lunes, 27 de octubre de 2014

SOBRE MALETAS, NUEVOS EMIGRANTES Y RECUERDOS.


              Seguro que ya los conocen, seguro que muchos de ustedes queridos lectores, tienen algún caso cercano, familiar o amigo, tal vez incluso usted mismo. No hay que avergonzarse por haber sido uno de ellos, todo lo contrario, hay que levantar la cabeza y decir con la fuerza y el saber estar que le proporcionó la situación: sí, yo fui uno de ellos. Contarles la experiencia a hijos y nietos, mientras enseñan antiguas fotos ajadas por el paso de los años y los recuerdos, orgullosos de ellos, y respetándolos sobre todo. Pues los recuerdos del pasado lejano-y en ocasiones cercano-, son una mujer a la que no conviene desnudar.

                Supongo que ya sabrán por dónde van los tiros, esas mujeres o hombres que esperaban al lado de un andén de estación de ferrocarril, que los llevaría al París de la Francia, como dicen aún algunas abuelas de la época, mientras un tren llegaba echando tanto humo que nublaba la visión de los que allí aguardaban, y las lágrimas de los despedidos y los despedidores caían por sus mejillas. Maleta de cartón en la mano, con un par de mudas y una camisa en el interior, los que tenían suerte, incluso llevaban un pantalón de pana de repuesto. O los que se fueron a La Argentina como decían entonces, a buscarse la vida en otro continente tan desconocido como la luna para ellos. O esos de ideas políticas distintas a las dominantes, o sin ideas políticas circunstanciales, pero que les tocó apechugar por la caza de brujas, y que cruzaron la frontera portuguesa o gabacha-dependiendo donde se encontraran-, con un puñado de tierra en la mano y un serillo con ropa al hombro, girando la cabeza para observar-tal vez por última vez-, su tierra.

                 Pues bien, esos recuerdos que parecen tan lejanos, tan del pre N.O.D.O, tan de la España de principios o de mediados de siglos pasados, es la España que muchos se encuentran-nos encontramos-, hoy. Evidentemente, ya no se usan las maletas de cartón, ni se va con una muda, usan  maletas de marca, a veces, rígidas de colores estridentes, llenas a rebosar de ropa en muchos casos innecesaria. El trapo amarillento y ajado, donde se llevaban las viandas para el viaje, se han cambian ahora por ordenadores y teléfonos de última generación. Y ya casi nunca se despiden en puertos o estaciones de ferrocarril, sino en modernos aeropuertos-eso sí, buscando las ofertas de low cost-, diseñados por arquitectos de renombre internacional, e inaugurados por políticos corruptos, también de renombre internacional, esos que cortan la cintita inaugural con unas grandes tijeras, las mismas que más tarde usan para los recortes sociales y educacionales, mientras se suben sus sueldos y sus dietas.

              Fíjense en su alrededor, pero háganlo rápido porque están desapareciendo, son licenciados y diplomados, gente preparada, con masters, doctorados e idiomas, que se cansan de enviar y entregar curriculums en todos los lugares inimaginables. Que hartos de que les digan nones en todos los sitios, o de que les contraten en un gran almacén, gran supermercado, o macro-librería, explotándoles  por cuatro míseros duros, mientras se pasan su preparación académica por el arco del triunfo. Lo que hace que cada día de trabajo, sea un pequeño paso por el infierno económico y pluriempleado de ese paraíso del corrupto llamado España.

              Son-o somos-, los nuevos emigrantes, los nuevos exiliados, pero esta vez no por temas políticos, por lo menos no la mayoría, son-somos-, exiliados económicos, frustrados por no poder trabajar en nada que valga la pena, en nada que nos llame la atención lo más mínimo, nada que los incentive a levantarse cada mañana de la cama. Ya hablé aquí hace tiempo de mi amiga Paulette, la librera del Sena, que se cansó de que la explotaran en un trabajo que dejaba mucho que desear, para cobrar algo menos y ser feliz. Eso, es lo que buscamos muchos, además de la experiencia adquirida y los idiomas aprendidos tras pasar varias temporadas anuales en varios países del mundo.

               Es evidente, que el fondo tampoco es el mismo, normalmente buscan-buscamos-, trabajos en restaurantes, cocinas, tiendas de recuerdos para turistas, como baby siter, camareros de barra, o incluso guías turísticos, nada que envidiar por supuesto, pero tampoco son las interminables horas apretando tornillos en la Citroën, llorando cuando se llega a casa por los mucho que echa de menos a la familia. Son otros tiempos y los avances en las telecomunicaciones ayudan a tener cerca a los que están lejos. Pero a pesar de lo que muchos piensan, no es una situación cómoda ni agradable, no todos son los estupendos y sonrientemente engominados españoles por el mundo, que ganan miles de euros al mes y los pueden despilfarrar en gastos superfluos.

             La mayoría sobreviven como pueden, comiendo pasta y arroz, o compartiendo las sobras de las tiendas de comida rápida o de los restaurantes que sus compañeros traen a casa a la última hora del día. Así son los nuevos inmigrantes, los nuevos exiliados. Pero con todo, a muchos les preguntas, y sonríen, confesando que a pesar de las penalidades, de compartir habitación, de tener que aprender un nuevo idioma a marchas forzadas, son felices, porque se sienten más realizados que en España, y porque aquí, tienen la oportunidad de juntar un dinero, de conocer gente que de otra manera no conocerían y de vivir experiencias que mucho otros no vivirán. Y a la pregunta de si volverán a España, te contestan que sí, vagamente, pero que no por el momento. Aún tienen muchas cosas por vivir, buenas y malas, cosas que algún día contaran a sus nietos o hijos, usando una pantalla de cristal líquido para ver sus fotos con una media sonrisa en la cara, pero orgullosos de lo vivido. Y de lo luchado.

 

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