miércoles, 17 de marzo de 2010

LA ENCARGADA DE LOS DÓLARES


           Me dirijo a la sucursal central de una caja de ahorros, situada en una céntrica plaza de la ciudad en donde vivo. Mi intención, algo de lo más normal en los tiempos que corren, cambiar euros por dólares americanos, algo cotidiano, suponía.

            El caso, es que entro en la sucursal y me dirijo a la caja donde un hombre de mediana edad  -de brillante calva y con las gafas a mitad de la nariz-, se afanaba en contar billetes de cien. Me acerco a la mesa hasta colocarme frente a él, éste, sin dejar de contar billetes me echa una mirada de soslayo por encima de las gafas, e inclina la barbilla preguntando que qué quiero.

            Hola-digo-, quería cambiar euros por dólares americanos. De repente se quita las gafas, cara de circunstancia, leve movimiento de cabeza. Vaya-pensé-, algo habré hecho mal para que al tipo le bloquee el circuito y parezca desconcertado. Tras unos inciertos momentos de incomodo silencio sale del trance y dice: Puffff, lo de los dólares lo lleva mi compañera, ahora vendrá, que ha tenido que salir un momento. Está a tomar el café-pensé-, ya eche aquí la mañana. Tras un (indeterminado) tiempo mirando las vitrinas donde se muestran los últimos libros editados por la obra social de la caja de ahorros en cuestión, veo como aparece la “encargada de los dólares”.

          Me acerco a su mesa, mientras tanto ella se está pegando con el teclado del ordenador. Es de mayor edad que su compañero, debe de estar cerca de la edad de jubilarse. No tiene prisa en hacer su trabajo- se le nota-, me mira como inquiriéndome que hable. Quiero dólares-abrevio-, ¿los has encargado?-me contesta. Pues no- respondo sorprendido-, son dólares y esto es la central de una caja, se supone que deberían tener una divisa tan importante, esto no es un quiosco donde encargas el siguiente entrega de “Yo, Claudio”. No contesta. Pues, entonces quiero encargarlos-prosigo-.

             Encargo la cantidad de dinero que necesito, ella me hace el cambio y firmo el papel dando mi consentimiento y aceptando el compromiso. Vuelva dentro de una par de días me dice, porque si te doy lo que tengo en caja ahora me quedo sin dólares. Salgo de la sucursal maldiciendo mi mala suerte por lo bajo, y pensando que menos mal que solo quería dólares americanos, si llego a necesitar Leks albaneses, me toca pedir permiso a la casa de la moneda.

             Dos días después: vuelvo a cruzar el recibidor de la dicha entidad bancaria- lo hago más temprano que el anterior día, por lo de evitar la hora del café-, me acerco de nuevo a la caja. El hombre calvo sigue contando de forma automática billetes de cien, al fondo vislumbro a la “encargada de los dólares”, vestía un traje imposible, de un color indeterminado, creo habérselo visto a la reina madre de Inglaterra en algún momento de su vida. Me acerco a ella, y la digo, vengo a por mis dólares. ¿Los has encargado?, -me mira inquisitorialmente-, si, hace dos días respondo al borde de mi paciencia. Se pone a pelearse con el ordenador, le acerco la hoja en la que se fijó el intercambio económico, no la mira. Pasan unos segundos, me pregunta de nuevo que cuantos dólares quiero, se lo repito y acto seguido me da una conversión inferior a la que me había presupuestado dos días antes.

              Me incorporo un poco en la silla, y le digo con paciencia y educación; Perdone, creo que se equivoca, me está dando de menos. No, dice seria. El cambio está a 1,31, ya-respondo yo-, pero es que resulta que cuando hice la reserva el cambio estaba a 1,37. Coge el papel, lo mira, lo remira y me dice, que eso fue hace dos días y que hoy está a 1,31. Vuelvo a decirle que sí que vale, que de acuerdo. Pero que yo los reservé dos días antes y que tengo un papel firmado por ella y sellada por su caja, donde claramente pone que el cambio está a 1,37. Prosigo-siempre con respeto y buena letra-, que yo los reserve a ese precio, y que si la entidad no contaba a diario con divisa extranjera para satisfacer la demanda de los clientes de una ciudad de tamaño medio no es problema mío. Ella me mira cómo se mira a un loco. Mientras yo sigo con mi perorata-pensando al ver su expresión-, que una de dos, o no me está entendiendo o no me está haciendo ni puñetero caso. Cuando acabo con mi elocución me quita el papel de las manos, se levanta y se dirige hacía una pecera gigante donde un hombre trajeado y de pelo engominado habla por teléfono sentado en un sillón de cuero- Cruzan unas palabras, y al momento el tipo del traje me mira con desprecio desde su pecera. Sale la “encargada de los dólares”, y me da el dinero que me corresponde, a 1,37 dólares el euro.

            Mientras cuenta los dólares me va diciendo: pues la próxima vez, para que no pase esto, lo que tienes que hacer es irte a la central del Banco de España de Madrid. Contesto que sí, que eso sería súper guay del Paraguay, y que si mi prima segunda por parte de madre tuviese ruedas sería una bicicleta y que eso además seria gracioso que te rilas, pero que la vida es súper injustísima de la muerto con el hombre de a pie-apostillo con la saliva escurriéndome por el colmillo-.

             Lo cierto es que me quede con ganas de seguir con mi relato. Y decirla, que si pago un tanto por ciento anualmente o semestralmente para llevar un trozo de plástico con su logotipo en la cartera, y que si actualizo mi cartilla y saco mi dinero en el cajero es para que ella no tenga que moverse de la silla donde reposa sus posaderas, y para que cuando necesite que me cambie un maldito puñado de dólares no me toque la bisectriz. Aunque finalmente renuncio a ello, pues supongo que a ella esto, le importa un testículo de palmípedo.

            Mientras recojo mis ansiados dólares, me dice- para rematar el asunto-, que su superior no puede saber los dólares que debe pedir cada día. Ahora sí, ahora me saltó la válvula, y mientras me pongo en pie- y siempre desde el respeto-, la contesto que le diga a su superior que si es un tanto obtuso para desempeñar según qué tipo de actividad bancaria tal vez deberían sustituirlo por otra persona más capaz.

Yo no puedo decirle eso-interviene ella-. Ya-pongo media sonrisa-, ya sé que usted no puede decirle eso, pero yo sí que puedo. Y aquí estoy, pudiendo.

 

 

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