miércoles, 29 de abril de 2015

SOBRE ANALGÉSICOS Y JACOBINOS


Desde que somos pequeños se empeñan en convencernos que la música amansa a las fieras, o las bestias. Nos engañan como a chinos, o como a gentes simpáticas del Sudeste asiático que dirían los políticamente correctos, esos que se la agarran con papel de fumar mientras nos hacen comulgar con ruedas de molino. Los que disfrazan el lenguaje para colocarnos crisis como desaceleraciones, rescates por apoyos financieros, recortes por reformas o abaratamientos salariales por flexibilidad laboral. Brotes verdes y despidos en diferido aparte. Cuando en realidad lo único que amansa a las bestias es la sangre, la otra mejilla y el dinero público en las cuentas oscuras trasalpinas. Pero sin duda alguna para  lo que no nos instruyen desde niños, y lo tenemos que ir aprendiendo poco a poco en la vida, es que la única opción que tenemos para frenar a las bestias es mediante la educación y la cultura. Cuanto más educación y más cultura menos miedo tendremos a las alimañas, menos nos dejaremos manipular por ellas. Sintiendo romper con más de dos mil años de moral cristiana, pero creo fielmente que cuando la bestia, el verdugo nos atiza un guantazo en una mejilla, la única forma de aplacarle no es ofreciéndole la otra, sino arrancándole la cabeza.

            Comprenderán mis malos pensamientos y mi desidia en la esperanza de que esto algún día se arregle. Más si cabe cuando leo las últimas noticias en los periódicos, y veo cómo va avanzando la película general de nuestra sociedad; los casos de corrupción generalizada, el rapto de nuestros derechos básicos, los recortes homicidas de sanidad, la asfixia vil en educación y el asesinato premeditado de la dependencia. La desaparición de dinero público, de esperanza y de cultura. Pareciéndome grave que nos roben el dinero, me resulta mucho más cruel que nos hurten la cultura. Pues con el dinero arruinamos una generación, pero con la falta de la cultura arruinamos e hipotecamos las generaciones venideras, y con ellas nuestro fututo a medio y largo plazo. Cada vez que me enfrento a estos pensamientos, no puedo evitar que me salte la vena jacobina más radical, el abate Marchena más furibundo que todos llevamos dentro. Y como él, pensar en ocasiones que la única forma de salvar a la humanidad es pasar por la guillotina a la mitad de esa humanidad. Y ni con esas. Porque una parte de la mitad restante, se enfrentaría a la otra parte por su forma de dejar caer la cuchilla. Y está mitad viéndose atacada, se defenderá arremetiendo a la otra parte, acusándoles agriamente de usar un cesto de mimbre en vez de uno de cuero-como Dios manda-, para recoger las cabezas de los finados. Y volveríamos a lo mismo, al guerracivilista que llevamos marcado a fuego en nuestro ADN. Algo tan español que duele.

            Por eso cuando me encuentro escenas como la de ayer mientras paseaba por el centro de Buenos Aires, siento que no todo está perdido, que todavía se puede evitar que Caronte queme sus naves. A pesar que falte mucho para ganarles la partida a los malvados, a las bestias que nos quieren analfabetos y manipulables. De lo que tenemos mucha culpa nosotros mismos, pues no se puede ser romano y aplaudir las gracias a los bárbaros. Es decir, no puedes atiborrarte de grasas saturadas, alcohol y tabaco y sorprenderte porque un infarto te deje listo de papeles, o permitir a tus hijos que se auto eduquen atiborrándose diariamente de tele basura y esperar que salgan eruditos. Pues después de ver lo fácil que es ganarse la vida paseando sus cuerpos, y trapos sucios por los platós y el papel cuché, no van a querer meterse en una universidad para ser un  parado con título superior ni por asomo.

            Como les decía, con actos como el que vi ayer, sospecho que aunque despacio vamos rascando un poquito más de tierra de ese túnel que nos llevará a la superficie. Me explico, como casi cada día cruzaba el parque Vicente López -en el barrio de la Recoleta-, para dirigirme a mi trabajo. Era  primera hora de la tarde del sábado, el día a pesar de encontrarnos en el otoño austral era agradable, además no había ni rastro de las cenizas del volcán chileno que habían cubierto el cielo porteño el día anterior. Allí en mitad del jardín, junto a un parque infantil que cada tarde explota de felicidad, y de sonrisas infantiles cuando llega el fin de la jornada escolar, un grupo de niños se sentaban sobre pequeñas sillas y mesas de plástico y colores vivos. Junto a ellos se situaban caballetes infantiles, donde los niños dibujaban y pintaban libremente. Los padres revoloteaban alrededor de los jóvenes pintores, comentándoles pormenores y precisando lo bonito de su dibujo. Mientras  los monitores explicaban cómo podrían crear colores mezclando unos u otros pigmentos, enseñándoles técnicas, y dándoles nociones básicas de la historia de la pintura. Los niños disfrutaban y reían mientras aprendían, y se empapaban del gusto por algo tan necesario para sus vidas –aunque ellos no lo saben aún-, como es la cultura.

            Me quedé allí un rato observándolos, pensando en todo esto. Después de unos minutos giré sobre mis talones y seguí con mi camino. Al salir por la puerta del jardín urbano que da a la avenida del general Las Heras, observé a una pareja de abuelos sentados en un banco, conversaban animadamente entre ellos mientras compartían sonrisas y mate. A su lado, repantingado e inmiscuido en lo que parecía una lectura entretenida, un niño de unos doce años con una sonrisa en la cara, lo supuse su nieto. El chico de pelo oscuro y vestido con una camiseta de Boca Juniors, disfrutaba como un cerdo en un lodazal de una novela juvenil.

            Ambas escenas sirvieron de analgésico para mi moral decaída, para mi mirada pesimista de la sociedad que nos ha tocado vivir. Y mientras avanzaba por el lado derecho de la avenida, sorteando vallas de obras que nunca terminan y entradas de garajes en dirección a la Biblioteca Nacional, pensé por primera vez después de mucho tiempo, que tal vez y solo tal vez, en un futuro lejano seamos capaces de librarnos del yugo de la ignorancia gustosa. Tal vez algún día podamos pensar como griegos, luchar como troyanos y morir como romanos. 

miércoles, 22 de abril de 2015

EL LEÓN DE SAMPAIO


            Estábamos en la mañana del día 28 de marzo de 1809, cuando después una valiente y cruenta batalla por parte de las tropas del ejército español, acompañada de la población de Vigo y alrededores, el general Chalot y el resto de sus chicos, abandonaron por primera vez una ciudad conquistada por las Águilas napoleónicas.

            El héroe local “Cachamuiña” se había quedado en su casa, comiendo como Dios manda después de la victoria, y retozando con su señora o con la que fuera, que para eso le habían dado una licencia de la tropa. Mientras Pablo Morillo y Morillo, siguió avanzando con sus tropas detrás de las huestes francesas, que estaban heridas moral y físicamente. A los primeros los cazó en Marín, aprovechando que allí había un destacamento gabacho que no se había enterado de la tostada. Por mar les ayudaron las fragatas de la Pérfida Albión: Lively y Venus. Que de nuevo les metió pólvora y zurriagazos por le culé, desde la ría de Pontevedra a los de  La Grande Armeé. Este ataque rápido y directo,  hizo huir a los franceses de la península del Morrazo, refugiándose en la ciudad de Pontevedra.

            Y allí que se fue Pablo Morillo con sus chicos, que después de las dos rápidas victorias se habían venido arriba, y como no hay dos sin tres, pues a por ellos que se fueron. Llegaron bien pertrechados de munición y fuerza a las inmediaciones de Pontevedra el día 7 de junio de 1809. Al verse con el agua al cuello, o más bien con la navaja de un palmo rebuscando entre las sus asaduras, las tropas gabachas decidieron levantar de nuevo el campamento, intentando esta vez resguardarse en Santiago de Compostela. Esperando allí  la llegada de las tropas de refuerzo desde La Coruña.

            Al enterarse de estas intenciones, Pablo Morillo, se dijo a si mismo que ni hablar del peluquín, o de lo que hablaran en Pontevedra a principios del siglo XIX. Fue entonces cuando encargó a sus hombres que cortaran el avance de la columna de los soldados napoleónicos, evitando por todos los medios que se refugiaran en la ciudad del apóstol. Hicieron sus cálculos, y entre todos dieron con el lugar idóneo para dar el golpe de gracia a lesenfantsdelapatrié. Este lugar sería en las inmediaciones de Ponte Sampaio, sobre el río Verdugo.

            Al teniente español, teniendo en cuenta la que se les venía encima pareció hacerle gracia el nombre del río, y dijo que sí.  Que venga, que vamos a enseñarles a estos chulos y arrogantes, como hacemos aquí eso de al pasar la barca me dijo el barquero. Y después de desmontar dos ojos de los diez que tenía el puente-algo muy normal en la defensa de la época, ya lo habían hecho en el del Zuazo, en la Isla de León los españoles, y a su salida de Zamora las tropas inglesas-, comenzaron a parapetarse en la orilla sur, a la espera de los queridos vecinos del norte. Al mando quedaría el alférez de navío irlandés John O´Dogherty Browne, que a pesar de sobrevivir a la batalla y morir ya retirado, se quedó en la zona. Hoy su cuerpo descansa en el cementerio de Os Eidos de Redondela.

            Cuentan las crónicas que a falta de armas de gran calibre -tan solo contaban con dos cañones que habían llegado desde Marín, y tres de Redondela-, los futuros héroes de Ponte Sampaio, hombres y mujeres que integraron las milicias que apoyaban al ejercito oficial, contaron en sus filas con el bisabuelo del barbudo de Bricomanía, y se lanzaron a la creación de cañones caseros. Los elaboraron con troncos de roble agujereados, a los que denominaron canón de pau, y que fueron capaces de resistir una docena de detonaciones antes de reventar quedando inservibles.

            Cuando llegó el ejército francés, encabezado por el mariscal Michael Ney, a la sazón duque de Elchingen, príncipe de Moscova y comedor de marrones profesional, se encontraron a grupos de campesinos y marineros con mucha mala baba, apoyados por los chicos de Morillo. Entre todos les dieron lo que no estaba escrito, lo que le produjo bastantes bajas al contingente gabacho, entre heridos y muertos. Lo que al día siguiente llevó a Ney, a ordenar a sus chicos atacar por la zona de Ponte Calderas, un par de leguas por encima, y donde aún el puente se encontraba en perfecto estado de revista. Al otro lado, paisanos de O Morrazo, Pontevedra y A Lama, se atrincheraron en una de las entradas del puente, recibiendo tres duras cargas de los mamelucos, la caballería de elite del petit cabrón. Pero ni con esas oye, los vecinos de nuevo apoyados por el ejército de Morillo-al que tras esto apodarían el León de Sampaio-, se defendieron como gato panza arriba, con piedras, cañones caseros y armamento de otras épocas. Imaginen al cimarrón bronca, o al chispero socarrón cargando, y disparando el viejo trabuco del abuelo con parsimonia, mientras cantaba "Vexo Cangas, vexo Vigo…zasca en la cabeza del soldado de infantería…tamén vexo Redondela, vexo a Ponte Sampaio…raca, otro gabacho al cielo…camiño da nosa terra”.

            Y claro el bueno de Michel Ney, con su ducado y su principado pues se la tuvo que envainar, y guardarla en formol para otra ocasión, poniendo pies en polvorosa. Seguido por las tropas de Morillo, y hostigado en los flancos laterales por los guerrilleros, que a esas alturas de la película eran peor que moscas cojoneras. En esas estuvieron hasta que llegaron a Lugo, donde esperaban refuerzos. Pero donde se encontraron algo distinto. Allí les esperaba el mariscal Soult y sus hombres, a los que habían echado de Portugal con viento fresco, tanto o más como el que llevaba Ney y los suyos. Visto lo visto, no les quedó más remedio que cogerse de la manita y dejar Galicia atrás para no volver más.

Mientras se iban abatidos y tristes. El maricasl Ney cabizbajo, pensando lo que les esperaba ahora, escuchó al jefe de los mamelucos tararear, con su fuerte acento normando la cantiga que habían entonado los del puente, mientras acababan de mandarlos a tomar por donde se rompen los calderos: “Vexo Cangas…”. Ney lleno de ira estuvo a punto de mandarlo fusilar, pero se dio cuenta de que la entonaba bien el muy cabrón.

miércoles, 15 de abril de 2015

LA RECONQUISTA DE VIGO (y III)


Lo dejamos en que el ejército español se acercaba peligroso a las murallas de la ciudad de Vigo, mientras que las fragatas inglesas, Lively y Venus se apostaban silenciosas y desafiantes en las aguas heladas de la Ría de Vigo.

Al atardecer el día 27 de marzo de 1809, todas las campanas de las iglesias que rodean Vigo comenzaron a sonar a rebato. La batalla se anunciaba. Las fragatas inglesas que hasta ese momento solo habían realizado un bloqueo naval a los franceses, comenzaron a sacudir zambombazos desde sus naves hacía las piezas de artillería del castillo de O Castro y San Sebastián, y la batería de A Laxe. Haciendo iluminarse de color rojizo la zona de O Berbés después de cada relámpago de pólvora. Mientras las Milicias Honradas que se habían quedado en el interior de la ciudad, se apostaban y parapetaban en sus posiciones estratégicas dando la del pulpo con cachelos a los franceses, que ahora comenzaban a darse cuenta con quien estaban jugándose los cuartos. Desconcertados, comenzaron a disparar a la multitud.

            Unas seis mil personas, asentadas en los múltiples campamentos que se levantaban por toda la comarca, comenzaron avanzar mal pertrechados de armas hacía la muralla. A ellos se sumaron las tropas de los guerrilleros, y militares a las órdenes de Pablo Morillo. Allí les esperaba la guarnición de La Grande Armeé, que ya empezaban a apretar los dientes y a rezar a sus santos civiles. En ese momento se junta durante unos minutos la historia y la leyenda, pues se cuenta que un marinero local, al que denominan Carolo, intentó derribar la puerta de Gamboa con un hacha, lo que le costó la vida. Siendo sustituido en el puesto por Bernardo González del Valle-este real al cien por cien-, conocido como Cachamuiña, capitán de infantería del ejército español, a las órdenes del teniente de infantería Pablo Morillo. Que también recibió cuatro tiros en la pierna, y al que a punto estuvieron de picarle el último billete, pero que se sobrepuso y consiguió tirar la puerta abajo. Dejando el paso franco a sus paisanos.

            La noche, pueden imaginársela; bayonetazos  de los franceses clavándose en los cuerpos fornidos de los gallegos, éstos pasando a cuchillo todo lo que se movía y olía a gabacho. Explosiones de pólvora, acompañados de huesos rotos y desgarrados tras el impacto de las balas. Las baterías francesas intentando defenderse como buenamente podían, y las fragatas inglesas zurrándoles la badana a los artilleros de los castillos y la batería. Asaltos a la guarnición con la navaja de dos palmos,  afilada y brillante, en cuya hoja se podía leer: Recuerdo de las Rías Baixas entrando y saliendo de los estómagos franceses. Gritos de ¡Vaespaña…! ¡Muerte al invasor…! ¡Valrey…! y ¡Santiago y cierra España! Y los gabachos acojonados ante tanta mala hostia junta. Pensando y con razón, que de esa no sale vivo ni el maestro armero, y que se les acabó eso de los cruasans y los paseos por Tulleiries en busca de cortejar madmuasels. Reflexionando entre zurriagazo y zurriagazo,  que casi mejor que los abrieran en canal esos tipos con espuma en la boca, e ira y odio en la mirada, y los colgaran en las puertas de las tabernas para escarnio del personal, que quedar herido y encima tener que contarle la hazaña a Napoleón. Que con su tacto y su buen talante para las derrotas, seguro que los mandaba a capar hurones a la estepa rusa.

A este sindiós protagonizado por las hordas de chisperos y manolos, se unía la fuerza y el descontrol de los milicianos locales, y la sangre fría y la capacidad militar de los guerrilleros y los militares. Gritos de Voto a Dios, y tal.... Al amanecer la ciudad mostraba varias columnas de humo gris, y algunos focos de fuego vivo desde la lejanía. En sus calles los rastros de sangre, los cuerpos reventados de los disparos a bocajarro, cosidos a bayonetazos, y abiertos en canal tras el buen hacer de los chisperos y cimarrones, daban cuenta de lo agarrado que había sido el baile esa noche. El olor a pólvora quemada lo intoxicaba todo. Al salir el sol la mañana del 28 de marzo de 1809, éste se ocultaba tras la nube de muerte y destrucción, que buscaba huir del lugar del crimen, perdiéndose sobre la Ría, y en el océano.

            A las diez de la mañana, los oficiales franceses, Chalot y Limousin abandonaban la ciudad por la puerta de A Laxe. Junto a ellos  sus cuarenta y seis jefes y oficiales, y los mil trescientos noventa y cinco soldados. Dejando atrás a los muertos y a los heridos, que se recuperaban en el monasterio de Santa Marta. A los sanos, les esperaban las fragatas inglesas Lively y Venus para apresarlos. Al borde de las naves inglesas eran despedidos por Pablo Morillo.

            Vigo acababa de convertirse en la primera ciudad, que reconquistaba una ciudad a Napoleón Bonaparte en todas sus campañas militares. Pueden imaginarse el cabreo del petit cabrón cuando se enteró del asunto. Juró que volvería a reconquistar la ciudad fuera como fuera, y a someter a esos brutos campesinos y marineros, que se habían atrevido a desafiar al más poderoso ejército europeo. En el próximo capítulo veremos que no fue así, pues desde Vigo se montó la cabeza de puente, para extender la guerra y liberar toda Galicia. Lo cierto es que Bonaparte como estratega y militar era un artista, pero como profeta fallaba más que un periodista deportivo, anunciando fichajes en verano.

            Por cierto, un siglo después, cuando se cumplió el centenario de la Reconquista de la ciudad de Vigo, se inauguró un monumento en honor a los héroes de la Reconquista, realizado por el escultor Julio González Pola. Es curioso, pues por descuido o por error intencionado, el tipo que destaca sobre el pedestal de la escultura, no es como muchos piensan el capitán Bernardo González del Valle “Cachamuiña”. El héroe que tumbo la puerta de Gamboa permitiendo la reconquista. Sino que el que quedó representado en la parte más alta del monumento para la posteridad, fue el por entonces teniente de infantería Pablo Morillo y Morillo. Militar que si bien participó en la batalla, no llevó a cabo una función crucial, o heroica como si realizaría en la batalla de Puentesanpayo o en Vitoria.

            Para más escarnio, no es que solo se confunda al héroe local Cachamuiñas con otro militar, y se honre cada año a éste. Sino que Pablo Morillo, durante el Trienio Liberal, fue enviado a Lugo por el nuevo gobierno a luchar contra el avance de las guerrillas absolutistas. Traicionándoles poco después, cuando se enteró de la inminente llegada a suelo español de las tropas francesas conocidas como los Cien Mil Hijos de San Luís, que venían en ayuda del cobarde rey Fernando el séptimo. Morillo se pasó a las filas galas, atacando y derrotando a la Milicia Nacional de Vigo, destituyendo a las autoridades de la ciudad nombradas por el gobierno liberal, y entregándola después al poder absolutista fernandino. Poder que desde ese momento, sería más férreo y cerrado de lo que nunca había sido.

 

miércoles, 8 de abril de 2015

LA RECONQUISTA DE VIGO (II)


          Lo habíamos dejado al atardecer la noche del día 4 de febrero de 1809, cuando los chicos de Bonaparte se habían hecho fuertes en el interior de la villa amurallada de Vigo, obligando a que las tropas militares españolas y una parte de las milicias salieran huyendo. Pero la alegría iba a durarles poco a las Águilas napoleónicas.

Inmediatamente los que se quedaron dentro de las murallas, ya fuera por no conseguir escapar a tiempo, o por resignación ante lo que iba a ser el futuro próximo del país, se pusieron manos a la obra. Comenzaron a dificultar la vida de los franceses desde dentro, así, como que no quiere la cosa. El primero de todos, el recién elegido alcalde de la villa, que sorpresivamente no se colocó a la cabeza para largarse de la ciudad, sino que se plantó y decidió quedarse con sus conciudadanos. Vázquez Varela fue el primero en dejar claro al invasor que verdes las iban a segar. Pues desde el minuto uno, negó por sistema el agua y el alimento al coronel Chalot. Esgrimiendo como pretexto mantener el orden en la ciudad, y evitar que el hambre se acomodara entre sus conciudadanos, produciendo algaradas y enfrentamientos. Aunque en el fondo, todos sabían que no lo hacía porque no le salía de la punta de la bisectriz.

 Cada vez más, Varela sacaba el gallego que llevaba dentro, contestando con otra interrogación cada vez que el oficial francés le preguntaba porque no se avenía a razones. Lo que además de hacer ganar tiempo al alcalde vigués, sacaba de sus casillas al general de la patria de la liberté, la egalité, la fraternité. Que entre medias de los interrogatorios diarios, se ciscaba en los muertos de Varela, en su perra mala suerte, y en la idea de bombero torero del sire Napoleón. Que manía de meterse en guerra con un país como España, en donde la población no se pone de acuerdo ni en la forma de pedir el café...un cortado con leche fría, largo de café y con sacarina, sólo largo de agua, con leche templada, corto de café con leche de soja, una menta poleo para mi… pero que cuando llega el momento de rajar franceses, y colgarlos a la puerta de los pueblos, todos se vuelven camaradas y triunfa el compadreo patrio. Eso sí que se había convertido en  café para todos -pensaba el bueno de Chalot-, café con mala leche, sobre todo para los suyos. Hasta los curas llevaban navajas escondidas bajo las sotanas raídas y sucias, con la que apuñalaban soldados de la tricolor, mientras les escupían en la cara llamándolos perros de satán.

            Por otro lado tanto Chalot como Girandon veían con preocupación el estado de sus tropas, pues a pesar de haberse hecho con la plaza prácticamente sin violencia, muchos de sus chicos estaban heridos o enfermos. Por suerte los franciscanos de Santa Marta los habían acogido en su monasterio e iglesia, y los estaban cuidando en condiciones. Más o menos. De ello se convencían uno al otro, pero sin creerse sus propias palabras, mientras discutían ciertos pormenores bebiendo vino blanco de la tierra en una de las tabernas de la praza da Pedra.

            No andaban desencaminados los dos oficiales franceses, pues los frailes que cuidaban de sus chicos, hacían algo más. Mientras éstos se recuperaban, los hombres de Dios, iban expurgando y diezmando la munición, la pólvora y algún que otra pequeña arma que portaban los jóvenes soldados cuando entraron a suelo sagrado. Incluso un fraile, Fray Andrés de Villageliú, aprovechaba el poco control de los franceses, para entrar y salir de la villa disfrazado de labriego, montado sobre un borrico, y transportando cartucheras y munición escondidas entre su cargamento de berzas y grelos. Otros hermanos, llamaban a acabar con los bastardos e infieles gabachos, que con su ilustración, su enciclopedia y sus patrañas, iban contra la religión y a favor del libertinaje. Por su lado los herreros trabajaban sin descanso y a escondidas, reparando arcaico fusiles de chispa, afilando guadañas, hoces, y engrasando las navajas de dos palmos de hoja que tanto temían los invasores. Los marineros trasportaban en sus botes, durante las noches sin apenas luna, pólvora, munición y armas, que los vecinos del interior de la villa hacían pasar por encima de las murallas, armando a los vecinos que esperaban fuera.

            El día 17 de marzo de 1809, comenzarán a llegar a las cercanías de Vigo numerosos paisanos de pueblos y aldeas cercanas, con la intención de ayudar a los vigueses que ya planteaban la reconquista de la ciudad. El día 19 de ese mes, los franceses sin enterarse nada, sacan  sus cabalgaduras a pastar a una zona verde junto a la muralla, pues el alcalde sigue negándoles hasta el forraje de los caballos. Mientras los animales pastaban, unos cuantos tipos de mala catadura y pero jaez, pertrechados con alpargatas, camisas claras abiertas hasta el pecho, grandes patillas que les llegaban hasta la comisura de los labios, se les acercan desde unos arbustos cercanos,  dejando a la vista el oscuro pelo del pecho y una amplia faja, en la que asoman ciertas herramientas, que hacen que a los franceses se les salgan los ojos de las cuencas al verlas brillar en la lejanía. Cuando quisieron darse cuenta, los mozos vigueses blandían las navajas, las hoces y los trabucos, con los que dejaron listos de papeles a muchos de ellos, y heridos al resto.

La situación era insostenible y podía notarse en el ambiente. Más si cabe, cuando en esas fechas se apostaron en la Ría las fragatas inglesas Lively y Venus, que venían para servir de apoyo al ejército español encabezado por Pablo Morillo y Morillo, y con un futuro héroe local entre su filas. Peligrosos de por sí, venían crecidos, pues acababan de ponerle los puntos sobre las íes a Dupont y a sus chicos en la batalla de Bailén. Sonaban bastos en Vigo. [Continuará]

           

 

miércoles, 1 de abril de 2015

LA RECONQUISTA DE VIGO (I)


Hablábamos la semana pasada de la metedura de pata hasta el corvejón, del capitán Pierre Nicolás Rolland y del primer oficial del l´Atlas, un navío de línea con bandera gabacha, que se metió solo en la boca del lobo. Es decir en la Ría de Vigo, pensando que la ciudad ya estaba a las órdenes de Napoleón, pero no. Y además de comerse un marrón como el sombrero de un picador, se quedaron sin barco y sin el Águila napoleónica, regalo del propio Bonaparte. Lo que suponía no solo un resbalón de la armada vecina en toda regla, sino un deshonor que te rilas.

            Días antes de la llegada del navío francés, el marqués de Valladares junto al ayuntamiento de la ciudad, había proclamado públicamente el apoyo al rey Fernando el séptimo. Aconsejando además al regidor municipal que pidiera voluntarios para enrolarse en sus filas. Finalmente serían ciento cuarenta y dos jóvenes los que por necesidad, o por patriotismo,  darían el paso adelante. Fueron incluidos dentro del regimiento de León y enviados inmediatamente a La Bañeza. Allí se encontraba bajo el  mando del brigadier marqués de Valladares, el grueso de ejército de Galicia. A la vez se pidió-ya saben cómo iba la época; las peticiones eran educadas, tranquilas e iban con un arcabuz por delante- a  comerciantes y habitantes, que colaboraran económicamente para pagar las soldadas habituales, más dos reales diarios de sobresueldo para estos chicos. Se recaudaron 402.441 reales en total, que como suele ocurrir en estos casos, no llegaron a sus destinatarios, sino que se fueron quedando enganchados en las faltriqueras de curas, regidores y oficiales.

            Al mismo tiempo las autoridades de la ciudad, pidieron a la población que se formara un cuerpo de voluntarios, con la idea de defender la ciudad en el caso que a los enfantdelapatrie, les dieran por asomar sus ilustradas y sangrientas narices por la ciudad. Esta milicia se denominó Milicia Honrada, siendo parte de este grupo popular, junto a marineros y chisperos los que abordaron el navío francés l´Atlas a los pocos días de su formación.

            En esas estaban los vigueses, mientras las tropas del pequeño Corso avanzaban por el país, y los ingleses buscaban su parte del pastel, pescando en río revuelto como siempre.  A mediados de julio de 1808,  llegaban al puerto de La Coruña las tropas de Sir John Moore, que saldrían en busca de las huestes francesas a campo abierto, volviendo en los primeros días de enero del año 1809 a Galicia. Cinco mil hijos de la Gran Bretaña alcanzaron Vigo huyendo de las tropas del mariscal Soult, en condiciones lastimosas, y con el rabo entre las piernas.

 Al poco de eso, más de tres mil soldados ingleses desgajados del ejército de Sir John Moore, pertenecientes a la división de Robert  Craufurd- un oficial escocés que ya se llevó las suyas y las de su primo el de Gales en la segunda invasión del Río de la Plata en 1807-, se volvieron a casa dejando doce piezas de artillería en la ciudad. Armas que los vigueses subieron a los baluartes y a las baterías de A Laxe, y a los castillos de San Sebastián y de O Castro, que ya contaban con seis cañones de bronce de calibre medio, treinta y siete cañones de hierro y tres morteros de bronce. Manejados por la compañía de artilleros de la plaza, con cinco oficiales y ciento treinta artilleros.

            No estaba el aceite para buñuelos en la villa. Mientras la ciudad se organizaba para la defensa, esperando la llegada del olor a sangre y pólvora, los políticos y regidores locales, hacían lo mismo que todos los regidores y políticos del país cuando se trataba de las tropas napoleónicas. A la sazón, succionarles el ciruelo a los franceses, a la vez que repetían si sire, lo que usted quiera sire, póngame a los pies del putón de su señora sire... Y claro, al vecino bronca, chispero y al marinero de navaja fácil de siete puntos…clac,clac,clac…y puñalada en la ingle, esa tibieza contra el perro enemigo le sentaba como un arponazo en el occipucio. Asique se fueron a por los mandamases, montando una pajarraca de siete pares de cojones a lo largo y ancho de las calles Oliva, Imperial y Palma. Destituyendo y casi pasando por la calandria a los miembros del concejo ciudadano, al alcalde Alonso Cayro y al comandante de la plaza, el coronel Francisco La Rocque. El cual, no solo parecía no ver venir el peligro con ese apellido, sino que además daba muestra de claro afrancesamiento. Por suerte para ellos, al sangre no llegó a la Ría, y la turba de cimarrones se conformó con encerrarlos en el castillo de O castro, con todos sus miembros en orden, y sin calzarle a ninguno un palmo de hierro entre pecho y espalda. Nombrando eso sí, inmediatamente un nuevo consejo más afín a la revuelta y al miserable rey Fernando VII. Poniendo como alcalde a Francisco Vázquez Varela y  de gobernador militar de la plaza, al capitán de navío retirado D. Juan de Villavicencio y Puga.

            Les sirvió de poco, pues seis días después los húsares de Nicolay se presentaron en la ciudad gallega, cruzando campantes la puerta de Gamboa. Dejando el paso franco, para que al día siguiente hicieran lo mismo 1.200 soldados de infantería, en este caso por la puerta del Sol. El 4 de febrero de 1809 se concluyó la invasión, cuando los 450 dragones gabachos bajo el mando del general Franceschi, entraran en la ciudad. Fue entonces, cuando el gobernador militar Villavicencio entregó la ciudad para evitar una matanza. Lo sustituiría el barón Girardin.

            Como supondrán, y antes de verse atravesados por las bayonetas francesas, o fusilados al amanecer, por muy bonito que quedara el cuadro de Goya con las islas Cíes al fondo, los soldados, oficiales y la Milicia Honrada, que no estúpida pusieron pies en polvorosa, y se refugiaron fuera de la ciudad. Pero no por mucho tiempo. [Continuará]