miércoles, 3 de septiembre de 2014

LA CONSPIRACIÓN DEL TRIÁNGULO


Siempre he dicho que el siglo XIX español tiene su aquel, ya saben: nuevas constituciones, viejos reyes mal nacidos, invasiones varias, guerras de la Independencia, en donde quizás deberíamos habernos unido en lucha del tufo a sacristía y a Borbón rancio. Y sobre todo mucha conspiración. Las hay muy conocidas como la que hizo triunfar el pronunciamiento de Riego, y otras menos como la que llevaron a cabo grandes personajes de este país, para acabar estrangulando al general Prim en su propia cama. Hoy quería compartir con ustedes una de estas últimas.        

            Pues bien, nos encontramos en el año 1816, dos años después de la restauración de la monarquía absolutista de ese cernícalo con capa llamado Fernando VII, a la sazón “El Deseado” para unos, “El rey Felón” para otros. El ordeno y mando para todos. Y aunque tras su vuelta todo volvió a ser como antes de 1808, el rey no las tenía todas consigo, pues bien sabía o creía saber, que un gran número de sus súbditos no lo tragaban. Estaba en lo cierto, pues aquel febrero de 1816, se volvieron a activar las alarmas en Madrid. Y digo se volvieron, porque ya en el año 1814 Espoz y Mina, y en el 1815 Díaz Polier intentaron varios pronunciamiento infructuosos contra el Borbón Fernando el VII. Y más tarde volvería a ocurrir, en 1817 en dos ocasiones con el general Luis Lacy y el militar gaditano Juan Van Halen, con el coronel Joaquín Vidal en 1819, y finalmente con el general Rafael del Riego en 1820.

            Pero no adelantemos acontecimientos, estamos como ya les he dicho en febrero de 1816. Y el general de los Reales Consejos, Ramón Vicente Richart, de origen valenciano y tendencia liberal se estaba hartando del trato recibido por el rey repuesto. Él, había luchado en favor de ese rey en la Guerra de la Independencia contra el francés, pero ahora no podía soportar los abusos, y se puso a disfrutar del deporte nacional por entonces, la conspiración. Richart acudía a menudo a la tertulia de un barbero en la calle Leganitos de Madrid, y allí, entre parrafada y parrafada se fue solidificando una idea, acabar con Fernando VII y volver a imponer la Constitución de 1812. Su constitución.             

            El barbero conocía a muchos militares de los cercanos cuarteles que iban allí a solicitar sus servicios, y en una de esas tertulias mantenidas en la barbería de Baltasar Gutiérrez, Richart propuso a este que le presentara dos militares de su confianza para llevar a cabo un complot. El barbero Gutiérrez no lo dudo, y al poco le presentó a dos sargentos de infantería de Marina de su confianza, unos tales Francisco Leyva y Victorino Illán, a quienes sabiéndoles de idea liberal Richart no dudó en contarles en qué consistía su idea.    

            Usaron como sistema organizativo el método del triángulo, ideado para la propagación de Los Perfectibilistas-grupo que pasaría a la historia con el nombre de Illuminati-, por Adam Weissaupht unos años antes. Consistía en que cada miembro de la conspiración buscaba otros dos miembros de su confianza, haciendo éstos lo mismo con otros dos cada uno, y así sucesivamente hasta el infinito. Creando de esta manera un entrelazado triangular de nombres y conspiradores. Pero con un detalle importante, cada uno de los conspiradores en caso de ser detenido, solo podría acusar a dos miembros de la trama, quedando el resto libre pues nadie los conocía.

            La idea de Richart era clara, acercarse por la noche a las inmediaciones de la madrileña Puerta de Alcalá, pues sabía de buena mano que el rey Fernando VII salía a pasear cada noche con el duque de Alagón y su fiel Chamorro; un aguador de la Fuente del Berro que había caído en gracia a Fernando VII por sus ocurrencias populares, y que hacía además, la labor de espía con el resto de criados reales, pues el Rey tenia temor fundado de que algún sirviente quería envenenarlo. Su destino siempre era el mismo, un lupanar de la calle del Ave María, donde se encontraba Pepa La Malagueña, meretriz por la que el insigne Borbón sentía predilección.

            Cuando este se encontrara en el interior de la habitación de La Malagueña-les confesó Richart a los dos nuevos miembros del complot-, vosotros deberéis entrar y  requerirle que os acompañe a una carroza que le espera en la puerta. Si se negara-apuntilló-, cosa poco probable dado su carácter cobarde y dócil, deberéis matarlo allí mismo, y así luego proclamar de nuevo la Constitución.

            Los sargentos Leyva e Illán, sintiendo miedo a las represalias al verse sus manos manchadas de sangre real, le hicieron ver a Richart que así lo harían, pero poco después de abandonar la barbería se presentaron ante el capitán Rafael Morales, refiriéndole con todo detalle la conspiración para llevar a cabo el regicidio, asumiendo su lugar y su culpa dentro del cónclave.

            Quiso la casualidad que el general Vicente Richart se enterara de que su plan había sido traicionado, y sin conocer quién era el culpable de tal confesión, corrió raudo hacía los sargentos a los que había enviado a secuestrar al Rey, para avisarles de que debían darse a la fuga. Pero al llegar a su altura, éstos para limpiar sus culpas, lo arrestaron a punta de pistola y lo llevaron hasta su capitán.

            La respuesta no se hizo esperar, y seguidamente se detuvieron a más de 50 sospechosos, entre ellos al barbero Gutiérrez. Las malas lenguas decían por los mentideros de la capital, que la conspiración la formaron desde la sombra grandes militares que habían llevado-y llevarían a posteriori-, otros pronunciamientos contra el Borbón, e incluso trabajadores del Palacio Real. Y que todos ellos, pertenecían a una logia masónica que se encargaba de propagar los sentimientos liberales por España. Finalmente nada se demostró, y los detenidos fueron puestos en libertad por falta de pruebas, pues además nadie-a pesar de la tortura, el método del triángulo funcionó-, dio nombres. Eso sí, los dos principales acusados, el general Vicente Richart y el barbero Gutiérrez, fueron acusados de intento de regicidio, y condenados a morir por ahorcamiento el día 6 de Mayo en la céntrica Plaza de la Cebada. Siendo además, el militar decapitado tras ser ahorcado-como años después le ocurriría a su correligionario Rafael del Riego-. Y su cabeza expuesta a quinientos pasos de la Puerta de Alcalá, en el conocido como Camino Real, para escarnio y aviso de los próximos conspiradores.     

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