miércoles, 5 de diciembre de 2012

EL DÍA EN QUE MURIÓ MADRID.


Un día hubo un Madrid diferente, especial, un Madrid en el que los que amamos la historia y las ciudades que la albergaron -y la albergan-,nos sentíamos importantes a la par que afortunados de pasear sus calles, de frecuentar sus tascas, de cruzar los umbrales de sus cines o teatros, de cruzarse por la calle con sus habitantes. Algo así como lo que les debió ocurrir a aquellos que pudieron pasear por el viejo y bohemio París, o la antigua Roma.

Hay una cosa que se echa de menos cuando se pasea por cualquiera de las grandes ciudades que se enorgullecen de pertenecer a este primer mundo, término que se ha usado y manipulado hasta la leprosidad, sobre todo por cierta calaña arribista, la misma que ahora nos acusa de haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Lo que quiero decir hablando en plata, es que se ha perdido el encanto, al igual que los habitantes o paseantes hemos perdido en cierto modo la educación y las formas. Pasear por la Gran Vía madrileña, por la Quinta Avenida neoyorquina, por la Vía Condotti de Roma o por los parisinos Campos Elíseos, es una tarea inútil, vacía de contenido-usando el termino histórico o curioso de la expresión-, si nos colocaran con los ojos vendados en medio de cualquiera de estas vías, nos sentiríamos confusos, sin saber distinguir la ciudad, tal vez ni siquiera el país en un primer momento, mismas cafeterías, mismos hoteles, mismas tiendas. Es terrible.

Hace unos días, tenía una cita literaria en el centro de la capital de España, y desde horas antes volví a pasear por sus calles, y no me refiero al extrarradio, nada más lejos, hablo del Madrid castizo, el centro y el barrio de los Austrias, una zona espectacular que ya quisieran saber o poder haber diseñado cualquiera de los nuevos arquitectos, esos que van levantando bloques rígidos de hormigón en cualquier punto que les brindan los alcaldes o ministros urbanicidas, y que parecen tanatorios de última generación-una “bonita” metáfora de nuestro futuro urbanístico-. Muchas de estas ciudades creen que lo mejor es mostrar colores e instalaciones modernas, mientras se tapa la parte original, por modernidad o simplemente por estupidez. Suponiendo que un museo brillante y deforme es más cool que un palacio renacentista.

Madrid es un claro ejemplo, los cambios se aprecian a simple vista. No me estoy refiriendo al Madrid de Felipe II, ni al de Goya, sino del Madrid de hace veinte o treinta años. Incluso de menos. No quiero decir con esto que todo sea malo, por supuesto, hay cambios para mejor, pero también hay demasiados brindis al sol, valores que habría que actualizar pero no eliminar, que habría que respetar y no tirar por la borda, pero en España es algo normal, aquí somos especialistas en cargarnos los que en otros lugares sueñan por tener. Si en manos de nuestros gobernantes estuviera, las costas españolas dejarían de tener turistas buscando el sol y las buenas temperaturas, porque habrían hipotecado el sol a un interés variable.

Madrid y la mayor parte de las ciudades españolas han sucumbido a una idea de rancia pos-modernidad, han vendido su identidad, han prostituido su autenticidad, cubriendo su esencia con cemento y dinero negro, todo ello-por supuesto-, acompañado de decisiones políticas y económicas, que han revalorizado las cuentas suizas de esas cabezas pensantes que calientan los sillones del Congreso y el Senado-los días que asisten-. Dejando el país al libre albedrío de la coherencia-normalmente inexistente-, de empresarios de baja estofa y alta comisión. Mientras la ciudad va muriendo a pasos agigantados.

Los teatros han cambiado sus nombres por marcas de helados o seguros, la Plaza de Tudescos tiene nombre de monja, en la comisaria de la calle La Luna ya ni tan siquiera huele a tabaco negro y el café se toma descafeinado con leche de soja, los toxicómanos y chaperos de la calle Montera hace muchos años que abonan la tierra de cualquier cementerio, y las librerías de viejo del barrio de las letras han mudado en tiendas de recuerdos, con las paredes alicatadas de imanes y trajes de torero. Tantos y tantos negocios que han desaparecido de la geografía de la capital y que ya forman parte del imaginario local, de este patio de vecinos al que algunos llaman España.

Paseando por el viejo Madrid, seguro que muchos echan de menos algunos establecimientos, como el bar El Armadillo, Los pepinillos, las historias del Azur o La Vaquería, la céntrica e inolvidable cafetería Dólar, o el curioso Café As de Oros, entre otros tantos. Ni tan siquiera los mercados centrales siguen siendo lo que eran, el Mercado de San Antón es un supermercado del siglo XXII, y el de San Miguel, un centro del Gourmet que se la coge con papel de fumar. Incluso ha perdido su fauna local, muriendo un poco más, cuando desaparecieron los serenos borrachines, los vendedores ambulantes y los de tabaco que se colocaban en los laterales interiores de la entrada de las cafeterías, el último en este gremio Alfonso el del Gijón, un curioso tipo que se definía como cerillero y anarquista.

Algunos lugares han mantenido los galones, alta la cabeza, convirtiéndose así en lugares casi sagrados para los que echamos de menos ese viejo Madrid-incluso partes que algunos no conocimos-, y que hoy buscamos ansiosamente apartando de nuestro camino las cadenas y multinacionales. Como el restaurante Marsot, Casa Julio, Los Jiménez o el Lhardy. Da gusto ver las puertas abierta de la pastelería La Mallorquina en la Puerta del Sol, tras tantos años.

Otras siguen conservando el nombre como vago recuerdo de lo que fueron en su día y que ahora no reconocerían, como Sierra, Chicote-ahora “Museo” Chicote-, o La Bohemia, que decidió cambiar su preciosa decoración de antiguos baúles y su aspecto bohemio, acogedor e ilusionante de aquel Madrid pos dictatorial, pasando a ser un centro de lámparas estridentes y neones cegadores sin personalidad.

Hasta lo más visible ha cambiado-tal vez por eso sea que ya nada se valore-. Seguro que muchos de ustedes recuerdan-recordamos-, cuando la capital tenía un alcalde no solo elegido democráticamente, sino que además gobernaba por y para el pueblo, sin dejarse manejar por bancos y empresarios mafiosos, apartando las ideologías y colores para campañas electorales, y centrándose en la ciudad que lo necesitaba, tanto fue su empeño que en el mismo momento que se colapsó su corazón, también lo hizo la ciudadanía, abarrotándose Madrid hasta la extenuación el día de su entierro. Era otro tiempo, era otro Madrid.


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