miércoles, 12 de septiembre de 2012

EL CIEGO DE CÁDIZ.


 La ciudad de Cádiz llevaba asediada por las tropas del mariscal Claude Victor y sus franceses desde hace más de dos años, ya hacía mucho tiempo que el gobierno español-el mismo que el bastardo rey Fernando VII había regalado al emperador Bonaparte-, estaba en tierras del sur, desde el 23 de marzo de 1808, el gobierno español se encontraba en tierras gaditanas, primero en la Real Villa de la Isla del León-la actual San Fernando-, y luego en Cádiz, cuando la primera fue atacada por el mariscal gabacho y sus setenta mil soldados.

Corría marzo de 1812, las cortes de Cádiz, acababan de aprobar La Pepa, la primera constitución española, donde se abolía el absolutismo que reinaba-y nunca mejor dicho-, en España desde hacía mucho, y que se había incrementado desde el gobierno del inepto de Carlos el cuarto y de su hijo Fernando VII, el mayor traidor de la historia de España-y hablando de España eso es mucho decir-, hasta puntos inaguantables. Haciendo también que la Inquisición desapareciera, y así mismo aparecieran libertades del individuo, como por ejemplo la libertad de imprenta y de prensa. Y aquí llegamos, pues la historia que hoy quiero contarles toca de lleno a uno de los personajes que trabajo en el comité en la que se creo esta libertad.

Ya les digo, que la constitución de Cádiz, acababa de ser aprobada en el Oratorio de San Felipe Neri unos días antes. Y el diputado constituyente por Zamora, Juan Nicasio Gallego, se paseaba a diario por el centro de la ciudad gaditana, escuchando a lo lejos-y a veces no tan lejos-, las explosiones fallidas de los cañones francesas desde la bahía, intentando llegar sin éxito a La Caleta. Ni tan siquiera con los más imponentes y grandes cañones de la época-algunos podían disparar a más de tres kilómetros de distancia-, conseguían hacerle el más mínimo rasguño al ciudad, esta, seguía haciendo vida normal, y quería la guerra, la casualidad, y la fortuna, que los asediados, vivieran mejor que los asediadores, pues estos con el puerto abierto, recibían alimentos, armamento, y todo lo necesario para seguir adelanta con su vida, mientras que el francés luchaba además de contra los españoles, con el hambre, el frío, y las chinches que se reproducían, mientras intentaban tomar la ciudad a esos dos mil soldados españoles, apoyados por otros diez mil más de origen inglés-los perros ingleses siempre sacando fruto del árbol herido-, y de los vecinos portugueses. Tampoco el terreno extraño ayudaba, las guerrillas españolas hacían de las suyas y asaltaban a las tropas francesas cuando estas menos se lo esperaban, y estos perdían la vida entre las marismas fangosas, surcadas por los caños, como el de Sancti Petri.

Las batallas y los enfrentamientos eran diarios, la monarquía absolutista estaba aplazada de momento, y se veía un resplandor al final del túnel, o eso pensaba el diputado zamorano Juan Nicolas Nicasio, cuando paseando por lo mentideros de Cádiz, escuchaba a la gente hablar sobre la evolución del país, unos a favor de que volviera Fernando VII, con sus ideas medievalistas y su olor sacristía-como finalmente ocurrió-, y otros a favor del final del absolutismo, del poder religioso, y de la llegada de la ilustración, para abrirse al mundo. Entre unas y otras opiniones, el diputado escuchaba cantar casi a diario a un ciego, un ciego sentado en una de las gradas del mentidero, cantando y recitando cada día algo distinto, pero siempre en referencia a la guerra contra el francés.

Uno de estos días, Nicasio Gallego, decidió parar su paseo diario junto al ciego, y tras escucharlo durante un rato detenidamente, percibió que el ciego solo narraba victorias de la escuadra española, pero por otro lado veía que el asedio no finalizaba, ni tenia visos de hacerlo en corto espacio de tiempo. Pesaroso por las narradas victorias españolas, el liberal-que pensaba como otros tantos que el españolito de a pie, se estaba levantando en armas contra el enemigo que no tocaba, pues lo lógico era picarle el billete al rey absolutista, déspota y de corto entendimiento, y mirar al futuro como sus vecinos del norte, cerca del liberalismo, cerca de la modernidad y de la libertad, como tantos afrancesados, como él mismo-, temía que si de nuevo ganaba la guerra los pro-Fernando, España estaría evocada al mayor de los sufrimientos y perdida de libertad-como ocurrió-, se acercó al ciego y sentándose junto a él, le pregunto con curiosidad y recelo a partes iguales, el porque de sus canciones, a lo que el ciego respondió, que era la forma de informar a los que no sabían leer, que ellos-por los diputados-, se habían encargado de crear libertad de prensa y de crear nuevos medios de prensa, pero que no se habían preocupado de que esas noticias llegasen a la gente que no sabía leer ni escribir.

El diputado se quedo sorprendido, y siguió oyendo la perorata del ciego, que seguía contando victorias españolas, hasta que de nuevo se vio interrumpido por el diputado, que le volvió a molestar con otra pregunta: ¿Y que pasa, que los franceses no gana ninguna batalla?, dijo un tanto indignado. Y el ciego sonriendo, le contestó: “Si señor, pero esas noticias las dan los ciegos franceses”. El diputado a Cortes por Zamora, siguió su paseo, viendo la que se le venia encima, pues con la vuelta de Fernando VII al reino, las constitución fue derogada y todos los que lucharon por España-mientras este rey y sus políticos la regalaba al emperador-, fueron encarcelados, entre ellos nuestro amigo Juan Nicasio Gallego.

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