miércoles, 8 de mayo de 2013

LA BURLA NEGRA

         Pontevedrés, el séptimo hijo de catorce hermanos, analfabeto pero espabilado, cruel, sanguinario y arrogante. Fue un pirata en toda regla, sin romanticismos, ni medias tintas. Su nombre, Benito Soto Aboal, el único pirata español que llegó a hacerse famoso en los mares, bajo la bandera negra. Y además, considerado como el último pirata a gran escala de la historia. Un buen pájaro, hablando en plata.
            Ya de jovencito se dedicaba al contrabando en su tierra, pero con dieciocho años, la costa gallega se le quedó pequeña, y partió con destino a Cuba. Llegó finalmente a El Caribe, en 1823 con 23 años, se embarcó en un barco corsario de bandera brasileña, que trabajaba como barco negrero-un bergantín de diecisiete cañones y bautizado como El defensor de Pedro-. A pesar de navegar en los primeros tiempos bajo una patente de corso-ya saben, un papel firmado por el rey de turno, que permite saquear a todo barco contrario al país. Eso sí, dando un tanto por ciento al rey de marras-, con la cual se dedicaba a rascarle las asaduras a la República de Buenos Aires, mientras llevaba esclavos negros desde África a Brasil.
            Pronto, sus ganas de poder florecieron, entre el gallego y sus seguidores de a bordo, fue entonces cuando el capitán del bergantín y sus hombres decidieron quedarse en puerto, esperando un próximo motín a bordo, encabezado por Soto Abial. Así era, pues el motín estaba preparado, aunque finamente no fue necesario. Rápidamente el pirata español, se hizo con la capitanía del bergantín El defensor de Pedro, que rápidamente fue rebautizado como La Burla Negra. No contento con eso, Benito Soto, ordenó, primero encarcelar y luego asesinar a su segundo de a bordo, compañero en el motín, y a la vez enemigo. Fue así como comenzó a fraguarse la historia primero, y después la leyenda del último pirata.
            Tras hacerse con el dominio completo, el pirata Soto, decidió apartar de sí la patente de corso, del gobierno brasileño y comenzar su labor de asalto, como un pirata más. Su primera víctima, tenía bandera inglesa, una fragata-mercante, llamada Morning-star, siguiendo con una fragata norteamericana de nombre Topacio, donde se hizo con un buen botín. Matando, saqueando, acuchillando a todos sus tripulantes, y hundiendo la fragata al abandonarlo. Demostrando a todos su sadismo por vocación, y que no se andaba con chiquitas, pues mando asesinar a algunos de sus tripulantes que no comulgaban con sus sangrientos abordajes. A los que hubo que añadir, otro bergantín inglés El Britckbarca, entre Las Azores y Cabo Verde, y cerca de las Canarias, le picó el billete a la fragata y a toda la tripulación, también inglesa del Sumbury, entre otras muchas embarcaciones, que se fueron cruzando en su camino, hasta llegar a la costa de A Coruña, donde falsificó la documentación del bergantín, y vendió a buen precio todo el botín conseguido en sus sangrientos abordajes.
            Pero claro, toda historia tiene su aquel, y esta lo encontró en la costa gaditana. Pues el bueno del pirata Soto y su Burla Negra, se dirigían a la costa de Berbería a vivir de las rentas y del temor infundido por su historia y la mili que llevaba a cuestas, cuando como si de un colegial se tratase, cometió un error de bulto, tanto que parecía nuevo en un barco. Pues al bordear la costa gaditana, confundió el faro de la Isla de León, con el de Tarifa, y acabó encallando a tiro de piedra de donde ya había abierto sus puertas el Ventorrillo del Chato. Allí, las autoridades de Marina hicieron la vista gorda, hasta que un marinero inglés, que había sufrido en uno de sus violentos abordajes, los reconoció, y finalmente fueron detenidos. Todos salvo el capitán, pues Soto Aboal, consiguió escapar de Cádiz, y refugiándose en Gibraltar, donde fue detenido poco después.
            En la huida, le salió el marrano mal capado, pues la colonia inglesa, conociendo el historial del español, y contando la cantidad de muertos ingleses y de barcos de dicha bandera hundidos por el pirata, se lamieron las buces, pensando ya en el momento de su ejecución. Paso 19 meses encarcelado en el Peñón, mientras sus antiguos compañeros eras ejecutados, despedazados y sus cabezas expuestas en Cádiz, intentando así Fernando el séptimo, hacer valer su podrido y caduco poder ante la gente liberal de Cádiz, que había cometido el error de crear la primera constitución española, mientras el vendía el país a los franceses.
            La ejecución por ahorcamiento de Benito Soto Aboal, no fue menos curiosa que su vida. Fue el 25 de enero de 1830, la lluvia que caía sobre Gibraltar empapaba al reo, al cura, al verdugo y a la gente que esperaba el ajusticiamiento junto al cadalso. El gallego de blanco absoluto, recorrió a pie la distancia de la cárcel, sitúa en El Castillo del Moro, hasta su lugar de ejecución. Como buen gallego, rudo y sin aspavientos acogió su culpa, y se acercó a la soga, que el verdugo había colocado demasiado alta. Pero Soto Aboal, ni corto ni perezoso, acercó el ataúd, su propio ataúd, que ya lo esperaba, y subiéndose en él, introdujo su cabeza en la hora, saltando después rápidamente, para que la muerte llegara antes. Pero, de nuevo el verdugo calculó mal, y el reo llegó con los pies al suelo, teniendo que hacer el verdugo un agujero en el suelo con una pala, entre la risa generaliza del personal que esperaba la muerte del reo. Las últimas palabras de Benito Soto Aboal, no fueron de reproche, ni de perdón, simplemente dijo “Adiós a todos, el espectáculo ha terminado”.
           



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