miércoles, 2 de julio de 2014

UNA HISTORIA DE ROMA (II)





            Les hablaba la semana pasada de la teoría que Joseph A. Tainter narra en su libro sobre las caídas de los grandes imperios. Nos quedamos en la leve subida de la temperatura global, que poco a poco fue desencadenando una profunda crisis económica dentro del Imperio Romano.

            Ante esta crisis, los economistas de la época tomaron sus medidas-que desde hace siglos suelen ser las mismas- y el Pedrum Solverum o el Crismus Montorum de la época, hicieron lo que era de esperar, devaluar el denario romano. La cantidad de oro y plata que portaban estas piezas comenzó a cambiarse por metales más pobres, hasta dejarlo tan solo en una leve pátina de noble metal. Lo que trajo una inflación elevada, pues a pesar de que la gente seguía cobrando el mismo salario, su dinero cada vez valía menos. Se decidió subir los impuestos, lo que hizo que la gente cada vez gastara menos denarios en el mercado. Lo que a su vez, hizo que los negocios cada vez fueran peor, y que muchos de ellos tuvieran que echar el cierre, o lo que echaran por entonces. Por lo que esta subida de impuestos, casi fue en vano, pues buscaba recaudar donde ya no había nada que recaudar.

            Hay un punto de esta teoría que me llamó la atención-ustedes verán porqué-, las familias y las personas más ricas de Roma, no estaban obligados a pagar impuestos. Mientras, los comerciantes y el pueblo, la masa productiva se desangraba, sin poder comprar en el mercado. Ellos-los ricos-, evadían impuestos. Me los imagino viajando varias veces al año de incógnito a un banco de Lutecia, o alrededores, amontonando denarios de oro e insistiendo al banquero, si a usted le preguntan si yo he estado aquí, diga que no le consta nada.

            Esta masa productiva de Roma, entre otras muchas cosas debía pagar con sus impuestos a las legiones, esas gloriosas legiones romanas, que años atrás habían sido el orgullo del Imperio, pero que ahora era una institución corrupta. Una institución que ya no solo se dedicaba a ampliar el Imperio, conquistando nuevos territorios, o defendiendo los ya propios de los ataques barbaros. Sino que ahora, pedían cada vez más y más dinero al emperador de turno, y si este no atendía sus peticiones, simple y llanamente se le rebelaban y lo cambiaban por otro. No es de extrañar que en esta época conocida como la anarquía militar, (235-285 d.C) hubiera casi treinta emperadores distintos, y cada cual más inútil y de peor calidad que el anterior. Ya saben, otro vendrá que bueno te hará, la herencia recibida… y tal.

            Todo este embrollo social y político se describe en el libro de marras como “el ciclo vital de la civilización”. Este ciclo-como todos- tiene diferentes épocas y estados. El primero de ellos es de ilusión, el comienzo del Imperio, hay muchos recursos, mucha fuerza, todos van a una, se trabaja y se lucha por y para el Imperio, para que el Imperio se consolide. La etapa de consolidación, es una etapa más tranquila, con muchas obras públicas, muchas estructuras-útiles e inútiles, que de todo hay-. Ya saben, los grandes acueductos diseñados por Santiagum Calatravus, la cuadriga de alta velocidad, las calzadas radiales de peaje en torno a las grandes villas…llegando al auge total durante en la época del emperador Augusto, (del año 27 a.C al 14 d.C). Pero después de los excesos vienen las privaciones, y es la época de los recortes-sí, sí, de los recortes-. Ahora se dejan de lado los objetivos a largo plazo, se comienzan a dar soluciones cortoplacistas, que se cambian casi a diario. Se pierde el carisma y la confianza del pueblo, al que se le ahoga con subidas consecutivas de impuestos. Después, llegará el colapso.

            La semana que viene continuaremos-si quieren- con esta historia atípica, olvidada y un tanto irónica de la caída del Imperio Romano.
 

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