miércoles, 6 de marzo de 2013

LA ESCALERA DE MANO Y EL FAROLERO.



No hace mucho que volví a leer un compendio o grupo de fábulas, escritas por varios intelectuales durante los años de la guerra de la Independencia española contra los chicos de Napoleón. Me llamó rápidamente la atención un pequeño poema hecho fábula que ya conocía, que había leído hacía mucho tiempo, y que me resulta agradable, como si de un analgésico se tratara. Es obra de la pluma y del sarcasmo de Cristóbal de Beña, la fábula se titula “La escalera de mano y el farolero”, escrito desde luego entre 1808, momento del levantamiento y 1813, cuando se hace ya una primera edición revisada y comentada.

Este autor tiene una visión maravillosa de lo que está ocurriendo y ocurrirá en España, pero está un poco olvidado, eclipsado tal vez por los nombres y las figuras de los personajes más importante de la época en la que nos encontramos. Estos no son otros que Leandro Fernández de Moratín, escritor adscrito a la administración del poder, férreo defensor del absolutismo, mano derecha de Godoy, y perrito faldero de José Bonaparte cuando este tomó el trono español, y el posicionado al otro lado, Manuel José Quintana, cabecilla de los escritores que buscan la ilustración y el liberalismo, permaneciendo en la oposición al francés, desde el mismo momento en el que Moratín se sitúa a su sombra.

De Cristóbal de Beña, realmente se sabe muy poco, apenas nada en comparación con otros autores de la época. Madrileño y gran conocedor de la literatura inglesa y francesa, fue coronel de la "Legión Extremeña" del ejército español que iría a Londres, participará en la creación de la constitución de Cádiz y será un fiero liberal, como se ve en la fábula que hoy les narro, de apenas cincuenta versos.

La historia es un claro canto a la revolución del pueblo, de los trabajadores contra los poderosos, esos que se apoltronan en el poder de forma vitalicia. El asunto, es que un farolero descansa en su lecho tras finalizar el arduo trabajo de ir encendiendo uno a uno todos los hachones de la ciudad, su escalera portátil-el utensilio más importante de su trabajo-, de escalones de madera descansa a su lado, en mitad de la noche, cuando nuestro amigo descansaba, una leve discusión lo despertó de su duermevela, se desperezó y sentándose sobre su cama vio lo que ocurría. Y ésto, no era otra cosa que los escalones de su escalera de trabajo estaban discutiendo voz en grito, los de la parte alta contra los de la parte baja.

Los escalones de la parte alta llamaban plebeyos a los escalones inferiores, diciéndoles que siempre deberán prestarles vasallaje, pues la fortuna o un ser superior ha decidido colocarlos así, siempre unos sobre otros. A lo que los escalones inferiores respondían que eso ha de cambiar, pues todos están hechos del mismo material, y que gracias a ellos-el pueblo llano-, se sustentaba la escalera, para que estos escalones de arriba pudieran vivir bien y aguantar las embestidas económicas y sociales, resistir en el poder al fin y al cabo. Los inferiores, amenazan y se reivindican diciendo que si ellos no existieran, que si ellos se fueran, tal vez los escalones superiores sólo valdrían para avivar el fuego. A lo que los escalones más nobles respondían,que a pesar de estar realizados todos de la misma madera y por las mismas manos, ellos siempre estaban limpios y relucientes, ya que el dueño se limpian las botas en los primeros escalones. El farolero, obrero de tendencia liberal, viendo aquella injusta discusión, observando como esa forma de pensar de sus escalones no era justa, decidió levantarse y dar la vuelta a su escalera, haciendo que los últimos fueran los primeros, es decir que los trabajadores estuvieran arriba y ya no tuvieran que someterse a un rey y una aristocracia absolutista y recalcitrante, como la que ostentaba el poder español en ese momento. Y avisa Beña de lo que vendrá en la parte última de su escrito “No se olvide el Papelón/de la escalera al revés/en cualquier revolución”.

Como ven, a pesar de estar olvidado, a pesar de que sus obras estén semi sepultadas tras los escritores más oficialistas y anti oficialistas de la época, las fábulas de Cristóbal de Beña eran muy seguidas y aplaudidas, tanto por los intelectuales como por la opinión pública, los cuales tenían claro que el absolutismo no iba a ningún sitio.

Lastima que después de todo lo acontecido, de la bajada de calzones de Carlos IV y del impresentable de su hijo Fernandito, de la traición de Godoy, de las Cortés gaditanas, de la lucha entre absolutistas y liberales. Llegara también la expulsión del francés, y sobre todo de sus ideas, expulsando la ilustración y la cultura de España. Y aún peor, pues tras esto se abrieron las puertas para que volviera el mal nacido de Fernando VII, arrasando con todo atisbo de luz al final del túnel del absolutismo, volviendo con él la iglesia más oscura y la alargada y fría mano de la Inquisición, mientras se desterraba a los intelectuales de toda tendencia y se encerraban bajo llave las libertades, esas que algún día los súbditos convertidos en ciudadanos llegaron a soñar. En fin es España, y ya sabemos como acaba aquí siempre todo. Salvo algunas cosas que diría aquel.

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