miércoles, 24 de diciembre de 2014

UNA HISTORIA ANALGÉSICA


           Los que sean lectores asiduos de esta página ya sabrán que el abajo firmante dista mucho de ser el ñoño y repelente niño Vicente, y que no suelo buscar la herida abierta con historias de lagrima fácil. Todo lo contrario normalmente, soy asiduo de las historias perdidas, de los héroes que no quiso nadie y de las lecciones morales que me enseñan personas que no conozco de nada-a veces sí-, y que me encuentro a lo largo de la vida.

            La historia de hoy me viene al pelo, por lo de la Navidad y tal. No es una historia lacrimógena, pero  analgésica. Es una historia de héroes, de esas personas que se convirtieron en héroes sin querer serlo, ni malditas las ganas que tenían de ello. Como la mayoría de los héroes.

            Háganse a la idea, estamos en plena Primera Guerra Mundial, concretamente el día 24 de diciembre de 1914. Exactamente hace ahora cien años del asunto. Las trincheras del Frente Occidental amanecieron heladas, el frío entumecía todo lo que se movía a lo largo de las zanjas parapetadas de sacos terrenos, a excepción de las chinches que saltaban de soldado en soldado, mordiéndoles las pocas carnes que les quedaban después de medio año batiéndose el cobre entre trincheras embarradas, humedad y pésima comida llena de gusanos.

            Esa noche de Nochebuena de 1914, flotaba en el ambiente una sensación de nostalgia y añoranza por las vidas perdidas y fragmentadas en esa estúpida guerra, que se extendería a lo largo de los próximos años. El bando perteneciente al Imperio Alemán comenzó a decorar un árbol próximo a la ciudad belga de Ypres –allí una cruz lo recuerda-, y a entonar el villancico Stille Nacht. Respondiendo a ello desde el frente del Ejército Británico con similares canciones.

            Pocos minutos después de esto, los silbidos de la balas se enmudecieron, la artillería se quedó helada, y los soldados soltaron las armas y saltaron fuera de las trincheras. Entrando poco a poco en tierra de nadie. Sorprendidos al principio, pero aumentando el nivel de la canción después. Regalándose saludos y abrazos entre los soldados de ambos bandos, juguetes rotos en manos de dos Imperios que solo buscaban la destrucción y el sometimiento del otro, sin importar las muertes de sus hombres. De esos héroes que lo fueron por la fuerza, y de los que nadie se preocupaba.

            Los soldados de ambos bandos comenzaron a intercambiarse tabaco, whisky e incluso chocolate. Mostrándose fotos arrugadas y húmedas de sus familiares, mientras ambos bandos contaban chistes sobre los franceses, y reían a carcajadas. Tras ello, ambos litigantes recogieron los cuerpos sin vida de sus paisanos y los enterraron en tierra de nadie. Los dos bandos, ofrecieron sus respetos a los muertos del enemigo, llorándolos como si fueran sus propios compañeros. Mientras les dedicaban la lectura del Salmo  23, ya saben… “El Señor es mi pastor, nada me falta…”

            Incluso cerraron la celebración jugando un pequeño partido de fútbol, en mitad del campo congelado de Bélgica. Enfrentamiento pacífico y amistoso que terminó con un 3 a 2 en favor de los alemanes, según quedó registrado en el diario personal del suboficial germano del 134º Regimiento Sajón, Kurt Zehmisch.

            La conocida como la tregua no oficial del día de Navidad se extendió por otros frentes de la guerra, durando en unos solo durante esa noche, y en otros  ampliándose hasta nuevo año. Con el pertinente enfado de los oficiales superiores, que por supuesto no se encontraban en el frente, que no pasaban frío, que no pasan hambre y que no compartían el jergón húmedo que les servía a éstos de camastro, con las miles de chinches, más hambrientas que los propios soldados a los que mordían. Esos, que habían declarado la guerra para defender sus intereses y el de sus reyes y gobernantes, enviando a la muerte segura a miles de inocentes, que se convirtieron en héroes a su pesar. Pero que a lo largo de ésta y de las siguientes guerras, nos dejaron historias como la narrada, historias que nos hacen creer un poco más en la humanidad de los humanos. Historias analgésicas.