claxons-nunca les había visto sonreír-, y ahora se abrazaban entusiasmados, como si el cambio fuera a servir de algo en sus vidas, como si sus penalidades, el frío que sufren por las noches, o el tener que buscar la comida que caduca ese mismo día y que los empleados del supermercado, apartan con cautela, sabiendo que ellos la volverán a sacar del contenedor de basuras, solo unos instantes después de que ellos desaparezcan por la puerta del fondo, pero lo cierto, es que la felicidad, al igual que la tristeza o el malestar, se contagia. Aún pensaba en los dos hombres, cuando se cruzo en mi camino una niña, de unos cuatro o cinco años, rubia y con una gran sonrisa, al pasar junto a ella, me fije, con una de sus pequeñas manos agarraba el brazo de su madre, con la otra, agarraba como buenamente podía una rosa roja.

Entrar en Bastilla y ver lo que es la otra cara de la política, la columna de Julio, casi siempre inalcanzable por el trafico rodado, permanecía recta y ducha, a pesar de que su base, llena de restos mortales de sus antiguos héroes, estaba tomada por la muchedumbre y sus banderas, eran de muchos tipos y filigranas, aunque abundaba el color rojo. En la pantalla gigante del fondo, situada donde hasta hace unas horas estaban dos expedidurias de churros y algodón de azúcar, justo donde nacen los bulevares, Sarkozy, aún presidente de la república, sucumbía y con cara sería y bajo los abucheos de las miles de personas que abarrotaban la plaza, reconoció su derrota y felicitó a Hollande, a la sazón nuevo presidente. La plaza estalló en aplausos, y la gente brindaba de nuevo.. Una chica joven, con un gorro con la bandera de Francia, saltaba a hombros de un hombre, mientras otra a su lado, mostraba una foto enorme del ya antiguo presidente de la república junto al desaparecido dictador libio. Eran poco más de las ocho y veinte minutos de la tarde

Seguí con mis pensamientos, comparando Francia y España, y me dí cuenta de algo, ese algo en el que los vecinos nos ganan de largo. En menos de veinte minutos, tanto el presidente saliente, como el entrante, habían dado la cara, ante la prensa y ante los habitantes del país, se habían felicitado, y no se habían regocijado, tirándose mierda el uno al otro, mientras los restos caía de lleno entre el pueblo que les vota.

Esta es mi humilde crónica de las elecciones generales francesas, lejos de datos y discursos. Poco me importan, las he visto y vivido desde lejos, o desde cerca, depende de como se mire Simplemente puedo narran con exactitud lo que ví, y sentí en las calles de la ciudad. La otra política, la otra felicidad.


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