jueves, 13 de diciembre de 2012

SOBRE EPIDEMIAS Y TERRITORIOS DE ULTRAMAR.


El asunto es de sobra conocido, por lo que tampoco me voy a extender. Corría el año 1701, y se había abierto la Guerra de Sucesión española entre los partidarios de los dos pretendientes al trono de España: Felipe de Borbón y el archiduque Carlos de Austria. Todo muy normal como ven, eso de matarse entre hermanos era y es habitual en España, casi un deporte nacional. Pero llegó un momento, en el que el río estaba bastante revuelto, y ya saben lo que dicen, cuando el río baja agitado, ganancia de pescadores, y como en otros muchos casos, los que tiraban las redes en esta época en las costas Ibéricas, eran los ingleses. Raudos se posicionaron de parte de los Austrias, “ayudando” al archiduque Carlos, y sin más avisos se pusieron a montar jaleo. En pocos días, intentaron hacerse con las plazas de Barcelona y Cádiz, de donde salieron con el rabo entre las piernas y las balandras colgando, hasta que llegaron a la Bahía de Algeciras donde se hicieron con el Peñón de Gibraltar, plaza poco defendida, que los ingleses ganaron rápido, debido a las dispares fuerzas que se enfrentaban ese día.
En España seguía la Guerra de Sucesión hasta que en el año 1727 se firmó el Tratado de Utrech, poniendo fin a las hostilidades entre los dos sucesores al trono español. En este tratado, tanto el archiduque Carlos de Austria como sus aliados, reconocían a Felipe V de Borbón como rey legítimo de España, eso sí, haciendo a este ceder a perpetuidad a Inglaterra el control de Gibraltar y Menorca, por las molestias y tal. Más tarde la armada española recuperaría la Isla, no pudiendo hacer lo mismo con el Peñón, a pesar de haber intentado varios asaltos y asedios. Tales enfrentamientos llevó a que en el siglo XVIII se creara una zona neutral en el istmo, para evitar así posibles enfrentamientos futuros.
Pero la cosa cambia bastante entre las dos potencias, cuando Napoleón asomó sus francesas narices en la vieja Europa, intentando mojarle la oreja a los ingleses y a todo el que pasaba por allí. Llegó 1808 y el Corso se presentó en España con todos sus chicos, rápidamente Inglaterra se prestó a aliarse con España contra los franceses, y a la misma velocidad el gobierno de España aceptó el trato, sin ser capaz de ver más allá-sin recordar por ejemplo, lo acontecido años atrás en la Batalla de Trafalgar, entre otras muchas-, Hasta aquí nada que nos sorprenda, ya sabida son las idas y venidas de los ingleses en su provecho por la vieja Europa, cayera quien cayese por el camino. El duque de Wellington y sus chicos ayudaron a expulsar a los franceses desde Cádiz a la frontera gabacha. Por ello la amistad anglo-española seguía en buen estado, y por eso mismo, cuando en el año 1815 se desató una epidemia de fiebre amarilla que diezmo tanto a la población civil como militar de la colonia inglesa, el gobierno español acudió en su ayuda.
Ante esta penosa y aflictiva situación el General Don-gobernador de la plaza-,solicitó el auxilio y la colaboración de las autoridades españolas, ayuda que les fue generosamente otorgada, pues se trataba de ayudar a un país aliado. A partir de aquí tanto el general Alos, como el general Don dictaron unas normas concernientes a la instalación de un campamento sanitario en la parte de la zona neutral más próxima a la muralla de la ciudad, así mismo se conviene en que el Comandante de La Línea facilite a las tropas y habitantes del Peñón instalados en territorio neutral todos los auxilios que dicte la buena armonía reinante entre ingleses y españoles. Eso sí, estipulando que el tráfico entre la zona neutral y el Peñón debía de ser únicamente en horario diurno, por si acaso. Que una cosa es ser bueno y otra cosa andar tocando los aparejos sin necesidad. Llegando al punto de regresar cada uno a su casa y Dios a la de todos-el protestante a un lado y el católico al otro claro-, cuando la situación se restableciera y la población del Peñón no corriera peligro alguno.
Pero como seguro ha adivinado usted astuto lector, de la zona neutral no se movió ni el maestro armero, y lo que en un primer momento fue una concesión humanitaria del gobierno español, se convirtió en una bajada de pantalones en toda regla ante la Pérfida Albión, pues nadie de los gobernantes de esa España fue capaz de ponerse los galones y agarrando de los huevos a los hijos de la Gran Bretaña llevarlos a su amado Peñón, dejando la zona neutra limpita y reluciente. Supongo que estos gobernantes pensarían que ya se cansarían, y volverían a su casa a tomar cerveza poco a poco, y así siguieron pensando hasta que en el año 1938 el gobierno de Gibraltar construyó su aeropuerto en este espacio. Cerrándose así un despropósito que comenzó con esos ingleses viperinos aprovechándose de una coyuntura española difícil, y de la buena intención de un gobierno que no sabía con quien se jugaba los territorios. Pues Inglaterra se hizo con el sitio del Peñón aprovechándose de una guerra civil española, aumento sus territorios aprovechando la buena fe del gobierno español, que quería evitar la muerte de todo los habitantes de Gibraltar por fiebre amarilla, y finalmente en 1938, en la mitad de otra guerra civil, sin un gobierno fijo, construyó en esa zona el aeropuerto.
Ahora querido lector, le invito a hacer un ejercicio de imaginación, pongamos por ejemplo que el asunto fuera al revés, es decir, que nuestra Armada Invencible, esa tan “invencible” que no llegó ni a poner un pie en el litoral inglés, lo hiciera, llegara. Pues bien, imagine que tras arribar, montamos la pajarraca en las costa inglesa y nos quedamos con un Peñón cercano a Dover, el Peñón de Yesveriguel, imagine también que en esa zona marítima se prepara una batalla de mírame y no me toques, donde después de rompernos la crisma unos a otros, dejamos listo de papeles a los hijos de la Gran Bretaña, y saliendo victoriosos de la histórica batalla de El Cabo Guanbir Maifren, montamos un cementerio a nuestros caídos en medio del Peñón de Yesveriguel, mientras a los otros, a los perdedores los han tenido que tirar por la borda. Y tras un tiempo litigando con los simpáticos ingleses, viene el tatarabuelo del orejas y se bajó las calzas, firmando un tratado-por ejemplo el Tratado del té de las cinco-, en el cual reconoce ese trozo de tierra como español-lo que ya es mucho imaginar-. Después seguimos a la gresca durante años, mentándonos los familiares más cercanos y con esos tiras y aflojas tan típicos, porque el sitio es un lugar estratégico en El Canal de la Mancha, y de vez en cuando se escapa algún cañonazo.
Pues bien, en un momento de estos, se desata una epidemia de fiebre amarilla, un brote de peste o de lo que usted prefiera, y el general, el gobernador o el que pinte algo en el Peñón de Yesveriguel, se presenta en Londres, pidiendo ayuda a su majestad el rey o la reina de Gran Bretaña para colocar un hospital en territorio neutro, pudiendo así conseguir que la epidemia no mate a todos los pobladores del Peñón. Imagínense la respuesta del monarca, o mejor aún, imagínense las carcajadas que resonarían hasta en la costa francesa. Mandando al representante español a tomar por donde se rompen los calderos, y enviando a una buena guarnición de su guardia a la zona, con estrictas ordenes de coger a todo aquel que intentara salir de la colonia española, y volver a tirarlo otra vez dentro, por encima de la valla, de la muralla o de lo que fuera que los españoles hubieran levantado para defenderse. Esperando a que la peste o la fiebre amarilla les facilitara el trabajo, y cuando todos los invasores hubieses estirado la pata, entrar y volver a hacerse con la plaza. ¿Españoles que españoles?, aquí no ha pasado nada, aquí nunca ha habido españoles.

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