miércoles, 19 de noviembre de 2014

EL HUÉRFANO DE PIONYANG


Era el 17 de octubre de 2011, una presentadora de la televisión norcoreana daba la noticia al más puro estilo de Arias Navarro; “Nuestro querido líder falleció a las 08:30 horas de la mañana mientras viajaba para realizar sus funciones de liderazgo”. Acto seguido rompió estrepitosamente a llorar. La noticia desató una ola de tristeza en el país, había muerto su querido líder. El absurdo y lo delirante se apoderó de las plazas públicas del país, llorar al líder era obligatorio, lo decía la ley. Lo exigía.

            Hace no mucho acabé de leer una novela de esas denominadas distópica, se titula El Huérfano, premiada con el Pulitzer de este año. Su autor es Adam Johnson, profesor de la Universidad de Stanford, que narra la vida de un supuesto Huérfano, sus tristes avatares dentro de la sociedad norcoreana, así como sus enfrentamientos morales contra gentes poco creyentes en el “mejor país del mundo”.

            Pero la historia de este país no siempre fue así, aunque tampoco fue un camino de rosas para sus habitantes, no así para sus gobernantes. Corea, como península completa-es decir la actual Corea del Norte y del Sur-, marca desde eones de tiempo la unión y división-sobre todo la división-, entre China y Japón, que siempre se han disputado su dominio.

            Para entender ciertas cosas debemos irnos un poco más atrás, unos tres mil años más o menos. Corea era poblado por estados tribales, que debido a guerras y ofensivas se acabó dividiendo hace veinte siglos en tres estados fuertes; Goguryeo, Baekje y Silla. Hasta que en el siglo VII d.C, Silla usando la fuerza se intenta imponer sobre los otros dos grupos, lo que inició una guerra que finalizó con el país dividió en dos; Al norte Goguryeo, al sur Silla. Aunque en aquel momento no eran grupos, ni países independientes como se puede creer, pues ambos eran pueblos tributarios de China. Usando ésta el budismo como sustento ideológico de los pueblos más díscolos. Consiguiendo además imponer a la aristocracia como grupo preminente sobre el pueblo. Como no podía ser de otra manera, pues Buda como él de Nazaret, debió decir también eso de hermanos, pero no primos.

            Poco después Silla entró en declive, los pobres se revelaron, y la aristocracia real que llevaba años mamando del estado perdió su poder-a que les suena-. El país de nuevo se dividió en tres, y así continuó hasta el año 936 d.C, cuando de nuevo se produjo la unificación, ya derribado el reino de Silla. Se nombró al rebelde Wang Kun como primer rey del reino Goryeo. Así siguió el asunto, hasta que en el siglo XVI Japón decidió invadir por la fuerza Corea, abriendo una guerra de siete años, que acabó con el país destrozado y con muchos coreanos como esclavos en Japón. La guerra se ganó gracias al general y almirante coreano Yi Sun Yin, abriendo la nueva dinastía Yin, que se mantuvo hasta tiempos relativamente recientes.

            Durante este tiempo el territorio recibió numerosas influencias exteriores, como el culto cristiano, que se mezclaba con los cultos tradicionales, que nunca desaparecerían. Algo curioso en un país que hoy defiende el ateísmo religioso como clave de su país. Pero claro, como es lógico, la dinastía Yi acabó tambaleándose, y para evitarlo creó una nueva creencia, una mezcla que acogía a todos los grupos, para así hacer que su apoyo se fraguara en torno al poder. El culto en sí, se denominó Tonya K, mezclando chauvinismo, budismo y cristianismo. Mientras tanto las luchas entre China y Japón continuaban, usado como campo de pruebas el territorio coreano.

            Así llegaron a la Segunda Guerra Mundial, cuando el problema entre las dos potencias asiáticas, se llevó a territorio coreano. Al finalizar el conflicto se decido partir el país en dos, dejando la parte norte a merced de las ideas soviéticas, y la del sur en manos del capitalismo norteamericano.

            Así fue como llegó el padre de la dinastía Kim al poder, Kim Il-Sing se autoproclamó Dios del país, transformado el comunismo inicial en una república en la que él era el todo. Se proclamó “Presidente Eterno”, Corea del Norte pasó a ser una República Presidencialista Hereditaria. Cambió la historia del país, mejor dicho; la borró por completo. Se cambió el calendario, y partió de cero a partir del año 1912, año del nacimiento del “Querido Líder”. Atacó Corea del Sur de inmediato, consiguiendo que EE.UU le declarase la guerra. Esa fue la primera guerra dentro de la larga Guerra Fría.

            Cuando murió, el culto a su personalidad se encontraba en estatuas, pinturas y en cada lugar al que se mire, lo mismo ocurriría con su hijo, Kim Jong-Il denominado “Gran Sucesor”, que se declaró “Líder Supremo”. Apartó su firma del tratado de no proliferación nuclear, y Corea del norte entró a formar parte del denominado por EE.UU como “Eje del Mal”. Usó la mano dura-más si cabe que su padre-, a todos los contrarios los enviaba a campos de concentración. El Campo 22, es el más grande el mundo. Allí se les tortura, llegando al asesinato, llevando a sus hijos a los orfanatos a cargo del gobierno.

            A su muerte llegó su infantiloide hijo Kim Jong-Un, al que denominan “Queridísimo Líder”, a pesar de su carácter infantil ya ha demostrado en varias ocasiones su salvajismo, como cuando asesinó a su novia y a sus amigos por creer que no habían cumplido los principios del poder, o a su tío abuelo, al que condenó a la muerte, siendo devorado por perros hambrientos al ser acusado del intento de un golpe de estado contra su persona. El país, con el paso de los líderes de la familia Kim, ha creado un código penal brutal, siendo delito cualquier relación con el extranjero, cualquier pensamiento en contra del líder. Siendo condenado el culpable a ser encerrado en un campo de concentración, pero el culpable no va solo, es acompañando por toda su familia.

            Yo mismo sería carne de campo de concentración norcoreano por escribir este artículo, y usted también por leerlo.

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