jueves, 21 de marzo de 2013

POCO POLLO Y MUCHO AMOR.


Siempre me ha gustado frecuentar cafés, unos literarios, otros que distaban mucho de serlo. Tanto es así que hace ya unos años escribí un artículo sobre ellos, un relato muy personal sobre el tema, se titulaba Cafés de una vida. Aún lo leo y me veo reflejado. Cierto es que muchos de los cafés allí nombrados ya no existen, otros permanecen cerrados viendo como el polvo y las telarañas se acumulan donde antes había vida, donde hace unos años los asiduos le dimos una gran despedida, justo en el mismo momento en que el dueño bajó la reja para siempre. Otros no han sabido morir con dignidad y ya no son lo que en su día fueron. Cambiaron de dueño y se prostituyeron, echaron a los cafeteros de tarde para acoger cuadrillas de modernillos neo-progres de cubata en copa enorme, esas que con tanta fruta en su interior parecen una macedonia que un combinado alcohólico, y lo que es peor, sin cambiar de nombre, creando una cicatriz enorme en el recuerdo, en la nostalgia, de los que lo frecuentamos en su anterior vida.

A pesar de haber consumido cientos de litros de café, y alguna que otra caña de cerveza, en cafés de decenas de ciudades, apenas he tenido tertulias fijas en alguno. Si he escrito mucho en ellos, tanto que en uno de Valladolid el encargado me llegó a decir que el día que me fuera de la ciudad  me pondría una placa donde siempre me sentaba-aún la espero-. Pero dejando a un lado las bromas, allí fue donde tuve mi única y verdadera tertulia, éramos estudiantes-de letras la mayoría-, profesores de historia, algún filósofo. A menudo se unían al grupo un par de artista,  un poeta que de vez en cuando se dejaba caer por allí. No eran tertulias largas, lo que duraban un café, o un par de cañas, nada que ver con las tertulias del Madrid de la posguerra o la dictadura donde pasaban tardes enteras. Pero lo cierto es que aprendí mucho.

Sobre todo escuchaba, a veces, las menos, hablaba. Esa es la gran magia de las tertulias de estos cafés. Para los que practicamos esta costumbre de contar historias el ambiente de estos lugares era una mina, y aunque han perdido su esencia total, en lo parcial siguen siéndolo. Recuerdo mucho momentos vividos allí, unos buenos y otros no tanto, desde el mitin de un conocido socialista castellanoleonés, que acabó con el troceo de su carnet de afilado, y rodando por los suelos pues la silla de madera cedió al peso del individuo, hasta la tarde que un conocido entró por la puerta gritando -para nuestra tristeza más profunda-que se había muerto Fernán-Gómez, pasando por la tarde de un veinte de noviembre, en el que un joven con pocos años y menos sentido, entró en el café y comenzó a insultar a todos los presentes, añadiendo que ese lugar era un nido de rojos, y que éramos la vergüenza de la ciudad. La locución acabó cuando un cliente fornido acodado en la barra, junto a la puerta, sacó al vociferante a la calle de dos guantazos.

Pero como ya he dicho, lo que más me gusta de los cafés es escuchar historias de los más antiguos del lugar, recuerdo con cariño las anécdotas que contaba Manuel Alexandre en El Gijón de Madrid- siempre en la primera mesa de la izquierda-, como la broma de un amigo de Cela, tieso de dinero, y que acabó rodando por el suelo con la cara roja por un guantazo del Nobel, la huida de Umbral después de criticar a sus compañeros de tertulia en El Giocondo, o algunos de los recuerdos de juventud de Francisco Ayala, contados allí por el mismo el día que inauguraban una exposición sobre toda su obra en la Biblioteca Nacional, cuando ya tenía más de cien años. Muchas historias, que me llevaron hasta la que quiero contarles hoy. Ésta, se la escuché a un personaje anónimo, era un día lluvioso y estábamos en el café de El Espejo, en el Paseo de Recoletos de Madrid.

El tipo de unos sesenta años -tal vez más-, comentaba algunas anécdotas de un paisano suyo, el pintor palentino Juan Manuel Caneja -afiliado al Partido Comunista y también relacionado con la C.N.T-. Él y su mujer-Isabel Fernández Almansa- eran muy conocidos en la sociedad madrileña de los años cincuenta. El pintor acababa de abandonar la cárcel, donde había pasado los cuatro últimos  años al intentar promover una huelga obrera. Paseaba ahora de nuevo libre junto a su mujer. El hambre acuciaba sus estómagos, pero no les quitaba la felicidad ni les borraba la sonrisa de la cara, hasta que al pasar por un restaurante de Cuatro Caminos él vio en su escaparate un pollo en una cazuela. Eran malos tiempos para los intelectuales de izquierda, y no tenía ni una peseta en el bolsillo. El pintor, tal vez pensando en alto, dijo “...lo que daría yo por hincarle el diente a ese pollo...”. Su mujer, ni corta ni perezosa le tiró del brazo y buscó un dentista cercano, a éste le pidió que le sacara las dos muelas de oro que ella tenía. Después, con ellas en un pañuelo se acercó a una joyería en la calle Bravo Murillo, donde las cambió por doscientas pesetas.

Con su marido deslumbrado -y hambriento- tras ella, llegaron al restaurante y se comieron el pollo. Se acabó rápido, pero no había más dinero, tampoco más dientes para empeñar. No se sí les parecerá una buena historia, pero a mí en su día me pareció una de las mejores demostraciones de amor que había escuchado hasta el momento.  

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