miércoles, 10 de septiembre de 2014

UNA FURTIVA LÁGRIMA D´AMORE


           Hay en este país muchas circunstancias y personajes importantes que pasan de puntillas, desapercibidos para la sociedad actual a pesar de la importancia que tuvieron, o tienen para la historia de este patio de vecinos mal avenidos a la que algunos se empeñan en seguir llamando España. En esta página-suya y mía-, me gusta sacarlos de vez en cuando a relucir, ya saben: un pirata olvidado, un diputado doceañista soñador, una rebelión oculta, una conspiración ahogada, un aventurero que cayó con un rey analfabeto y que en vez de valorar- y pagar-, sus descubrimientos lo metió en la trena…etc.

            Pues bien hoy vamos a sacar a flote a un personaje que no descubrió nuevas tierras, ni confabuló contra ningún gobierno, sino que fue un tipo que cambió para bien la historia de la ópera en España, llegando a convertirse-según muchos entendidos-, en el mejor tenor de todos los tiempos.

            Era navarro-con todo lo que eso significa-, de Roncal. Donde nació un 9 de enero de 1844. Sus padres decidieron llamarlo Julián, Julián Gayarre Garjón. Comenzó a trabajar de pastor en los valles cercanos, hasta que más tarde pasó a trabajar de dependiente en una mercería de Pamplona. Allí fue donde entró, a la edad de catorce años en contacto con la música por primera vez, cuando por la puerta de la mercería pasó una banda de música que atrajo la atención del joven Julián, llegando a salir detrás de ella, siguiéndola por las calles cercanas. Lo que le costó el puesto de trabajo.

            Será ya con 21 años cuando decide cambiar su vida, dejando atrás su trabajo como herrero y probando suerte con la música. Se presentó a las pruebas que llevaban a cabo para crear el nuevo Orfeón pamplonés, su nivel de canto era tal que rápidamente le contratan como primer tenor. Gracias al apoyo de Hilarión Eslava, consiguió un beca para estudiar solfeo en el conservatorio de Madrid con Lázaro Mª Puig, presentándose por primera vez al público en Tudela en el año 1867.

            Un año después estallará la Revolución de “La Gloriosa” que acabaría con el reinado de Isabel II. Revolución que él apoyaría, pues su ideología liberal y de corte republicano así se lo pedía, aunque pronto se arrepintió. Pues uno de las primeras medidas que tomó el nuevo gobierno estatal, fue la supresión de las plazas de pensionados del conservatorio en el que él estudiaba. Se quedó en la calle.

            Durante este tiempo decidió seguir en Madrid, ganándose la vida como buenamente pudo. Hasta que un año después de quedarse sin beca, decidió presentarse ante el maestro Gaztambide. El rechazo que el tenor navarro sufrió por parte de este, lo hundió en la depresión. Tanto que decidió volver a Navarra con el rabo entre las piernas. Pero además de contar con una voz única, Gayarre contaba también con unos buenos y bien posicionados amigos, que no pararon hasta que consiguieron que la diputación Foral de Navarra lo becara con 6.000 reales para seguir sus estudios en Italia.

            De aquí en adelante la vida de Gayarre cambió totalmente, al fin consiguió el éxito. Éxito, que él siempre vinculó a un golpe de suerte, pero un golpe desgraciado en su día. Pues justo antes de debutar como primer tenor el 21 de octubre de 1869 en el teatro de Varesse, recibió un telegrama anunciándole la muerte de su madre. Aquel día representaba la ópera cómica “L´elisir d´amore” de Donizetti, y cuando salió a escena para interpretar la romanza “Una furtiva lágrima d´amore” lo hizo con tanto sentimiento desgarrado y con tal emoción que cautivó al público presente.

            Sus éxitos se sucedieron a partir de esa noche, su nombre sonaba en todo el mundo y apareció en los libretos de los principales auditorios y teatros del mundo: Pisa, Como, Roma, San Petersburgo, Moscú, Viena, Scala de Milán, Colón de Buenos Aires, Covent Garden de Londres, Los Italianos de París, el San Carlos de Lisboa, Liceo de Barcelona, Monteacarlo, y sobre todo Teatro Real de Madrid, entre otras muchos. Incluso llegó a actuar en el año 1888 en las funciones regias de la Exposición Universal de la ciudad Condal. El diario Le Figaro dio en París una fiesta en su honor. El rey Luis I de Portugal le condecoró con la Orden de Santiago, la Reina María Cristina de España le concede la Cruz de Carlos III, y el gobierno español le otorgó la Cruz de Isabel La Católica.

            Su fama llegó a su zenit en el año 1889, representando en el Teatro Real de Madrid “Los pescadores de perlas” de Georges Bizet. Mientras pisaba las tablas del por entonces más importante teatro del país, Julián Gayarre se desmayó en mitad de su actuación. Pocos meses después Gayarre fallecía. Posiblemente, debido a un cáncer de laringe-la cual le extrajeron-, que se vio agravado por una fuerte gripe.

            En 1890 fue despedido por una de las mayores manifestaciones de dolor y duelo recordado en la ciudad de Madrid, camino a su pueblo natal de Roncal, donde desde entonces descansa su cuerpo embalsamada. Con él, se fue posiblemente el mejor tenor de todos los tiempos, o al menos uno de los más capaces de la historia. Más de ciento treinta años después de su fallecimiento, Gayarre ha quedado como un genio tan solo para los entendidos y lo melómanos, pasando desapercibido para el gran público. Convirtiéndose su vida y obra en una cicatriz más, de las que marcan y desfiguran la memoria cultural de un país rico en genialidad y pobre en reconocimiento.

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