miércoles, 28 de noviembre de 2012

LOS CIEN DÍAS (y IV).


A estas alturas de la película solo Napoleón y su hermano Lucien Bonaparte, pensaban que disolviendo las cámaras e implantando una dictadura se podría salvar a Francia de la vuelta de la monarquía, y de las tropas de la Séptima Coalición, las cuales ya convergían sobre París, con los cuchillos entre los dientes y la saliva cayéndoles por el colmillo, mientras se repartían los pedazos escuálidos y famélicos, con olor a pútrido del ya muerto Imperio Bonapartista.

La situación de Francia al igual que la carrera de Napoleón se derruía, ambos habían llegado a un nivel mucho más lejano de lo que se pensaba en 1798, y que ahora, diecisiete años después volvía no solo a su lugar inicial, sino que se encogía frente a sus históricos enemigos de una forma portentosa. Ahora, había llegado el momento no solo de olvidarse de invadir países vecinos, sino el de defender lo que aún pudiera conservarse del propio. Será Charles de Talleyrand, un sacerdote y diplomático francés de gran influencia tanto en época monárquica, como en la Revolución y en el Imperio Napoleónica, el cual, con su apariencia de legitimidad era el único capaz de salvaguardar los intereses del país.

Pero la sentencia estaba echada, Napoleón finalmente reaccionó y reconoció lo evidente, y cuando su hermano lo presionó para tomar la decisión dictatorial, el Corso simplemente contestó: “Ya me he atrevido demasiado”, zanjando el tema. El día 22 de junio de 1815 el Emperador Bonaparte abdicó por segunda vez en favor en su hijo Napoleón Carlos Bonaparte, a sabiendas de que tan solo era un brindis al sol, pues este, se encontraba en Austria junto a su abuelo el Emperador Francisco I de Austria y con poco o ningún interés de poner un pie en tierra francesa.

Por otro lado, tanto la Cámara de los Representantes como la de los Pares vieron con buenos ojos esta abdicación, sobre todo porque así se quitaban al petit cabrón y sus ansias de poder de en medio. Tras la proclamación de Napoleón II se designó un gobierno provisional, presidido por el Duque de Otranto-personaje curioso, pues creó el espionaje moderno y fue el responsable de la creación del Ministerio de Policía de Francia, que más tarde sería el Ministerio de Interior-, y otros cuatro miembros más.

El 7 de julio de 1815, la comisión designó a Napoleón II como Emperador antes de disolverse, nombramiento que sirvió de poco, pues el 8 de julio de ese mismo año-un día después-, el huidizo rey Luis XVIII volvía a París para retomar el poder del reino francés, o más bien lo que quedaba de él. Mientras tanto, Napoleón Bonaparte recibió de manos del nuevo presidente del recién constituido gobierno provisional, la insinuación-entiéndase la ironía-, de que no sería mal visto su abandono del territorio francés.

El Corso se retiró inicialmente a Malmaison, el antiguo domicilio de su “querida” Josefina, donde esta había muerto momentos antes de la primera abdicación del Emperador. Su tranquila estancia en el Château se vio interrumpida rápidamente, el 29 de ese mes las tropas prusianas se acercaban peligrosamente, con una idea clara, capturar al antiguo dueño de Europa; vivo o muerto. Esta, digamos vicisitud, este contratiempo hizo recoger prematuramente los bártulos al pequeño Corso y salir corriendo hacía Rochefort desde donde pensaba embarcarse hacía los Estados Unidos. Pues aquí tienen al invencible dueño del mundo-o de la mayor parte-, partiendo con una mano delante y otra detrás en busca de una nueva vida y del sueño americano, imagínense la escena.

En su travesía fue interceptado por los ingleses, los cuales encarcelaron y embarcaron al Corso en el Northcumberland, desterrando después al emperador en la Isla de Santa Elena, en medio del Atlántico Sur, un lugar no elegido al azar, pues se encontraba a dos mil quilómetros de la costa más cercana, lo que la convertía en uno de los lugares más aislados del mundo. Allí, aburrido dictaba a un paciente conde de Les Cases su historia, lo que más tarde se conocería como el Memorial de Santa Elena, a la que el conde no hacía mucho caso y entre medias, escribía una novela basada en los amores frustrados del emperador con una preciosa marsellesa que acabaría casándose con su amigo Bernadotte.

El día 5 de mayo de 1821, Napoleón Bonaparte, el dominador, el ogro de Europa moría pronunciando tres palabras-las cuales cambian según la versión, como casi todo en su vida-. Aquejado de una continua pesadez de estómago, se creía víctima de un cáncer al igual que su padre, pero estudios posteriores de su cabello han aclarado que fue envenenado con arsénico. Su última voluntad era ser enterrado en la orilla del río Sena, en medio del pueblo francés, pero se le dio sepultura en la propia isla, hasta que diecinueve años después el gobierno de Luis Felipe I-último rey de Francia-, repatrió sus restos en la fragata Belle-Poule, para depositarlos finalmente en Les Invalides de París.

A pesar de sus idas y venidas, de sus expulsiones y nuevas posesiones del trono Imperio francés, de las batallas perdidas, de los muertos que llevaba a sus espaldas, y de todos los apoyos y odios incondicionales, la llegada de los restos del Corso, fue uno de los acontecimientos más esperados en toda Francia. Cosas de la historia, ya ven.

 

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