miércoles, 21 de noviembre de 2012

LOS CIEN DÍAS (III)


Llegados a este punto, tanto Napoleón como el resto de países europeos-o lo que fuera entonces esta casa de putas a la que ahora llamamos Comunidad Europea-, no les quedaban muchas opciones, es decir, o atacar o agachar la cabeza. Napoleón tenía claro que había llegado a un punto de no retorno, creyendo fielmente que eran las armas las únicas que podían decidir su futuro y con él el de Francia.

Nadie, ni dentro, ni fuera de la antigua Galia se creía su nuevo papel de monarca constitucional, y mucho menos que el viejo emperador se conformase con dominar los actuales territorios franceses, por ellos los miembros del Congreso de Viena, los mismos que lo habían declarado fuera de la ley, crearon la Séptima Coalición, una alianza militar formada por 150.000 hombres con el fin de aplastar al corso.

Pero Napoleón viejo, cansado, perdido, y todo lo que ustedes quieran no se dejó neutralizar ni un segundo, y como buen estratega se puso en movimiento. Su idea era muy simple, y a la vez muy clásica, contando con dos puntos a tener en cuenta, el primero de ellos consistiría en atacar antes que tener que defenderse, y el segundo era un principio básico militar: divide y vencerás.

Intentó convencer por separado, a cada uno de los estados integrantes de la Séptima Coalición para que no invadieran Francia, pero la negativa de todos los miembros se escuchó a lo largo de la campiña gabacha, por no hablar de las risas. El rebote que se cogió el petit cabrón fue de los que hicieron historia en París, los caricaturistas de Le Moniteur Universel se pusieron las botas a costa del Corso, y este, decidió tirar por el camino de en medio.

Ese camino no era otro que su especialidad, la invasión, la guerra sorpresa, y ese ansia de poder lo llevó a saltar sobre la coalición como única forma de mantener el puesto. El primer paso era atacar a las tropas aliadas que se encontraban en Bélgica, mientras estaban en formación y neutralizarlas antes de que se le echaran encima, acorralando a su vez a las tropas de la Pérfida Albión contra la costa, y así, al mismo tiempo dejando a los prusianos fuera de la contienda.

Pero en gorrino le salió mal capado al Corso y el enfrentamiento llevado a cabo en Bélgica entre franceses y las tropas de las Séptima Coalición acabó como el rosario de la Aurora, este cúmulo de pequeñas batallas, de pequeñas luchas, de escaramuzas acabaron confluyendo en la -tristemente conocida, sobre todo para los gabachos-, Batalla de Waterloo.

Realmente, la grandiosa batalla de Waterloo, no fue tal, sino más bien un cúmulo de batallas o enfrentamientos. El primer envite tuvo lugar el 16 de junio de 1815 en las inmediaciones de Ligny, está primera escaramuza acabó con la victoria de las tropas napoleónicas, haciendo retroceder a los prusianos sorprendidos por el golpe sobre la mesa dado por el Corso. Ese mismo día el Mariscal Ney, al mando del ala izquierda gala, bloqueó a las fuerzas anglo-aliadas en Quatre-Bras, cuando estas se dirigían a sacarles los buñuelos del aceite quemada a los aliados prusianos del frente de Ligny, y que se estaban llevando la del pulpo de manos de los enfantsdelapatrie.

Dos días después, el 18 de junio de 1815 se enfrentaron de nuevo en el campo de batalla de Waterloo, en el que sería el enfrentamiento decisivo para la campaña y para la vida pública del Corso. Durante gran parte del día las tropas francesas, con su emperador a la cabeza atacaron las posiciones anglo-aliados-con el duque de Wellington al mando-, en lo alto de una colina, pero lo que en un principio parecía una clara victoria de los chicos de Bonaparte, se torció al caer la tarde, cuando los prusianos de Gebhard Leberech Von Blücher aparecieron en pantalla, devolviendo así la suerte a Wellington y a la Séptima Coalición.

Al mismo tiempo en el que los Bonapartistas se partían el espinazo contra Wellington y Von Blücher en Waterloo, en otro punto de la geografía belga se llevaba a cabo la batalla de Wavre, la cual fue una victoria táctica de los bonapartistas, pero como comprenderán a pesar de salir victoriosos, el asunto fue poco fructífero, ya que los prusianos consiguieron frenas el avance francés, cuyas fuerzas podrían haber salvado el culo a Napoleón y a los suyos.

Estos, tuvieron que volver a París con el rabo entre las piernas y mirando de reojo a su espalda, no fuera a ser que se escapara algún bayonetazo perdido y los dejara listos de papeles. Tres días después de la estrepitosa derrota llegaron a la capital francesa, y allí, el emperador a pesar de las negativas de las cámaras y de la opinión pública, aún mantenía la esperanza de poder preparar una resistencia nacional. Nada más lejos de la realidad.

 

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