viernes, 24 de octubre de 2014

NUMANTINOS DE ATENAS


            Hace mucho tiempo que no nos vemos, pero solemos hablar a menudo. Casi siempre de lo mismo: política, historia y de recuerdos mutuos en la ciudad donde nos conocimos, París. Es griego, se llama Kostís y nació en un pueblo cercano a Atenas. Cuando nos conocimos los dos hacíamos lo mismo en la capital francesa, buscarnos la vida. Yo repartía publicidad de un restaurante  en una boca de metro–mientras aprendía el idioma-, y él era camarero de un bistró cercano. Cuando yo acababa mi trabajo, me sentaba en una de sus mesas y me tomaba el segundo o tercer café de la mañana. Pronto nos hicimos colegas, veníamos de países con los mismos problemas, éramos de la misma edad, y además teníamos las mismas ideas, lo cual favoreció que acabáramos siendo buenos amigos.
            Licenciado en ciencias políticas, llevaba trabajando en París desde meses después de licenciarse. Su país ya estaba en recesión, más bien en bancarrota. Y él se hartó de sueldos nimios y trabajos de segunda o de tercera. Se cansó de tener que aguantar a un jefe tirano, y un gobierno golfo y corrupto secuestrado por la Troika y el Banco Central Europeo. Se cansó de que sus políticos-y los nuestros-, llamaran crisis económica a una estafa en toda regla, mientras ellos vivían a todo tren con tarjetas negras, y cajas en b. Se cansó de pagar una deuda que él no había contraído.
 
           Un día a primera hora de la mañana, cuando yo apuraba mi café, y él colocaba los cubiertos en las mesas que en un rato se llenarían de oficinistas trajeados y con prisa, la televisión pública francesa conectó en directo con su corresponsal en Atenas. La ciudad ardía, la policía griega cargaba cruelmente y con verdadero odio ante los manifestantes que querían llegar al parlamento, donde los políticos del país heleno votaban la aprobación de una nueva serie de recortes que ahogaban más aún, a los ciudadanos del país mediterráneo. Oí a mi amigo rezongar algo en griego, no sé lo que dijo, pero pude imaginármelo perfectamente.

            Los días pasaron y apenas volvimos a sacar el tema. Pero un sábado a primera hora de la mañana alguien llamó a la puerta de mi humilde casa parisina. Lejos de ese París bucólico que todos creemos, muy lejos del glamour de los bulevares y de los turistas de la Torre Eiffel, allí donde está el verdadero París. En un barrio del norte de la ciudad, barrio pobre y de inmigrantes. Un barrio a los que los parisinos denominan despectivamente Guetto o neuf-trois. Al abrir la puerta de madera, no sin esfuerzo pues debido a la humedad de la zona había crecido, y para abrirla tenía que colaborar tanto quien  estaba en el interior de la casa, como el que pretendía entrar en ella. Al abrirla me encontré a Kostís, con ojeras y cargado con una gran mochila a la espalda.

            Preparé un café en una pequeña cocina eléctrica, y tosté unos trozos de pan atrasado. Mientras, mi amigo me contaba sus nuevos planes. Había hablado con su familia y con sus amigos. La situación era extrema-por desgracia las noticas de los siguientes meses dieron la razón a sus temores-, y había decidido volverse a casa junto a su gente.

Pero, eso sí-me advirtió-, no voy a quedarme en casa viendo como nos saquean, es el momento de salir a la calle, de partirse la cara por la gente honrada que muere de hambre por culpa de políticos, ineptos y corruptos. Después de un rato hablando, se levantó, era la hora de irse al aeropuerto. Nos despedimos dándonos un abrazo, nos deseamos suerte y nos aseguramos que algún día volveríamos a vernos.

            Hoy me lo imagino a la puerta del Consejo de los helenos, detrás de las máscaras antigás, o de los pasamontañas que tapan la cara a los jóvenes –y no tan jóvenes- griegos, que se enfrentan a diario contra las fuerzas del orden que aún siguen defendiendo a los políticos que les han arruinado. Esas imágenes que se siguen produciendo a diario, a pesar de que los telediarios y la prensa de nuestro país ya no lo cubren. Supongo que no compensa, no vaya a ser que alguien vea en ellos un modelo, y nos haga despertar, o salir de nuestro ensimismamiento paniaguado de fútbol y telerrealidad barriobajera.

Hace unos días volvimos a hablar. Estaba totalmente desanimado, abatido.  Pero cuando le pregunté que qué iba a hacer, se quedó pensativo. Al rato, me preguntó si recordaba aquel día en que ante unas cervezas le conté la historia de Numancia. Pues eso vamos a hacer-continuó-, seguir como los numantinos, continuar luchando. Incluso sabiendo que todo está perdido, que solo es cuestión de tiempo que caigamos, que solo es cuestión de tiempo que algunos se entreguen al enemigo, que caigan en sus garras, y que otros se suiciden-unos metafóricamente, otros por desgracia no-, antes que caer en los brazos de la Troika. Tal vez cuando todo este perdido vuelva salir de aquí-continuó mi amigo-,  tal vez vuelva a trabajar de camarero en alguna capital europea, y pueda vivir con relativa calma. Pero mientras quede alguna oportunidad, mientras quede algo público que defender  seguiremos aquí, como los numantinos, apretando los dientes y luchando.

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