jueves, 26 de junio de 2014

UNA HISTORIA DE ROMA (I)


He de reconocer que cada vez que viajo a Roma una de mis primeros paseos me llevan al Capitolio, pero no para llevar a cabo una visita de libro y guía a los museos capitolinos, ni para fotografiarme bajo las patas del caballo de la réplica de Marco Aurelio. Sino para asomarme a la pequeña balconada, esa que se encuentra tras los enormes edificios, una balconada que deja la vista abierta y libre sobre uno de los lugares más impresionantes de Roma, sobre todo a la hora de anochecer, o de amanecer; el Foro. El conjunto te va atrapando la vista en un primer momento en el arco de Tito, y tras desplegarse ante ti, acaba rematnado al fondo por el arco de Constantino y el Circo Máximo.

            Desde luego a nadie le estoy dando nuevas noticias, el que más o el que menos que ha visitado la capital italiana, se ha paseado entre las ruinas de este Imperio. Lo mismo que los que pasean a diario por Emerita Augusta, Cartago Nova, Tarraco, Nemausus, Carteia o Clunia. Pero a mí, siempre me viene a la cabeza las mismas ideas, las mismas preguntas e inquietudes cuando paseo por una de estas antiguas ciudades romanas, por esas ruinas del que fuera el mayor imperio del mundo. Uno de los imperios que llegó a la mayor cuota de cultura, de tecnología, de infraestructuras, de raciocinio. Y que se arruinó, sin más. Algo que podría volver a pasar, me supongo. Cosas más raras ocurren.

            La versión oficial de la caída del imperio romano ya la saben, hasta han hecho películas y todo. Creo que eso es simplificar al máximo la historia, pues es cierto que los barbaros se lanzaron a saquear sin pudor alguno Roma, pero para entonces la Roma que conocemos, la de las grandes construcción de calzadas que cruzaba todo el continente ya estaba muerta, y lo único que hicieron estos pueblos barbaros fue rematarla, acelerar su expiración como Imperio en mayúsculas. Roma era por aquel entonces el mayor logro-o uno de ellos- de la humanidad. Pero, ¿por qué todo se precipitó hacía un abismo tan importante e insalvable como su derrumbe total?

            Hace no mucho, mientras husmeaba por una librería de lance en el sur de España, cayó en mis manos un interesante libro del historiador y antropólogo norteamericano Joseph A. Tainter, titulado The Collapse of Complex Societies (El colapso de las sociedades complejas). En su interior se desglosan en interesantes apartados, el cómo y el porqué del hundimiento del Imperio Romano. Es curiosa la semejanza con ciertas circunstancias actuales.

            La Roma del siglo III de nuestra era, la que se engloba dentro del Alto Imperio Romano, había crecido a unos niveles increíbles, creando una maraña tan compleja, que podría asimilares a la de una sociedad tan avanzada como en la que hoy nos movemos y sobrevivimos(salvando las distancias entiéndanme). Me refiero, a la burocracia tan costosa y complicada como la actual, al funcionariado amplio que se repartía por cada rincón del Imperio, y a las innumerables, costosas y en ocasiones inútiles obras públicas, que no solo había que realizar, sino que además había que mantener, lo que sumaba un costo enorme para un Imperio ya en decadencia.

            Cierto es, que todo se mantenía como se iba pudiendo, hasta que un día sucedió cuenta el libro, algo que nadie se esperase que ocurriera. No fue una guerra, no fue una batalla, nada que el ser humano pudiera controlar y vencer en un determinado momento. Fue algo mucho más leve, algo imperceptible, algo que nos está ocurriendo a nosotros mismos en este preciso instante. Hubo un leve, casi mínimo aumento de las temperaturas globales, pero que fue lo suficientemente grande como para que las cosechas se resintieran. No fue una plaga, ni desaparecieron las cosechas de repente, tan solo fue una pequeña bajada en la calidad y en la cantidad de las mismas. Pero con el tiempo, esto desencadeno una crisis económica sin precedentes en el Imperio Romano.

            Si quieren, la semana que viene les termino de contar con detalle, cómo una leve subida de las temperaturas acabó desmoronando el Imperio Romano, desquebrajando parte por parte todos sus pilares, y haciendo que se hundiera como si de un gigante con pies de barro se tratase.

jueves, 19 de junio de 2014

EL BALCÓN DEL ANARQUISTA


 

            El día amaneció soleado, tranquilo, como era de esperar, el calendario marcaba en sus páginas el día 31 de mayo, corría el año 1906.

           Un bullicio de gentío, altanero, deseoso de pan y circo se arremolinaba con gran estruendo ante las cercanías de la madrileña iglesia de los Jerónimos, justamente enfrentada a la pared trasera del Museo Nacional del Prado. También, en otras muchas calles de Madrid, se podía ver, oír y sentir el barullo del populacho. Supongo que con estos leves datos, muchos ya se harán cargo del acontecimiento que narro, o que me dispongo a narrar.

           Este día, 31 de mayo de 1906-, se llevaba a cabo en la iglesia citada con anterioridad el enlace matrimonial-y real-, del rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg-para algunos en la época la princesa más guapa del momento-. La Puerta del Sol hervía de caras sonrientes, expectantes, para poder ver pasar a unos metros de sus humildes cuerpos la carroza cargada con los recién casados. La Puerta del Sol, aparecía totalmente desierta de canarios-así se denominaba a sus tranvías-, porque la policía había blindado el centro de la ciudad y nada que no fuera excepcional ocurría en su interior, apartando lo diario de sus calles, no había tranvías, ni mendigos, nada de lisiados de la guerra de Cuba o Filipinas. Todo había desaparecido en pro de la seguridad.

          Pero, como en todos los acontecimientos históricos que se precien, existe una cara y una cruz, pues en uno de estos lugares atestados de gente, había otro individuo un tanto ajeno a la felicidad colectiva. Su llegada a la ciudad, no había sido nada fácil-pensaba Mateo Morral-, mientras montaba la bomba casera, sentado sobre un pobre jergón situado en su habitación de pensión. Cuando unos meses antes había dado con sus huesos en la capital de España, nada parecía alentador, primero la dificultad para llegar de Barcelona a Madrid. Luego, la imposibilidad de encontrar una habitación de pensión con un balcón o ventana que diera a algunas de las calles por las que debería de pasar el cortejo, y por si fuera poco, aquel endemoniado y maldito picor, causado por una infección venérea. Pero, algunas cosas se fueron arreglando con el paso del tiempo, y unos días antes al del enlace, Mateo Morral, consiguió hacerse con una habitación que diera a la Calle Mayor de la capital. Concretamente, en el último piso del número 88.

           Ya instalado, otra cosa perturbaba en sobremanera al anarquista, era la maleta, esa maleta que escondía bajo la paupérrima cama, o más bien, lo que le preocupaba, era el interior de esa maleta. Allí, estaba la bomba, la bomba Orsini-un modelo similar a la que explotó en el Liceo de Barcelona-, la cual, aún a medio montar, lo perturbaba. Morral, repasaba una y otra vez, de forma mental y mecánica cada uno de los pasos a seguir para finalizar el tétrico montaje, sudoroso cada vez que la tomaba en sus manos, temeroso de que tras un mal movimiento, el artefacto explotara y se fuera todo a hacer puñetas.

            En esas estaba Morral, cuando miró de reojo el ramo de flores situado a su vera, un ramo de flores, que esa misma mañana había comprado a una florista en la cercana Red de San Luis, tras la última reunión con sus confidentes de la capital. Mientras tanto, recordaba su vida anterior a los viajes a Alemania, donde conoció el anarquismo. Recordaba su infancia rodeado de la burguesía textil catalana-a la que su familia pertenecía-, y recordaba todo esto, intentando olvidar el maldito picor de la enfermedad que lo quemaba por dentro.

            Mientras tanto, la ceremonia de los Jerónimos tocaba a su fin, el cortejo de vuelta a Palacio comenzaba. La carroza real, ricamente decorada y tirada por unos preciosos caballos blancos, tocados con pomposos penachos rojos comenzaban su andadura. Rodeado de la guardia real a caballo, con el traje de gala.

            El real cortejo, enfilaba ya la Calle Mayor-había dejado atrás el lugar con mayor cantidad de populacho, y por tanto la más peligrosa a ojos de la seguridad, la Puerta del Sol-. El cortejo se detuvo un momento ante la confitería La Mallorquina, para saludar a ciertos personajes importantes de la sociedad madrileña, que habían interrumpido su tertulia y su café, para saludar desde el segundo piso. El ambiente de la calle era de gran alborozo, los obreros agitaban sus viseras como si les fuera la vida en ello, y las mujeres mostraban sus pañuelos de los días de fiesta al ver pasar el séquito.

           Mateo Morral, colocaba con sumo cuidado la bomba Orsini dentro del ramo de flores, con tacto y tranquilidad. La tranquilidad y el tacto que la situación y el nerviosismo le permitía. El alboroto crecía por momentos, lo cual era clara referencia a que los recién casados estaban cerca, el anarquista Morral, se caló la visera hasta las cejas y salió al balcón.

            La comitiva pasaba por delante de la puerta de la iglesia del Sacramento, y de nuevo volvió a pararse a saludar, justo ante la puerta de la pensión, justo ante el número 88 de la Calle Mayor, justo bajo el balcón donde Mateo Morral asomaba ya con un ramo de flores en la mano. De repente, el ramo era lanzado hacía los novios, y unos segundos después, un gran estallido aturdió a toda la calle. Los vecinos del número 88, que estaban asomados a los balcones, fueron lanzados hacía el interior de sus viviendas, los caballos de la carroza real aparecieron destripados en los adoquines, cuando la oscura nube provocada por la explosión desapareció. Guardia reales heridos, cuerpos de ciudadanos anónimos desangrados, con partes de su cuerpo amputadas y esparcidas por el suelo. Un ingente número de gente huía sin dirección, intentado escapar de la tragedia, pisándose unos a otros. 

            La explosión fue tan fuerte, que se oyó incluso en la Plaza de Oriente, donde los asistentes, pensaron en un primer momento que alguno de los enormes andamios de la construcción de la neoclásica catedral de la Almudena se había venido abajo.

           El final del atentado es por todos conocido, los reyes permanecieron a salvo en todo momento, pero la explosión acabo con la vida de sesenta y seis  personas, y con cientos de heridos.

           Hoy en día, el atentado es recordado con una pequeña estatua situada a las puertas de la iglesia del Sacramento, que sustituye el original que fue derruida durante el gobierno de la Segunda República, la cual denominó durante un breve tiempo a la actual Calle Mayor, como Calle de Mateo Morral. Lo que no ya todo el mundo sabe o conoce, es que justo en frente de esta monumento, en el último piso, del número 88 de la Calle Mayor, donde se vislumbra el balcón más cercano a la esquina de la calle de San Nicolás. Allí, permanece de forma perenne, durante todo el año, una palma seca, en recuerdo al lugar desde el que fue lanzada la bomba, en recuerdo a un anarquista catalán, que un caluroso día de 1906, sirvió de cabeza de turco, a los tejemanejes de políticos conocidos, que como siempre no dan la cara. Asique ya saben, la próxima vez que paseen por la Calle Mayor de Madrid, no dejen de levantar la vista hacía el último balcón del número 88. El balcón del anarquista.