jueves, 15 de noviembre de 2012

LOS CIEN DÍAS (II).


Este golpe de efecto, este puñetazo sobre la mesa más importante y noble de Francia hizo sobrevolar en la antigua Europa la vieja sombra del pequeño emperador. No solo los monárquicos franceses sentían que la levita no les llegaba al cuello, sino que también el resto de fuerzas europeas, las cuales ya se habían visto enfrentadas a las tropas del emperador, y que habían sufrido las formas y las fuerzas del tipo en cuestión. Fue entonces, cuando el Congreso de Viena, formado por los países beligerantes contra la anterior fuerza napoleónica-Reino Unido, Rusia, Prusia, Suecia, Austria, y varios estados alemanes-,declararon a este fuera de la ley, decidiendo así, no reconocerlo como líder de la nación francesa. Uniéndose después, como si de una pre-O.T.A.N se tratase en su contra.

El repuesto Emperador vio que verdes las iban a segar y se adelantó a las alianzas, y a la reunión de sus supuestos enemigos que acababan de lanzar un órdago, creándole un nuevo problema, pues debía enfrentarse interiormente contra los realistas y exteriormente contra los plenipotenciarios de Viena.

A partir de aquí, el carisma y la personalidad de Napoleón Bonaparte, comenzó a trufarse de anécdotas o falsedades, con los gabachos nuca se sabe-lo sé de buena tinta-, pues los modernos trovadores de la capital francesa, contaban a los cuatro vientos, y se reproducían en los mentideros de la ciudad del Sena-si es que allí existían estos curiosos lugares-, las escenas de algunos momentos de la caminata pre-toma de poder. Como el que narraba que las tropas enviadas por el rey a parar los pasos del emperador desterrado se unieron a sus filas después de que este, valiente o alocado, se abriera la chaqueta ante los enviados borbónicos-antes bonapartistas-, diciendo: “Si alguno de vosotros es capaz de dispararle a su Emperador, hacedlo ahora”. Después de esto, se sumaron a la causa.

Algo parecido, en lo curioso o anecdótico digo, ocurría días después en el centro de la capital, cuando Bonaparte ya estaba al mando, en algunas paredes se podía leer a modo de chanza: “Ya tengo suficientes hombres Luis-por Luis XVIII-, no me envíes más”. Firmando por Napoleón, lo cual no quiere decir que el emperador se paseara por la ciudad de noche, con pintura y brocha como si de un gamberro se tratara. Pero esta historia, deja claro el apoyo que tenía el Corso en la capital ya desde antes de volver de su retiro forzado en la Isla de Elba.

Pero no todo es tan bonito como parecía, o como creía parecer, habían pasado muchos años desde que ese joven Corso llegaba a la Academia Militar de París, de donde saldría con intenciones de comerse el mundo, como llegó a realizar en algún momento de su vida personal y militar. Pero el tiempo pasa para todos, se sea un ogro que masacró Europa, o un héroe moderno que llevó a Francia donde nadie antes lo había conseguido. Y Napoleón era el Napoleón de antes en presencia, en el temor que despertaba sobre sus enemigos y en el respeto que insuflaba a sus amigos, pero poco más.

En un principio el autócrata y sus lansquenetes pensaban como ya he dicho, que todo volvería a ser como antes, pero pronto Bonaparte se dio cuenta de que no sería tan fácil, tal vez el cansancio, el envejecimiento, o el principio de una enfermedad-leve, pero enfermedad al fin y al cabo-, lo evitó. Nadie supo muy bien porque, incluso Mollien, buen conocedor del emperador, atribuyo esta falta de potencia del petit cabrón a la perplejidad que Bonaparte sentía ante las circunstancias cambiantes en general, y en particular a las de la sociedad francesa. Su necesidad de presentarse ante los suyos y los de fuera como un soberano constitucional y al mismo tiempo desprenderse de su anterior rigidez, tampoco ayudaron. Todos estos pequeños inconvenientes, resultaron ser definitivos en el fin de su dominio, más importantes aún que la Campaña de Rusia. Llegando incluso a confesar a Benjamín Constant-escritor y político afín a sus ideales-, que se estaba haciendo viejo, y que aunque la idea de un rey constitucional tal vez podría satisfacerlo, era más seguro que lo hiciera a su hijo. Napoleón se sentía viejo, y pensaba ya en la abdicación.

Al mismo tiempo, los desafíos de los realistas a pesar de poco potentes iban en aumento, ciertamente ninguno de estos movimientos traía dolores de cabeza al Emperador, ni tan siquiera el más profundo de ellos, llevado a cabo por el Duque de Angulema, ferviente realista, que tras juntar una pequeña fuerza, se lanzó en la defensa del indefendible rey Luis XVIII. El movimiento salió del sur de Francia, lugar donde Napoleón cojeaba un poco en sus apoyos, pero en la localidad de Valençe tanto el grupo como la empresa se deshizo, firmando el duque un convenio por el cual recibía el perdón del Emperador.

El 13 de mayo de 1815, un Napoleón un tanto recuperado y crecido tras sus primeras dudas, dictó el conocido edicto de Lyon, por el cual disolvía las cámaras y ordenaba una conversación a nivel nacional, para intentar llegar a un punto de partida y modificar la Constitución del Imperio Napoleónico, denominada Campo de Mayo. El entusiasmo pronto desapareció, pues Napoleón no cumplió lo dicho en Lyon, y el descontento quedó reflejado cuando los diputados eligieron como presidente de la cámara a un liberal y opositor del Emperador, Lanjainais.

Pero esto a Napoleón poco o nada le importaba ya, pues él tenía una nueva frontera en la cabeza, esta se dividía en dos puntos importantes, el primero de ellos, volver a conquistar Europa, algo a lo que rápidamente se puso. El segundo de estos puntos, no fue conocido en ese momento, tal vez nunca fuera conocido salvo por Gougard, la persona que pasó su vida junto al Emperador en su exilio definitivo en Santa Elena. Este punto, consistía en la intención de Napoleón de disolver definitivamente las cámaras, una vez hubiera conseguido la victoria contra sus enemigos del Congreso de Viena y regresado triunfante a Francia.

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