miércoles, 3 de julio de 2013

EL ACORDEONISTA PORTUGUÉS

El día era desapacible, y el cielo  sombrío, plomizo, casi ceniciento, tan sólo auguraba que la situación iba a empeorar en breves momentos, el frío aire corría descontrolado por las calles, dándote en la cara y dejándote tieso. Segundos después, el plúmbeo cielo, comenzó a descargar agua. Llovía en Madrid.

La verdad, es que el día ofrecía pocas alternativas para los viandantes, era domingo por la mañana, y el clima te sacudía con agua, mientras que el aire te cimbreaba a la primera de cambio. Lo normal, hubiese sido-en mi caso-, buscar una librería, de estas de todas la vida-las pocas que quedan-, pues los McDonals y los Starbucks, van devorando sin piedad los grandes locales del centro. Como  decía, lo normal en mí, hubiese sido hacer algo, que suelo hacer a menudo, meterme en una librería y pasar las horas muertas, rodeado de libros y mapas, buscando y rebuscando hasta que la mañana o la tarde avance, o hasta que el librero cerrara, cansado de verme por allí dando vueltas. Saldría después a la calle, con unos cuantos libros de la mano, o en una bolsa, y me metería acto seguido en un café, también, de los de toda la vida-los que quedan-, no me hagan repetir lo de las franquicias americanas, por favor. Y los asaltaría, entre cafés o cañas, los tocaría, los olería y leería sus primeras páginas. Tras sopesar su valor, por ser primeras ediciones, o por ser un volumen que has buscado durante largo tiempo, -encontrándolo escondido tras una enciclopedia de arte, en el fondo de una estantería-. Me iría a comer un bocata de calamares, y santas pascuas.

Pero como ya he dicho antes, era domingo, y por suerte estas librerías, siguen-como buenos libreros-, respetando las fiestas, y los domingos, cerrando sus puertas y dedicando el día de asueto a hacer, lo que buenamente les salga del cimbrel. Por ello, la única solución bibliófila, era ir al Corte Inglés o a la Fnac. Finalmente desistí, estar rodeado de familias que sueltan a los niños entre las estanterías, o esperar largas colas, para que un chico borde, o una chica mona-o viceversa-, mirase si tienen o no, tal o cual ejemplar consultando un ordenador, mientras mis pies se apoyan en una sucia moqueta, viendo  libros, que como mucha antigüedad tienen 6 meses, me apetecía lo mismo que darme de cabezazos en las ruinas de la antigua sinagoga de Lavapiés.


Asique, dejé la calle Mayor, subiendo por Postas, esquivando a los guiris que bajaban sorprendidos por el clima español, que les había pillado en pantalones cortos y sandalias, quejándose en su idioma, del mal clima ibérico de febrero. Supuse-mientras cubría mi cabeza con una capucha-, que también, pensarían que todos iríamos vestidos de torero o de guardia civil, bigotudo y tricorniado, y que nos pasamos el día bebiendo vino en bota, mientras nos rascamos los huevos por dentro del pantalón y criticamos hasta la extenuación al vecino de al lado-bueno,  en algo llevan razón-.

Cuando llegué a la Plaza Mayor, la lluvia había arreciado, parecía que estábamos en medio de la primavera en vez de en invierno. Los camareros, que hasta hacía unos minutos recogían y tapaban las terrazas, volvían a montarlas a contrareloj, no fuera a escaparse la excursión de Japoneses que subía por el Arco de Cuchilleros. Los pintores de la calle Toledo, volvían a desplegar todos sus bocetos y caricaturas, las estatuas humanas-el intento de-el intento en algunos casos-, y los tipos vestidos de superhéroes, volvían a ocupar sus lugares de trabajo. Y en medio de la plaza, justo al abrigo de la estatua del Rey Felipe el tercero, de Gianbolognia y Pietro Tacca, sentado en un viejo taburete de madera, enfrentado a la Casa de la Panadería, se encontraba  un hombre de unos cincuenta años, barba blanca, nariz grande, como de un vendedor de antigüedades de Estambul y con un gorro de lana tapándole el cano pelo.

Cuando me acercaba a él, camino del remodelado mercado de San Miguel-no podía contemplar libros, pero si comida y vinos-, el acordeonista, un viejo conocido de la plaza madrileña, y de los que por allí nos movemos, de origen portugués, comenzó a tocar con su sobado acordeón Yesterday, de los Beatles. El acordeón sonaba puro, su sonido limpio, mostraba y demostraba que el músico que lo manejaba era un experto, y que sabía por dónde se andaba. Me paré unos segundos a escucharle, él, reconociéndome, me guiñó un ojo, y yo le eche unas monedas en la funda del instrumento, que reposaba a sus pies.


Tras estos segundos de contemplación, proseguí mi camino, porque comenzaba a pintear de nuevo, y porque, ya abordaban a la estatua del monarca y al acordeonista portugués, el grupo de japoneses, que habían conseguido burlar a los camareros de chaquetilla blanca, que intentaban sentarles bajo las enormes sombrillas de sus establecimientos, y regarles de sangría. Mientras salía de la plaza por la calle Ciudad Rodrigo, el portugués acabó su tema, y el grupo de japoneses, rompió a aplaudir con un gran estruendo. Y yo, con una media sonrisa en mi boca, me fui a tomarme una caña, con una tapa de bacalao. Por lo de portugués.

miércoles, 8 de mayo de 2013

LA BURLA NEGRA

         Pontevedrés, el séptimo hijo de catorce hermanos, analfabeto pero espabilado, cruel, sanguinario y arrogante. Fue un pirata en toda regla, sin romanticismos, ni medias tintas. Su nombre, Benito Soto Aboal, el único pirata español que llegó a hacerse famoso en los mares, bajo la bandera negra. Y además, considerado como el último pirata a gran escala de la historia. Un buen pájaro, hablando en plata.
            Ya de jovencito se dedicaba al contrabando en su tierra, pero con dieciocho años, la costa gallega se le quedó pequeña, y partió con destino a Cuba. Llegó finalmente a El Caribe, en 1823 con 23 años, se embarcó en un barco corsario de bandera brasileña, que trabajaba como barco negrero-un bergantín de diecisiete cañones y bautizado como El defensor de Pedro-. A pesar de navegar en los primeros tiempos bajo una patente de corso-ya saben, un papel firmado por el rey de turno, que permite saquear a todo barco contrario al país. Eso sí, dando un tanto por ciento al rey de marras-, con la cual se dedicaba a rascarle las asaduras a la República de Buenos Aires, mientras llevaba esclavos negros desde África a Brasil.
            Pronto, sus ganas de poder florecieron, entre el gallego y sus seguidores de a bordo, fue entonces cuando el capitán del bergantín y sus hombres decidieron quedarse en puerto, esperando un próximo motín a bordo, encabezado por Soto Abial. Así era, pues el motín estaba preparado, aunque finamente no fue necesario. Rápidamente el pirata español, se hizo con la capitanía del bergantín El defensor de Pedro, que rápidamente fue rebautizado como La Burla Negra. No contento con eso, Benito Soto, ordenó, primero encarcelar y luego asesinar a su segundo de a bordo, compañero en el motín, y a la vez enemigo. Fue así como comenzó a fraguarse la historia primero, y después la leyenda del último pirata.
            Tras hacerse con el dominio completo, el pirata Soto, decidió apartar de sí la patente de corso, del gobierno brasileño y comenzar su labor de asalto, como un pirata más. Su primera víctima, tenía bandera inglesa, una fragata-mercante, llamada Morning-star, siguiendo con una fragata norteamericana de nombre Topacio, donde se hizo con un buen botín. Matando, saqueando, acuchillando a todos sus tripulantes, y hundiendo la fragata al abandonarlo. Demostrando a todos su sadismo por vocación, y que no se andaba con chiquitas, pues mando asesinar a algunos de sus tripulantes que no comulgaban con sus sangrientos abordajes. A los que hubo que añadir, otro bergantín inglés El Britckbarca, entre Las Azores y Cabo Verde, y cerca de las Canarias, le picó el billete a la fragata y a toda la tripulación, también inglesa del Sumbury, entre otras muchas embarcaciones, que se fueron cruzando en su camino, hasta llegar a la costa de A Coruña, donde falsificó la documentación del bergantín, y vendió a buen precio todo el botín conseguido en sus sangrientos abordajes.
            Pero claro, toda historia tiene su aquel, y esta lo encontró en la costa gaditana. Pues el bueno del pirata Soto y su Burla Negra, se dirigían a la costa de Berbería a vivir de las rentas y del temor infundido por su historia y la mili que llevaba a cuestas, cuando como si de un colegial se tratase, cometió un error de bulto, tanto que parecía nuevo en un barco. Pues al bordear la costa gaditana, confundió el faro de la Isla de León, con el de Tarifa, y acabó encallando a tiro de piedra de donde ya había abierto sus puertas el Ventorrillo del Chato. Allí, las autoridades de Marina hicieron la vista gorda, hasta que un marinero inglés, que había sufrido en uno de sus violentos abordajes, los reconoció, y finalmente fueron detenidos. Todos salvo el capitán, pues Soto Aboal, consiguió escapar de Cádiz, y refugiándose en Gibraltar, donde fue detenido poco después.
            En la huida, le salió el marrano mal capado, pues la colonia inglesa, conociendo el historial del español, y contando la cantidad de muertos ingleses y de barcos de dicha bandera hundidos por el pirata, se lamieron las buces, pensando ya en el momento de su ejecución. Paso 19 meses encarcelado en el Peñón, mientras sus antiguos compañeros eras ejecutados, despedazados y sus cabezas expuestas en Cádiz, intentando así Fernando el séptimo, hacer valer su podrido y caduco poder ante la gente liberal de Cádiz, que había cometido el error de crear la primera constitución española, mientras el vendía el país a los franceses.
            La ejecución por ahorcamiento de Benito Soto Aboal, no fue menos curiosa que su vida. Fue el 25 de enero de 1830, la lluvia que caía sobre Gibraltar empapaba al reo, al cura, al verdugo y a la gente que esperaba el ajusticiamiento junto al cadalso. El gallego de blanco absoluto, recorrió a pie la distancia de la cárcel, sitúa en El Castillo del Moro, hasta su lugar de ejecución. Como buen gallego, rudo y sin aspavientos acogió su culpa, y se acercó a la soga, que el verdugo había colocado demasiado alta. Pero Soto Aboal, ni corto ni perezoso, acercó el ataúd, su propio ataúd, que ya lo esperaba, y subiéndose en él, introdujo su cabeza en la hora, saltando después rápidamente, para que la muerte llegara antes. Pero, de nuevo el verdugo calculó mal, y el reo llegó con los pies al suelo, teniendo que hacer el verdugo un agujero en el suelo con una pala, entre la risa generaliza del personal que esperaba la muerte del reo. Las últimas palabras de Benito Soto Aboal, no fueron de reproche, ni de perdón, simplemente dijo “Adiós a todos, el espectáculo ha terminado”.
           



miércoles, 24 de abril de 2013

MISIVA A LA REAL ACADEMIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA.


Señores académicos, llamo su atención para que se hagan cargo de lo que está ocurriendo en España. Su institución, que se dedica a limpiar, fijar y dar esplendor a la lengua castellana -o española que dicen en Latinoamérica-, debe agarrarse los machos y hacer frente a esta situación. El caso, es que en los últimos años algunas palabras o términos de nuestra rica lengua, se están quedando un tanto obsoletos, fuera de onda que dirían nuestros adolescentes y adolescentas. Ustedes, que se vanaglorian de recoger los cambios léxicos de la población, y luego aplicarlos en su diccionario. Y nunca al revés, a pesar de que algunos miembros y miembras del gobierno o la gobierna se lo pidan. Ustedes, deben ahora coger el toro por los cuernos y hacer justicia.

Pues bien, les imploro que observen la sociedad española en la que vivimos, o más bien sobrevivimos, en la que nos encontramos actualmente y ya desde hace unos años. Olvídense de la población regular, de la gente de la calle, incluso de los intelectuales-o al menos de la mayoría-, y fíjense en esas castas superiores, castas de dominio jurídico y político de nuestra sociedad-y digo nuestra porque a ustedes algo les toca también-. Ya saben,  diputados, alcaldes, ministros, tesoreros, duques, mamporreros de los poderosos y mucha más gente de la misma catadura y jaez. Muchos de ellos, elegidos democráticamente -o al menos en eso se escudan para hacer de su capa un sayo-, y otros tantos colocados allí por la verdadera y antiquísima democracia española, conocida como dedocracia-otro término que deberían recoger en su diccionario, o al menos revisar-.

Pero el asunto al que me refiero, por el cual el abajo firmante se decide a hundir tecla, no es otro que pedirles-casi rogarles-, que al igual que recogen las nuevas acepciones o términos más usados por la población para hacerlos suyos-y de todos los hispanohablantes-, hagan lo mismo con las que menos se usan, esas que nadie pronuncia, que han quedado un tanto obsoletas, en desuso. En definitiva, esas palabras que nos suenan como desconocidas por su mínimo uso en la sociedad española.

Por ello, les solicito que eliminen de su diccionario el verbo dimitir. Un verbo que no se contempla en este país, un verbo arcaíco, anticuado y desfasado. Nadie con un puesto importante en España lo usa, tal vez porque no conocen su significado, tal vez porque lo emplean en la forma verbal incorrecta. Quizás no sea necesario eliminar el verbo dimitir en su totalidad, pero sí ha de hacerse con su primera persona, pues esta, en el presente de indicativo "Yo dimito" no se estila. Si haciéndolo en demasía la segunda persona del mismo tiempo verbal. Por no hablar del imperativo "Tu dimite, o Usted dimita", que se escucha a diario, tanto y por tantos bandos de los antiguamente llamados ideológicos, que incluso aburre.

Algunos políticos- por poner un ejemplo sin maldad de una profesión cualquiera-, si que son capaces de usar la primera persona del futuro de indicativo del verbo comentado "Yo dimitiré", pero siempre añadiendo un condicionante, tal como la necesidad de que se demuestre para ello, tal o cual cosa, esta o aquella acusación. Asunto que se convierte en la primera persona del condicional de indicativo, cuando estos hechos condicionales se demuestran, "Yo dimitiría pero......."O incluso la primera persona del pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo "Yo hubiera o hubiese dimitido pero...." buscando la excusa fácil. Y que tras mucho darle vueltas a la perdiz, todos-o casi-, acaban saltando por encima de la primera persona del presente de indicativo, y sin entonar el mea culpa en ningún caso, prefiriendo usar la infantil, y tan denostada acusación entre políticos del,  tú más.

Este uso conscientemente parcial de la lengua castellana, así como las metáforas utilizadas para ocultar lo que realmente se lleva a cabo, podrían ser consideradas por el ciudadano medio como una falta de respeto al humilde trabajador. De no ser porque este verbo, y sobre todo la primera persona en todas sus variantes ha caído en desuso, por caduco.

Pero como ya les he comentado anteriormente, lo anticuado de ciertos términos nos hacen ver que no está tan mal el país. Y que estos individuos, esos golfos, no se van, no dejan su puesto y tampoco su desorbitado sueldo semi vitalicio, no porque se pasen las leyes por la bragueta, sino porque no pueden entender el significado de un verbo que está muerto por vulgar, entre las clases gobernantes y demócratas de los estados del mundo desarrollado.

He de reconocer que tal vez la medida de eliminar un verbo y sus sinónimos, e incluso una parte de las conjugaciones de estos, puede ser un gran problema, un desajuste tremebundo. Pues algunas personas-las menos-, si que lo suelen utilizar en su ignorancia, tal vez como término a extinguir, o dejándolo en manos de los miembros de las clases de baja estofa. Siendo estos los únicos que han de dimitir cuando meten la pata, o les pillan trincando lo que no es suyo. Por ello, creo firmemente que para esta clase superior deberían crear un nuevo tiempo verbal, siempre y únicamente en primera persona. Me permito además, proponerles que dicho tiempo verbal, pueda denominarse, Futuro de corruptivo mañanero compuesto. El cual, podría quedar de la siguiente forma: Yo dimitiré cuando me canse de robar dinero público. Y así sucesivamente.

jueves, 21 de marzo de 2013

POCO POLLO Y MUCHO AMOR.


Siempre me ha gustado frecuentar cafés, unos literarios, otros que distaban mucho de serlo. Tanto es así que hace ya unos años escribí un artículo sobre ellos, un relato muy personal sobre el tema, se titulaba Cafés de una vida. Aún lo leo y me veo reflejado. Cierto es que muchos de los cafés allí nombrados ya no existen, otros permanecen cerrados viendo como el polvo y las telarañas se acumulan donde antes había vida, donde hace unos años los asiduos le dimos una gran despedida, justo en el mismo momento en que el dueño bajó la reja para siempre. Otros no han sabido morir con dignidad y ya no son lo que en su día fueron. Cambiaron de dueño y se prostituyeron, echaron a los cafeteros de tarde para acoger cuadrillas de modernillos neo-progres de cubata en copa enorme, esas que con tanta fruta en su interior parecen una macedonia que un combinado alcohólico, y lo que es peor, sin cambiar de nombre, creando una cicatriz enorme en el recuerdo, en la nostalgia, de los que lo frecuentamos en su anterior vida.

A pesar de haber consumido cientos de litros de café, y alguna que otra caña de cerveza, en cafés de decenas de ciudades, apenas he tenido tertulias fijas en alguno. Si he escrito mucho en ellos, tanto que en uno de Valladolid el encargado me llegó a decir que el día que me fuera de la ciudad  me pondría una placa donde siempre me sentaba-aún la espero-. Pero dejando a un lado las bromas, allí fue donde tuve mi única y verdadera tertulia, éramos estudiantes-de letras la mayoría-, profesores de historia, algún filósofo. A menudo se unían al grupo un par de artista,  un poeta que de vez en cuando se dejaba caer por allí. No eran tertulias largas, lo que duraban un café, o un par de cañas, nada que ver con las tertulias del Madrid de la posguerra o la dictadura donde pasaban tardes enteras. Pero lo cierto es que aprendí mucho.

Sobre todo escuchaba, a veces, las menos, hablaba. Esa es la gran magia de las tertulias de estos cafés. Para los que practicamos esta costumbre de contar historias el ambiente de estos lugares era una mina, y aunque han perdido su esencia total, en lo parcial siguen siéndolo. Recuerdo mucho momentos vividos allí, unos buenos y otros no tanto, desde el mitin de un conocido socialista castellanoleonés, que acabó con el troceo de su carnet de afilado, y rodando por los suelos pues la silla de madera cedió al peso del individuo, hasta la tarde que un conocido entró por la puerta gritando -para nuestra tristeza más profunda-que se había muerto Fernán-Gómez, pasando por la tarde de un veinte de noviembre, en el que un joven con pocos años y menos sentido, entró en el café y comenzó a insultar a todos los presentes, añadiendo que ese lugar era un nido de rojos, y que éramos la vergüenza de la ciudad. La locución acabó cuando un cliente fornido acodado en la barra, junto a la puerta, sacó al vociferante a la calle de dos guantazos.

Pero como ya he dicho, lo que más me gusta de los cafés es escuchar historias de los más antiguos del lugar, recuerdo con cariño las anécdotas que contaba Manuel Alexandre en El Gijón de Madrid- siempre en la primera mesa de la izquierda-, como la broma de un amigo de Cela, tieso de dinero, y que acabó rodando por el suelo con la cara roja por un guantazo del Nobel, la huida de Umbral después de criticar a sus compañeros de tertulia en El Giocondo, o algunos de los recuerdos de juventud de Francisco Ayala, contados allí por el mismo el día que inauguraban una exposición sobre toda su obra en la Biblioteca Nacional, cuando ya tenía más de cien años. Muchas historias, que me llevaron hasta la que quiero contarles hoy. Ésta, se la escuché a un personaje anónimo, era un día lluvioso y estábamos en el café de El Espejo, en el Paseo de Recoletos de Madrid.

El tipo de unos sesenta años -tal vez más-, comentaba algunas anécdotas de un paisano suyo, el pintor palentino Juan Manuel Caneja -afiliado al Partido Comunista y también relacionado con la C.N.T-. Él y su mujer-Isabel Fernández Almansa- eran muy conocidos en la sociedad madrileña de los años cincuenta. El pintor acababa de abandonar la cárcel, donde había pasado los cuatro últimos  años al intentar promover una huelga obrera. Paseaba ahora de nuevo libre junto a su mujer. El hambre acuciaba sus estómagos, pero no les quitaba la felicidad ni les borraba la sonrisa de la cara, hasta que al pasar por un restaurante de Cuatro Caminos él vio en su escaparate un pollo en una cazuela. Eran malos tiempos para los intelectuales de izquierda, y no tenía ni una peseta en el bolsillo. El pintor, tal vez pensando en alto, dijo “...lo que daría yo por hincarle el diente a ese pollo...”. Su mujer, ni corta ni perezosa le tiró del brazo y buscó un dentista cercano, a éste le pidió que le sacara las dos muelas de oro que ella tenía. Después, con ellas en un pañuelo se acercó a una joyería en la calle Bravo Murillo, donde las cambió por doscientas pesetas.

Con su marido deslumbrado -y hambriento- tras ella, llegaron al restaurante y se comieron el pollo. Se acabó rápido, pero no había más dinero, tampoco más dientes para empeñar. No se sí les parecerá una buena historia, pero a mí en su día me pareció una de las mejores demostraciones de amor que había escuchado hasta el momento.  

miércoles, 6 de marzo de 2013

LA ESCALERA DE MANO Y EL FAROLERO.



No hace mucho que volví a leer un compendio o grupo de fábulas, escritas por varios intelectuales durante los años de la guerra de la Independencia española contra los chicos de Napoleón. Me llamó rápidamente la atención un pequeño poema hecho fábula que ya conocía, que había leído hacía mucho tiempo, y que me resulta agradable, como si de un analgésico se tratara. Es obra de la pluma y del sarcasmo de Cristóbal de Beña, la fábula se titula “La escalera de mano y el farolero”, escrito desde luego entre 1808, momento del levantamiento y 1813, cuando se hace ya una primera edición revisada y comentada.

Este autor tiene una visión maravillosa de lo que está ocurriendo y ocurrirá en España, pero está un poco olvidado, eclipsado tal vez por los nombres y las figuras de los personajes más importante de la época en la que nos encontramos. Estos no son otros que Leandro Fernández de Moratín, escritor adscrito a la administración del poder, férreo defensor del absolutismo, mano derecha de Godoy, y perrito faldero de José Bonaparte cuando este tomó el trono español, y el posicionado al otro lado, Manuel José Quintana, cabecilla de los escritores que buscan la ilustración y el liberalismo, permaneciendo en la oposición al francés, desde el mismo momento en el que Moratín se sitúa a su sombra.

De Cristóbal de Beña, realmente se sabe muy poco, apenas nada en comparación con otros autores de la época. Madrileño y gran conocedor de la literatura inglesa y francesa, fue coronel de la "Legión Extremeña" del ejército español que iría a Londres, participará en la creación de la constitución de Cádiz y será un fiero liberal, como se ve en la fábula que hoy les narro, de apenas cincuenta versos.

La historia es un claro canto a la revolución del pueblo, de los trabajadores contra los poderosos, esos que se apoltronan en el poder de forma vitalicia. El asunto, es que un farolero descansa en su lecho tras finalizar el arduo trabajo de ir encendiendo uno a uno todos los hachones de la ciudad, su escalera portátil-el utensilio más importante de su trabajo-, de escalones de madera descansa a su lado, en mitad de la noche, cuando nuestro amigo descansaba, una leve discusión lo despertó de su duermevela, se desperezó y sentándose sobre su cama vio lo que ocurría. Y ésto, no era otra cosa que los escalones de su escalera de trabajo estaban discutiendo voz en grito, los de la parte alta contra los de la parte baja.

Los escalones de la parte alta llamaban plebeyos a los escalones inferiores, diciéndoles que siempre deberán prestarles vasallaje, pues la fortuna o un ser superior ha decidido colocarlos así, siempre unos sobre otros. A lo que los escalones inferiores respondían que eso ha de cambiar, pues todos están hechos del mismo material, y que gracias a ellos-el pueblo llano-, se sustentaba la escalera, para que estos escalones de arriba pudieran vivir bien y aguantar las embestidas económicas y sociales, resistir en el poder al fin y al cabo. Los inferiores, amenazan y se reivindican diciendo que si ellos no existieran, que si ellos se fueran, tal vez los escalones superiores sólo valdrían para avivar el fuego. A lo que los escalones más nobles respondían,que a pesar de estar realizados todos de la misma madera y por las mismas manos, ellos siempre estaban limpios y relucientes, ya que el dueño se limpian las botas en los primeros escalones. El farolero, obrero de tendencia liberal, viendo aquella injusta discusión, observando como esa forma de pensar de sus escalones no era justa, decidió levantarse y dar la vuelta a su escalera, haciendo que los últimos fueran los primeros, es decir que los trabajadores estuvieran arriba y ya no tuvieran que someterse a un rey y una aristocracia absolutista y recalcitrante, como la que ostentaba el poder español en ese momento. Y avisa Beña de lo que vendrá en la parte última de su escrito “No se olvide el Papelón/de la escalera al revés/en cualquier revolución”.

Como ven, a pesar de estar olvidado, a pesar de que sus obras estén semi sepultadas tras los escritores más oficialistas y anti oficialistas de la época, las fábulas de Cristóbal de Beña eran muy seguidas y aplaudidas, tanto por los intelectuales como por la opinión pública, los cuales tenían claro que el absolutismo no iba a ningún sitio.

Lastima que después de todo lo acontecido, de la bajada de calzones de Carlos IV y del impresentable de su hijo Fernandito, de la traición de Godoy, de las Cortés gaditanas, de la lucha entre absolutistas y liberales. Llegara también la expulsión del francés, y sobre todo de sus ideas, expulsando la ilustración y la cultura de España. Y aún peor, pues tras esto se abrieron las puertas para que volviera el mal nacido de Fernando VII, arrasando con todo atisbo de luz al final del túnel del absolutismo, volviendo con él la iglesia más oscura y la alargada y fría mano de la Inquisición, mientras se desterraba a los intelectuales de toda tendencia y se encerraban bajo llave las libertades, esas que algún día los súbditos convertidos en ciudadanos llegaron a soñar. En fin es España, y ya sabemos como acaba aquí siempre todo. Salvo algunas cosas que diría aquel.

jueves, 14 de febrero de 2013

LA MATANZA DEL DÍA DE SAN VALENTÍN.



Suelo ver las series y las películas norteamericanas o inglesas, en versión original. También lo hago con películas francesas, italianas...etc. Pero sobre todo con las que usan el idioma de la Pérfida Albión. No solo, por la diferencia de calidad entre la versión original y la doblada, sino porque además es una forma divertida de aprender, o mejorar el inglés. Y así debería ser tanto con las películas como con las series que pasan una y otra vez por  televisión, tal como ocurre en la mayor parte de los países. Sería una gran ayuda, para que nuestros futuros retoños aprendieran el inglés a la vez que el castellano, el catalán, el gallego, el euskera, o lo que hablen en sus casas.

Dirán que a qué viene todo ésto, que me estaré haciendo viejo, o que se me habrá ido la mano con el moscatel carnavalesco, pensará usted querido lector, y tal vez tenga razón. Pero el abajo firmante, no se ha vuelto loco, ni se le ha ido la pinza o la tecla. Simplemente, es que hace unos días acabé de ver, por segunda vez, la serie Los Soprano. Ya saben, esa que narra la historia de una nueva saga de mafiosos italoamericanos, que viven en el neoyorquino barrio de Little Italy, cada vez más little-ciertamente-, pues lo que en los años veinte y treinta, del siglo pasado fue un gran barrio que absorbía a todos los italianos, y muchos españoles llegados a la gran manzana, hoy tan sólo cuenta con un par de calles y varios callejones que las cruza, llenas de restaurantes y tiendas típicamente italianas, con sus peperonis colgando en los escaparates, pero asediada por el cada día más fuerte barrio de China Town.

El asunto, es que viendo esta nueva mafia neoyorquina, me vino a la cabeza nada más y nada menos que el mafioso por antonomasia, Al Capone. Y viendo las fechas en las que nos encontramos, me acordé de una de sus actuaciones más espectaculares a la par que sangrientas, y que a pesar de coincidir con el día de San Valentín, poco o nada de amor narra. Supongo que muchos de ustedes la conocerán, o al menos les sonará, pues han filmado alguna películas, y han escrito ríos de tinta sobre ella. Pero si me lo permiten-y les apetece-, hoy me gustaría contarla aquí-en esta página suya y mía-, por si alguno no recuerda la historia o ha olvidado parte de ella.

Permítanme, que dejemos a un lado la gran manzana, y nos traslademos a Chicago, lugar de referencia en cuanto a las andanzas de Al Capone en los años 20 y 30 del siglo pasado. Eran los tiempos de la ley seca, ley impulsada por el senador Andrew Volstead, con la que se prohibía la fabricación, transporte, importación, exportación y consumo de licores intoxicantes o bebidas alcohólicas. Lo cual, como saben y sino imaginan no consiguió que la gente amargada por el crack económico del 29 dejara de consumir alcohol, sino que dio pie a la aparición del contrabando y del crimen organizado. Y aquí, es cuando aparece el amigo Alfonso Capone que dirigió con mano de hierro y rastro de sangre el crimen organizado.

La historia a la que me gustaría referirme hoy, aconteció como ya les he dicho en la ciudad de Chicago, en el estado de Illinois. Las dos grandes cabezas de la mafia de Chicago, O´Banion y Torrino-el jefe de Al Capone-, luchaban por hacerse más rico y poderoso que su oponente, y la mejor forma de conseguirlo era acabar con todos sus enemigos. Tras varios dimes y diretes, O´Banion, apareció ahogándose en su propia sangre dentro de su casa, inmediatamente su puesto fue ocupado por dos de sus chicos-Weiss y Bugs-, que pronto pusieron su vista y sus balas en el cuerpo del asesino de su jefe. La cosa se ponía fea, el cerco se estrechaba, y Torrino, decidió salir de la ciudad por una temporada, dejando al mando del negocio a su alumno más aventajado Al Capone, que además de ser respetado por su clan, era "tenido en estima" por la sociedad de Chicago, pues era el que se saltaba la ley Seca, y les daba de beber.

Al Capone acabó con Weiss, como si de un colegial se tratara, pero Bugs, se lo estaba poniendo más difícil, era escurridizo y duro de roer, pero tenía que quitárselo de en medio como fuera. Al Capone, sabía que la banda de Bugs se reuniría el día 14 de febrero en un café, en el 2122 de la calle North Clark, para recoger un cargamento de alcohol., procedente de Canada. Todo estaba perfectamente planeado, unos minutos antes de las diez y media de la mañana, un coche de la policía de Chicago, se paró en la puerta del café y entraron raudos y armados en el local, todo indicaba que era otra redada como las de costumbre-mucho ruido y pocas nueces-. Cuando la policía tenía a todos los hampones del alcohol contra la pared, con las manos en la cabeza, fue entonces, cuando uno de los mafiosos se dirigió enfurecido a uno de los policías, diciéndolos que a que venia eso, que ellos, estaban al día con los pagos a sus superiores, para que les dejaran en paz. Cuando acabó el reproche, los policías comenzaron a disparar sus metralletas Thomson sin más aviso.Todo fue un engaño llevado a cabo por Capone y sus hampones, ya que los policías no eran tales, sino mafiosos a sueldo del italiano.

Pero el marrano le salió mal capado, pues su máximo enemigo Bugs, aún no había entrado en el café, se había retrasado por ir a cortarse el pelo, y pudo huir de la matanza.  Y no solo eso, la matanza  pronto llenó los diarios, las calles hablaban de la frialdad, de lo innecesario del acto, y de las muertes de inocentes que en ese momento estaban en el interior del café. A pesar de todo, Capone evitó los cargos por asesinato, pero la matanza del día de San Valentín fue el punto del fin de su carrera delictiva, a partir de este momento su fama se fue a pique, perdió su apariencia carismática, todo el favor de la prensa y de la gente de la ciudad, que ahora le acusaba de ser un mero pistolero. Tras esto, fue acusado de evasión de impuestos, y condenado a once años de prisión. Al abandonar la prisión tras la condena se retiró de la vida pública y del Hampa, a su jefe tampoco le fueron mejor las cosas.
Así fue, que tras acabar con la mayor parte de sus enemigos, cuando ya no tenía nada que se interpusiera en su camino, perdió todo el apoyo y cayó en el olvido y la desdicha, así llego el fin del mayor mafioso de todos los tiempos.

miércoles, 30 de enero de 2013

PAMPLONA, PROVINCIA DE SANTANDER.




     Hace unos días paseaba por el centro de una ciudad española, una de las más antiguas y bellas, de calles estrechas y empedradas. Me van a permitir que omita tanto el nombre del barrio, así como el de la ciudad en la que me encontraba, no es importante para el asunto en cuestión y alguien podría acusarme de hacer un flaco favor a la ciudad.

     Era un grupo de tres o cuatro chicas jóvenes de unos dieciocho o veinte años-no más-, caminaban unos pasos por delante de mí, mientras hablaban de sus cosas supongo, eso sí, cada una de ellas llevaba en sus manos un teléfono móvil de última generación. Algo normal a día de hoy, cualquiera puede verlo en las plazas o parques, incluso a niños pequeños que antes corrían tras una pelota entre los bancos y los rosales, y que ahora se pasan el día con las posaderas en uno de esos bancos, jugando al fútbol en sus pequeñas consolas o teléfonos. Como les digo era algo normal, por lo que no llamó mi atención, hasta que en un momento dado del camino, una de las chicas- la situada más a la izquierda-, interrumpió la conversación de la otras planteando una pregunta; ¿Pamplona de dónde es?. La más cercana a ella respondió que era de Bilbao o de por ahí, pero rápidamente una tercera amiga la corrigió, diciendo que de eso nada, que Pamplona es de Santander, tal cual, ni siquiera nombró la provincia, sino la ciudad. Rematando el asunto con la frase; lo sé bien porque mis padres han ido un par de veces. Al escuchar tal atrocidad geográfica de la boca de una adulta o pre-adulta, me planteé muchas cosas, y muy pocas buenas.

     No culpo de ese estrepitoso desconocimiento del suelo patrio a las chicas, por lo menos no de todo, son jóvenes, todos lo hemos sido-con lo que eso implica-, y si además no te resultan  interesante ciertos temas, desconectas y dejas a tú profesor que cuente lo que le salga del cimbrel, total-piensas-, con tres suspensas paso de curso. Pero el problema más grave, el que realmente tiene la culpa de fomentar esta ignorancia, de esta laguna cultural, son los planes educacionales de este patio de vecinos que algunos llamamos España.

     Como se dice en mi tierra, no se puede pedir peras al olmo, y con los ejemplares de ministros de educación que hemos tenido en los dos últimos gobiernos españoles-por no hablar del actual ministro del ramo, al cual prefiero ni nombrar-, bastante bien estamos. Como la ex-presidenta de Madrid Esperanza Aguirre, que en su anterior etapa como ministra de educación del Pepé, confundió, en medio de la Feria del Libro de Madrid al premio Nobel de literatura José Saramago con la pintora Sara Mago, y se quedó tan ancha, o la socialista Carmen Calvo que cuando le demandaron una aclaración sobre la mala ortografía del estudiante medio, contestó con más retranca que sentido; que los jóvenes españoles no escribían mal, sino que ellos usaban su propia lengua, los sms y el chat. Para echarse a temblar, mientras haces el macuto y te largas.

     España tiene, ha tenido y tendrá un problema básico, pero de difícil solución según pintan los bastos, esa dificultad viene dada porque desde hace muchas décadas, España no ha contando con un ministro o ministra de educación y cultura que cuente con educación y cultura, esa falta de  conocimiento sobre el tema hace que sólo den palos de ciego, y a veces esos palos alcanzan a los estudiantes. No puedo aceptar que un ministro de sanidad no haya sido médico, o no tenga una preparación cercana al campo que le toca dominar y ordenar, y tampoco lo permito por supuesto, en el campo de la educación, pero nuestros presidentes si lo hacen, demasiado a menudo por cierto, solo recopilen los estudios y los puestos de los últimos ministros españoles, y verán el porqué de muchos males de este solar hispano.

      En cuanto a los planes de educación que nos sacan los colores, qué decir, asuntos tan importantes para crear la base de las futuras generaciones, que son realizados por botarates con despacho público, valija diplomática y sueldo vitalicio, cuya máxima preocupación es cantar bien fuerte por la mañana. Dejando la educación bajo mínimos, con sus leyes nacionales, que después se cambian en las autonomías por problemas ideológicos o religiosos-casi siempre-, y no por la búsqueda de la mejora, que tras ello, deben pasar por los tentáculos del mamoneo y del caciquismo antes de aterrizar en las aulas. Haciendo de todo este compendio una serie de catastróficas desdichas,  que se convierten en datos desagradables cuando se publica el informe PISA, que todos los años nos da un guantazo cultural en nuestra ignorante cara. Haciéndonos pasear nuestro ridículo sistema socio-económico y político por el mundo, permitiéndonos la desfachatez de despreciar los cerebros más brillantes de nuestro país desde los tiempos de los Reyes Católicos, y mandarlos al exilio para que otros aprovechen su labor. Ya saben, pasen, vean y por favor. Llévenselos.  

miércoles, 23 de enero de 2013

TEORÍA Y PRAXIS DEL POLÍTICO ESPAÑOL.


     A veces, y los que sean lectores habituales de esta página lo sabrán, me gusta inventarme situaciones posibles, o no, tal vez descabelladas no lo sé, eso ya queda al libre entendimiento del lector. Pues bien, hoy me he levantado con la mosca detrás de la oreja, con una idea rondándome la quijotera, y como escribir es mi analgésico personal preferido me he puesto a hundir tecla.

     Pues bien, imagine querido lector un país cálido, un país que se creó, que se formó gracias a un aglutinamiento de pueblos de todo tipo, de culturas, de conocimientos, de distintas religiones, un bello país, de magníficos monumentos, grata gastronomía y vieja historia. Un país que tuvo, que tiene y que posiblemente tendrá, grandes personajes que escribirán muchas y transcendentales páginas en la historia general de la humanidad, y que lo harán en todos su ámbitos; medicina, educación, historia, literatura, arte. Ya me entienden, un país de aquellos, a los que se puede tildar de avanzado, social y culturalmente. Lo que los más políticamente correctos, esos que se la sujetan con papel de fumar en el uso de terminologías, llamarían primer mundo. 

     Imagine también, que desde hace no mucho tiempo esté país tan avanzado vive en un estado democrático, un poco complicado de mantener en algunos casos, pero que a trompicones se ha ido llevando a cabo, un lugar donde se ata los perros con longanizas, donde se construyen cientos  o miles de edificios, de pisos y que todos se venden a precios desorbitados, porque todo el mundo tiene dinero para pagarlos a tocateja y sino, lo tiene el banco o la caja de turno, que por supuesto y sin problema alguno se lo presta, a un alto tanto por ciento por supuesto. Ya se lo vas devolviendo cuando puedas, o cuando quieras incluso llegan a decir. Unos bancos que empiezan a tener en sus filas de directores y consejeros a esos fecundos responsables de la democracia sana y salva del país, ya que sí son capaces-piensan-, de llevar a cabo a la perfección la economía y el futuro del país, como no van a poder hacerlo con un simple banco, con una simple caja de ahorros, que al fin y al cabo solo son  pequeñas empresas.

     Cierto que es fácil de imaginar, ¿verdad?. Es una situación increíble, estupenda que te rilas oye, como si se tratara de un país futurista o nórdico. 

      Pero resulta que tras esa cara de buen rollismo popular, de sol y fiesta, se asoma una sombra oscura, una sombra pesada, y larga, tanto como la de los cipreses. Observamos que tras las buenas palabras, las supuestas buenas intenciones-que normalmente no son tales-, se esconde el verdadero país, sus verdaderos problemas y sobre todo, sus verdaderos políticos. Tipos y tipas paniaguados, cetrinos y cínicos. Que prometen y prometen para conseguir el apoyo de los habitantes, o por lo menos su voto, que al fin y al cabo es lo único que de verdad les interesa, para seguir haciendo el bien y tal.

     El asunto se enquista cuando nos acercamos más y observamos ese llamado proceso democrático, o lo que venden como tal. Vemos entonces, que esa democracia es en realidad un  compadreo, que en ciertos casos-bastantes-, se vuelve en mamoneo puro y duro, perlado de bolsas de basura llenas de dinero público, de espías privados pagados por dinero de todos, que ya no sólo investigan a la oposición política, sino que buscan sacar los trapos sucios de su propio partido, de sus "compañeros" de filias y fobias. 

     Cuanto más te aproximas, más claro ves los nubarrones de color plomo y  con olor a azufre, pues tras la fachada reluciente-fachada diseñada por un arquitecto moderno, casi de sueldo autonómico de la costa mediterránea. Fachada que sale a testículo de palmípedo, y que tanto cuesta mantener en buen estado pues esta realizada con pésimos materiales-, se esconden elementos menos vistosos, digamos. Poco a poco las trama de corrupción comienzan a salirse por los laterales, y ya no se tapa ni con esa magnífica fachada, haciendo que el futuro de ese gran país huela a pútrido desde lejos. Haciendo que nadie se fíe de nadie, que la gente este más tiempo en la calle pidiendo derechos que en su casa, y que la policía en vez de estar investigando y deteniendo a estos corruptos que gobiernan el país, se dedican a resaltar la marca de dicho país en la espalda de lo que piden explicaciones y derechos.

     Hablamos de un país donde ni siquiera se salva la familia más "digna" y "real" de las allí presentes, con su escudo heráldico de sangre azur sobre campo de gules, y con un yerno que ha pasado de meter goles con la selección española, a meter la mano en la bolsa de los españoles, ya ven, cosa de la terminología de nuevo y de la cara dura.

      Mientras tanto la educación y la sanidad pública se va al mismo tiempo que se van sus trabajadores y sus estudiantes, esos mismos que antes decíamos tienen en sus manos escribir páginas importantes de la próxima historia, y que muy posiblemente la escribirán en nombre de los países de acogida. Este país ideal, que cambia de gobiernos por castigo y no por premio, donde la oposición, solo tiene que esperar a que los gobernantes metan la pata para que la gente les de todos sus votos, su mayoría. Que tiene un presidente que no sabe manejar ni su despacho, y que bastante tiene con esconderse tras el sillón para que no le den los cuchillos y las balas que se tiran sus propios subordinados.

     Un país en el que Alí Babá y los cuarenta ladrones no llegarían ni a concejaluchos, en donde un gran número de miembros de un partido político están imputados a lo largo y ancho de todo el país,  imputación que finalmente se solucionó imputando y condenando al juez que les buscaba las cosquillas. Un gran y bonito país, en donde se privatizan empresa públicas mientras se está en el gobierno, y que cuando se deja de estar en ese gobierno se trabaja de director o de consejero en las empresas antes privatizadas, un lugar donde se lleva a cabo una amnistía fiscal para que los mafiosos se rían aún más si cabe de los trabajadores, y que curiosamente, sirve para que un tipo limpie los millones públicos que robó durante sus años al frente de la tesorería del partido que aplicó esta amnistía. 

     Suena a novela negra, policiaca, incluso parecería exagerado para una obra literaria, pero no lo es tanto. Y además, no hay que buscar muy lejos.

miércoles, 16 de enero de 2013

LOS CIEGOS Y EL ELEFANTE.



     Hace unos días me recordaron una anécdota o cuento que leí hace ya unos cuantos años, pero que sin duda se podría aplicar a nuestra sociedad contemporánea, la verdad es que no hay nada como mirar de forma global para darse cuenta de que esto, a lo que llamamos vida, se forma de movimientos circulares y repetitivos, avisándonos de que todo se repite, tanto lo bueno como lo malo.

     El cuento en sí, es una historia de origen indio, seguro que alguno de ustedes lo ha escuchado o leído con anterioridad. Les pongo en antecedentes, nos encontramos en un pequeño pueblo en algún lugar remoto de la India, en un tiempo indefinido y en un lugar también indefinido, pero en todo caso, estamos en un pequeño pueblo de la India, tan pequeño y tan alejado de las grandes ciudades, que se daba el caso de que en ese exiguo lugar, nunca nadie había visto un elefante. Pues bien, dio la casualidad de que cierto día llegó a la aldea uno de estos animales, lo que desató el correspondiente revuelo en la población y sobretodo de la chiquillería que corrían en torno a él, chillándose los unos a los otros de forma entusiasta, como si sus compañeros de juego no hubieran visto al animal, evidentemente todo el pueblo se lanzó a la calle para ver la extraordinaria bestia. Todos quedaron sorprendidos, unos por su tamaño, otros por su forma, otros por el global de las cualidades del voluminoso y robusto animal.

     Se da la circunstancia de que el pueblo contaba con tres hombres ciegos, a los cuales, al igual que a todos sus vecinos les había hecho mucha ilusión la llegada del extraño animal a su humilde y paupérrima aldea, como todos, se lanzaron a la calle con la idea de acercarse a la bestia, evidentemente por su problema visual, ninguno de ellos podían hacerse cargo de la envergadura del bicho en cuestión. Entonces, uno de los individuos que se encontraban a su lado tuvo una idea. Esta idea, consistía en que los ciegos se acercaran al animal de uno en uno y tocándolo, se hicieran una idea de como era el elefante. Bueno, pues tras la asimilación de la idea, se fueron acercando según la manera establecida, el primero de ellos, se puso delante del animal y agarró su trompa, tocándola poco a poco y con tranquilidad, cuando el primer ciego se apartó, se acercó así el segundo, este decidió tocar una de las patas del animal, tras tomárselo con calma y cuando creyó que ya tenía suficiente se apartó también, dejando su sitio al tercer ciego, el cual se aproximó por detrás y tocó la cola del elefante.

     Cuando el elefante se hubo ido y todo el pueblo se había vuelto a introducir en su cruel y desdichada monotonía, uno de esos hombre del pueblo, de los que se habían deleitado con la extraña presencia, se dirigió a los ciegos interesándose por lo que este animal había suscitado a sus convecinos. A la pregunta de que les había parecido el animal, el primer ciego, el que había tocado su trompa, dijo, que el elefante era como una serpiente larga y gorda. El segundo, el que se había hecho con la pierna, dijo que de eso nada, que el elefante era como una columna fuerte, rígida y de gran espesura, a lo que el tercer ciego les espetó que si estaban tontos o se habían pasado con el curry, que el elefante, realmente era como una cuerda. Como entre los tres no llegaron a ponerse de acuerdo de manera pacifica, decidieron arreglar sus desavenencias golpeándose en la cabeza con sus bastones.

   Como ven ninguno tenia razón por un simple motivo, porque ninguno tuvo la oportunidad o el interés por admirar o tocar el animal de forma global, sino que se conformaron con tocar y analizar la zona que más cerca le quedaba, olvidándose del resto. Pues bien, resulta que la moraleja de este cuento indio me recuerda mucho a la sociedad política y social en la que nos encontramos actualmente en España. En mi subconsciente, el elefante haría referencia a España, y cada uno de los ciegos se transformaría en distintivos miembros públicos de nuestra vida, véase, el primero de ellos sería el presidente del gobierno de la nación, el segundo seria el presidente del primer partido de la oposición y el tercero de ellos, seria una amalgama o un cajón de sastre, en el que se entremezclarían los distintos sindicatos y los miembros de la patronal. Como bien habrán comprobado no doy nombres, sinceramente me da igual que o quienes y cual sea su ideología- si es que alguno todavía la conserva-, pues como en alguna ocasión he dicho son el mismo perro con distinto collar, y como se dice en mi tierra, entre lobos no se muerden. Pero lo que si es cierto de nuestros políticos y representantes es que no entienden lo que acontece en su país, ni lo que les pasa a sus habitantes-sean votantes suyos o no-, pues no son capaces de ver más allá de la parte del terreno que les toca, es decir, se hacen fuertes en su feudo, sin pensar en ningún momento que el resto del país puede ser distinto o pensar de otra manera a lo que ellos creen. Esto de la globalidad y de observarlo todo desde el punto de vista general, haciéndonos una idea más global, es una cosa que si hacemos los ciudadanos, los que estamos en la calle. Puede ser que para darse cuenta de esto haya que estar en la calle a diario y no parapetado en sus caros despachos, solo saliendo de ellos a darse palos en el congreso o donde toque con sus oponentes, como hacían los ciegos.

     Pues lo dicho, que cada uno haga suya la historia y la similitud arriba presentada, y saque de ellas sus conclusiones o su tesis más acertadas, pero lo cierto, es que puede cambiar el gobierno, y los personajes que los componen, pueden cambiar los sindicatos y sus representantes y pueden cambiar al director de la patronal, pero lo que no cambiara nunca será la pasividad y la incapacidad de estos para ver la globalidad de un país y de sus habitantes.