miércoles, 23 de diciembre de 2015

EL EJÉRCITO PAGANO DEL TERCER REICH (y II)

       
         La semana pasada lo dejamos cuando  Henrich Himmler, el número dos del partido nazi, comenzaba a dar muestras de que el poder y el esoterismo tradicional se habían adueñado de su cabeza, lo que había llevado a sus más cercanos a denominarlo como el “Mago Negro” de las SS.

            Himmler, como ya hemos dicho estaba fascinado y obsesionado por las leyendas medievales, y los heroicos caballeros que se unían en torno a órdenes de frailes soldados. Todo esto, unido a sus conocimientos de ocultismo acabó revirtiendo en las SS, a las cuales revistió de una parafernalia de simbologías y ceremonias medievales, que junto a su idea social y política le daban el tono tétrico que se pueden imaginar. Su idea, no por peregrina o loca, menos peligrosa para Europa, consistía en instaurar un nuevo orden social, ario y pagano. Para ello se basó e inspiró en los antiguos Deutsche Ritterorden, u Orden medieval de los Caballeros Teutónicos, fundada por Heinrich Von Bassenheim en el año 1198. Una orden de caballeros nacida para auxiliar a los cristianos que habían sido heridos en su peregrinaje a Tierra Santa. Pero sin duda lo que más fascinó a Himmler de esta orden, fue que solo admitía en su seno a hombres de origen germánico. El “Mago Negro” ya había encontrado el nexo de unión que necesitaba entre el mundo antiguo y su organización.

            En la ida de cabeza progresiva que sufrió Himmler, y en la fue cayendo desde el primer momento del nazismo, hasta que él y sus muchachos acabaron siendo acorralados y vencidos en 1945, tuvo mucho que ver además de sus obsesiones un misterioso tipo. Su nombre era Karl Maria Wiligut,  conocido con el sobrenombre de “El Rasputín nazi”, pues hizo creer a todo el mundo ─posiblemente hasta él llegó a creérselo─ que tenía un don, una capacidad única en el mundo; tenía una clarividente memoria ancestral, era capaz de ponerse en contacto directo con sus antepasados, todos ellos pertenecientes a los Uligotis de Asa-Uana-Sippe, una estirpe de guerreros prehistóricos. Según Wiligut, esta capacidad le venía dada porque él era el último eslabón de la saga. Una historia curiosa para telefilme de sobremesa, pero que Himmler se creyó de carrerilla, nombrando al tal Wiligut como su consejero personal. Además, entraría de inmediato a formar parte ─nada menos que de director─ del Departamento de Prehistoria e Historia Arcaica de las SS, con base en Munich. Su única tarea consistía en entregar informes de sus visiones a sus superiores para que estas fueran estudiadas, y estar siempre disponible para hablar con Himmler.

            La locura pudo quedarse ahí, pero no, Himmler aprovechando que tenía ante sí un ente capaz de ponerle en contacto con sociedades medievales desaparecidas, decidió aprovecharlo para la guerra que se avecinaba, y creo el Ahnenerbe Forschungs-und Lehrgemeinschaft o Sociedad para la investigación y enseñanza de la Herencia de los Ancestros, fundada en 1935. Un grupo creado para mandar a integrantes de las SS por todo el mundo, y cuya misión sería encontrar los vestigios de la raza aria ancestral. Desde ese momento esta tarea, junto a la búsqueda del Grial y del Martillo de Thor ─si, el del Dios nórdico que vive una segunda juventud gracias a Marwel y a Hollywood─ sería la tarea principal del grupo, y lo que le quitaría el sueño a Himmler. Además de llevarlo a recorrer medio mundo en diferentes expediciones.

            Dentro del Ahnenerbe había una enorme subdivisión de tareas, llegando a montarse hasta cuarenta y tres equipos diferentes, dedicados cada uno de ellos al estudio de los aspectos culturales, musicales, folkloristas, arqueológicos o antropológicos de las raíces germánicas y arias. Incluso Himmler, creó una especie de Vaticano pagano donde unirse con sus hombres; el castillo de Wewelsburg en Westfalia, y cuya leyenda contaba que había sido el último reducto germano durante la invasión de los Hunos. El castillo de forma triangular, fue totalmente restaurado bajo la excusa de ser la nueva escuela de mandos de las SS, pero en realidad escondía otra de las obsesiones de Himmler. El centro del castillo albergaba una mesa redonda donde se sentarían doce altos cargos de las SS, más Himmler ─al más puro estilo del rey Arturo y los caballero de la mesa redonda─. Además, el lugar contaba con trece habitaciones decoradas con una gran variedad de símbolos esotéricos. Bajo el comedor se habría la cripta, conocida como la Esfera del Muerto, en el centro de ella nacía una copa de piedra, donde se quemaban los escudos y las armas de los caballeros que morían en batalla. Después, sus cenizas serían depositadas en una serie de nichos adyacentes. Sin duda todo estaba basado en un tratado de hermética medieval, quien sabe si debido a su propia loca obsesión por los ritos medievales, o a la manipulación del Rasputín nazi.

Los estudios llevados a cabo en el Ahnenerbe, recorrerían mucho más ámbitos de la sociedad, pero sobre todos hay uno que llama la atención, por macabro e inhumano. Sería bajo al ámbito de la ciencia, dentro del Instituto de Investigaciones Científicas donde se escondieron los verdaderos asesinos, sádicos y gustosos del mal humano. En este Instituto usaron a los judíos, y demás prisioneros del campo de concentración de Dachau como cobayas humanas, para ver como resultaban en ellos los experimentos biológicos realizados por los nazis. Estas prácticas se hicieron desde el principio, pero habría que esperar mucho para conocer sus verdaderas actividades, concretamente hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial y la definitiva caída del Tercer Reich. Ejemplos de estas prácticas fueron la resistencia de los cuerpos a la altitud dentro de cámaras de gas, la despresurización, la resistencia a la congelación, y la inoculación de enfermedades como la ictericia, el tifus o la malaria entre los prisioneros.

Entre las investigaciones secretas y esotéricas, y las prácticas sádicas con los prisioneros, fue apareciendo un grupo que además gustaba de las prácticas del ocultismo y con extravagantes creencias, todos ellos señalados con diferentes distintivos de carácter rúnico y misterioso. Este grupo, será conocido como la Orden Negra, y de nuevo su director sería Henrich Himmler. La orden contaba con los mejores especialistas en técnicas paranormales y esotéricas, que espoleados por Himmler y Wiligut,  creían que si conseguían dar con todas las reliquias medievales que tanto ansiaba su jefe, se podría instaurar desde el centro de Germania ─el nuevo Berlín─, un nuevo orden mundial ario, algo que ansiaban desde las filas del partido nazi en general y desde las filas de las SS en particular. Por ello vino Himmler a Montserrat, y por eso viajó por lugares apartados de las grandes ciudades españolas, seguía el rastro de varias de estas reliquias, pero sobre todo la del Santo Grial, que alguno de sus colaboradores había creído localizar en la abadía catalana.


La locura llegaría mucho más lejos, viajaron a Escandinavia y al Tíbet buscando su ascendencia aria, e incluso montaron expediciones en busca de la lanza de Longinos y de las reliquias de la sangre. Desde luego nunca encontraron nada, o al menos nada de lo que esperaban. Pero toda esta parafernalia dio lugar a la ocultación de verdaderos atentados contra el ser humano, como los experimentos narrados dentro de los campos de contracción, así como la creación de una nueva religión de corte pagano, y que según la Orden Negra debería absorber y destruir al cristianismo, superponiendo sus nuevas festividades a las cristianas, y añadiendo otras nuevas; como el 20 de abril, día del nacimiento de Hitler, que debía celebrase como el del nacimiento de una divinidad. O el 9 de noviembre, día del Putsch de la cervecería de Munich. Pero eso es otra historia.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

EL EJÉRCITO PAGANO DEL TERCER REICH (I)


          Estuve viendo hace unos días un documental sobra las visitas realizadas por el comandante nazi Henrich Himmler a España. Según este documental, el capitoste nazi visitó las provincias de Madrid, Toledo y Segovia, pero sobre todo realizó una extraña y singular visita a la abadía catalana de Montserrat. Desde luego llama la atención la llegada de la comitiva germana a la estación del Norte de Madrid ─actual Príncipe Pio─, donde fueron recibidos por la Falange y las fuerzas más representativas de la España franquista, entre otros Ramón Serrano Suñer, cuñado del dictador Francisco Franco, Ministro de Asuntos Exteriores, y a la sazón, uno de los mayores germanófilos del gobierno del militar gallego. Pero sorprende mucho más el porqué de esas visitas.

            Esto ocurriría en el año 1940, pero me costaba entender ciertas cosas del documental, algunas afirmaciones quedaban cojas, o se sustentaban de forma muy peregrina. Aprovechando que estaba en casa, me acerqué hasta la sección de historia contemporánea de mi biblioteca,  también rescaté algún libro sobre esoterismo y reliquias que conservo. Con ellos y un café, pasé la tarde releyendo viejos libros que desde hace tiempo acumulo, después de buscar y rebuscar en las librerías de lance de media Europa. Entre los que elegí esa tarde se encontraba la obra de Richard Rhodes; Amos de la muerte. Las SS, instrumentos del terror de Hitler, de Gordon Williamson. La Orden Negra de Óscar Herradón. Las reliquias de Hitler de José Gregorio González, una biografía de Eichmann ─teniente coronel de las SS, y responsable directo de la “Solución Final”─, titulada Vida de Eichmann de Jean Posenthal, publicada en 1963 en Barcelona, y varios tratados de esoterismo nazi, runas y ariosofía ─algunos más novelescos que otra cosa─ que conseguí en mi última estancia en Buenos Aires ─no se debe obviar, que esa capital Latinoamericana recibió a muchos de los altos cargos nazis en su huida desesperada de Europa, tras finaliza la II Guerra Mundial. Entre otros al propio Eichmann, hasta que fue secuestrado por el Mossad y trasladado a Israel─. Así, después de mucho rato de lectura, un par de cafés y de alguna risotada, conseguí entender el cómo y porqué del viaje a España, y sobre todo de la visita a la abadía de Montserrat, realizada por la que fue una de las mentes más macabras de la historia contemporánea europea. Para ello hay que remontarse un poco atrás en el tiempo, concretamente hasta el año 1925, o más bien hasta 1923.

            Es en este año cuando Adolf Hitler comienza a desconfiar de las SA, su tropa de asalto, que a pesar de haber permanecido siempre leal a la causa, había crecido demasiado en número. Esta amplitud hacía que el futuro Fürher desconfiara de ellas y de sus pretensiones, no en vano las crónicas hablan de las intenciones y conspiraciones de éstas para escapar al poder del partido nazi. Es entonces cuando Hitler decide crear un nuevo cuerpo de seguridad personal, que denominará Stabswache, este cuerpo contaría con tan solo dos miembros fieles que acompañarían al pequeño Adolf en todos sus desplazamientos. Pero como comprenderán, y teniendo en cuenta la magnitud que tomó la idea y el aparato del partido nazi, esta escolta personal en seguida se quedó corta, y Hitler añadió a ella nuevos miembros, rebautizando al grupo como Stosstrupp Adolf Hitler, o lo que es lo mismo; Tropas de Asalto Adolf Hitler. Grupo que una vez remodelado, y estructurado a gusto del futuro dictador, pasaría a conocerse como las Schutzstaffel ─Escuadras de Defensa─ o SS. Posiblemente uno de los grupos más temido ─sino el que más─ de la historia del mundo reciente.

            Es aquí donde aparece el bueno ─entiéndanme la ironía─ de Henrich Himmler. Un chico de  familia católica y acomodada de Baviera, que pasaría a la historia como el instigador, y posiblemente máximo artífice de las matanzas metódicas y sistemáticas de judíos, polacos, católicos, gitano, homosexuales, comunistas, testigos de Jehová, enfermos mentales y en definitiva, de todos aquellos grupos no arios, y por lo tanto, considerados inferiores y prescindibles para el nuevo orden social y político que tenía pensado llevar a cabo.

             Himmler pasaría a formar parte de las SS en 1924, el número de soldado que le correspondería sería el 168. Su labor de reclutamiento y servicio al Fürher fue tan bueno, que éste le nombraría con tan solo veintiocho años Reichsführer ─líder de las Escuadras de Protección─. Era el año 1929, pero desde dos años antes, Himmler, ya era Diputado de las SS, y una de las personas que estaba a cargo de la propaganda del partido nazi. Será en 1933 cuando Hitler asuma la Cancillería alemana, Himmler le recibe con los cincuenta y dos mil hombres que ha reclutado para formar parte de las SS. Lo que en su momento nació como una pequeña guardia personal de Hitler, se había convertido ahora en un ejército ario, integrado en una estructura jerárquica que imitaba a la de los jesuitas, a pesar de su odio mortal hacía ellos. Además, el grupo estaba formado por jóvenes pertenecientes a las familias de clase media y alta de Alemania.

Himmler se encontraba en la cima del partido y del país, o casi. Solo Adolf Hitler lo superaba en poder. Hitler se había ganado el poder y el reconocimiento de las gentes por su oratoria, aprovechando la pésima situación socioeconómica del continente. Pero era Himmler el que le había garantizado la seguridad y la fuerza. Himmer era el que había vertebrado a la bestia, y todos eran conscientes de ello. Por eso mismo a nadie sorprendió cuando un año después, Himmler, se hubo convertido en el director de la Gestapo, de la R.S.H.A ─Oficina Central  de Seguridad del Reich─, y en Ministro de Interior.


Fue entonces, cuando borracho de poder y de reconocimiento, Himmler, dejó paso a su perfil más obsesivo. Buscó por todos los medios enlazar al partido nazi con las leyendas medievales germanas, y con el pasado mítico alemán. Nacía así el Mago Negro de las SS. [Continuará]

viernes, 11 de diciembre de 2015

SOBRE INFAMIAS REALES Y VINOS DULCES


              Parece ser que históricamente los veintitrés de febrero han sido días moviditos, al menos en cuanto a la Península Ibérica se refiere. De todos es conocido el circo tétrico montado por el general Armada, el teniente general Miláns del Bosch, y el teniente coronel de la Guardia Civil Tejero y sus chicos ─quién sabe si junto a ellos, hubo también alguien con más estrellas en las hombreras del traje y más operaciones en la cadera─, en el congreso de los diputados de Madrid, el mismo día en el que el hemiciclo votaba por segunda vez la embestidura del futuro presidente del gobierno, Calvo Sotelo. A la sazón 23 de febrero de 1981, y todos al suelo.

            Pero también el país vecino, el que comparte con nosotros ─y viceversa─, el sustantivo de ibérico, tuvo sus más y sus menos un veintitrés de febrero. Eso sí, de mucho tiempo antes─ también en estos asuntos nos sacan ventaja los vecinos “pobres”─. Corría el año 1757 y pintaban bastos en la ciudad del norte, Oporto ─más bien Porto─, veía temblar sus cimientos por culpa de la producción de su vino.

            Empecemos aclarando que como de costumbre ─en esa época y otras muchas─, estaban los ingleses de por medio, revolviendo el avispero. Ciertamente es difícil echarse a la faltriquera una historia de navajazos y traiciones en los últimos siete siglos, sin que estén los hijos de la Pérfida Albión presentes. En la mayor parte de las ocasiones lo estaban por intereses gubernamentales y económicos, y en las otras como en este caso, simplemente por aburrimiento. Y es que una cosa es una cosa, y otra muy distinta andar sin necesidad tocando los aparejos.

            Resulta que nuestros amigos anglosajones estaban en medio de una guerra ─para variar─, contra Francia, y los gabachos que de eso saben un rato y además son bastante puñeteros, pues le dieron donde más les jode a los vecinos del norte; En el alcohol. Subieron tanto las tasas y los impuestos sobre el vino de Burdeos, que los hijos de su majestad no podían permitirse importar ni un barril para todas las tabernas del centro de Londres. Y ya saben que si la vida en el siglo XVIII era perra, con el aparejo seco se hacía casi invivible. Fue entonces cuando su majestad de la Gran Bretaña, y sus secuaces tocados con pelucas empolvadas de talco miraron a su alrededor, decidiendo que ya era hora de aprovecharse de sus aliados portugueses, que ya estaba bien de llevar tres siglos arrimándoles el codo y de no sacar nada en claro. Y allí que se fueron.

          El caso es que las bodegas de vino de Oporto─ o de Porto─, se convirtieron en el almacén de Inglaterra, llegando a las Islas el mejor vino del país Luso. Pero como siempre, hubo un problema. Con los largos viajes y los cambios de temperatura el vino se estropeaba. Sería entonces cuando alguien decidió─ no sé si por acierto o por fortuna─, echar  una proporción de brandy en las barricas mientras el vino aún no había terminado de fermentar. El vino se conservaba en su estado durante mucho más tiempo, alcanzando además un mayor porcentaje de alcohol por barrica, así como el sabor dulce que hoy reconocemos al abrir cualquier botella de esta bebida. Esto se debe a que el vino cuenta con un gran remanente de azúcar que no se consume, pues al añadir el licor se frena en seco la fermentación del caldo. Así, con ese nuevo sabor y esa nueva robustez, el vino de Oporto ─o de Porto─, se hizo muy famoso y apreciado en las islas. Y con el tiempo, en el mundo entero.

            Hasta que como suele suceder con la gallina de los huevos de oro, el negociante se ciega y su avaricia hace que le salga el marrano mal capado. Los comerciantes lusos se percataron de que aunque la cosecha fuera mala, sus aliados ingleses les quitaban las existencias de las manos pagando por él lo que a ellos les saliera del cimbrel pedir. Por ello mismo un día tuvieron a bien adulterar el vino en cuestión, rebajándolo con agua y cobrándolo al mismo precio, y claro, los chicos del Imperio se lo tomaron a mal. El asunto no era nuevo desde luego, Quevedo ya tuvo sus más y sus menos con la justicia de Madrid durante el reinado de los Austrias, cuando regaló alguna que otra cuchillada y varios votos a tal al tabernero de turno, tras percatarse de que éste le había rebajado el Jumilla con más agua de lo habitual.

            Fue entonces cuando el rey de las Inglaterras y sus secuaces, dieron un tirón de orejas a las autoridades portuguesas. Éstos, como solícitos lameciruelos se pusieron manos a la obra para solucionarlo, y así fue como el futuro Marqués de Pombal, junto al Rey, crearon una cédula por la que se aprobaba la creación de la Compañía General de Agricultura de los Viñedos del Alto Duero. Empresa monopolista de los vinos de Porto. Esta compañía contaba con unos trabajadores a sueldo del rey, los cuales hacían inspecciones por las mejores bodegas, marcando éstas con unos grandes hitos de piedra que se podían ver desde el río, siendo ellas consideradas las mejores, y por tanto, las elegidas para exportar a Gran Bretaña. Dejando los restos, los vinos aguados, y los que no llegaban al nivel de la denominación de origen para el consumo local.

            Evidentemente la cosa no quedo así, conociendo el carácter ibérico imagínense la situación. Nos podrán matar de hambre, mandarnos a guerras que no son nuestras y molernos a palos, pero el vino, el vino, vive Dios ni tocarlo, y mucho menos para dárselo a esos estirados y arrogantes salmonetes ─así se denominará a las tropas inglesas durante los siguientes siglos, debido al color de sus uniformes─. Asique llegado el 23 de febrero de 1757, los taberneros, los productores no seleccionados por la denominación, y los bebedores del caldo de ínfima calidad se lanzaron a las calles de Porto con una consigna clara; Verdes las iban a segar.

            Se juntaron y fueron hacía la casa del juez del pueblo, donde arrasaron su casa. A él se lo llevaron con ellos para que fuera participe de la fiesta ─curiosamente al encontrarse indispuesto tuvieron que cargar con él en una silla─. Siguiendo el recorrido llegaron hasta la Rua do Châ, donde se encontraba la casa del regidor, al que amablemente se le exigió la suspensión de la compañía. En ese preciso momento, uno de los criados disparó contra los amotinados, y éstos, ciscándose en la familia más cercana del criado y del regidor, sacaron a pasear las navajas de dos palmos de sus fajas. De poco servían ahora las buenas palabras y el intento de templanza, sin vino y con plomo de por medio comenzó una fuerte revuelta en la zona, a lo que inmediatamente se unieron los saqueos de la casa del regidor y del secretario de la compañía.


            A pesar de todo la situación parecía controlada, y la calma se hizo presente en los días posteriores, pero cinco días después llegó un enviado real desde Lisboa, con orden de abrir una investigación sobre lo acontecido la jornada del motín. La llegada del chupatintas lisboeta hizo que de nuevo se caldearan los ánimos, y se produjera un segundo motín, que esta vez sí, fue sofocado violentamente por el ejército acuartelado en la ciudad. Se produjo la deteniendo a cuatrocientas sesenta y dos personas, siendo veintiséis de ellas condenadas a muerte pública, acusadas por crimen de infamia real. Los vistos como culpables por la justicia lusa fueron ajusticiados por ahorcamiento y decapitación, y sus cuerpos inertes fueron repartidos por las calles donde tuvo lugar el motín, a modo de escarnio para la población. Siguiendo en pie la Compañía ─lo que hoy es, la D.O vinho do Porto─, y los ingleses, por supuesto, siguieron recibiendo el mejor vino dulce del lugar, mientras que la población además de puta y apaleada puso la cama. Como de costumbre. 

miércoles, 25 de noviembre de 2015

EL ENANO DE TRAFALGAR

               
                Gabacho, cuarentón, marino, científico, medio metro ─o menos─, con mala catadura y peor jaez. Un marinero tan valiente como peligroso, en lo de la honradez no entraremos, pues en el momento y la situación que trascurre el asunto ser honrado era sinónimo de ser idiota, y en Trafalgar no estaba el aceite para freír tortillitas de camarón. Bastante era ya poder vivir lo suficiente para sacarle las tripas a un inglés más antes de que te picaran el billete.

          Veintiuno de octubre de mil ochocientos cinco. Una furibunda tempestad azotaba violentamente el Golfo de Cádiz y a todos los que en él se encontraban, fue entonces cuando Villenueve, el almirante, ordenó a la escuadra franco española abandonar el puerto de Cádiz para enfrentarse a las fuerzas de la Pérfida Albión. El choque sería un poco más al sur, cerca de lo que hoy es un faro perdido en mitad de una zona de veraneo; Cabo Trafalgar.

            La historia es conocida; Villeneuve y Dumanoir demostraron no tener ni idea de dónde, ni cuándo se jugaban los cuartos, y tras meter la pata hasta el corvejón los hijos de la Gran Bretaña nos dieron la del pulpo y la de su primo. Pero la batalla, que fue desigual por muchas razones dejó detalles y personajes curiosos para la posteridad. Y al abajo firmante le apetece hoy ir tras el rastro de uno de estos tipos.

            Ya hemos dicho que era gabacho, de Marennes. Su nombre; Jean Jacques Lucas, capitán del Redoutable, navío de línea de segunda clase. Bandera francesa, dos cubiertas y setenta y cuatro cañones, que antes de la batalla se reconvertirían en setenta y ocho. Una perita en dulce para cualquier marinero experimentado, y el enano lo era. Casi veinticinco años en el mar, casi un cuarto de siglo de mili a cuestas, y vivo.

            Napoleón Bonaparte, le petit cabrón, ya andaba detrás de asarles las asaduras a los ingleses. Lo había intentado un par de veces con diferentes suertes; en Algeciras salió bien parado, pero en Finisterre al Corso le salió el marrano mal capado, y vociferó a los cuatro vientos que como estratega en tierra firme era un filigrana, pero que habiendo agua de por medio fallaba más que una carabina de feria. Ahora de nuevo se veía en el agua y con el mismo inútil que en Finisterre al mando, el almirante Pierre Charles Silvestre de Villeneuve, un tipo con el nombre tan largo como su lista de fracasos profesionales. Pintaban bastos, pero que le vamos a hacer se dijo le petit Corso. El enano Lucas que se olía el percal, conocía las naves inglesas y era consciente de que a base de zurriagazos desde lejos no tenían nada que hacer. Sabía, sin embargo, que la única forma de salir más o menos airosos de la encerrona era en la distancia corta, el cuerpo a cuerpo tras un abordaje. El enano miró a su alrededor, más de seiscientos hombres de los cuales apenas un puñado eran profesionales, viejos marinos, perros de presa. El resto lo formaban una mezcla de pordioseros, borrachos y mendigos que habían sido alistado a la fuerza en las calles de Cádiz. Mal asunto.

            Ya en batalla, la extensa línea de los buques franco españoles se preparaba para cañonear al enemigo mientras se acercaban a ellos. Por su lado, el almirante Horatio Nelson mandó formar en dos columnas para cortar la línea enemiga por el centro, buscando la perpendicular. En la primera columna iría él y su Victory en cabeza, en la otra haría lo mismo Collingwood con la Royal Sovereign. Evidentemente, los ingleses a pesar de comer pólvora y balazos por un tubo por la parte de proa, consiguieron cortar la línea. Su idea era colarse entre el Santísima Trinidad ─la joya de la armada española, con cuatro puentes y ciento treinta y seis cañones─, y el Bucenture ─el buque insignia francés─, pero finalmente se desvió, deslizándose entre el Bucenture y el Redoutable mientras el enano y su tropa observaban cómo se producía la maniobra. Pensando que ya es mala leche, que con todos los barcos que hay les haya tocado a ellos el gordo.

            Aún no había empezado la fiesta especial de pólvora y sangre, cuando el enano Lucas vio por el rabillo del ojo que el almirante Villeneuve estaba más perdido que Fernando VII en una biblioteca, y como Dumanoir y su Formidable huían como las ratas, sin haber soltado ni un mísero cañonazo. ─Filsdeputain─ masculló el enano, mientras ordenaba a sus hombres que le dieran marcha al cañón con cureña y aparejos. Se giró para gritar al otro lado del barco, pidiendo que subieran del antepañol todos los cartuchos cargados de pólvora que hubiera. Los iban a necesitar. Mientras impartía órdenes, el enano, intentaba que la proa de su barco estuviera cerca de la popa del Bucenture, evitando así que el Victory con Nelson se les metiera en medio y les barriera las velas en cuestión de segundos.

            Poco antes de que el inglés metiera su proa entre los dos barcos franceses, los del Redoutable le dispararon un cañonazo que sacudió en el velacho del Victory, lo que le hizo perder el palo de mesana. El inglés se mosqueó bastante ─con razón─, y enseguida  disparó una andanada importante de zurriagazos que dejó al Bucenture listo de papeles, escupiendo humo negro y espeso que cubriría toda la zona de inmediato.

            Ahora estaban en el punto que el enano Lucas quería, cortada finalmente la línea el enano se jugó el todo por el todo, gritando a sus hombres que en cuanto las bordas de las dos naves se tocasen saltasen al interior del Victory. Que no tuvieran piedad. Entretanto los chicos del enano Lucas descargaron toda la fusilería ─doscientas granadas incluidas─ contra los hombres de Nelson, que veía ofuscado y furioso como un grupo de pordioseros y un enano estaban haciendo chacina a sus hombres. La cubierta se cubrió de cadáveres, parecía un desierto rojo, todo olía a sangre fresca, y la pólvora vertida al aire arañaba los ojos de los presentes.

Cuando la nube de pólvora y humo negro se disipó, desfigurándose en el horizonte, uno de los pocos oficiales ingleses que seguían de una pieza a esas horas ─un tal Hardy─, se percató de que Horatio Nelsón, su almirante, el mayor héroe de la historia de la marina inglesa se deshacía como un azucarillo en una taza de té a las cinco de la tarde. Un tirador francés, a cargo del enano Lucas, le había descerrajado un disparo certero que le había destrozado la columna vertebral. Orbuá le dijo el enano, y en esas estaba cuando vio como el Temeraire ─un buque inglés de tres puentes ─ acudía en ayuda del Victory y de su almirante. ─Merde-. El recién llegado nada más plantarse ante el buque del enano, soltó sobré él y sus chicos toda la fuerza mortal de sus cañones; zrasca, zrasca, zrasca… y de pronto varios catacrac… El resultado de la última andanada fueron doscientos marineros muertos y decenas de heridos, entre ellos el enano Lucas, que se defendía como buenamente podía entre la charcutería flotante que era el Redoutable en esos momentos. Reorganizó a los fusileros que le quedaban en pie y lanzó una última carga de pólvora contra el buque inglés.

De poco sirvió la última pataleta, pues el Temeraire volvió a hacer tronar sus cañones una vez más. Todo terminó cuando el palo y la cofa mayor, y los masteleros que por allí se movían, cayeron dentro del buque inglés. Mientras, los marineros avisaban al enano de que una parte del barco estaba ardiendo, y el resto acribillado a cañonazos. Lucas decidió entonces rendirse, cabeceando hacía ambos lados y ciscándose en los hijos de la Gran Bretaña. Le habían dejado el barco hecho unos zorros.

Seiscientos marineros muertos a bordo del Redoutable que se hundió al día siguiente, el enano y los poco más de sus cien hombres que quedaron con vida fueron llevados presos a Inglaterra. A pesar de ser el encargado del grupo que se había cepillado al almirante Nelson, no estuvo mucho tiempo en cautiverio ─en las filas inglesas también existían las rencillas, las envidias y los trepas, y seguro que alguno con ganas de figurar le agradeció que le quitaran de en medio el duro hueso que era Nelson─.


En 1806 estaba Lucas ya de nuevo en Francia, y en mayo de ese mismo año Napoleón decidió que lo iba a recibir en Saint Cloud. Lucas asistió sin saber muy bien a que acogerse. Como todos, conocía los caprichos del Corso, y sabía que tan pronto podía hacerle de su camarilla de palmeros, como mandarlo a censar gatos al este de Prusia. Finalmente, al petit Cabrón pareció hacerle gracia que un hombre más pequeño que él hubiese puesto patas arriba la enseña de la marina inglesa, y además de postre se hubiera cepillado a Nelson. Tras colocarle la Legión de Honor, le dio el mando del navío de línea Regulus y un par de palmaditas en la espalda ─que esta vez sí le pillaba a la altura─. Con el nuevo navío el enano Lucas siguió sacudiéndoles la badana a los británicos, pero eso ya es otra historia. 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

SOBRE EUFEMISMOS Y SINVERGÜENZAS

          
          Leo ─diría que estupefacto aunque sería falso, por lo prolijo y repetido de este tipo de noticias─ que el Ministerio de Fomento español y el departamento encabezado por la ministra del ramo, adjudicó a dedo decenas de obras públicas que ya estaban incluidas con anterioridad en otras licitaciones ─es decir, que se pagó dos veces por un mismo servicio─, y que éstas llegaron a tener un sobre coste final de más del cincuenta por ciento de los calculado en un primer momento. Mueca de enfado que se difumina con el primer sorbo de café mañanero.

Como les digo, leía el titular y la noticia con aguante estoico, una ruina más, otra a sumar a la lista, un marca a mayores en la columna del debe de esta panda de golfos apandadores con valija diplomática y coche oficial. Suspiro profundo y mutis por el foro que escribirían en un libreto de teatro. Pero ese día no fue así, esa mañana no aparté de mí el periódico para dedicarme a otras cosas. No. Ese día seguí leyendo, y a continuación abrí una de las publicaciones locales del lugar donde me encontraba. En portada y en las principales páginas del interior, se anunciaba a bombo y platillo como los políticos y periodistas locales aplaudían el despliegue de las alcaldías de Palencia y León en pleno, y del ministerio de fomento en parte. Las fotografías a todo color mostraban como estos se paseaban entre las dos capitales a bordo de lo que se supone es otro logro de la modernidad; una nueva línea del ferrocarril de alta velocidad. O más bien de semi alta velocidad.

            ─Pensé─ Aún no se ha aclarado nada del trágico accidente de uno de estos trenes de semi alta velocidad en A Grandeira, y ya se ha inaugurado con todo boato una nueva línea con las mismas características y, supongo, con los mismos fallos y errores que la de Santiago. Supuse con pesar que en según qué ocasiones no se aprende en pellejo ajeno, que no siempre a la fuerza ahorcan. Al continuar avanzando sobre la noticia observé que a pesar de las ofertas económicas iniciales, a partir de navidad lo que sí parecerán de alta velocidad serán los precios. Precios elevados para tramos semi acondicionados debería haber sido el titular. La historia de siempre, mientras las líneas económicas de regionales o Talgo se van por el sumidero, y con ellas las posibilidad de viajar en tren de una amplia cantidad de españoles ─el servicio es caro, carísimo─, las flotas de autobuses que en un primer momento pensaban que el negocio tocaba a su fin, han de aumentar servicios para que todo el mundo pueda hacer el mismo recorrido en el doble de tiempo, mientras, decenas de nuevos y perfectos trenes viajan casi vacíos.

            Pero no quedó ahí la cosa. Al llegar a política nacional de nuevo aparecen los ferrocarriles como noticia. Una individua contesta a una entrevista satisfaciéndose de que Renfe ha llegado a un convenio con Telefónica ─con quién sino─ para adaptar una red wifi en los trenes de alta velocidad. Red que además se extenderá a algunas estaciones de ferrocarril en Madrid y Barcelona. A punto estuve de levantarme entusiasmado de la mesa y asomarme al balcón gritando ¡Monorraíl! ¡Monorraíl! Pero me contuve y busqué más información en las páginas de Renfe.

Vaya, sorpresa, lo que no contaba la noticia anterior es que ese gran despliegue de wifi gratuito solo se instalará de momento en la estación central de Getafe. Suponiendo que el lugar elegido sea en el andén, el asunto nos deja con la idea de que el magnífico servicio tendrá una utilidad mínima, por no decir estúpida. Sin embargo, lo que sí cuenta la noticia es que el servicio le costará al Estado ─a usted y a mi─ más de cien millones de euros. Cien millones en wifi en una estación de ferrocarril y en varios trenes. Mientras, los billetes son prohibitivos y aún siguen sin presupuestarse las obras para dotar a las instalaciones de señalizaciones y frenos automáticos que eviten accidentes como el de A Grandeira. Siguen sin eliminarse los peligrosos pasos a nivel con barrera del centro de algunas ciudades. Eliminándose ─cuando por fin se hace─ de mala manera, como en el caso de Valladolid y su barrio de La Pilarica, donde se cerró un paso subterráneo para abrir otro más seguro pero que aún no ha comenzado a construirse. Evidentemente, las protestas de vecinos y comerciantes que se veían incomunicados durante años no se hicieron esperar, lo que llevó al ministerio y a Adif a crear una circense e insegura plataforma que sirve para salvar las vías y su incompetencia congénita.

            Claro que a todo esto pienso que ya estamos en campaña electoral, y comienzo a comprender ciertas actitudes y discursos cargados de eufemismo y sinvergonzonería. Como los que los verdaderos culpables del accidente de Santiago recitaban en la inauguración del nuevo tramo de semi alta velocidad. Lo hacían como si los ochenta y un muertos no fueran con ellos, como si las mordidas y las coimas de sus amiguetes empresarios ─ que curiosamente se llevan todas las obras de todos los ministerios─ no tuvieran nada que ver con ciertos puntos negros de la geografía española, como si con culpar al conductor de todo fuera suficiente. Aunque aquí he de reconocer que les salió el gorrino mal capado, lástima. Pues el conductor sobrevivió al desastre y ahora se revuelve, y con razón. También se revuelve la mutua de seguros que no quiere aflojar la guita. El conductor según parece será declarado culpable por un juez ─estos también quieren hacer carrera─ de la Audiencia nacional de A Coruña, uno de esos que revocó la imputación presentada en un primer momento sobre doce dirigentes de Adif y Renfe por el juez de primera instancia de Galicia. Lo que no contarán los periódicos después de la sentencia es que el conductor no tendrá dinero para hacer frente a la multa, que se declarará insolvente, y que entonces será el Estado como responsable civil subsidiario el que tenga que hacerse cargo de los gastos ─es decir, usted y yo─. Y todo esto para cubrir las espaldas y los puestos de sus amiguetes y de los políticos que no hicieron bien su trabajo, ya sea por inutilidad o por egoísmo.


            Para terminar de rizar el rizo recordé un post que unos días atrás, había colocado en una conocida red social un cachorro del clan de los Genoveses del norte. En él, aclaraba con cierto triunfalismo ─no olvidemos la pre campaña electoral, o lo que coño sea que vivimos─ que el gobierno había puesto wifi gratis en los trenes. Es curioso el asunto, ese gobierno es el mismo que tras el accidente de A Grandeira se llenó la boca diciendo que la falta de control de velocidad, de señales visibles, de frenos automáticos, y de vaya usted a saber cuántas cosas más era culpa de Adif y solamente de Adif, que a ellos eso no les incumbía en nada. Cosas de la vida, ese mismo gobierno que antes no quería saber nada del accidente ni de los muertos, ahora se felicita porque regala wifi gratis en los mismos trenes que hasta hace un mes no les incumbían para nada. Adif fue el culpable de todo, ahora no es más que un mal necesario para llenarse los bolsillos y hacer campaña. Supongo. 

jueves, 5 de noviembre de 2015

PREMIOS HADES: BENITO SOTO ABOAL. EL ÚLTIMO PIRATA ESPAÑOL.

          El pasado día uno de este mes se publicó en la revista Hades mi artículo titulado BENITO SOTO ABOAL, EL ÚLTIMO PIRATA ESPAÑOL. Que recibió el accésit en el concurso del año 2015 promovido por la propia revista y Cemabasa para su número 13.






En breve, cuando esté disponible la versión digital la colgaré aquí.

BENITO SOTO ABOAL. EL ÚLTIMO PIRATA ESPAÑOL.

Pontevedrés, el séptimo hijo de catorce hermanos, analfabeto pero espabilado, cruel, sanguinario y arrogante. Fue un pirata en toda regla, sin romanticismos ni medias tintas. Su nombre, Benito Soto Aboal, el único pirata español que llegó a hacerse famoso en los mares bajo la bandera negra. Y además, considerado como el último pirata a gran escala de la historia. Un buen pájaro, hablando en plata.
Ya de jovencito se dedicaba al contrabando en su tierra, pero con dieciocho años la costa gallega se le quedó pequeña, y partió con destino a Cuba. Llegó finalmente a El Caribe en 1823. Con 23 años se embarcó en un navío corsario de bandera brasileña que trabajaba como barco negrero-un bergantín de diecisiete cañones y bautizado como El defensor de Pedro-. A pesar de navegar en los primeros tiempos bajo una patente de corso-ya saben, un papel firmado por el rey de turno, que permite saquear a todo barco con bandera de un país enemigo a cambio de un tanto por ciento para el rey firmante-, con la cual se dedicaba a rascarle las asaduras a los barcos de la República de Buenos Aires, mientras llevaba esclavos negros desde África a Brasil.
Pronto, las ganas de poder florecieron entre el gallego y sus seguidores de a bordo. Fue entonces, cuando el capitán del bergantín y sus hombres decidieron quedarse en puerto, temiendo un motín próximo a bordo encabezado por Soto Aboal. Así era, pues el motín estaba preparado, aunque finalmente no fue necesario llevarlo a cabo. Rápidamente, el pirata español se hizo con la capitanía del bergantín El defensor de Pedro, que de inmediato fue rebautizado como La Burla Negra. No contento con esto, Benito Soto Aboal ordenó primero encarcelar y luego asesinar a su segundo de a bordo, compañero en el motín y a la vez enemigo. Fue así como comenzó a fraguarse la historia primero y más tarde la leyenda del último pirata.
Tras hacerse con el dominio completo del bergantín y de la tripulación, el aún corsario Soto decidió apartar de sí la patente de corso del gobierno brasileño, y comenzar su labor de asalto como un pirata más. Su primera víctima, tenía bandera inglesa, fue una fragata mercante llamada Morning-star, seguida por una fragata norteamericana de nombre Topacio, donde se hizo con un buen botín. Saqueó, acuchilló a todos sus tripulantes, y hundió la fragata al abandonarlo. Demostró a todos sus seguidores su sadismo por vocación y dejó claro que no aceptaba ninguna traición, para ello mandó asesinar a algunos de sus tripulantes que no comulgaban con sus sangrientos abordajes. Siguió con su campaña de saqueo con otro bergantín inglés El Britckbarca, entre Las Azores y Cabo Verde, y cerca de las Canarias pasó a cuchillo la fragata y a toda la tripulación -también inglesa- del Sumbury. Hizo lo mismo con todas las embarcaciones que se fueron cruzando en su camino, hasta llegar a la costa de A Coruña, donde falsificó la documentación del bergantín y vendió a buen precio todo el botín conseguido en sus sangrientos abordajes.
Pero claro, toda historia tiene su aquel, y esta lo encontró en la costa gaditana. Pues el pirata Soto Aboal y su Burla Negra, se dirigían a la costa de Berbería a vivir de las rentas y del temor infundido por su fama, cuando como si de un grumete se tratase, cometió un error de bulto, tanto que parecía nuevo en un barco. Pues al bordear la costa gaditana, confundió el faro de la Isla de León con el de Tarifa, y acabó encallando a tiro de piedra de donde ya había abierto sus puertas el Ventorrillo del Chato. Allí, las autoridades de Marina hicieron la vista gorda en un primer momento, hasta que un marinero inglés que había sufrido en uno de sus violentos abordajes lo reconoció paseando por la ciudad de Cádiz, siendo finalmente detenido junto a alguno de sus hombres. Todos ellos fueron encarcelados salvo el capitán Soto Aboal, que consiguió escapar de Cádiz y refugiarse en Gibraltar, donde sería detenido poco después.
La suerte que hasta entonces había sonreído al pontevedrés, se le acabó en la colonia inglesa. Pues conociendo el historial del español, y su obsesión por atacar barcos ingleses, sus captores se frotaron las manos pensando en el futuro que le esperaba al español. Pasó diecinueve meses encarcelado en el Peñón, mientras sus antiguos compañeros eran ejecutados, exponiendo sus cabezas en Cádiz. Intentando así Fernando VII, hacer valer su entredicho poder ante los liberales de Cádiz, que habían cometido el error de crear la primera constitución española, mientras él regalaba el trono y el país a los hermanos Bonaparte.
La ejecución por ahorcamiento de Benito Soto Aboal, no fue menos curiosa que su vida. Fue el 25 de enero de 1830, la lluvia que caía sobre Gibraltar empapaba al reo, al cura, al verdugo y a la gente que esperaba el ajusticiamiento junto al cadalso. El gallego vestido de blanco absoluto, recorrió a pie la distancia desde la cárcel, situada en El Castillo del Moro, hasta su lugar de ejecución. Como buen gallego, rudo y sin aspavientos acogió su culpa, y se acercó a la soga que el verdugo había colocado demasiado alta. Soto Aboal, ni corto ni perezoso, acercó el ataúd, su propio ataúd que ya lo esperaba, y subiéndose en él introdujo su cabeza en la horca, saltando después rápidamente para que la muerte llegara cuanto antes. Pero de nuevo el verdugo calculó mal, y el reo llegó con sus pies al suelo, teniendo que hacer el ejecutor un agujero en el suelo con una pala, entre las risas generalizas del personal que esperaba la muerte del preso. Las últimas palabras de Benito Soto Aboal, no fueron de reproche, ni de perdón, simplemente dijo “Adiós a todos, el espectáculo ha terminado”. Tal vez por aquel entonces, el poeta José de Espronceda, admirador y contemporáneo de Soto Aboal, ya hubiese comenzado a escribir su conocida obra La canción del Pirata, que le dedicó.

miércoles, 14 de octubre de 2015

ALÍ BABÁ Y LOS 212 SENADORES

                
               La noticia es de hace unos meses, pero por desgracia-no para los protagonistas, sino para los secundarios, que somos los que pagamos el pato-, el asunto se repite tanto que podría haber sido de hoy mismo por la mañana. Tengo la imagen que fue portada de un periódico de tirada nacional ante mí, para inspirarme mientras hundo tecla, o para encabronarme. Un poco de todo.

            Eran las once y cuarto de la mañana de un jueves más dentro del curso político, y sus excelentes y holgazanas señorías, aún no habían asomado por el Senado sus honestas y paniaguadas narices ni para decir que hay de lo mío. Algo que me temo, es más habitual de lo que se cuenta en algunos medios de comunicación. Pero hasta en eso hay amiguismo. Ya saben, el senador tal, que le dice al periódico o al periodista de turno-no todos pasan por el aro, ni por todo el oro del mundo. Aún quedan grandes profesionales, por suerte-; oye no me jodas, no vayas a sacarme el senado vacío todos los días, que el pueblo este no entiende de nuestras necesidades y lo mismo se piensan que somos uno vagos que te rilas, y comienzan otra vez con la matraca de que el Senado no vale para nada, que hay que eliminarlo y tal… y a ver qué hacemos con los amigos, y demás paquidermos políticos que se han quedado para el arrastre después de las últimas elecciones. Y lo que te rondaré morena.

            Hágase a la idea querido y avispado lector. De los doscientos sesenta y seis senadores que ocupan-o deberían- el hemiciclo a diario, el fotógrafo captó tan solo a cincuenta y cuatro. Poco más de un veinte por ciento del aforo. Una de las estafas mejor trabajadas, casi tanto como la zona azul, ya saben, hacer un aparcamiento privado en mitad de la vía pública, cuyo mantenimiento además pagamos entre todos.

            Miraba después-para seguir encabronándome un poquito más- el presupuesto que el estado designa a estos grandes trabajadores, merecedores todos de la medalla al trabajo y de las vacaciones en hotel ilegal con todo incluido. No solo me asombran sus sueldos, de catorce pagas y alojamiento incluido-incluso a los que atesoran varias viviendas en Madrid-, sino que hay algo que me hurga bastante más las asaduras, algo como son los viajes gratuitos y semanales a diferentes ciudad que no son la suya- Es decir, no solo tiene derecho a viajar cada fin de semana y fiestas de guardar a su casa a cuenta del contribuyente, sino que pueden irse de vacaciones a donde les salga del cimbrel-al estilo Monago-, y se lo pagamos entre todos. Eso sí, no se les ocurra pedir cuentas, porque además los viajes y los gastos de los senadores son secretos. Como mucho, y  prácticamente haciéndote un favor, alguien te dice que el Senado de todos los españoles, se gasta más o menos, un millón y medio de euros en viajes de senadores cada seis meses. Un presupuesto más que importante para personas que-en muchos casos- no saben ni donde tienen su puesto de trabajo.

            Muchos pensarán por lo anterior, que el Senado español no sirve para nada, que todos los que disfrutan allí de unas vacaciones perpetuas con pensión vitalicia-y que cuyo mayor mérito en muchas ocasiones ha sido no conseguir ganar unas elecciones locales o autonómicas-, deberían irse a su casa y cerrar el garito. Pues no, se equivocan, pues el Senado es la mayor obra de beneficencia para aquellos que no han sido capaces de conseguir lo que se esperaba de ellos, y que sin embargo se llenan la boca dando consejos laborales, de honestidad y moral. Ya saben, el premio de la patada hacía arriba. Cuanto mayor es el peso del nombre del tipo o de la tipa en cuestión, y más amplia la capacidad del mismo o de la misma para estorbar en el buen-o mal- hacer de un partido o de una empresa, solo queda una opción; el ascenso inmediato. El colocar al tipo o a la tipa en el puesto de mayor relevancia, pero donde menos decisiones deban tomar. Y así es como acabamos sufriendo a todos los estómagos agradecidos que no saben hacer otra cosa que vivir del dinero público.


            Este cementerio de elefantes políticos podría ser hasta útil, algunos políticos incluso se escudan en que es necesario tener allí a los cadáveres políticos de todos los partidos, colores e ideologías-los que la tengan, que son minoría-, pues su gran y dilatada experiencia, debería ser útil para el buen devenir de las decisiones de un país. Así debería de serlo al menos en la práctica, pero la realidad dista mucho de ello. El Senado, además de ser un trabajo para políticos a media jornada y de caraduras a jornada completa, se ha convertido en el último clavo ardiendo al que se agarran todos los políticos imputados en la larga lista de casos de corrupción que cubren el país, como antiguamente lo hacían los árboles que devastaron para sus presuntos pelotazos urbanísticos. La cueva de Alí Babá moderna y a la vista de todos; calle Bailén, número tres. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

RELATOS CORTOS EL VIAJERO 2015

Portada de El Viajero del 11 de septiembre de 2015.

El pasado 11 de septiembre de 2015, el suplemento de viajes del diario El País y sus lectores, tuvieron a bien concederme el cuarto puesto en su concurso de relatos cortos. El relato fue publicado en las páginas de dicho suplemento y en su página web con el título de Vuela la mariposa, aunque en su interior se puede observar su título original; Borboleta. Espero que lo disfruten.




 Dirección web:

Votación final:

jueves, 10 de septiembre de 2015

REPÚBLICA INDEPENDIENTE DE LA BOCA

            Si, Buenos Aires es sin duda la ciudad del oxímoron, pero hay una parte dentro de ella que lo representa en todo su esplendor. Lo notas en cuanto cruzas su frontera natural, hacía la altura del antiguo parque de Lezama, germen de la ciudad, mientras te internas por la avenida almirante Brown. Donde todo comienza a volverse azul y amarillo.

            Va más allá de la zona de Caminito, y sus alrededores, una especie de reserva turística en el corazón del barrio arrabalero, boquense, y sin duda uno de los más porteños. Pues fue uno de los primeros lugares con alma, donde comenzó a levantarse, a construirse el Gran Buenos Aires que hoy conocemos. Poco más allá, de donde hoy se levantan los edificios coloridos, llenos de suvenires, y de parrillas, se enfrentan a la vida las primeras villas, las primeras chabolas mal ensambladas, las primeras favelas a lo argentino. Villas que se expandirán hacía el este, durante más de setenta quilómetros, casi hasta la puerta de la ciudad de La Plata. Esa Boca real, que nadie fotografía, ni narra a la vuelta de sus viajes. Pero que está ahí, y que sería demasiado peligroso visitar sin aceptarlo, dándoles la espalda y solo fijando nuestra vista, nuestro objetivo fotográfico sobre el tango y el folklore. Porque ellos son sus verdaderos habitantes.

            Corría el año 1882, cuando en el corazón de La Boca estalló un conflicto laboral, que desembocó en una prolongada huelga obrera. Los habitantes de La Boca, pedían más derechos sociales y políticos. Las negociaciones con el gobierno de la ciudad se enquistaron. Fue entonces cuando un grupo de habitantes del barrio boquense, en su mayoría de origen genovés, se sublevaron. Declararon el barrio independiente, no solo de la ciudad de Buenos Aires, sino de toda Argentina. Según ellos, se inspirarían en la idiosincrasia de la República de San Marino, que ellos, como italiano conocían tan bien.

            Izaron incluso su propia bandera. Una bandera Argentina normal, la albiceleste, sobre la que podía verse una cruz blanca, perteneciente al escudo de armas de la casa de Saboya, coronada por  un gorro frigio. Es curiosa la mezcla, pues a la bandera del país, le añaden las armas de la monarquía italiana, pero lo rematan todo, con el tocado republicano por excelencia. El gorro que porta siempre la Marianne, en todas las alegorías de la república. De nuevo el oxímoron se presenta en la ciudad, en el barrio.

            Incluso la leyenda local narra, que los republicanos de La Boca, se pusieron en contacto con Humberto I de Saboya, a la sazón rey de Italia en aquella época. De esto último no hay constancia documental. Ni en los diarios, ni en los archivos de la policía. Lo que indica que aunque la República Independiente de La Boca existió, no llegó a sostener tanta fuerza como la leyenda le ha dado. De hecho, su independencia duró exactamente veinticuatro horas. Cuando el presidente de la nación, Julio Argentino Roca, se personó en el barrio independentista, con su escolta militar, y abortó lo que él y su gobierno consideraba una locura.

        Pero el germen quedó allí, y aunque ya nunca más se volvieron a ver tendencias independentistas en La Boca, quedó para siempre impreso, el carácter de ser una zona más allá de Buenos Aires, con un temperamento diferente. Algo, que sigue atrayendo a millones de personas al año. Que sirve de chanza y divertimento para sus habitantes. Pues a día de hoy, la Boca ya vive su Tercera República Independiente. Entre 1904 y 1906, nació la primera, que en realidad debería de ser la segunda. Conocida como los contreras de Quintana, en la que los habitantes se unían para realizar protestas y conciertos, contra del presidente Quintana, al que apodaron el Quiquiriquí. Y que fue el político que más reprimió a los obreros del barrio. Ya en 1923, el pintor de La Boca, Benito Quinquela Martín, retomó esta tradición, y fundó la segunda república independiente. Esta vez cultural, donde se unieron al pintor, otros boquenses ilustres como: Juan de Dios Filiberto, Bartolomé Gustavino, Bartolomé Botto…y muchos más, que eligieron como dictador vitalicio de La Boca a José Víctor Molina, y festejaron por las calles grandes fiestas y desfiles, donde se investían entre ellos, con títulos nobiliarios y cargos consulares en los barrios de la ciudad. Todo de forma rimbombante y con trajes pintorescos.

            La tercera república independiente de La Boca, se fundó en 1986, en la sede del periódico del barrio; Versiones de la Boca. Esta forma de gobierno, nace con la intención de conservar la historia y el folklore de La Boca. Con la idea de la construcción del Museo Histórico del barrio. Ese día, se repartieron medallas conmemorativas a personas que representan al barrio, o que lo defienden y lo dan a conocer por el mundo. Sean argentinos o no. Al mismo tiempo, la orquesta típica boquense entonaba el himno oficial y oficioso del barrio; Caminito. El tango de Juan Dios de Filiberto y Gabino Coria Peñaloza.

miércoles, 19 de agosto de 2015

LA CIUDAD MASÓNICA


«Hemos dado a la nueva capital el nombre del río magnífico que la baña, y depositamos bajo esta piedra, esperando que aquí queden sepultadas para siempre, las rivalidades, los odios, los rencores, y todas las pasiones que han retardado por tanto tiempo la prosperidad de nuestro país». Esta fue una de las frases pronunciadas por Dardo Rocha, gobernador de la provincia de Buenos Aires, y fundador de la curiosa ciudad de La Plata, cuando el 19 de noviembre de 1882 fue colocaba su Piedra Fundamental, en el centro geográfico de la misma. Hoy plaza Mariano Moreno.

La última parte de las guerras civiles argentinas, había enfrentado al gobierno provincial bonaerense y al gobierno nacional, por el uso único-hasta ese momento era capital federal y provincial-, como capital de la ciudad de Buenos Aires. La lucha la perdió el gobierno provincial, teniendo que abandonar la ciudad que desde ese momento se convertía en la Capital Federal del país.

 Dardo Rocha y sus chicos, tuvieron que buscarse un nuevo lugar para instalar el gobierno provincial de Buenos Aires, y es así como nace la nueva y llamativa urbe. Una ciudad que desde el primer momento dio atisbos de modernidad, y de ir muy por delante de las demás. Fue la primera ciudad de Latinoamérica que contó con alumbrado eléctrico, también tuvo el primer tranvía movido por el mismo método de funcionamiento. A todo esto, se sumó la instalación de la destilería de petróleo más grande del país, y una de los diez más grandes del mundo. No hay duda que la nueva ciudad contaba con un poder que iba más allá del de la provincia, un poder que hacía que todas las miradas se fijaran en la población del mapa trazado con escuadra y cartabón.

La traza de la ciudad, es un cuadrado simétrico que mantiene su forma desde el primer momento; está dividida por dos grandes diagonales que la cruzan de Este a Oeste, y de Norte a Sur. El rombo formado por las cuatro diagonales centrales forma una Vesica Piscis. Esto se intensifica más si tenemos en cuenta que la ciudad se diseñó en abstracto, es decir, cuando el arquitecto Pedro Benoit diseñó la ciudad, nadie sabía dónde iba a situarse. Ni siquiera como iba a llamarse, el nombre fue propuesto después por José Hernández,  el autor de la obra cumbre de la literatura argentina, Martín Fierro.

Lo cierto es que todos los personajes que hemos nombrado, y otros muchos que hemos omitido por no aumentar la extensión, y por no llenar la página de nombres y datos, eran miembros distinguidos de diferentes logias masónicas del país. Tanto es así, que el día de la puesta de la primera piedra, estuvieron presentes las doce logias masónicas que ayudaron en la construcción de la ciudad: "Unione Italiana", "Confraternidad Argentina", "Regeneración", "Tolerancia", "Luz y Verdad", "Caridad", "Abraham Lincoln", "Liberi Pensatori", "Unión", "Cárita", "Protectora de los Pobres" y "Progress". Y muchos de los miembros de las que se fundarían en la ciudad ese mismo día; "Luz y Verdad", "Spretta Uguaghanza", "Triunfo y Justicia", "Hijos del Universo"…y otras cuantas más. Aunque la que más destacó fue  La Plata No. 80”, fundada por el arquitecto de la misma, Pedro Benoit,

La masonería sigue muy presente en la ciudad de La Plata y en sus instituciones, no hay que olvidar que  Universidad Nacional de la Plata fue fundada en 1905 por el masón Joaquín Víctor González. Este organismo mantiene vivos sus puntos de vista sobre la sociedad y la política, mediante la Cátedra de Pensamiento Libre que funciona en las aulas de esta universidad. A pesar de esto, hoy en día solo son dos las logias presentes en la capital de la provincia de Buenos Aires, y  no son reconocidas oficialmente por el Gran oriente Argentino.

miércoles, 5 de agosto de 2015

LA CASA ESTÁ EN ORDEN, O CASI.


Fue un 19 de abril de 1987, solo tres años después del fin de la dictadura, el gobierno Cívico-Radical de Alfonsín se enfrentó al primer obstáculo de la democracia recién estrenada. Un obstáculo que si no era tratado con el suficiente tacto, sino se evitaba sin tocarlo, podría ser el último para la frágil democracia recuperada por los argentinos.

            Aquel domingo de Pascua pasó a la historia por muchas actitudes; por un presidente que se enfrentó cara a cara a los golpistas, por una plaza de Mayo repleta de argentinos, que arropados por su bandera apostaban por la democracia, por una amenaza militar grave hacía las personas que se situaban alrededores del acuartelamiento de Campo de Mayo, por una daga sobre la tranquilidad de todo un país, y por la posibilidad de despertar viejos fantasmas que aún estaban muy recientes. Pero sobre todo fue recordado por unas frases: ¡Felices Pascuas!...La casa está en orden, que tras la aparente claridad escondían un trasfondo, que pronto se demostró amargo para la población que había sido esquilmada durante los años de barbarie.

            Lo que no se sabía, aunque muchos se lo empezaron a temer en ese mismo momento, es que la casa no estaba tan en orden como se pregonaba desde el balcón de la Rosada, y que ese discurso que haría feliz a una nación preocupada -con razón- por lo que se estaba cociendo en los cuarteles, sería el principio del fin del primer gobierno democrático de la Argentina, que se jugaba todo tras la última y posiblemente más cruenta dictadura argentina; la de la de los centros de detención y tortura, la de la persecución de los estudiantes e intelectuales, la de los aviones sobrevolando el Río de la Plata con detenidos, la de los desaparecidos, la de la Guerra de las Malvinas.

            Desde que el gobierno encabezado por Raúl Alfonsín asumiera el poder el 10 de diciembre de 1983, la relación con los militares no había dejado de ser tirante, no era para menos, sabiendo de lo que se venía, y recordando quienes eran los que aun gobernaban con mano de hierro en los cuarteles argentinos. La relación empeoró más si cabe, después de que Alfonsín diera el que sería posiblemente el paso más importante para recuperar la democracia, castigar a los culpables, y no cerrar en falso la última dictadura militar. Cuatro días antes de  asumir, Alfonsín emitió un decreto para enjuiciar a todas las Juntas Militares que gobernaron el país desde el 24 de marzo de 1976, hasta la guerra de las Malvinas, en 1982. Además, ordenó la creación de la Conadep, un organismo que debería investigar y agrupar, todas las violaciones de libertad y actuaciones contra los derechos humanos llevados cabo por los militares en ese periodo de tiempo. Lo que a la mayoría de los argentinos les pareció una verdadera osadía y algo necesario, levantó rápidamente ampollas entre los militares argentinos de aquellos años, la mayoría de los cuales seguían en su puesto.

En septiembre de 1984, la Conadep presentó el libro que recogía todos los testimonios de las víctimas de la dictadura, llevaría el título de Nunca Más-a día de hoy sigue siendo uno de los libros más vendidos en Argentina-. Un año después –el 9 de diciembre de 1985-de que se hiciera pública la obra que dejaba al aire las vergüenzas de los últimos años argentinos, la Cámara Federal condenó a prisión perpetua a Jorge Videla y a Eduardo Massera, como máximos responsables de las fragantes violaciones de los derechos humanos de sus compatriotas. También encarcelarían con penas menores a otros jefes militares cercanos a ellos. Los argentinos estaban sorprendidos, no solo por la rapidez de las medidas, sino porque parecía que por una vez se hacía justicia. La buena actitud que presentaba el gobierno de Alfonsín ante los culpables de la dictadura, hacía que incluso se viera de mejor forma su inutilidad para salvaguardar la economía del país, que en esos años ya había comenzado su cuesta abajo.

            Pero al día siguiente de esta noticia, todo comenzó a complicarse. Alfonsín debió convencer a su propio partido para que le apoyaran en la aprobación de una nueva ley, que se denominaría “ley de punto final”. Esta aseguraba que el tema de las Juntas Militares no podía dilatarse en el tiempo de forma indeterminada, pues era un tema tan grave que no permitiría avanzar al país en otras cuestiones primordiales, es por ello que se darán sesenta días para que todas las personas que tuvieran que denunciar alguna violación, abuso, muerte o desaparición llevada a cabo por los militares lo hiciera dentro de esos días de margen, pues después no se aceptarían.

            Esto a los militares no les convenció, pues pensaban que tras el fin de la Conadep, y del encarcelamiento de los principales instigadores todo iba a quedar ahí. Pero en esos sesenta días las denuncias llegaron por miles, en ellas se acusaban a cabecillas militares, a cargos intermedios y a soldados rasos, de violaciones y crímenes contra la humanidad. Evidentemente esto alteró en sobremanera los ánimos en los cuarteles. El gobierno de Alfonsín viendo el revuelo milico, les prometió a estos llevar a la Cámara una proposición en la que se discutiera una futura ley de “obediencia debida”, por la que los militares de baja graduación que obedecían ordenes de superiores quedarían fuera de los juicios, pero la discusión de esta ley se dilataba en el tiempo, y en abril de 1987 estalló el conflicto.

            Desde tiempo atrás en las Fuerzas Armadas argentinas, se habían creado una especie de comandos con cierto carácter ultranacionalista, estos recibían el apelativo de Los Carapintadas- evidentemente el apelativo era por que llevaban sus caras tiznadas en negro-, en esos comandos estarían todos los cabecillas del futuro intento de golpe de estado. El detonante de la situación, fue que durante la  dilatada discusión sobre la “ley de obediencia debida”, fue llamado a declarar Ernesto Barreiro, el Mayor del servido de inteligencia del ejército, y miembro de Los Carapintadas. Barreiro se negó a acudir al juzgado que debería juzgarlo por tortura y asesinato, y se amotinó con otras ciento treinta personas en el Comando de Infantería Aerotransportada de la ciudad de Córdoba. El amotinamiento se repitió en el sur con Alonso, en el norte con León y en la Escuela de Infantería del Campo de Mayo en la provincia de Buenos Aires con el teniente coronel Rico. Era el Jueves Santo de aquel 1987.

            Los amotinados pedían al gobierno que hiciera dimitir a la cúpula actual de las Fuerza Armadas Argentinas, y a la vez, que los juicios que se esperaban contra los militares, se sustituyeran por unas condiciones más flexibles para los militares que solo cumplían órdenes. El gobierno desoyó la petición y pidió a los militares que obligaran a sus pares a finalizar con aquella actitud. Nadie respondió, salvo el general Ernesto Alias, que sacó los tanques desde el II Cuerpo con sede en Rosario. A pesar de su disposición, no consiguió recorrer en cuatro días los poco más de cuatrocientos quilómetros que lo separaban del Campo de Mayo, posiblemente, su interés por un enfrentamiento armado se fue enfriando después del primer momento, y decidió aminorar la marcha esperando a saber qué ocurría en la capital.

            Ante las primeras noticias que se hicieron públicas del amotinamiento de Los Carapintadas, y del peligro que se cernía de nuevo sobre Argentina, miles de personas salieron a la calle, ocupando por completo la plaza de Mayo, otros muchos,  rodearon la Academia militar del Campo de Mayo, a éstos, se les aviso por parte de los militares que si intentaban entrar en el recinto serían masacrados sin miramientos. El momento de mayor desconcierto fue cuando el gobierno reconoció que no tenía capacidad, ni fuerzas para reprimir la insurrección. Pero la mañana del 20 de abril Alfonsín se asomó al balcón de la Casa Rosada, y dirigiéndose  a la abarrotada plaza aseguró que se iba a reunir con el cabecilla de la revuelta en Campo de Mayo, y les instaba a esperarle allí hasta que volviera con la solución. Pasaron un par de horas, y Alfonsín se asomaba de nuevo al balcón de la casa de gobierno. Su primera frase ¡Felices Pascuas!, daba esperanzas a los millones de argentinos que temían que les arrebataran de nuevo la democracia. El discurso siguió asegurando que el problema había finalizado, que los rebeldes había decidió deponer su actitud, que serían detenidos y llevados ante la justicia. Pero su discurso había cambiado, pues tras ello comenzó a asegurar que su intención no era dar un golpe de estado, e incluso llegó en un punto a alabarlos, pues eran héroes de la guerra de las Malvinas. Estas frases a muchos comenzaron a rechinarles, pues les daba a entender que se había producido un quiebre en ese gobierno. Por eso hay quien piensa que las últimas frases de su discurso-La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina-, fue el principio del fin de su gobierno.

            Al día siguiente, los diarios argentinos informaban que el Poder Ejecutivo estaba impulsando la “ley de obediencia debida”. Dos semanas después esta ley se aprobaría, complementando la “ley de punto final”, que libraba a la mayoría de los militares aún en servicio, de enfrentarse a juicio por sus actuaciones durante la dictadura. Inmediatamente las personas que habían vitoreado aquel Domingo de Pascua a Alfonsín comenzaron a criticarle ácidamente. El gobierno y el propio Raúl Alfonsín, a pesar que con su actuación posiblemente hubiera frenado ese día una matanza indiscriminada-todos conocían la forma de actuación  de las fuerzas armadas argentinas-, al final habían sucumbido a las presiones de los golpistas, perdiendo todo el prestigio ganado con el juicio de las juntas, y la Conadep. La Unión Cívica Radical había perdido su maquillaje en favor de los derechos humanos, quedando ahora en las manos de los golpistas. Posiblemente ahí se fraguó el fin del partido Cívico Radical en Argentina, que a día de hoy debe unirse a otras listas minoritarias, o presentar candidatos mediocres a las elecciones.