miércoles, 10 de octubre de 2012

SOBRE LEYES ESTÚPIDAS Y TONTOS DE GUARDIA.


Hay días-o semanas si me apuran-, que es mejor no abrir los periódicos, ni los nacionales, ni los de fuera. La última gran perla aportada por el político de turno viene de Italia-bueno, la penúltima, ahora me explico-. Supongo que todos ustedes, avispados lectores conocerán la noticia, sino, yo se la recuerdo. Resulta, que el alcalde de Roma-perteneciente al partido de Berlusconi-, va a llevar a cabo una ley más, en contra de la ciudad, y de sus comerciantes, que son, al fin y al cabo los que pagan religiosamente los impuestos, para que ese hermoso caos que es Roma, salga adelante, aunque sea como sale hoy.

Hablo de la ley anti-panino, una ley que prohíbe-de momento solo hasta el 31 de diciembre de este año-, comer bocadillos y similares en las calles y plazas romanas, parece ser que el buen político cansado de ver la suciedad que arrastran los turistas, se ha visto obligado a tomar esta decisión de hacer pagar a todo aquel que le da al yantar en plena rúa, una multa de entre cincuenta y quinientos euros. Es un castigo muy bíblico-entiéndase la ironía-, pues en vez de castigar al culpable, pongamos al turista o foráneo guarro y desconsiderado que deja el papel, el bote o las peladuras de naranja valenciana tiradas en las escaleras de la Piazza Venezzia multa directamente a todos y asunto arreglado, y ya si eso que Dios reconozca a los suyos, como dijo el anti albigenense Arnaldo Amalric.

Supongo que el consistorio romano, no ha tenido otra opción para mantener sus monumentos-de los más visitados del mundo-, y que parece no dar de si para mantenerse por si solos, como no hace mucho demostró Berlusconi, al ceder los derechos de explotación del Colisseo a una empresa de zapatos. En vez de por ejemplo poner controles en el transporte público, en los que entra y salen sin pagar un duro tanto romanos, como turistas, o reglando la ley de terrazas-que existe-, pero que no se respeta. Solo hay que pasearse por cualquier plaza de la ciudad italiana, atestada de mesas y sillas ilegales, no se ve un solo adoquín de la Piazza Navona, del Panteón, o del Campo de´ Fiori, tanto es así, que si la estatua de Giordano Bruno cobrara vida, se quemaría de nuevo así mismo.

Tal vez, podrían ponerse las pilas con el poco cuidado que se da a esos monumentos que tanto defienden para aclarar el porque de las multas por comer bocadillos, así como evitar que los borrachos orinen en dichas construcciones, como ocurre casi a diario en la Plaza de Santa María del Trastevere-lo he visto en varias ocasiones-, y también he visto a los dóciles carabinieri-y esto no es ironía-, pasar sin decir nada, sin mirar tan siquiera, a no ser eso sí, que en el grupo de jóvenes puedan ligar con alguna guapa mujer, entonces sí, se paran, saludan y hasta se dejan quitar la gorra.

Por no hablar de la cantidad de comerciantes, vendedores de comida para llevar, que se ven abocados a la ruina, porque los turistas buscan eso, comer algo rápido, para poder ver todas las maravillas de la ciudad en los pocos días que pueden disfrutar de ella, porque no pueden sentarse a comer en un restaurante a diario, o simplemente porque no les sale del occipucio pagar por algo que puede hacer en otro sitio, más rápido y más barato. Sin olvidar a los foráneos, oficinistas, trabajadores...etc, que son los que plagan los parques y plaza cuando asoma el buen tiempo, como es normal y sano, me atrevería a decir.

Sinceramente estoy deseando leer las denuncias, el porque de ellas, y ver como justifican que la multa sea de una cantidad y no de otra. ¿Serán superiores las multas de las personas que comen en calles principales, o con los pies en una fuente?, ¿serán más caras dependiendo de la cantidad de ingredientes con los que cuente la pizza?, ¿si el pan es blanco o de centeno?, ¿o si el jamón es ibérico, o normal?.

Pero no queda aquí la cosa, pues es normal, a veces sale un político-o lo que sea-, haciendo declaraciones estúpidas, no se si por ociosas o por gilipollez adquirida, o aplicando leyes injustas y de risa, y los demás países, o vecinos, o lo que toque, se ríen de él, le dan una palmadita en la espalda y le dicen: anda que la llevas buena. La ley se anula y sin más. Es lo que abría ocurrido con esta ley anti-bocadillo, pero a veces eso no pasa, por una cosa muy sencilla, siempre hay un tonto de guardia, capaz de asimilar las estupideces de los demás y hacerlas suyas. En este caso, el tonto de guardia no ha sido otro que el vice-alcalde de Madrid, el cual cree, que esta misma ley podría aplicarse perfectamente en la capital de España, y lo dice sin reírse y haciéndose el interesante, lo que es preocupante. Tan preocupante como que un país como el español no tenga un político que no cante por las mañanas, y que sea capaz de adoptar como suyas medidas y leyes de verdad, como la del blindaje de la educación pública francesa, o las medidas contra el despido de algunas empresas alemanas, donde los trabajadores prefieren trabajar menos horas y cobrar menos al mes, a condición de que ninguno de sus compañeros sea despedido.

Lo que trae a colación la manera de aplicar las leyes en la capital de España-en el resto también, ojo, pero entiéndanme, el tonto de guardia de hoy es de Madrid-. Ya me imagino a los comerciantes vendiendo bocatas bajo cuerda, en callejones oscuros y gritándose uno al otro “agua, agua” cuando den la vuelta a la esquina los maderos o los picoletos de turno, a los bocata dependientes, consumidores compulsivos, metiéndose su ración de pan y embutido a la sombra del aparcamiento de la Plaza Mayor, o en calles oscuras. Mientras los vendedores de bocadillos de calamares de la misma plaza se ciscaran en todo, y saldrán a protestar y manifestarse a la calle, entonces el ayuntamiento, tomara la ley a las espaldas y la modificará, creando otro locura -que hará que al salir al extranjero tengamos que agachar la cabeza de vergüenza cuando nos pregunten nuestra nacionalidad-, colocando lugares especiales señalados-como lo son aquellos donde está prohibido parar o estacionar-, solo para comer bocadillos, eso si, de calamares, nada más, que para eso son los típicos de la ciudad.

Ya me imagino a los policías patrullando la ciudad, multando a vandálicos niños que van comiendo helados por la calle-sin vergüenza, ni nada-. Imagínense a nuestros simpáticos, agradables y educados anti-disturbios, corriendo por la calle en busca del comedor compulsivo de chicles o caramelos, abriendo las bocas a todos los viandantes por si mascan o chupan algo, multando a los que le den al mentol. Imagínense al corrupto e ilegal ciudadano que come caramelos sin permiso de un juez del Tribunal Supremo, cogiendo la multa de turno, y rompiéndola ante las narices del lansquenete del Ministerio de Interior, ciscándose en él y en él alcalde-o el maestro armero-, y este, confundido, sin saber que hacer, sacará su porra y le abrirá la cabeza, por delincuente, por radical y por fascista.