domingo, 9 de noviembre de 2014

BIEN HECHO JOVEN (25 AÑOS DESPUÉS)


            O “Das ist gut, mein Junge”, como ustedes prefieran, esta fue la contestación de un coronel de la Stasi alemana, cuerpo que se encargaba de vigilar-no siempre de forma muy educada-, que nadie hablara mal sobre la RDA-, al oficial que había sido el primero en abrir un paso fronterizo del muro de Berlín hace ahora veinticinco años.

            Pero la historia siempre es más curiosa y enrevesada de lo que suele aparecer en los libros de texto – en los que aparece, que esa es otra-. Lo cierto es que lo que hoy conocemos como la gloriosa caída del telón de acero no fue más que una acumulación de casualidades, buscadas o encontradas-no seré yo el que lo juzgue ni mucho menos-, que el tiempo colocará en su sitio, para lo bueno y para lo malo  y aún es pronto para confirmarlo. Lo cierto es que el 9 de noviembre de 1989 comenzó con una reunión del comité Central de la RDA -zona oriental del muro-, nada extraño como se imaginarán dentro de la rutina política del país. Esta reunión terminó con la típica rueda de prensa insípida y aburrida de costumbre, a manos del portavoz del gobierno de la RDA, un tal Schabowsky. En un momento dado, éste comentó que el comité de la RDA había llegado a un acuerdo para que los ciudadanos de la zona oriental de Alemania con pasaporte en regla pudieran viajar al extranjero. La anterior afirmación, sacó de su letargo a un periodista italiano que rápidamente preguntó en que momento esta ley entraría en vigor. El portavoz del gobierno oriental, que en su vida se había visto metido en otro embolado como aquel, no sabía que contestar,  y demostró lo que todos suponían, es decir, que no se había leído la hoja que el comité le había entregado. Mientras comenzaba a tartamudear sin encontrar la respuesta acertada, para quitarse el muerto de encima tuvo la feliz idea de contestar las dos palabras que cambiarían la historia de Alemania: “Al Sofort” es decir; de inmediato. Cuando la respuesta oficial que se le había ordenado, era;  próximamente.

           A todo esto nuestro protagonista, el oficial de la Stasi, Harald Jäger escuchó la afirmación mientras cenaba en su puesto de vigilancia de Checkpoint  Bornholmerstr. Al oír las declaraciones del  portavoz de la Alemania Oriental  se atragantó con la sopa de cebolla, y sólo atinó a mascullar, “¿Pero qué tonterías dice este hombre?”.

            Durante las siguientes tres horas el oficial no dejó de ver como su puesto fronterizo se veía rodeado por cientos de personas, las cuales no sólo se acercaban a un lugar prohibido durante años, sino que además tenían la gallardía de pedir a los rudos y en ocasiones irracionales oficiales de la Stasi que abrieran la puerta, y les dejaran cruzar el puente de Bornholmerstr que unía la RDA con la RFR.

            El oficial pensó que la cosa se iba a poner fea, y decidió llamar a los máximos representantes de la Comisión Central de la RDA para recibir órdenes de cómo actuar. Pero casualmente nadie respondió a su llamada, esta casualidad se explica de una forma muy sencilla. Cuando los miembros del comité Central acabaron su reunión salieron a la calle a recoger sus coches, la mayoría de ellos se dirigieron a sus casas, éstas se encontraban fuera de Berlín en un pequeño pueblo, una urbanización más bien, donde vivían la mayoría de los altos cargos del partido. Evidentemente en esta época no existían los teléfonos móviles, y la única manera de comunicarse con ellos era mediante el teléfono fijo de su casa o despacho. Pero ocurrió que cuando el oficial Jäger telefoneaba a sus superiores -a la vez que intentaba controlar el temblor de piernas que lo acuciaba-, éstos se encontraban de camino a su casa, por eso nadie contesto a la llamada. De hecho es posible que ninguno de ellos a esa hora fuera consciente de la metedura de pata de su desinformado portavoz, y ni se figuraban que las calles del Berlín oriental estaban comenzando a atestarse de gente esperando para cruzar al otro lado del muro.

            Al final, el bueno de Jäger después de oír al portavoz del gobierno, y viendo a la gente en la calle decidió hacer lo que le pedían y abrió las barreras del checkpoint, permitiendo a la  gente cruzo al otro lado. Al principio lo hacían con miedo, como un conejo al que le abres la jaula y antes de salir corriendo mira a ambos lados preguntándose donde está la trampa, y después de ver que era verdad, que podían salir y volver a entrar sin problemas, una oleada de gente se lanzó no solo a cruzar al otro lado, sino que decidieron derribar con sus propias manos el muro. Pero esa historia ya la conocen todos ustedes.

            Lo que me gusta imaginarme es la llegada del oficial a su casa al día siguiente, háganse a la idea, la mujer como buena alemana se acuesta temprano, antes de que todo ocurriera y sin saber nada de la caída del muro, y cuando su marido llega a casa ella le pregunta como todos los días: “¿Qué tal el trabajo cariño?”, y el aún aturdido por lo acontecido la responde “”Esta noche he abierto el muro”. Imagínense la cara de la mujer, mezcla de incredulidad y de miedo. Pues bien, esta es la cara que tuvo esa noche la mayor parte de la población alemana. Por suerte todo salió bien y no se derramo una gota de sangre.

            Gracias a esto hoy hablamos de Alemania en singular, esa Alemania en la que un buen día del siglo XIX anido la pérfida y venenosa serpiente llamada Hitler, una alimaña que trajo millones de muertos, la locura, y casi la destrucción del viejo continente. Y que para remate, una vez desaparecido el ogro, nos quedó la guerra Fría y una gran y tenebrosa cicatriz rasgando la cara de Europa. Por suerte el muro cayó, y hoy puedes pasear tranquilamente desde Postdamer Platz -RFR- a Alexander Platz -RDA-, pasando por la Puerta de Brandemburgo, por la Avenida de los tilos y pararte tranquilamente delante de la Universidad Humbolt, justo en la plaza donde Hitler ordenó quemar todos los libros. Gracias a ese momento, hoy se puede pasear por ese puente de Bornholmerstr, donde hace veinte años se produjo unos de los hechos más importantes de la Europa contemporánea, y tocar los restos del muro mientras tu subconsciente hace que oigas el ruido de la piquetas contra el cemento – por lo menos a mí me ocurre así cada vez que me acerco allí-. Al final todo salió bien para todos, a excepción del ex miembro de la Stasi, Jäger, que aún hoy es un apestado en ambas Alemanias. En la RDA por ser el que abrió la puerta y ayudó a acabar con el comunismo en el país, y en la RFR, porque muchos no le perdonan los veinticinco años en los que sirvió a la Stasi. Pero aun así hoy, yo hago mías las palabras del coronel de la Stasi que se presentó en su puesto de vigilancia al saber que habían abierto el muro, y con cara sería dijo a Jäger; Bien Hecho, Joven.

 

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