miércoles, 7 de noviembre de 2012

LOS CIEN DÍAS (I).

Nadie lo pensaba, ni tan siquiera él, sino, tal vez sus últimas andanzas por la vieja Europa no hubieran transcurrido de la forma en que lo hicieron. La noticia llegó casi sin previo aviso, pues solo sabían de ella-y no con mucha confianza-, los bonapartistas que se reunían -con nocturnidad-, en la rue Saint-Jacques de París. Por supuesto los realistas-encabezados por ese inepto y egoísta Borbón, conocido como Luis XVIII-, no solo no la esperaban, sino que su inicial incredulidad ayudó al antiguo Emperador a llevar a cabo su empresa.
La empresa a la que me refiero, no era otra que el desembarco de Napoleón Bonaparte en Portoferraio-provincia de Livorno-, tras salir de su encierro en la Isla de Elba. Era 26 de febrero de 1815 y su intranquilo retiro había durado apenas un año. Cuando el corso llegó a tierra firme, sus sospechas sobre la marcha de su antiguo imperio le daban la razón, pues el gran Imperio francés no solo había dejado de expandirse, sino que además se había replegado hasta un punto irrisorio para el antiguo emperador.
Tampoco falló en su impresión sobre el sentimiento de su pueblo, el cual, en una gran mayoría mostraba su gran malestar en cuanto a la restauración, y al regreso de los borbones. Muchos de ellos, tanto bonapartistas convencidos, como los que lo fueron a la fuerza, habían perdido mucho, algunos demasiado por llevar a Francia a ser ese gran Imperio, el cual ahora, con la llegada de Luis XVIII, se desmontaba, se desquebrajaba como un muñeco de barro seco, que se cae como un sentimiento pétreo y golpeado con un fuerte martillo llamado historia.
Luis XVIII, como habrán adivinado estaba lejos de ser uno de esos llamados monárquicos abiertos, cercanos al pueblo. Pronto demostró su verdadera cara, o tal vez no la ocultó nunca. Los bonapartistas esparcidos por el país eran perseguidos y cruelmente asesinados, detenidos, casi masacrados, esta actuación fue la que asfaltó el camino para que el petit cabrón regresara y se apoltronara de nuevo en el sillón imperial. Luis XVIII, un botarate con tiara y despacho en las Tulleirias de París-como lo fue en el la Plaza de Oriente madrileña su compañero de trabajo español, un tal Fernando VII, ya mencionado en está y muchas otras páginas como el peor rey de la historia de España, lo que hablando de España es mucho decir-.
Este rey de trapo, de mentira, de repuesto, podrido hasta las entrañas, como lo estaban sus antecesores en el trono galo-y en el resto de Europa-, colocado para intentar tapar un hueco demasiado grande para tan poco ingenio-, como se demostrará más tarde con la proclamación de la república francesa-definitiva hasta el día de hoy-. Este arrogante tipo, no solo no se ganó el cariño, el afecto o simplemente el respeto del pueblo-ese del que él se creía dueño-, sino que además los pisoteó, lo humilló, y lo que es aún peor, no solo lo hizo con el francés de a pie, sino que su soberbia y avance pútrido, leproso llegó hasta los viejos y aún poderosos veteranos de la Grande Armée francesa. Esos tipos que se dejaron los huevos y las entrañas en los campos de batalla de toda Europa, gritando entre dientes apretados ¡¡¡Vivelefrance!!!, mientras españoles, ingleses, prusianos y demás compañeros mártires les abrían las asaduras, les degollaban a la altura del corbatín, les picaban el billete a fuerza de voluntad y sangre-da igual fría o caliente-, hasta que en el momento justo de dejarlos listos de papeles los escupían a la cara llamándolos gabachos de mierda.
Por eso ninguno-o casi-, de estos tipos hicieron nada para impedir el paso del emperador por todo el país, cuando este desembarcó en la costa francesa de Antibes y se puso en camino hacía París, más aún, muchos de estos hombres, se enfrentaron a los realistas que intentaban cortar el paso a Bonaparte y sus chicos en algunos territorios poco afines-como en la Provenza-.
La ya conocida y aún más reforzada personalidad y poder de atracción del Corso, unida a la falta tacto y al nulo carisma del monarca, sirvió para que el primero llegara a juntar un ejército en el camino que lo llevó desde la Costa Azul hasta la capital francesa. Incluso el Mariscal Ney “El Rubicundo”, el cual había llegado a expresar en público -durante la valentía que daba a estos tipos el encierro de Napoleón en Elba-, que Bonaparte debería ser llevado a París en una jaula de hierro. Curiosamente al poco del desembarco, se unió al emperador con sus 6000 hombres. Luis XVIII no intentó parar el avance más que débilmente, su poca confianza en los hombres- tal vez por soberbia, tal vez por cobardía-, le hacían desconfiar de las noticias y de los acontecimientos, en unos días, la realeza, la monarquía francesa débilmente reconstruida por él, comenzaba a templar en su base aún a medio cocer, y que se desquebrajo tan solo con un leve ademán de poder realizado por parte del emperador, acabando así con este reinado vago, creado de la mezcla de antiguos prejuicios y modernos valores, que no eran tales.
El 20 de marzo de 1815, y arropado por la ciudad de París, Napoleón Bonaparte llegaba de nuevo a la capital francesa, para tomar el mando del país en el Palacio de las Tulleirias, del cual poco antes el rey Luis XVIII-ese valiente-, había salido apresuradamente.

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