miércoles, 7 de enero de 2015

EL CHERNÓBIL ESCONDIDO


            En la mayor de las profundidades de los Urales Rusos corre el frío agua del río Techa. Es muy normal que a muchos de ustedes no les suene el nombre. No es un gran río Europeo, ni tan siquiera es un gran afluente, ni navegan por él los grandes cruceros. Se podría decir de él que es un río tranquilo, estrechamente sinuoso. Pero si quisiéramos dar una definición correcta sobre él, deberíamos decir que es un río que trae la muerte en sus aguas. Unas aguas inodoras, pero opacas y de un color negro que avisa de su veneno mortal.
            En su cauce, a apenas unos metros de él, se levanta una población pequeña, un núcleo urbano que no va más allá de ser un humilde pueblo, de nombre difícil de pronunciar; Muslyumovo. Un pueblo maldito como tantos otros, y que a sus paisanos más cercano les encoje el alma solo con oírlo pronunciar, solo con ver a algunos de sus habitantes. Apestados, unos habitantes apestados por partida doble. Apestados física y socialmente. Ningún habitante de las regiones cercanas quiere que sus hijos o hijas se casen o tengan descendencia con los jóvenes de Muslyumovo. Ninguno quiere contar en su familia con nietos enfermos, deformes…muertos.
            La respuesta a todas estas incertidumbres, a esta tragedia rusa se responde solo cuando alguien acerca un dosímetro al río Techa, cuando éste aparato que mide la radicación ambiental comienza a emitir un zumbido continuo y desagradable y marca más de 3.300 miliroetgens. Es decir una cantidad de radiación trescientas veces superior a lo soportable por el cuerpo humano. Mucha más radiación que la extendida en los alrededores de Fukushima tras el terremoto, mucha más que la que extiende la muerte silenciosa que acecha a Chernóbil. Mucha más que la que hizo de Prípiat una ciudad fantasma, donde la naturaleza avanza devorando la arrogancia del ser humano.
            Nadie debería vivir allí, éste pueblo situado cerca de la ciudad de Chelíabinsk a unos mil quinientos quilómetros al este de Moscú debería ser otra Prípiat, un lugar fantasma durante los próximos dos mil años. Nadie debería pasear sus calles, ningún animal debería pastar sus campos contaminados de muerte, nadie debería pescar en las negras y tóxicas aguas del río Techa, nadie debería beber el agua de los pozos, ni de los grifos, sin embargo lo hacen. Sus habitantes no tienen otro remedio, están condenados a vivir allí, nadie los quiere fuera de esa zona, los temen desde hace sesenta años. Desde que el aquel río cristalino se convirtió en la catarata silenciosa e invisible de la muerte por radiación.
            Desde que la planta nuclear de Mayak comenzó a contaminar sus aguas. Produciendo durante décadas accidentes nucleares, igual a los más graves de la historia, el último-conocido-, en el año 2000, cuando sus reactores estuvieron a punto de fundirse después de estar más de una hora sin electricidad, a punto de desgarrar de nuevo la ya castigada cara de los viejos y despreciados Urales. Pero la más devastadora y grave fuga de radiactividad ocurrió en el año 1957, cuando el tanque de residuos estalló y esparció la parca de la radioactividad más allá de cuatrocientos quilómetros a la redonda de la central. Pero estábamos en mitad de la Guerra Fría, y este caso como muchos otros se tapó y escondieron por el bienestar del gobierno de turno.
            El epicentro está en la cuenca del río Techa, en la población de Muslymovo, donde sus habitantes cuentan con treinta años menos de esperanza de vida que las zonas más apartadas y paupérrimas del país.
            Supongo que usted, querido lector se preguntará como yo lo hice en su momento, ¿Por qué esa gente sigue estando allí?¿Por qué no se les lleva a un lugar más seguro? ¿Por qué no se aparta todo rastro de vida de la zona contaminada? como se ha hecho en otros lugares contaminados por radiación. Pues la respuesta es tan triste como inhumana, los intereses ocultos. Estas personas son las únicas que durante generaciones han vivido en una zona toralmente contaminada, que han permanecido viviendo y sin moverse de un área con una radiación salvaje. Un lugar al que acuden centenares de científicos para estudiar y realizar pruebas a la gente. Estudios por los que alguien-supongo- se llevará buenas sumas de dinero.
            Cierto es, que el gobierno ruso tomó una decisión cuando el tema salió de sus fronteras, cuando fue acusado de inhumano, de dejar a los cuatro mil habitantes a su libre albedrío. Esa solución fue coger a los habitantes de Muslyumovo, a los hombres y mujeres del río Techa y moverlos del foco. Colocándolos a dos quilómetros de distancia de donde se situaban antes. ¡¡¡A dos quilómetros!!! mientras que el radio de contaminación es de más de cuatrocientos quilómetros de distancia.

            Pero lo que aún puede ser peor, mucho más descorazonador y peligroso. ¿Cuántas más zonas cero como esta hay en el mundo sin que tengamos constancia de ello? ¿Cuántas más lugares marcados por la desidia gubernamental y la muerte silenciosa de la radicación nos esperan a la vuelta de la esquina?

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